Restauración y revoluciones
De Waterloo a la Primavera de los Pueblos (1815–1848)
Serie «Europa en revolución» · Libro 3 · Viene de Napoleón
Llévatelo contigo: PDF 422 KB EPUB 185 KB
Capítulo 1Europa tras la tormenta
En el verano de 1815, tras la derrota de Napoleón en Waterloo, Europa respiró. Llevaba más de veinte años de guerras casi continuas, desde que la Francia revolucionaria declaró la guerra a Austria en 1792. Millones de personas habían muerto, ciudades enteras estaban arruinadas y casi todas las fronteras del continente habían cambiado una o varias veces.
Los reyes y emperadores vencedores tenían un objetivo muy claro: que aquello no volviera a ocurrir nunca. Querían que ninguna revolución volviera a derribar un trono y que ningún país volviera a dominar a todos los demás. Para ellos, la Revolución francesa había sido una enfermedad, y Napoleón, su síntoma más grave. Había que curar a Europa volviendo al orden de antes de 1789. A esa vuelta al pasado se la llama Restauración.
Pero había un problema. Durante veinte años, millones de europeos habían vivido bajo leyes nuevas: igualdad ante la ley, fin de los privilegios de los nobles, códigos civiles, constituciones, ciudadanos en lugar de súbditos. Muchos soldados habían recorrido el continente de Lisboa a Moscú y habían visto que otro mundo era posible. Esas ideas no se podían borrar por decreto.
Los siguientes treinta y tres años fueron un choque constante entre dos fuerzas: los que querían volver atrás y los que querían seguir adelante. Ese choque produjo tres grandes oleadas de revoluciones, cada una más grande que la anterior.
Capítulo 2El Congreso de Viena: rehacer el mapa
Entre septiembre de 1814 y junio de 1815, los representantes de casi todos los Estados de Europa se reunieron en Viena, la capital de Austria, para decidir cómo quedaba el continente tras Napoleón. Fue la mayor reunión diplomática que se había visto nunca: además de los grandes negociadores acudieron reyes, príncipes, cientos de diplomáticos y miles de acompañantes.
Las decisiones importantes las tomaron las cuatro potencias vencedoras, más una invitada inesperada:
- Austria, representada por su ministro de Exteriores, el príncipe Klemens von Metternich, el anfitrión y gran protagonista. Durante los siguientes 33 años fue el político más poderoso de Europa, y esta época se conoce a menudo como la «era de Metternich».
- Rusia, con el propio zar Alejandro I, que había derrotado a Napoleón en 1812.
- Gran Bretaña, con su ministro de Exteriores, lord Castlereagh.
- Prusia, con su canciller Hardenberg.
- Francia, la derrotada, representada por Talleyrand, que consiguió con enorme habilidad que su país, en lugar de ser castigado sin voz, se sentara en la mesa como uno más.
Tres principios
Los negociadores se guiaron por tres ideas:
- Legitimidad. Devolver los tronos a las familias reales «legítimas» que habían gobernado antes de la Revolución: los Borbones en Francia, España y Nápoles, el papa en Roma, la casa de Orange en los Países Bajos...
- Equilibrio. Que ninguna potencia fuera tan fuerte como para dominar a las demás. Por eso se rodeó a Francia de Estados más sólidos, como un «cinturón» de seguridad: un reino unido de Holanda y Bélgica al norte, Prusia en el Rin y un reino de Piamonte-Cerdeña reforzado al sureste.
- Compensaciones. Si una potencia perdía un territorio, recibía otro a cambio. Se intercambiaron regiones enteras como fichas de un juego, sin preguntar nunca a sus habitantes. Génova, una república independiente desde hacía siglos, fue entregada al rey de Piamonte. Noruega pasó de Dinamarca a Suecia. Venecia quedó en manos de Austria.
El mapa de Alemania se simplificó mucho. En lugar de los más de trescientos territorios del antiguo Sacro Imperio, se creó una Confederación Germánica de 39 Estados, presidida por Austria. No era un país, sino una alianza de reinos, ducados y ciudades libres, cada uno con su soberano.
Mientras los diplomáticos discutían, a principios de marzo de 1815 llegó una noticia que heló la sangre de todos: Napoleón había escapado de Elba. Las potencias aparcaron sus diferencias, le declararon fuera de la ley y aceleraron las negociaciones. El Acta Final del Congreso se firmó el 9 de junio de 1815, nueve días antes de Waterloo.
Vigilar Europa: la Santa Alianza
Para proteger lo acordado, en septiembre de 1815 los monarcas de Rusia, Austria y Prusia firmaron la Santa Alianza: se comprometían a gobernar según los principios cristianos y a ayudarse mutuamente. Al ministro británico Castlereagh le pareció «una pieza de sublime misticismo y disparate», y Gran Bretaña no la firmó. Pero sí se unió a otra alianza más práctica, junto a Austria, Rusia y Prusia, para reunirse periódicamente en congresos y resolver los problemas de Europa entre todos. Nació así el llamado Concierto Europeo.
En esos congresos, Austria, Rusia y Prusia impusieron un principio muy importante, aunque Gran Bretaña no estaba de acuerdo: el derecho de intervención. Si estallaba una revolución en algún país, las potencias podían enviar sus ejércitos para aplastarla. Lo aplicarán, como veremos, en Italia y en España.
