1492
El año que cambió el mundo
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Capítulo 1Un año bisagra
La mayoría de los años se parecen mucho entre sí. Unos pocos cambian el rumbo de la historia. 1492 fue uno de ellos. En solo doce meses, los Reyes Católicos conquistaron Granada, el último reino musulmán de la península ibérica; expulsaron a los judíos que no quisieron hacerse cristianos; y pagaron el viaje de un marino genovés que, buscando un camino hacia Asia, se topó con un continente del que los europeos no sabían nada.
Por eso muchos historiadores, sobre todo en España, toman 1492 como el final de la Edad Media y el comienzo de la Edad Moderna. Otros prefieren 1453, cuando los turcos otomanos conquistaron Constantinopla. Las dos fechas son una convención: nadie se despertó el 1 de enero de 1492 sintiéndose «moderno». Pero sirven para marcar un gran cambio.
El mundo en 1492
Europa tenía entonces unos 80 millones de habitantes. La imprenta de Gutenberg, que llevaba unos cuarenta años funcionando, empezaba a llenar el continente de libros. En Italia florecía el Renacimiento: Leonardo da Vinci tenía 40 años y Miguel Ángel, 17. Los portugueses llevaban décadas explorando la costa de África, y en 1488 Bartolomeu Dias había doblado por primera vez el extremo sur del continente, abriendo el camino por mar hacia la India. Al este, el Imperio otomano no dejaba de crecer.
Al otro lado del océano, en un continente que ningún europeo de la época conocía, florecían grandes civilizaciones. En México, la capital de los mexicas, Tenochtitlan, construida sobre un lago, tenía unos 200.000 habitantes: más que cualquier ciudad de España. En los Andes, el Imperio inca se extendía a lo largo de más de 4.000 kilómetros, unido por una red de caminos de piedra. Y en China gobernaba la poderosa dinastía Ming, cuyas flotas habían llegado décadas antes hasta las costas de África oriental.
Capítulo 2Isabel y Fernando
En el siglo XV, la península ibérica estaba dividida en cinco reinos: Castilla, la Corona de Aragón (que incluía Aragón, Cataluña, Valencia, Mallorca y territorios en Italia), Portugal, Navarra y el reino musulmán de Granada. Castilla era, con diferencia, el más grande y poblado.
Isabel no nació para ser reina. Era hermanastra del rey Enrique IV de Castilla, que tenía una hija, Juana. Pero muchos nobles decían que Juana no era hija del rey, sino de un favorito de la corte, Beltrán de la Cueva, y la apodaron con crueldad «la Beltraneja». En medio de guerras entre bandos de nobles, Enrique IV acabó reconociendo a Isabel como heredera, con una condición: que no se casara sin su permiso.
Isabel no le hizo caso. Eligió como marido a su primo Fernando, heredero de la Corona de Aragón. Para llegar hasta ella sin que lo detuvieran, Fernando cruzó Castilla disfrazado de mozo de mulas de unos comerciantes. Se casaron casi en secreto en Valladolid, el 19 de octubre de 1469. Ella tenía 18 años y él 17.
Cuando Enrique IV murió en 1474, Isabel se proclamó reina en Segovia. Los partidarios de Juana, apoyados por el rey de Portugal, no lo aceptaron, y estalló una guerra que duró cinco años. Isabel y Fernando la ganaron. En la paz de 1479, Portugal renunció a Castilla, y los dos reinos se repartieron el océano: las islas Canarias para Castilla, y el resto de las costas africanas para Portugal. Ese reparto tendrá mucha importancia en la historia de Colón. Ese mismo año, Fernando heredó el trono de Aragón.
Los reyes se propusieron fortalecer su poder. Sometieron a los nobles más rebeldes, crearon una especie de policía para perseguir a los bandidos en los caminos, la Santa Hermandad (1476), y buscaron la unidad religiosa de sus reinos. Con ese fin, en 1478 obtuvieron del papa permiso para crear un tribunal propio, controlado por ellos: la Inquisición. El título de «Reyes Católicos» se lo concedió otro papa en 1496, en agradecimiento por sus servicios a la Iglesia.
