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Restauración y revoluciones

De Waterloo a la Primavera de los Pueblos (1815–1848)

Serie «Europa en revolución» · Libro 3 · Viene de Napoleón

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Capítulo 1Europa tras la tormenta

En el verano de 1815, tras la derrota de Napoleón en Waterloo, Europa respiró. Llevaba más de veinte años de guerras casi continuas, desde que la Francia revolucionaria declaró la guerra a Austria en 1792. Millones de personas habían muerto, ciudades enteras estaban arruinadas y casi todas las fronteras del continente habían cambiado una o varias veces.

Los reyes y emperadores vencedores tenían un objetivo muy claro: que aquello no volviera a ocurrir nunca. Querían que ninguna revolución volviera a derribar un trono y que ningún país volviera a dominar a todos los demás. Para ellos, la Revolución francesa había sido una enfermedad, y Napoleón, su síntoma más grave. Había que curar a Europa volviendo al orden de antes de 1789. A esa vuelta al pasado se la llama Restauración.

Pero había un problema. Durante veinte años, millones de europeos habían vivido bajo leyes nuevas: igualdad ante la ley, fin de los privilegios de los nobles, códigos civiles, constituciones, ciudadanos en lugar de súbditos. Muchos soldados habían recorrido el continente de Lisboa a Moscú y habían visto que otro mundo era posible. Esas ideas no se podían borrar por decreto.

Para entenderlo mejor: una restauración a medias Ni siquiera los reyes restaurados pudieron volver del todo al pasado. En Francia, el nuevo rey Luis XVIII, hermano del guillotinado Luis XVI, mantuvo el Código Civil de Napoleón, los prefectos, el Banco de Francia y la Legión de Honor. Sabía que, si intentaba devolver a los nobles sus antiguos privilegios o quitar a los campesinos las tierras que habían comprado durante la Revolución, estallaría otra. Aceptó incluso gobernar con una Constitución, aunque la presentó como un regalo suyo al pueblo y no como un derecho del pueblo.

Los siguientes treinta y tres años fueron un choque constante entre dos fuerzas: los que querían volver atrás y los que querían seguir adelante. Ese choque produjo tres grandes oleadas de revoluciones, cada una más grande que la anterior.

1.ª ola2.ª ola3.ª ola 1815Viena 1820Riego 1823Cien Mil Hijosde San Luis 1830París,Bruselas 1832reformabritánica 1848toda Europa 1852Napoleón III
A escala: cada año ocupa el mismo espacio. Las revoluciones llegaron en oleadas, y la de 1848 fue la mayor de la historia de Europa.
Idea clave: después de Napoleón, los reyes quisieron volver al mundo de antes de 1789, pero las ideas de la Revolución ya se habían extendido demasiado. De ese choque nacieron tres oleadas de revoluciones: 1820, 1830 y 1848.

Capítulo 2El Congreso de Viena: rehacer el mapa

Entre septiembre de 1814 y junio de 1815, los representantes de casi todos los Estados de Europa se reunieron en Viena, la capital de Austria, para decidir cómo quedaba el continente tras Napoleón. Fue la mayor reunión diplomática que se había visto nunca: además de los grandes negociadores acudieron reyes, príncipes, cientos de diplomáticos y miles de acompañantes.

Las decisiones importantes las tomaron las cuatro potencias vencedoras, más una invitada inesperada:

¿Sabías que...? Talleyrand fue el gran superviviente de su época. Fue obispo con Luis XVI, diputado durante la Revolución, ministro de Exteriores con Napoleón y de nuevo ministro con Luis XVIII. Aún le quedaba un último papel: a partir de 1830 fue embajador en Londres del rey Luis Felipe. Napoleón, furioso con él por sus intrigas, le llamó una vez delante de toda la corte «basura en una media de seda» (en realidad usó una palabra bastante más grosera). Talleyrand no se inmutó. Al salir, comentó: «Qué lástima que un hombre tan grande esté tan mal educado».

Tres principios

Los negociadores se guiaron por tres ideas:

  1. Legitimidad. Devolver los tronos a las familias reales «legítimas» que habían gobernado antes de la Revolución: los Borbones en Francia, España y Nápoles, el papa en Roma, la casa de Orange en los Países Bajos...
  2. Equilibrio. Que ninguna potencia fuera tan fuerte como para dominar a las demás. Por eso se rodeó a Francia de Estados más sólidos, como un «cinturón» de seguridad: un reino unido de Holanda y Bélgica al norte, Prusia en el Rin y un reino de Piamonte-Cerdeña reforzado al sureste.
  3. Compensaciones. Si una potencia perdía un territorio, recibía otro a cambio. Se intercambiaron regiones enteras como fichas de un juego, sin preguntar nunca a sus habitantes. Génova, una república independiente desde hacía siglos, fue entregada al rey de Piamonte. Noruega pasó de Dinamarca a Suecia. Venecia quedó en manos de Austria.
RusiaPrusiaAustria Gran BretañaFrancia (vencida) Casi toda Polonia,convertida en reinocon el zar como rey.Conserva Finlandia. Renania y Westfalia(ricas en carbón),y dos quintas partesde Sajonia. Lombardía y Veneciaen Italia, y la costade Dalmacia. Presidela Confederación Germánica. Islas y bases por todoel mundo: Malta,El Cabo, Ceilán...Domina los mares. Vuelve a sus fronterasde 1790, paga 700millones de francosy es ocupada tres años.
Las cinco grandes potencias en 1815. Las cuatro vencedoras se repartieron territorios; Francia pagó la factura de los Cien Días.

El mapa de Alemania se simplificó mucho. En lugar de los más de trescientos territorios del antiguo Sacro Imperio, se creó una Confederación Germánica de 39 Estados, presidida por Austria. No era un país, sino una alianza de reinos, ducados y ciudades libres, cada uno con su soberano.

Mientras los diplomáticos discutían, a principios de marzo de 1815 llegó una noticia que heló la sangre de todos: Napoleón había escapado de Elba. Las potencias aparcaron sus diferencias, le declararon fuera de la ley y aceleraron las negociaciones. El Acta Final del Congreso se firmó el 9 de junio de 1815, nueve días antes de Waterloo.