Capítulo 3Ocho siglos de frontera
Para entender la conquista de Granada hay que retroceder casi ocho siglos. En el año 711, un ejército musulmán llegado del norte de África cruzó el estrecho al mando de Tariq y derrotó al último rey visigodo. En pocos años, casi toda la península pasó a formar parte del mundo islámico. Los musulmanes la llamaron al-Ándalus.
Al-Ándalus vivió su época de mayor esplendor con el califato de Córdoba, proclamado en 929. Córdoba, con su gran mezquita, sus bibliotecas y sus baños públicos, fue una de las mayores y más ricas ciudades de Europa. Mientras tanto, en las montañas del norte, pequeños reinos cristianos fueron avanzando hacia el sur: Asturias, León, Castilla, Navarra, Aragón, los condados catalanes y Portugal.
A comienzos del siglo XIII, los reinos cristianos lograron una gran victoria en Las Navas de Tolosa (1212). En las décadas siguientes conquistaron Córdoba (1236), Valencia (1238) y Sevilla (1248). De al-Ándalus solo sobrevivió un reino: el de Granada, gobernado por la dinastía nazarí desde 1238. Para no desaparecer, se convirtió en vasallo de Castilla y le pagó durante largas temporadas fuertes tributos en oro, llamados parias.
Así, Granada vivió dos siglos y medio en una situación extraña: rodeada, amenazada, pero rica y culta. Allí se construyó uno de los edificios más bellos del mundo, la Alhambra, cuyo nombre significa «la roja», por el color de sus muros.
Capítulo 4La guerra de Granada
La guerra final empezó con un golpe de mano. En diciembre de 1481, el rey de Granada, Muley Hacén, se apoderó de la villa castellana de Zahara. En respuesta, en febrero de 1482, el marqués de Cádiz tomó por sorpresa Alhama, una ciudad nazarí situada muy cerca de la capital. Los Reyes Católicos decidieron entonces terminar de una vez con el reino de Granada.
La guerra duró diez años. Los castellanos contaban con una gran ventaja: Granada estaba dividida por una guerra civil. El rey Muley Hacén se enfrentaba a su propio hijo, Boabdil, y más tarde también a su hermano, el Zagal. En 1483, Boabdil cayó prisionero de los castellanos en Lucena. Los Reyes Católicos lo liberaron a cambio de que se declarara su vasallo, y lo usaron para dividir aún más a los granadinos.
La otra gran ventaja fue la artillería. Los reyes reunieron más de un centenar de cañones, llamados lombardas, que lanzaban bolas de piedra y de hierro. Las murallas de las ciudades nazaríes, construidas para resistir ataques de la Edad Media, no aguantaban el bombardeo. Una a una fueron cayendo: Ronda (1485), Loja (1486), Málaga (1487), Baza, Guadix y Almería (1489).
Algunos asedios fueron terribles. Málaga resistió más de tres meses, y como castigo, casi todos sus habitantes, unos 11.000, fueron vendidos como esclavos. Baza aguantó seis meses. Allí se presentó la propia reina Isabel para animar a las tropas, y organizó hospitales para atender a los soldados heridos y enfermos, algo muy poco habitual en la época.
La rendición
Aislada y sin esperanza de ayuda, Granada negoció su rendición. El 25 de noviembre de 1491 se firmaron las Capitulaciones de Granada, con condiciones muy generosas: los musulmanes podrían conservar su religión, sus mezquitas, sus leyes, sus propiedades, su lengua y su forma de vestir, y quien quisiera podría marcharse libremente al norte de África.
El 2 de enero de 1492, Boabdil entregó las llaves de la ciudad. Sobre la torre más alta de la Alhambra, la de la Vela, se izaron la cruz y el estandarte real. La noticia se celebró en toda la Europa cristiana, que lo vio como una revancha por la pérdida de Constantinopla, conquistada por los turcos en 1453.
Las promesas duraron poco. El primer arzobispo de Granada, Hernando de Talavera, intentó convertir a los musulmanes con paciencia, aprendiendo incluso árabe. Pero en 1499 llegó el cardenal Cisneros, que impuso bautismos en masa y mandó quemar miles de libros en árabe. Estalló una rebelión, y tras aplastarla, en 1502 se obligó a todos los musulmanes de Castilla a elegir entre el bautismo o el exilio. Los que se quedaron, llamados moriscos, fueron vigilados durante un siglo, y finalmente expulsados de España entre 1609 y 1614.
Capítulo 5Sefarad: la expulsión de los judíos
Los judíos llamaban a la península ibérica Sefarad, un nombre tomado de la Biblia. Vivían en ella desde la época romana, más de mil años antes de 1492. Fueron médicos, filósofos, comerciantes, artesanos, traductores y consejeros de reyes, tanto en al-Ándalus como en los reinos cristianos. Uno de los mayores sabios de la Edad Media, el filósofo y médico Maimónides, nació en Córdoba en 1138.
La convivencia, sin embargo, nunca fue fácil. Los judíos vivían en barrios separados, las juderías, pagaban impuestos especiales y a menudo se les acusaba de todo tipo de males. En 1391 estalló en Sevilla una oleada de asaltos contra las juderías que se extendió por toda la península. Miles de judíos fueron asesinados y muchos otros aceptaron el bautismo para salvar la vida.
Así nació un nuevo grupo, el de los conversos o «cristianos nuevos». Muchos prosperaron y ocuparon cargos importantes, lo que despertó envidias. Se les acusaba de seguir practicando el judaísmo a escondidas. Para perseguir a esos supuestos «falsos cristianos» se creó en 1478 la Inquisición, que en sus primeras décadas fue especialmente dura: según los cálculos de los historiadores, unas 2.000 personas fueron ejecutadas en sus primeros cincuenta años.
El edicto
Los inquisidores, con Tomás de Torquemada a la cabeza, convencieron a los reyes de que, mientras hubiera judíos en sus reinos, los conversos seguirían tentados a volver a su antigua fe. El 31 de marzo de 1492, en la Alhambra recién conquistada, Isabel y Fernando firmaron el edicto: todos los judíos debían bautizarse o abandonar sus reinos antes del final de julio.
Podían vender sus bienes y llevarse sus pertenencias, pero no oro, ni plata, ni monedas, ni caballos. Con tan poco tiempo, tuvieron que malvender todo lo que tenían. Un cronista de la época, el cura Andrés Bernáldez, lo describió así:
«Daban una casa por un asno, y una viña por un poco de paño o lienzo.»
No sabemos con exactitud cuántos judíos se marcharon. Los historiadores calculan que entre 50.000 y 150.000 personas. Otras muchas prefirieron convertirse para quedarse en su tierra.
La mayoría se fue a Portugal, pero allí solo encontraron un respiro: en 1497, el rey portugués los obligó a bautizarse. Otros cruzaron al norte de África, sobre todo a Fez, o se marcharon a Italia. Muchos terminaron en el Imperio otomano, cuyo sultán, Bayezid II, los acogió de buen grado. Se cuenta que comentó: «¿Cómo podéis llamar sabio a ese rey Fernando, que empobrece su país y enriquece el mío?», aunque probablemente la frase sea una leyenda.
En ciudades como Estambul o Salónica, los sefardíes formaron grandes comunidades que durante más de cuatro siglos siguieron hablando su castellano, el judeoespañol o ladino. Salónica llegó a ser una ciudad de mayoría judía, la «Jerusalén de los Balcanes». Aquella comunidad sobrevivió hasta 1943, cuando los nazis deportaron a casi todos sus miembros a los campos de exterminio.
Capítulo 6Colón y su gran error
Sobre el origen de Cristóbal Colón se han escrito montañas de libros. Se ha dicho que era catalán, gallego, portugués, mallorquín o judío, y en 2024 un documental de televisión anunció un estudio de ADN, sin llegar a publicar sus datos para que otros científicos pudieran revisarlos. La mayoría de los historiadores siguen pensando lo que el propio Colón escribió en un documento de 1498: que había nacido en Génova, hacia 1451, en una familia de tejedores.
Desde muy joven navegó por el Mediterráneo. En 1476, el barco en el que viajaba se hundió en un combate frente a la costa de Portugal, y Colón llegó a tierra nadando, agarrado a un remo. Se instaló en Lisboa, donde su hermano Bartolomé trabajaba haciendo mapas. Lisboa era entonces la capital mundial de la navegación. Allí se casó con Felipa Moniz, hija de un noble de la isla de Madeira, y navegó hasta Guinea, en África, y quizá hasta Irlanda o Islandia.