¿Sabías que...? El Congreso fue también una fiesta interminable, con bailes, cacerías, conciertos y banquetes casi cada noche. Un viejo príncipe, Charles-Joseph de Ligne, resumió el ambiente con una frase famosa: «El congreso baila, pero no avanza». Entre fiesta y fiesta, los invitados de toda Europa se aficionaron al baile de moda en Viena, que a muchos les parecía escandaloso porque las parejas giraban abrazadas: el vals.
¿Sabías que...? Antes de 1815, los diplomáticos de distintos países se peleaban constantemente, a veces a golpes, por ver quién entraba primero en una sala o quién se sentaba más cerca del rey, porque eso reflejaba la importancia de su país. El Congreso de Viena acabó con el problema con una regla sencilla: los embajadores se ordenarían según la fecha en que llegaron a su puesto. Esa norma sigue usándose hoy en las embajadas de todo el mundo. El Congreso condenó también, por primera vez de forma conjunta, el comercio de esclavos.

Vigilar Europa: la Santa Alianza

Para proteger lo acordado, en septiembre de 1815 los monarcas de Rusia, Austria y Prusia firmaron la Santa Alianza: se comprometían a gobernar según los principios cristianos y a ayudarse mutuamente. Al ministro británico Castlereagh le pareció «una pieza de sublime misticismo y disparate», y Gran Bretaña no la firmó. Pero sí se unió a otra alianza más práctica, junto a Austria, Rusia y Prusia, para reunirse periódicamente en congresos y resolver los problemas de Europa entre todos. Nació así el llamado Concierto Europeo.

En esos congresos, Austria, Rusia y Prusia impusieron un principio muy importante, aunque Gran Bretaña no estaba de acuerdo: el derecho de intervención. Si estallaba una revolución en algún país, las potencias podían enviar sus ejércitos para aplastarla. Lo aplicarán, como veremos, en Italia y en España.

Idea clave: en Viena, las potencias rehicieron el mapa de Europa buscando el equilibrio entre ellas y devolviendo los tronos a las familias reales, sin preguntar a los pueblos. El sistema evitó una guerra general en Europa durante un siglo, hasta 1914, pero ignoró las nuevas ideas de libertad y nación.

Capítulo 3Las ideas que no volvieron a la botella

Metternich tenía claro quiénes eran sus enemigos: dos ideas que la Revolución francesa había extendido por Europa. Las veía como dos enfermedades contagiosas.

El liberalismo

Los liberales querían limitar el poder de los reyes con una Constitución: una ley por encima de todas las demás que garantizara derechos (libertad de expresión, de prensa, de reunión, igualdad ante la ley) y separara los poderes. Las leyes las haría un Parlamento elegido. Pero, ojo, casi todos los liberales de la época no querían que votara todo el mundo. Defendían el sufragio censitario: solo votaban los hombres con cierto nivel de riqueza, porque pensaban que solo los propietarios tenían la educación y el interés necesarios para gobernar bien.

¿Sabías que...? La palabra «liberal», con su significado político, es un invento español. Nació en las Cortes de Cádiz, entre 1810 y 1812, para llamar a los diputados que defendían la libertad y la Constitución, frente a los partidarios del poder absoluto del rey, a los que apodaban «serviles». Desde España, la palabra pasó al inglés, al francés y a casi todos los idiomas del mundo.

El nacionalismo

La segunda idea era todavía más explosiva. Hasta entonces, las fronteras se decidían por guerras, bodas y herencias entre familias reales. A nadie le importaba mucho qué idioma hablaban los súbditos de un rey. El nacionalismo defendía algo nuevo: que cada nación, es decir, cada pueblo con una lengua, una cultura y una historia comunes, tenía derecho a gobernarse a sí mismo en su propio Estado.

Esa idea amenazaba el mapa de Viena de dos maneras:

Esto último era una pesadilla para Metternich. El Imperio austriaco era un mosaico de alemanes, húngaros, checos, eslovacos, polacos, rutenos, rumanos, croatas, serbios, eslovenos e italianos. Si cada pueblo exigía su propio Estado, el imperio saltaría en pedazos. Por eso, para él, el nacionalismo era un peligro mortal.

Todo el poder al rey Todo el poder al pueblo AbsolutismoLiberalismoDemocraciaSocialismo El rey mandasin límites.Metternich,Fernando VII Constitución, perosolo votan los ricos.La burguesía,Luis Felipe Voto para todos loshombres, a menudorepública.Mazzini, Kossuth Igualdad tambiéneconómica, poderpara los obreros.Louis Blanc, Marx Casi nadie defendía entonces el voto de las mujeres.
Las grandes corrientes políticas del siglo XIX, ordenadas según a quién querían dar el poder.

El romanticismo

Las ideas nacionalistas se extendieron gracias a un gran movimiento artístico: el romanticismo. Frente a la razón fría de la Ilustración, los románticos exaltaban los sentimientos, la naturaleza salvaje, la libertad del individuo y, sobre todo, el pasado de cada pueblo: sus leyendas, sus canciones y sus héroes. Poetas, músicos y pintores se convirtieron en los grandes propagandistas de las naciones.

¿Sabías que...? Los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm no recopilaron sus famosos cuentos solo para entretener a los niños. Era también un proyecto nacionalista: querían rescatar el «alma del pueblo alemán» escondida en las historias que contaban los campesinos. La primera edición, de 1812, era bastante más cruda que la que conocemos. En ella, quien intentaba matar a Blancanieves no era su madrastra, sino su propia madre. En ediciones posteriores los Grimm la cambiaron por una madrastra, porque les parecía demasiado terrible para los lectores.

Censura y sociedades secretas

Metternich respondió con mano dura. En 1819, después de que un estudiante nacionalista asesinara a un escritor conservador, impuso en toda Alemania los Decretos de Karlsbad: censura de prensa, vigilancia de las universidades y persecución de las asociaciones de estudiantes. En toda Europa, la policía abría cartas y pagaba espías.

Como no podían actuar a la luz del día, los liberales se organizaron en sociedades secretas. La más famosa fue la de los carbonarios en Italia, que tomaban su nombre y sus rituales de los carboneros de los bosques. En España, muchos liberales se reunían en logias masónicas y preparaban sublevaciones militares.

Idea clave: el liberalismo (una Constitución que limite al rey) y el nacionalismo (cada pueblo, su Estado) fueron las dos fuerzas que desafiaron el orden de Viena. El romanticismo les dio sus canciones, sus cuadros y sus héroes.

Capítulo 4España: el rey Felón y el Trienio Liberal

Pocos países vivieron el choque entre pasado y futuro con tanta intensidad como España. Durante la guerra contra Napoleón, mientras el rey Fernando VII estaba retenido en Francia, las Cortes de Cádiz habían aprobado la Constitución de 1812, «la Pepa». Los españoles llamaban a su rey ausente «el Deseado».

Cuando Fernando volvió en 1814, muchos esperaban que jurara la Constitución. Hizo justo lo contrario. El 4 de mayo de 1814, en Valencia, firmó un decreto que anulaba la Constitución y todas las leyes de Cádiz «como si no hubiesen pasado jamás tales actos». Los diputados liberales fueron detenidos, encarcelados o desterrados. Volvió la Inquisición.

¿Sabías que...? A su regreso, en algunas ciudades, una parte del pueblo desenganchó los caballos del carruaje del rey para tirar de él con sus propias manos, al grito de «¡Vivan las caenas!» (las cadenas). Para los liberales, aquel grito resumía la tragedia de España: un pueblo que celebraba perder su libertad.

El pronunciamiento de Riego (1820)

Durante seis años, los liberales intentaron varias sublevaciones militares, todas fracasadas. Hasta que el 1 de enero de 1820, en el pueblo sevillano de Las Cabezas de San Juan, el teniente coronel Rafael del Riego se sublevó con sus tropas y proclamó la Constitución de 1812. Esos soldados estaban reunidos cerca de Cádiz para embarcar hacia América, donde las colonias luchaban por su independencia, y no tenían ninguna gana de ir.

Al principio, la rebelión parecía fracasar. Pero poco a poco se sumaron otras ciudades, y en marzo Fernando VII tuvo que jurar la Constitución. Publicó un manifiesto con una frase que se hizo célebre por su hipocresía: «Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional».

¿Sabías que...? Este tipo de golpe, en el que un militar se «pronuncia» a favor de un cambio político y espera que otros se le unan, se llamó pronunciamiento. Fue tan frecuente en la España del siglo XIX que la palabra pasó, tal cual, al inglés y a otros idiomas.

Empezaba el Trienio Liberal (1820–1823): tres años de gobierno constitucional con libertad de prensa, abolición de la Inquisición y reformas. Se hizo muy popular una canción de marcha, el Himno de Riego, que un siglo después sería el himno oficial de la Segunda República. Los liberales más exaltados cantaban también el Trágala, una copla para burlarse de los absolutistas: «Trágala, trágala, trágala, perro».

Pero el rey conspiraba en secreto contra su propio gobierno y pedía ayuda a las potencias extranjeras. Y los liberales estaban divididos entre moderados y exaltados.

Los Cien Mil Hijos de San Luis (1823)

En 1822, en el Congreso de Verona, las potencias de la Santa Alianza decidieron aplicar su derecho de intervención. En abril de 1823, un ejército francés de unos 95.000 soldados, mandado por el duque de Angulema, cruzó los Pirineos. Los llamaron los Cien Mil Hijos de San Luis, por el rey santo de Francia. Apenas encontraron resistencia: muchos campesinos, influidos por el clero, los recibieron como libertadores.

¿Sabías que...? La última batalla de aquella campaña fue la toma del fuerte del Trocadero, en la bahía de Cádiz, en agosto de 1823. En Francia se celebró tanto que se puso ese nombre a una gran plaza de París. Hoy, la famosa explanada del Trocadero, desde donde se hacen las mejores fotos de la Torre Eiffel, recuerda una batalla en Cádiz.

Fernando VII recuperó su poder absoluto y se vengó sin piedad. Riego fue capturado y llevado a Madrid, donde lo ahorcaron el 7 de noviembre de 1823. Empezó la Década Ominosa (1823–1833): diez años de represión, en los que miles de liberales tuvieron que exiliarse, sobre todo a Londres. Por haber traicionado una y otra vez su palabra, los liberales dejaron de llamar a Fernando «el Deseado» y empezaron a llamarle «el rey Felón», es decir, el traidor.

¿Sabías que...? En 1831, en Granada, una joven viuda llamada Mariana Pineda fue ejecutada por haber bordado una bandera para los liberales, con el lema «Ley, Libertad, Igualdad». Se negó a delatar a nadie a cambio de su vida. Se convirtió en un símbolo de la libertad, y un siglo después Federico García Lorca le dedicó una obra de teatro. Ese mismo año, el general Torrijos y cuarenta y ocho compañeros fueron fusilados en una playa de Málaga tras caer en una trampa. Un famoso cuadro de Antonio Gisbert, en el Museo del Prado, recuerda la escena.

Mientras tanto, casi todo el imperio español en América se había independizado: la batalla de Ayacucho, en 1824, fue la última gran derrota española en el continente. Pero esa es otra historia, que merece su propio libro.

Idea clave: en España, Fernando VII anuló la Constitución de Cádiz, la juró a la fuerza en 1820 tras el pronunciamiento de Riego y la volvió a anular en 1823 con la ayuda de un ejército francés enviado por las potencias europeas.

Capítulo 5La primera ola: 1820 y la independencia de Grecia

El éxito inicial de Riego tuvo un efecto contagio inmediato. En 1820 estallaron revoluciones liberales en Nápoles y Portugal, y en 1821 en el Piamonte. Todas pedían una Constitución, y varias copiaron directamente la española de 1812, que se convirtió en un modelo para los liberales de media Europa.

La respuesta de la Santa Alianza fue rápida. Austria envió sus tropas a Italia y aplastó las revoluciones de Nápoles y Piamonte en 1821. Dos años después, como ya has visto, Francia hizo lo mismo en España. El sistema de Metternich funcionaba: toda revolución era aplastada desde fuera.

La excepción griega

Solo hubo una excepción, y fue muy especial. Desde el siglo XV, Grecia formaba parte del Imperio otomano, gobernado por los sultanes turcos desde Constantinopla (hoy Estambul). En 1821 los griegos se sublevaron para conseguir su independencia. La guerra fue terrible, con matanzas en ambos bandos. En 1822, los otomanos arrasaron la isla de Quíos: decenas de miles de griegos fueron asesinados o vendidos como esclavos. El pintor francés Eugène Delacroix pintó la escena en un cuadro que conmocionó a Europa.

Los europeos cultos, educados en la admiración por la antigua Grecia de Homero, Platón y Pericles, se volcaron con los rebeldes. Se les llamó filohelenos, «amigos de los griegos». Cientos de voluntarios fueron a luchar.

¿Sabías que...? El voluntario más famoso fue el gran poeta inglés lord Byron, una auténtica estrella de su época. Gastó una fortuna en armar y pagar a soldados griegos. Pero nunca llegó a combatir: murió de fiebres en la ciudad sitiada de Missolonghi en abril de 1824, con 36 años. En Grecia se le considera un héroe nacional: Vyron, su nombre en griego, se convirtió en un nombre de pila, y un barrio de Atenas se llama así en su honor.