Poco a poco se le fue ocurriendo una idea: si la Tierra es redonda, se puede llegar a Asia, la tierra de las especias, la seda y el oro, navegando hacia el oeste, en lugar de rodear África como intentaban los portugueses.
La discusión no era sobre la forma de la Tierra, sino sobre su tamaño. Y ahí Colón se equivocó por mucho. Hizo sus cálculos con los datos que más le convenían:
- Usó una medida de un geógrafo árabe, Alfragano, pero confundió las millas árabes con las millas romanas, que eran más cortas. Así, calculó una Tierra una cuarta parte más pequeña de lo que es.
- Creyó a los autores antiguos que exageraban la longitud de Asia hacia el este.
- Añadió que, según Marco Polo, Japón, al que llamaba Cipango, estaba muy lejos de la costa china, en medio del océano.
Con todo eso, concluyó que Japón estaba a unos 4.400 kilómetros al oeste de las islas Canarias. En realidad está a unos 20.000. Ningún barco de la época podía llevar comida y agua para un viaje tan largo sin tocar tierra. Si América no hubiera estado en medio, Colón y todos sus hombres habrían muerto de hambre y sed en el océano.
Capítulo 7Cómo convenció a los reyes
Hacia 1484, Colón presentó su plan al rey de Portugal, Juan II. Sus expertos lo estudiaron y lo rechazaron: los cálculos de Colón, dijeron, eran demasiado optimistas. Tenían razón. Además, Portugal ya tenía su propio proyecto: llegar a la India rodeando África.
Viudo y con un hijo pequeño, Diego, Colón se trasladó a Castilla en 1485. Encontró apoyo en los frailes del monasterio de La Rábida, cerca del puerto de Palos, en Huelva, que le ayudaron a llegar hasta la corte. En enero de 1486, los Reyes Católicos lo recibieron por primera vez. Les interesó la idea, pero estaban en plena guerra de Granada y encargaron a una comisión de sabios que la estudiara.
La espera duró seis años. La comisión, como la portuguesa, pensó que el viaje era imposible por la distancia. Mientras tanto, Colón vivió en Córdoba, donde tuvo otro hijo, Hernando, con Beatriz Enríquez de Arana. Su hermano Bartolomé intentó ofrecer el proyecto a los reyes de Inglaterra y de Francia, sin éxito.
El último intento
A finales de 1491, Colón volvió a presentar su plan a los reyes, en el campamento de Santa Fe, frente a Granada. Esta vez lo rechazaron por sus exigencias, que parecían desmesuradas. Colón, harto, se marchó montado en una mula, decidido a probar suerte en Francia.
Entonces intervino Luis de Santángel, un funcionario del rey Fernando de una familia de conversos valencianos, encargado de las finanzas. Convenció a Isabel de que el riesgo era pequeño y la posible ganancia, enorme: si Colón fracasaba, se perdía poco dinero; si triunfaba, Castilla llegaría a Asia antes que Portugal. Él mismo adelantó el dinero. La reina mandó a un mensajero a buscar a Colón, que lo alcanzó a unos diez kilómetros, en el puente de Pinos Puente.
El 17 de abril de 1492, en Santa Fe, se firmaron las Capitulaciones, el contrato entre los reyes y Colón. Sus condiciones eran asombrosas para un marino extranjero sin fortuna:
Los reyes aceptaron porque, en realidad, no creían que fuera a encontrar gran cosa. Cuando resultó que sí, estas promesas se convirtieron en un problema, y Colón y sus herederos pasaron décadas pleiteando con la Corona para que las cumpliera.
Capítulo 8Tres barcos y noventa hombres
La expedición se preparó en el puerto de Palos de la Frontera. Constaba de tres barcos: dos carabelas, ligeras y rápidas, la Pinta y la Niña; y una nao, más grande y lenta, la Santa María, que sería la nave capitana, mandada por el propio Colón.
Hoy nos parecen diminutos. En la Santa María no había camarotes para la tripulación: solo el capitán tenía una pequeña cámara. Los marineros dormían sobre la cubierta, donde encontraban un hueco. Comían una vez al día algo caliente, cocinado en un fogón sobre un cajón de arena: legumbres, tocino o pescado en salazón, y sobre todo bizcocho, un pan cocido dos veces para que durara meses sin pudrirse. Bebían vino y agua, que con las semanas se volvía verdosa.
Los capitanes de las carabelas eran dos hermanos de Palos, marinos muy experimentados: Martín Alonso Pinzón, de la Pinta, y Vicente Yáñez Pinzón, de la Niña. Su prestigio fue clave para convencer a los marineros de la zona, que desconfiaban de aquel extranjero. En total embarcaron unos noventa hombres, casi todos de Palos, Moguer y Huelva. Solo cuatro eran presos a los que se perdonó la pena a cambio de alistarse.
Cómo se navegaba
No había forma de saber con exactitud dónde estaba el barco. Colón navegaba «por estima»: sabía hacia dónde iba gracias a la brújula, calculaba a ojo la velocidad y medía el tiempo con un reloj de arena de media hora, la ampolleta. Un grumete le daba la vuelta cada vez que se vaciaba, cantando una oración. Multiplicando velocidad por tiempo, apuntaba cada día la distancia recorrida.
El viaje reservó sorpresas inquietantes. El 13 de septiembre, Colón notó que la aguja de la brújula ya no apuntaba exactamente a la estrella Polar: había observado que la diferencia entre el norte que marca la brújula y el norte verdadero cambia de un lugar a otro del océano. Días después, los barcos entraron en un mar cubierto de algas flotantes, el mar de los Sargazos, y los marineros temieron quedarse atrapados en él.
Capítulo 9¡Tierra!
El 3 de agosto de 1492, media hora antes de la salida del sol, los tres barcos zarparon de Palos. Se dirigieron primero a las islas Canarias, que Castilla estaba terminando de conquistar, para reparar el timón de la Pinta, que se había roto, y cargar agua, leña y comida. El 6 de septiembre dejaron atrás La Gomera y se adentraron en un océano que nadie había cruzado.
Colón eligió navegar recto hacia el oeste, a la altura de Canarias, y acertó: en esa zona soplan casi siempre vientos del este, los alisios, que empujaron los barcos a buen ritmo. Para volver, en cambio, tendría que buscar otros vientos más al norte.
Pasaban los días y no aparecía tierra. Hubo varias falsas alarmas: el 25 de septiembre, Martín Alonso Pinzón gritó que veía tierra, y todos se arrodillaron a dar gracias... pero eran nubes. El 7 de octubre, siguiendo a bandadas de pájaros, cambiaron el rumbo hacia el suroeste. El 10 de octubre, tras más de un mes sin ver costa, la tripulación estalló. Colón escribió: «Aquí la gente ya no lo podía sufrir; quejábase del largo viaje». Consiguió calmarlos, según algunas versiones prometiendo que volverían si no encontraban tierra en pocos días.
El 11 de octubre aparecieron señales claras: un palo tallado por manos humanas y una rama con flores flotando en el agua. Esa noche, hacia las diez, Colón creyó ver una luz a lo lejos, «como una candelilla de cera que se alzaba y levantaba». A las dos de la madrugada del 12 de octubre, el vigía de la Pinta, Rodrigo de Triana, vio a la luz de la luna una costa blanca y gritó: «¡Tierra, tierra!». Esta vez era verdad.
Aquella mañana desembarcaron en una pequeña isla de las Bahamas que sus habitantes llamaban Guanahaní. Colón bajó a tierra con el estandarte real y dos banderas con una cruz verde y las iniciales de los reyes, la F y la Y, tomó posesión de la isla en nombre de Castilla y la bautizó como San Salvador.
Allí vivían los lucayos, un pueblo de la gran familia de los taínos, que habitaban las Bahamas y las grandes islas del Caribe. Colón los llamó «indios», porque estaba convencido de haber llegado a las Indias, es decir, a Asia. El nombre, fruto de un error, se ha quedado para siempre.
Su diario muestra una mezcla inquietante de admiración y ambición. Describe a los lucayos como gente «muy bien hecha, de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras», pacífica y generosa, que no conocía las armas de hierro: cuando les enseñó las espadas, «las tomaban por el filo y se cortaban con ignorancia». Pero enseguida añade: «Ellos deben ser buenos servidores». Y dos días después escribe que con cincuenta hombres se podría someterlos a todos. Era un anuncio de lo que vendría.