¿Por qué las potencias, que aplastaban todas las revoluciones, ayudaron a esta? Porque los rebeldes eran cristianos que luchaban contra un imperio musulmán, porque la opinión pública europea lo exigía y, sobre todo, porque Rusia, Gran Bretaña y Francia querían debilitar al Imperio otomano y ganar influencia en el Mediterráneo oriental. En octubre de 1827, sus flotas destruyeron a la flota otomana y egipcia en la bahía de Navarino, en la que fue la última gran batalla naval de la historia librada solo con barcos de vela. En 1830 Grecia fue reconocida como Estado independiente. Su primer rey fue un príncipe bávaro, Otón, que llegó a su nuevo reino en 1833 con solo 17 años.

La primera ola llegó incluso a Rusia. En diciembre de 1825, un grupo de oficiales que habían conocido París durante las guerras contra Napoleón se sublevó en San Petersburgo pidiendo una Constitución. Los llamaron los decembristas. El nuevo zar, Nicolás I, los aplastó a cañonazos en una sola tarde.

Idea clave: la primera oleada revolucionaria (1820–1825) fue aplastada en casi todas partes por la intervención de las potencias. Solo triunfó Grecia, porque su lucha contra el Imperio otomano convenía a los intereses de las grandes potencias.

Capítulo 61830: las Tres Gloriosas

En Francia, Luis XVIII gobernó con una Constitución llamada Carta otorgada: «otorgada» porque se presentaba como un regalo del rey, que en teoría podía retirarlo. Había un Parlamento, pero solo podían votar los hombres mayores de 30 años que pagaran muchos impuestos: menos de 100.000 personas en un país de más de 30 millones de habitantes.

En 1824 murió Luis XVIII y le sucedió su hermano, Carlos X, un absolutista convencido que había dicho que prefería «cortar leña antes que ser rey como el rey de Inglaterra». Se coronó en la catedral de Reims con toda la pompa de la Edad Media, aprobó una gran indemnización para los nobles que habían perdido sus tierras en la Revolución y una ley que castigaba con la muerte profanar las hostias consagradas, aunque nunca llegó a aplicarse.

En 1830 los liberales ganaron las elecciones. Carlos X respondió publicando el 26 de julio cuatro Ordenanzas: disolvía la nueva Cámara antes de que se reuniera, suprimía la libertad de prensa y cambiaba la ley electoral para que solo votaran los más ricos de todos. Fue un golpe de Estado desde el trono.

París estalló. Durante tres días, el 27, 28 y 29 de julio de 1830, obreros, estudiantes, artesanos y burgueses levantaron barricadas en las estrechas calles de la ciudad. Los soldados del rey, atrapados entre las barricadas y bajo una lluvia de adoquines, tejas y muebles lanzados desde las ventanas, acabaron retirándose. Fueron las Tres Gloriosas. Carlos X abdicó y huyó a Inglaterra. Fue el último rey de la rama principal de los Borbones franceses.

Un rey burgués

Los obreros querían una república. Pero los banqueros y políticos liberales, que temían otra revolución como la de 1793, se adelantaron y ofrecieron el trono a un primo del rey, Luis Felipe de Orleans. Era una elección muy simbólica: de joven había luchado en el ejército de la Revolución, y su padre, llamado «Felipe Igualdad», había votado a favor de guillotinar a Luis XVI.

Luis Felipe no se llamó «rey de Francia», sino «rey de los franceses», para indicar que su poder venía de la nación. Recuperó la bandera tricolor y rebajó un poco la riqueza necesaria para votar, aunque seguía votando menos del 1 % de los franceses. Le gustaba pasear por París vestido de burgués, con sombrero de copa y un paraguas bajo el brazo. Cuando la oposición le pidió ampliar el voto, su gran ministro, Guizot, respondió con una frase famosa: «Enriqueceos», es decir, hacedos lo bastante ricos para poder votar.

¿Sabías que...? El caricaturista Charles Philipon dibujó la cara de Luis Felipe transformándose, en cuatro pasos, en una pera. El dibujo hizo tanta gracia que las peras aparecieron pintadas por las paredes de todo París, y el rey se convirtió para siempre en «la Pera». El gran dibujante Honoré Daumier acabó seis meses en la cárcel por otra caricatura del rey.
¿Sabías que...? El cuadro más famoso sobre una revolución, La Libertad guiando al pueblo de Eugène Delacroix, con una mujer que lleva la bandera tricolor sobre una barricada, no trata de 1789, sino de las Tres Gloriosas de 1830. Delacroix escribió a su hermano: «Si no he luchado por mi patria, al menos pintaré para ella». Y la columna de bronce que hoy se alza en la plaza de la Bastilla de París tampoco recuerda la toma de la Bastilla, sino a los muertos de julio de 1830.
¿Sabías que...? Las barricadas de Los miserables, la novela de Victor Hugo (y el famoso musical), tampoco son de la gran Revolución de 1789, como mucha gente cree. Son de una pequeña rebelión republicana que estalló en París en junio de 1832 y fue aplastada en dos días.
Idea clave: en julio de 1830, tres días de barricadas en París derribaron al absolutista Carlos X. Pero el poder no fue para el pueblo que había luchado, sino para la burguesía rica, que colocó en el trono a un rey liberal: Luis Felipe.

Capítulo 7El efecto dominó de 1830

La noticia de París corrió por Europa y desencadenó una segunda ola de revoluciones.

Bélgica: una revolución que empezó en la ópera

En 1815, el Congreso de Viena había unido a belgas y holandeses en un solo reino bajo el rey de Holanda. Pero eran muy distintos: los belgas eran católicos y hablaban francés o flamenco, y los holandeses eran mayoritariamente protestantes y controlaban el gobierno.

El 25 de agosto de 1830, en el teatro de la Moneda de Bruselas, se representaba una ópera, La muda de Portici, sobre una rebelión de los napolitanos contra los españoles. Cuando el tenor cantó el dúo «Amor sagrado a la patria», el público, emocionado, salió a la calle y empezó una revuelta. En pocas semanas los belgas expulsaron a las tropas holandesas y proclamaron su independencia. Las grandes potencias la aceptaron, porque Francia y Gran Bretaña la apoyaban, y el nuevo país eligió como rey a un príncipe alemán, Leopoldo I, que juró la Constitución el 21 de julio de 1831. Ese día sigue siendo la fiesta nacional de Bélgica.

¿Sabías que...? En 1839 las potencias firmaron un tratado que garantizaba que Bélgica sería siempre neutral. En 1914, cuando Alemania invadió Bélgica para atacar a Francia, el canciller alemán se burló de aquel tratado llamándolo «un pedazo de papel». Gran Bretaña, que lo había firmado, entró en la Primera Guerra Mundial en parte por defenderlo.