Capítulo 10Un mundo desconocido
Colón recorrió varias islas de las Bahamas preguntando por el oro y por el gran emperador de China, el Gran Kan. Los lucayos le hablaron, por señas, de una isla enorme al sur. El 28 de octubre llegó a Cuba. Quedó deslumbrado: «Nunca tan hermosa cosa vido», escribió. Convencido de que Cuba era parte del continente asiático, envió tierra adentro a dos hombres, entre ellos el intérprete Luis de Torres, a buscar al Gran Kan con cartas de los reyes.
No encontraron ningún emperador, sino aldeas de casas de madera y palma. Pero volvieron con una novedad: habían visto a hombres y mujeres que llevaban en la mano unos tizones de hierbas enrolladas, encendidos por un extremo, y aspiraban su humo. Eran los primeros europeos en ver fumar tabaco.
El 21 de noviembre, Martín Alonso Pinzón se separó con la Pinta sin permiso de Colón, probablemente para buscar oro por su cuenta. Colón siguió con las otras dos naves y el 6 de diciembre llegó a una gran isla montañosa que le recordó a Castilla. La llamó La Española; hoy la comparten Haití y la República Dominicana. Allí lo recibió amistosamente un cacique llamado Guacanagarí, y los españoles vieron por fin oro: pequeñas piezas que los taínos llevaban como adorno y cambiaban con gusto por cascabeles y cuentas de vidrio.
En la noche del 24 al 25 de diciembre, mientras Colón dormía, el timonel de la Santa María dejó el timón en manos de un grumete, algo que estaba prohibido. Las corrientes arrastraron suavemente el barco contra un arrecife, donde quedó encallado sin remedio. La gente de Guacanagarí ayudó a descargarlo todo con sus canoas, y Colón anotó con asombro que no se perdió «ni una agujeta», es decir, ni la punta de un cordón.
Como no cabían todos en la pequeña Niña, Colón decidió dejar allí a 39 hombres, en un fuerte construido con la madera de la Santa María. Lo llamó La Navidad, por la fecha del naufragio. Fue el primer asentamiento europeo en América desde los vikingos. Cuando Colón volvió, un año después, lo encontró quemado y a todos sus hombres muertos: se habían peleado entre ellos y habían abusado de los taínos, hasta que un cacique de la zona acabó con ellos.
Capítulo 11El regreso y la noticia
El 6 de enero de 1493 reapareció la Pinta, y las dos carabelas emprendieron juntas el regreso el 16 de enero. Colón sabía que no podía volver por el mismo camino, contra los alisios, y subió hacia el norte en busca de vientos del oeste. Otra vez acertó.
A mediados de febrero, cerca de las islas Azores, les sorprendió una tormenta terrible que separó las dos naves. Convencido de que iba a morir, Colón escribió un relato del viaje en un pergamino, lo envolvió en un paño encerado, lo metió en un barril y lo arrojó al mar, con la esperanza de que alguien lo encontrara si la Niña se hundía. Nunca se encontró.
Otra tormenta empujó a la Niña hasta Lisboa, el 4 de marzo. Allí Colón fue recibido por el rey Juan II, el mismo que había rechazado su proyecto. Según un cronista portugués, algunos cortesanos le propusieron al rey matarlo en secreto para quedarse con el descubrimiento; el rey no quiso. Finalmente, el 15 de marzo de 1493, la Niña entró en el puerto de Palos. La Pinta llegó ese mismo día, horas más tarde. Martín Alonso Pinzón, enfermo, murió pocos días después.
En abril, los reyes recibieron a Colón en Barcelona con todos los honores. Desfiló ante la corte con varios taínos, loros de colores, adornos de oro y plantas nunca vistas. Mientras tanto, una carta suya contando el viaje se imprimió en Barcelona y, en pocos meses, en Roma, Basilea, París y Amberes. Gracias a la imprenta, la noticia recorrió Europa a una velocidad nunca vista.
Colón hizo tres viajes más. Pero fue mucho mejor navegante que gobernante: como virrey de La Española fue tan duro y desorganizado que los propios colonos se rebelaron, y en 1500 un enviado de los reyes lo mandó de vuelta a España encadenado. Recuperó la libertad, pero no sus cargos. Murió en Valladolid en 1506, rico pero amargado, sin admitir nunca del todo que aquellas tierras no eran Asia.
Capítulo 12El gran intercambio
El viaje de Colón unió dos mitades del planeta que habían evolucionado separadas durante miles de años. Plantas, animales, personas, ideas y enfermedades empezaron a cruzar el océano en las dos direcciones. Los historiadores llaman a este proceso el intercambio colombino, y algunos biólogos lo consideran uno de los mayores cambios en la historia de la vida en la Tierra desde la extinción de los dinosaurios.
Piensa en tu cocina. Sin 1492 no existirían la tortilla de patatas, el gazpacho con tomate, el chocolate, las patatas fritas ni el pimentón. La comida italiana no tendría salsa de tomate, ni la india o la tailandesa guindilla picante. Y en América no habría café, ni carne de vaca, ni pan de trigo, ni caballos.
La patata, fácil de cultivar y muy nutritiva, permitió alimentar a muchos más europeos y ayudó a que la población de Europa creciera durante los siglos siguientes. Tanto, que algunos países llegaron a depender peligrosamente de ella: cuando una plaga arruinó las cosechas de patata en 1845, Irlanda sufrió una hambruna terrible, como se cuenta en el libro Restauración y revoluciones.
La cara más oscura
Para los pueblos de América, la llegada de los europeos fue una catástrofe. Los indígenas no tenían ninguna defensa contra enfermedades como la viruela o el sarampión, que en Europa, Asia y África circulaban desde hacía siglos. Las epidemias, junto con las guerras, el trabajo forzado y el hundimiento de sus sociedades, provocaron un desplome demográfico gigantesco. Muchos historiadores calculan que en el siglo siguiente a 1492 murió cerca del 90 % de la población indígena de América. En La Española, donde quizá vivían cientos de miles de taínos en 1492, en 1514 quedaban menos de 30.000.
Para sustituir a esa mano de obra, los europeos llevaron a América a millones de africanos esclavizados. La trata atlántica de esclavos, que duró hasta el siglo XIX, fue otra de las consecuencias de aquel encuentro.
Capítulo 13Fechas clave y resumen
- 711
- Los musulmanes llegan a la península ibérica.
- 1238
- Comienza el reino nazarí de Granada.
- 19 de octubre de 1469
- Boda de Isabel y Fernando en Valladolid.
- 1478
- Se crea la Inquisición.
- 1479
- Fin de la guerra de sucesión; Fernando, rey de Aragón.
- 1482–1492
- Guerra de Granada.
- 2 de enero de 1492
- Boabdil entrega Granada.
- 31 de marzo de 1492
- Edicto de expulsión de los judíos.
- 17 de abril de 1492
- Capitulaciones de Santa Fe.
- 3 de agosto de 1492
- Colón zarpa de Palos.
- 12 de octubre de 1492
- Llegada a Guanahaní.
- 25 de diciembre de 1492
- Naufragio de la Santa María; se funda La Navidad.
- 15 de marzo de 1493
- Colón regresa a Palos.
- 1494
- Tratado de Tordesillas: Castilla y Portugal se reparten el océano.
- 1506
- Muere Colón en Valladolid.
Resumen en seis frases
- El matrimonio de Isabel y Fernando unió las coronas de Castilla y Aragón, aunque cada reino conservó sus leyes.
- Tras diez años de guerra, el 2 de enero de 1492 cayó Granada, el último reino musulmán de la península.
- Ese mismo año, los judíos tuvieron que elegir entre el bautismo o el exilio; los que se marcharon, los sefardíes, conservaron durante siglos su lengua.
- Colón, convencido por un error de cálculo de que Asia estaba cerca, consiguió el apoyo de los reyes y zarpó de Palos el 3 de agosto.
- El 12 de octubre llegó a las Bahamas, y después a Cuba y La Española, creyendo que estaba en Asia.
- Su viaje conectó para siempre los dos lados del Atlántico, con enormes consecuencias para la alimentación, las lenguas y la vida de todo el planeta, y con una catástrofe para los pueblos indígenas.
Para pensar: Colón llegó a América gracias a un error de cálculo, y los expertos que lo contradecían tenían razón. ¿Conoces otros casos en los que alguien acertó por motivos equivocados? ¿Qué nos enseña eso sobre la suerte y la ciencia?