Polonia: el levantamiento de noviembre

En noviembre de 1830, los polacos del reino controlado por Rusia se sublevaron contra el zar. Lucharon durante casi un año, esperando una ayuda de Francia y Gran Bretaña que nunca llegó. En septiembre de 1831 los rusos tomaron Varsovia. Miles de polacos tuvieron que exiliarse, sobre todo a París: fue la llamada «Gran Emigración».

¿Sabías que...? Entre esos polacos exiliados estaba el compositor Frédéric Chopin. Había salido de Varsovia unas semanas antes del levantamiento para continuar su carrera, y nunca pudo volver. Se cuenta que compuso su vibrante Estudio Revolucionario al enterarse de la caída de Varsovia. Murió en París en 1849, pero pidió que su corazón volviera a Polonia. Su hermana lo llevó escondido a Varsovia, donde se conserva en un pilar de la iglesia de la Santa Cruz.

Italia y Gran Bretaña

En 1831 hubo levantamientos en varios pequeños Estados del centro de Italia, pero las tropas austriacas los aplastaron una vez más. Ese mismo año, un joven revolucionario genovés exiliado, Giuseppe Mazzini, fundó la Joven Italia, una sociedad que ya no quería solo constituciones: quería una Italia unida, independiente y republicana.

Gran Bretaña, en cambio, escogió el camino de las reformas. En 1832, tras años de protestas y el miedo a una revolución, el Parlamento aprobó una ley de reforma que repartió mejor los escaños entre las nuevas ciudades industriales y amplió el número de votantes, aunque seguía votando una pequeña parte de los hombres.

Tras 1830, Europa quedó partida en dos. En el oeste, Francia, Gran Bretaña y Bélgica eran monarquías liberales con Constitución y Parlamento. En el este, Rusia, Austria y Prusia seguían siendo monarquías absolutas, dispuestas a aplastar cualquier revolución.

Idea clave: la revolución de 1830 en Francia desencadenó otras: triunfó en Bélgica, que nació como país, y fracasó en Polonia e Italia. Europa quedó dividida entre un oeste liberal y un este absolutista.

Capítulo 8Máquinas, fábricas y obreros

Mientras los políticos discutían sobre constituciones, otra revolución, más silenciosa pero aún más profunda, estaba transformando Europa: la Revolución Industrial. Había empezado en Gran Bretaña a finales del siglo XVIII con la máquina de vapor y las fábricas de tejidos, y hacia 1830 se extendía por Bélgica, el norte de Francia y algunas regiones de Alemania.

El símbolo de la época fue el ferrocarril. En 1825 se abrió en Inglaterra la primera línea pública con locomotoras de vapor, entre Stockton y Darlington. En 1830 se inauguró la primera línea entre dos grandes ciudades, de Liverpool a Mánchester. Viajar a más de 40 kilómetros por hora parecía entonces una velocidad casi peligrosa para el cuerpo humano.

¿Sabías que...? El mismo día de la inauguración de la línea Liverpool–Mánchester, el 15 de septiembre de 1830, un importante político, William Huskisson, bajó del tren para saludar al duque de Wellington (el vencedor de Waterloo). No calculó bien la velocidad de una locomotora que se acercaba por la vía de al lado, la famosa Rocket de George Stephenson, y fue arrollado. Murió esa misma noche. Fue el primer accidente mortal de tren del que habló todo el mundo.

Las ciudades industriales crecieron a una velocidad nunca vista. Mánchester pasó de unos 70.000 habitantes en 1801 a más de 300.000 en 1851. Pero ese crecimiento tuvo un precio terrible para los obreros, la nueva clase social que trabajaba en las fábricas:

Poco a poco llegaron las primeras leyes de protección. En Gran Bretaña, una ley de 1833 prohibió el trabajo de menores de nueve años en las fábricas textiles, y otra de 1842 prohibió que mujeres y niños menores de diez años trabajaran bajo tierra en las minas.

La cuestión social

Los obreros empezaron a organizarse. Al principio, algunos destruyeron las máquinas que les quitaban el trabajo: fueron los luditas (1811–1816). Después crearon sindicatos, todavía ilegales en casi todas partes. En Gran Bretaña, el movimiento cartista reunió millones de firmas para pedir, en una «Carta del Pueblo» (1838), el voto para todos los hombres, el voto secreto y un sueldo para los diputados, para que los obreros también pudieran serlo. El Parlamento la rechazó una y otra vez... aunque, con el tiempo, cinco de sus seis peticiones se convirtieron en ley.

Algunos pensadores empezaron a proponer una sociedad diferente, más igualitaria, en la que la riqueza se repartiera de otra manera: los socialistas. En febrero de 1848, dos jóvenes alemanes exiliados, Karl Marx y Friedrich Engels, publicaron en Londres un pequeño folleto de apenas 23 páginas: el Manifiesto comunista. Empezaba con una frase inolvidable: «Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo». Y terminaba con otra: «¡Proletarios de todos los países, uníos!».

¿Sabías que...? Aunque el Manifiesto comunista se convertiría en uno de los textos políticos más leídos de la historia, en 1848 casi nadie lo leyó. Las revoluciones de ese año estallaron sin que tuviera nada que ver. Su gran influencia llegó décadas después.
Idea clave: la Revolución Industrial creó una nueva clase social, los obreros, que vivían en condiciones muy duras. Sus reivindicaciones, la llamada «cuestión social», dieron origen a los sindicatos y al socialismo.

Capítulo 91848: la Primavera de los Pueblos

A mediados de la década de 1840, Europa sufrió una terrible crisis de hambre. Todo empezó con una plaga, un moho parecido a un hongo que pudría las patatas en la tierra.

1845–1846: plaga de la patatay malas cosechas de cereales Los alimentos se encarecenen muchos sitios, al doble Las familias gastan todo en comery dejan de comprar otras cosas Talleres y fábricas venden menosy despiden a sus obreros 1847: quiebran bancos y empresas;paro y hambre en las ciudades 1848: la rabia se une a las ideasliberales y nacionalistas En Irlanda, la «Gran Hambruna» mató a un millón de personas y obligó a emigrar a otro millón, sobre todo a Estados Unidos.
Una crisis agrícola se convirtió en una crisis económica, y esta, en una crisis política.

A la crisis económica se sumaban la frustración política de los liberales, que seguían sin poder votar, las reivindicaciones de los obreros y el deseo de los pueblos sin Estado propio. Solo faltaba una chispa.

¿Sabías que...? La primera revolución de 1848 no estalló en París, sino en Palermo, en Sicilia, el 12 de enero, contra el rey de Nápoles. Y en Milán, que estaba bajo dominio austriaco, los ciudadanos empezaron el año con una protesta muy original: el 1 de enero dejaron de fumar en masa, para que el gobierno austriaco, que controlaba la venta de tabaco, dejara de ganar dinero. Los soldados austriacos respondieron paseando por la ciudad fumando puros para provocarlos, y hubo enfrentamientos con muertos.

Febrero en París

En Francia las reuniones políticas estaban prohibidas, así que la oposición encontró un truco: organizar grandes banquetes, en los que, entre plato y plato, se pronunciaban discursos pidiendo la ampliación del derecho a votar. Cuando el gobierno prohibió un gran banquete previsto para el 22 de febrero de 1848, la gente salió a la calle. En tres días de enfrentamientos, París se llenó de nuevo de barricadas, y parte de la Guardia Nacional se pasó a los rebeldes.

El 24 de febrero, Luis Felipe abdicó. Huyó a Inglaterra de incógnito, afeitado y con gafas, haciéndose llamar «señor Smith». Esa misma tarde se proclamó la República.

El incendio se extiende

Esta vez, la noticia viajó a toda velocidad por el nuevo ferrocarril y el telégrafo. En pocas semanas, estallaron revoluciones en más de cincuenta países y territorios. Fue la mayor oleada revolucionaria de la historia de Europa, y por su rapidez y su entusiasmo se la llamó la Primavera de los Pueblos.

Fecha (1848)CiudadQué pasó
12 de eneroPalermoSicilia se subleva contra el rey de Nápoles.
22–24 de febreroParísCae Luis Felipe; se proclama la República.
13 de marzoVienaMetternich dimite y huye.
15 de marzoPestLos húngaros exigen gobernarse solos.
18 de marzoBerlín y MilánBarricadas; en Milán empiezan las Cinco Jornadas.
22 de marzoVeneciaSe proclama la República de San Marcos.
18 de mayoFráncfortSe reúne el primer parlamento de toda Alemania.
JunioPraga y BucarestLevantamientos checo y rumano.
Océano Atlántico Mar Mediterráneo Mar del Norte Mar Báltico París Viena Berlín Pest Praga Milán Venecia Roma Palermo Bucarest Fráncfort Copenhague La Haya Berna Madrid Londres Dublín Turín Nápoles S. Petersburgo Bruselas Lisboa
RevoluciónParlamento de FráncfortReformas o revueltas menoresSin cambios
Europa en 1848. Las costas son reales, pero no se dibujan fronteras, porque eran muy distintas de las de hoy: no existían ni Italia ni Alemania como países.

Solo unos pocos países se libraron. Rusia, donde el zar vigilaba con mano de hierro, y Gran Bretaña, donde un gran mitin cartista en Londres, en abril, terminó pacíficamente. En España hubo motines en Madrid y otras ciudades, pero el general Narváez los aplastó rápidamente. Bélgica, que ya tenía una de las constituciones más liberales de Europa, permaneció tranquila.

¿Sabías que...? En Irlanda, en julio de 1848, un grupo nacionalista llamado Joven Irlanda intentó un levantamiento contra los británicos. Su único combate importante tuvo lugar en una casa de campo, donde los rebeldes rodearon a unos policías atrincherados. Fue un fracaso tan rápido que la prensa británica lo bautizó, con burla, como «la batalla del huerto de coles de la viuda McCormack».
Idea clave: la crisis de hambre y paro de 1845–1847, unida a las ideas liberales y nacionalistas, hizo estallar en 1848 la mayor oleada revolucionaria de la historia de Europa, que se extendió en pocas semanas de Palermo y París a Viena, Berlín, Pest y Milán.

Capítulo 10Francia: de la República a otro Napoleón

El gobierno provisional de la nueva República francesa era una mezcla sorprendente. Su figura más conocida era un poeta romántico muy famoso, Alphonse de Lamartine. Incluía también a un socialista, Louis Blanc, y a un obrero mecánico conocido como Albert: era la primera vez que un obrero formaba parte de un gobierno en Francia.

¿Sabías que...? Los obreros más radicales exigían que la bandera de la República fuera la bandera roja, símbolo de la revolución social. Lamartine los convenció en un famoso discurso: la bandera roja, dijo, solo había dado la vuelta al Campo de Marte arrastrada en la sangre del pueblo, mientras que la tricolor había dado la vuelta al mundo con la gloria de Francia. La tricolor se quedó.

En pocas semanas, la República aprobó cambios enormes:

183018461848 menos de 100.000 votantes unos 241.000 votantes más de 9.000.000 de votantes Barras a escala. Francia tenía entonces unos 35 millones de habitantes.
El salto al sufragio universal masculino: en 1848, los votantes se multiplicaron casi por cuarenta de golpe.

Para dar trabajo a los parados, el gobierno creó los Talleres Nacionales, que pagaban un pequeño sueldo a cambio de obras públicas. Pronto se apuntaron más de 100.000 hombres y no había trabajo útil para todos. Para los burgueses y los campesinos, que pagaban los impuestos, eran un derroche para mantener a los obreros de París.

En abril se celebraron las primeras elecciones por sufragio universal, con una participación altísima. Pero hubo una sorpresa: la mayoría de los votantes eran campesinos, que desconfiaban de los revolucionarios de París, y ganaron los republicanos moderados y los conservadores. La nueva Asamblea cerró los Talleres Nacionales.

Las Jornadas de Junio

Los obreros de París se sublevaron. Entre el 23 y el 26 de junio de 1848, los barrios populares del este de la ciudad se llenaron de barricadas. El gobierno encargó la represión al general Cavaignac, que usó el ejército y la artillería. Murieron miles de personas y otras miles fueron detenidas, muchas de ellas deportadas a Argelia. La revolución se había partido en dos: la burguesía y los obreros, que habían luchado juntos en febrero, se mataban ahora en las calles.

El regreso de un nombre

La nueva Constitución establecía que un presidente de la República sería elegido directamente por todos los votantes. En diciembre de 1848, con el 74 % de los votos, ganó un candidato inesperado: Luis Napoleón Bonaparte, sobrino de Napoleón. Hasta entonces era un personaje casi cómico: había intentado dos golpes de Estado ridículos, había pasado seis años preso y se había escapado de la cárcel disfrazado de obrero. Pero tenía el apellido más famoso de Francia, y los campesinos lo votaron en masa.

La Constitución solo le permitía un mandato de cuatro años. El 2 de diciembre de 1851 dio un golpe de Estado, disolvió la Asamblea y, un año después, se proclamó emperador con el nombre de Napoleón III. No eligió la fecha al azar: el 2 de diciembre era el aniversario de la coronación de su tío y de la victoria de Austerlitz.

¿Sabías que...? Karl Marx escribió sobre este golpe un libro que empieza con una de sus frases más citadas: «Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de añadir: una vez como tragedia y la otra como farsa». La tragedia era Napoleón; la farsa, su sobrino.
Idea clave: la Segunda República francesa trajo el sufragio universal masculino y el fin de la esclavitud, pero se rompió cuando burgueses y obreros se enfrentaron en junio de 1848. Terminó con otro Napoleón convertido en emperador.

Capítulo 11Viena, Berlín y Fráncfort

La caída de Metternich

El 13 de marzo de 1848, estudiantes y obreros se manifestaron en Viena, el corazón del sistema conservador. Hubo disparos y muertos, y la multitud exigió la cabeza política de un solo hombre. Esa misma noche, el príncipe Metternich, que había dominado Europa durante 33 años, dimitió. Tuvo que huir de la ciudad a escondidas y se refugió en Londres.

El emperador Fernando I prometió una Constitución. Uno de los logros más importantes y duraderos de todo 1848 llegó en septiembre: la abolición de la servidumbre en el Imperio austriaco. Los campesinos dejaron de deber trabajo gratuito y pagos a sus señores. Pero, una vez conseguido lo que querían, muchos campesinos dejaron de apoyar la revolución.

En diciembre, el viejo emperador, enfermo y considerado incapaz, abdicó en su sobrino, Francisco José, un joven de 18 años. Nadie podía imaginar que reinaría durante 68 años, hasta 1916, en plena Primera Guerra Mundial. Fue uno de los reinados más largos de la historia de Europa.

Berlín

El 18 de marzo de 1848, en Berlín, un choque entre soldados y manifestantes acabó en una batalla de barricadas con cientos de muertos. El rey de Prusia, Federico Guillermo IV, un hombre inseguro y lleno de contradicciones, ordenó retirar las tropas de la ciudad, rindió homenaje a los muertos de las barricadas y prometió una Constitución. Durante unos días incluso paseó por Berlín con los colores de la unidad alemana: negro, rojo y oro.

Fráncfort: el sueño de una Alemania unida

El 18 de mayo de 1848, en la iglesia de San Pablo de Fráncfort, se reunió el primer parlamento elegido por todos los alemanes. Tenía más de quinientos diputados, y tantos de ellos eran profesores, jueces y escritores que se le llamó con ironía «el parlamento de los profesores». Su objetivo era redactar una Constitución y crear, por fin, una Alemania unida.

Enseguida chocaron con una pregunta difícil: ¿qué era Alemania? ¿Debía incluir a Austria, con su enorme imperio de pueblos no alemanes, o no?

«Gran Alemania» Austria ysus pueblos Prusia otrosEstados Todos los alemanes, con Austria. «Pequeña Alemania» Prusiaal mando otrosEstados Sin Austria, dirigida por Prusia. En Fráncfort acabó ganando la segunda opción, pero Austria no aceptaba quedarse fuera.
Los dos proyectos de Alemania que se debatieron en 1848. El segundo se haría realidad en 1871, pero de otra manera.

Mientras los diputados debatían durante meses, en Viena y Berlín los reyes recuperaban fuerzas. En marzo de 1849, el Parlamento aprobó por fin una Constitución, con una lista de derechos fundamentales, y ofreció la corona de emperador de Alemania al rey de Prusia. Federico Guillermo IV la rechazó. En público dio excusas corteses. En privado dijo que no aceptaría una corona «recogida del arroyo», un «aro hecho de barro y arcilla» que apestaba a revolución: para él, una corona solo podía darla Dios, o los otros príncipes, pero nunca un parlamento elegido por el pueblo. Poco después, las tropas disolvieron lo que quedaba del Parlamento.

¿Sabías que...? La bandera de la Alemania actual, negra, roja y dorada, es la que usaron los revolucionarios y el Parlamento de Fráncfort en 1848. Sus colores venían de los uniformes de un cuerpo de voluntarios que había luchado contra Napoleón: negros, con adornos rojos y botones dorados. Además, los derechos fundamentales aprobados en Fráncfort inspiraron las constituciones alemanas del siglo XX, incluida la actual.
¿Sabías que...? Tras el fracaso, miles de revolucionarios alemanes emigraron a Estados Unidos. Se les llamó los «Forty-Eighters», los del 48. Uno de ellos, Carl Schurz, llegó a ser general durante la Guerra de Secesión y ministro del Interior de Estados Unidos.
Idea clave: en 1848 cayó Metternich, se abolió la servidumbre en Austria y se reunió el primer parlamento de toda Alemania. Pero el rey de Prusia rechazó una corona ofrecida por el pueblo, y el sueño de una Alemania unida y liberal fracasó.

Capítulo 12Italia y Hungría: sueños aplastados

Italia

En 1848, Italia estaba dividida en varios Estados, y el norte estaba en manos de Austria. Tras las revoluciones de enero y febrero, casi todos los reyes italianos concedieron constituciones. El más importante fue el Estatuto Albertino, del reino de Piamonte-Cerdeña, que sobreviviría 100 años: fue la Constitución de Italia hasta 1948.

En Milán, entre el 18 y el 22 de marzo, los ciudadanos se enfrentaron al ejército austriaco del viejo mariscal Radetzky y lo expulsaron de la ciudad. Fueron las Cinco Jornadas de Milán. Venecia se independizó y proclamó la República de San Marcos. Carlos Alberto, rey de Piamonte, declaró la guerra a Austria para expulsarla de Italia. Pero Radetzky lo derrotó en Custoza (julio de 1848) y, definitivamente, en Novara (marzo de 1849). Carlos Alberto abdicó esa misma noche en su hijo, Víctor Manuel II.

¿Sabías que...? Para celebrar las victorias de Radetzky, el compositor vienés Johann Strauss padre compuso en 1848 la Marcha Radetzky. Hoy es la pieza con la que termina cada año el Concierto de Año Nuevo de Viena, mientras el público acompaña la música con palmas. Poca gente sabe que celebra la derrota de los revolucionarios italianos.

En Roma, el papa Pío IX había empezado su reinado con reformas que entusiasmaron a los liberales. Pero se negó a declarar la guerra a Austria, un país católico, y la situación se radicalizó. Tras el asesinato de su primer ministro, el papa huyó de Roma disfrazado de simple sacerdote. En febrero de 1849 se proclamó la República Romana, dirigida por Mazzini y defendida por un guerrillero legendario, Giuseppe Garibaldi. Su Constitución abolía la pena de muerte y reconocía la libertad de religión. Duró cinco meses. Irónicamente, quien la aplastó fue la República francesa de Luis Napoleón, que envió un ejército para devolver al papa a su trono.

Venecia fue la última en caer. Resistió un largo asedio austriaco, bombardeada, sin comida y castigada por una epidemia de cólera, hasta rendirse en agosto de 1849.

¿Sabías que...? Durante el asedio de Venecia, en julio de 1849, los austriacos lanzaron contra la ciudad globos sin tripulantes cargados de bombas, que debían caer sobre la ciudad empujados por el viento. Casi todos fallaron, y algunos incluso volvieron hacia las líneas austriacas al cambiar el viento. Fue el primer intento de la historia de bombardear una ciudad desde el aire.

Hungría

El 15 de marzo de 1848, en Pest, el joven poeta Sándor Petőfi recitó ante una multitud su Canción nacional, que empieza así: «¡En pie, húngaros, la patria os llama!». Ese día es hoy la fiesta nacional de Hungría. Dirigidos por Lajos Kossuth, los húngaros consiguieron un gobierno propio dentro del Imperio austriaco, y después, cuando Viena intentó recuperar el control, declararon la independencia.

Pero Hungría también tenía sus propias minorías (croatas, serbios, rumanos y eslovacos), a las que los nacionalistas húngaros no querían reconocer los mismos derechos que ellos reclamaban para sí. Muchas de ellas lucharon a favor del emperador. Aun así, el ejército húngaro resistió tan bien que el joven Francisco José tuvo que pedir ayuda al zar de Rusia. Nicolás I envió unos 200.000 soldados. En agosto de 1849, Hungría se rindió. Petőfi había muerto en combate con 26 años, y trece generales húngaros fueron ejecutados en la ciudad de Arad.

¿Sabías que...? Según una tradición popular húngara, los oficiales austriacos celebraron aquellas ejecuciones brindando con cerveza, y por eso los húngaros juraron no volver a entrechocar jarras de cerveza durante 150 años. El plazo terminó en 1999, pero todavía hoy muchos húngaros evitan brindar con cerveza. Los historiadores no han podido confirmar que el brindis ocurriera de verdad.
Idea clave: en Italia y en Hungría, las revoluciones de 1848 lucharon a la vez por la libertad y por la independencia frente a Austria. Fueron derrotadas en 1849 por el ejército austriaco, con ayuda francesa en Roma y rusa en Hungría.

Capítulo 13¿Fracaso o semilla?

A finales de 1849, parecía que nada había cambiado. Los reyes seguían en sus tronos, Italia y Alemania seguían divididas y miles de revolucionarios estaban muertos, presos o exiliados. El historiador británico A. J. P. Taylor lo resumió, pensando sobre todo en Alemania, con una frase célebre: en 1848 la historia «llegó a su punto de inflexión y no consiguió girar».

Para entenderlo mejor: ¿por qué fracasaron?

Pero 1848 no fue un fracaso total. Dejó cambios que ya no tuvieron marcha atrás:

¿Sabías que...? El rey de los Países Bajos, Guillermo II, asustado por las noticias que llegaban de París y Viena, aceptó en 1848 una Constitución liberal que limitaba mucho su poder. Él mismo lo explicó con humor: «En veinticuatro horas pasé de ser muy conservador a ser muy liberal». Así, su país se transformó sin disparar un tiro.

Sobre todo, 1848 enseñó una lección a los políticos de Europa. Los nacionalistas comprendieron que discursos y parlamentos no bastaban para unir Italia y Alemania. En los años siguientes, esas unificaciones se harían de otra manera: desde arriba, dirigidas por dos reinos fuertes, Piamonte y Prusia, con diplomacia y guerras. Lo dijo en 1862 el nuevo jefe del gobierno prusiano, Otto von Bismarck: «Las grandes cuestiones de nuestro tiempo no se deciden con discursos y votaciones, ese fue el gran error de 1848 y 1849, sino con hierro y sangre».

Idea clave: las revoluciones de 1848 fueron derrotadas porque sus protagonistas se dividieron y los ejércitos siguieron con los reyes. Pero dejaron conquistas duraderas y prepararon el camino para las unificaciones de Italia y Alemania.

Capítulo 14Fechas clave y resumen

4 de mayo de 1814
Fernando VII anula la Constitución de Cádiz.
Septiembre de 1814 – junio de 1815
Congreso de Viena.
Septiembre de 1815
Santa Alianza entre Rusia, Austria y Prusia.
1 de enero de 1820
Pronunciamiento de Riego: empieza el Trienio Liberal.
1821–1830
Guerra de independencia de Grecia.
Abril de 1823
Los Cien Mil Hijos de San Luis entran en España.
27–29 de julio de 1830
Las Tres Gloriosas en París: cae Carlos X.
Agosto de 1830
Revolución en Bruselas: nace Bélgica.
Noviembre de 1830
Levantamiento de Polonia contra Rusia.
Febrero de 1848
Manifiesto comunista; revolución en París y Segunda República.
Marzo de 1848
Revoluciones en Viena, Pest, Berlín, Milán y Venecia. Cae Metternich.
Mayo de 1848
Se reúne el Parlamento de Fráncfort.
23–26 de junio de 1848
Jornadas de Junio en París.
Diciembre de 1848
Luis Napoleón, presidente de Francia. Francisco José, emperador de Austria.
Agosto de 1849
Caen Hungría y Venecia: fin de la Primavera de los Pueblos.
2 de diciembre de 1851
Golpe de Estado de Luis Napoleón, futuro Napoleón III.

Resumen en seis frases

  1. Tras Napoleón, el Congreso de Viena rehízo el mapa de Europa buscando el equilibrio entre las potencias y devolviendo los tronos a las viejas familias reales.
  2. Frente a ese orden surgieron dos grandes ideas: el liberalismo, que quería constituciones, y el nacionalismo, que quería un Estado para cada pueblo.
  3. La primera ola revolucionaria (1820) fue aplastada en España e Italia por la intervención extranjera; solo triunfó la independencia de Grecia.
  4. La segunda (1830) llevó a Francia a un rey liberal, Luis Felipe, y dio la independencia a Bélgica.
  5. La tercera (1848), la Primavera de los Pueblos, fue la mayor de la historia de Europa, pero fracasó por las divisiones entre los revolucionarios.
  6. Aun así, dejó el sufragio universal masculino en Francia, el fin de la servidumbre en Austria y el camino abierto a las unificaciones de Italia y Alemania.

Para pensar: en 1848, burgueses y obreros lucharon juntos en febrero y se enfrentaron a muerte en junio. ¿Por qué crees que es tan difícil que una revolución mantenga unidos a grupos con intereses distintos?

Siguiente libro de la serie: Hierro y sangre: las unificaciones de Italia y Alemania.