Capítulo 3Las ideas que no volvieron a la botella
Metternich tenía claro quiénes eran sus enemigos: dos ideas que la Revolución francesa había extendido por Europa. Las veía como dos enfermedades contagiosas.
El liberalismo
Los liberales querían limitar el poder de los reyes con una Constitución: una ley por encima de todas las demás que garantizara derechos (libertad de expresión, de prensa, de reunión, igualdad ante la ley) y separara los poderes. Las leyes las haría un Parlamento elegido. Pero, ojo, casi todos los liberales de la época no querían que votara todo el mundo. Defendían el sufragio censitario: solo votaban los hombres con cierto nivel de riqueza, porque pensaban que solo los propietarios tenían la educación y el interés necesarios para gobernar bien.
El nacionalismo
La segunda idea era todavía más explosiva. Hasta entonces, las fronteras se decidían por guerras, bodas y herencias entre familias reales. A nadie le importaba mucho qué idioma hablaban los súbditos de un rey. El nacionalismo defendía algo nuevo: que cada nación, es decir, cada pueblo con una lengua, una cultura y una historia comunes, tenía derecho a gobernarse a sí mismo en su propio Estado.
Esa idea amenazaba el mapa de Viena de dos maneras:
- Pueblos divididos que querían unirse: los alemanes, repartidos en 39 Estados, y los italianos, divididos en siete u ocho.
- Pueblos dominados que querían separarse: los griegos, bajo el Imperio otomano; los belgas, bajo el rey de Holanda; los polacos, repartidos entre Rusia, Prusia y Austria; y los húngaros, checos, croatas y muchos otros, dentro del Imperio austriaco.
Esto último era una pesadilla para Metternich. El Imperio austriaco era un mosaico de alemanes, húngaros, checos, eslovacos, polacos, rutenos, rumanos, croatas, serbios, eslovenos e italianos. Si cada pueblo exigía su propio Estado, el imperio saltaría en pedazos. Por eso, para él, el nacionalismo era un peligro mortal.
El romanticismo
Las ideas nacionalistas se extendieron gracias a un gran movimiento artístico: el romanticismo. Frente a la razón fría de la Ilustración, los románticos exaltaban los sentimientos, la naturaleza salvaje, la libertad del individuo y, sobre todo, el pasado de cada pueblo: sus leyendas, sus canciones y sus héroes. Poetas, músicos y pintores se convirtieron en los grandes propagandistas de las naciones.
Censura y sociedades secretas
Metternich respondió con mano dura. En 1819, después de que un estudiante nacionalista asesinara a un escritor conservador, impuso en toda Alemania los Decretos de Karlsbad: censura de prensa, vigilancia de las universidades y persecución de las asociaciones de estudiantes. En toda Europa, la policía abría cartas y pagaba espías.
Como no podían actuar a la luz del día, los liberales se organizaron en sociedades secretas. La más famosa fue la de los carbonarios en Italia, que tomaban su nombre y sus rituales de los carboneros de los bosques. En España, muchos liberales se reunían en logias masónicas y preparaban sublevaciones militares.
Capítulo 4España: el rey Felón y el Trienio Liberal
Pocos países vivieron el choque entre pasado y futuro con tanta intensidad como España. Durante la guerra contra Napoleón, mientras el rey Fernando VII estaba retenido en Francia, las Cortes de Cádiz habían aprobado la Constitución de 1812, «la Pepa». Los españoles llamaban a su rey ausente «el Deseado».
Cuando Fernando volvió en 1814, muchos esperaban que jurara la Constitución. Hizo justo lo contrario. El 4 de mayo de 1814, en Valencia, firmó un decreto que anulaba la Constitución y todas las leyes de Cádiz «como si no hubiesen pasado jamás tales actos». Los diputados liberales fueron detenidos, encarcelados o desterrados. Volvió la Inquisición.
El pronunciamiento de Riego (1820)
Durante seis años, los liberales intentaron varias sublevaciones militares, todas fracasadas. Hasta que el 1 de enero de 1820, en el pueblo sevillano de Las Cabezas de San Juan, el teniente coronel Rafael del Riego se sublevó con sus tropas y proclamó la Constitución de 1812. Esos soldados estaban reunidos cerca de Cádiz para embarcar hacia América, donde las colonias luchaban por su independencia, y no tenían ninguna gana de ir.
Al principio, la rebelión parecía fracasar. Pero poco a poco se sumaron otras ciudades, y en marzo Fernando VII tuvo que jurar la Constitución. Publicó un manifiesto con una frase que se hizo célebre por su hipocresía: «Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional».
Empezaba el Trienio Liberal (1820–1823): tres años de gobierno constitucional con libertad de prensa, abolición de la Inquisición y reformas. Se hizo muy popular una canción de marcha, el Himno de Riego, que un siglo después sería el himno oficial de la Segunda República. Los liberales más exaltados cantaban también el Trágala, una copla para burlarse de los absolutistas: «Trágala, trágala, trágala, perro».
Pero el rey conspiraba en secreto contra su propio gobierno y pedía ayuda a las potencias extranjeras. Y los liberales estaban divididos entre moderados y exaltados.
Los Cien Mil Hijos de San Luis (1823)
En 1822, en el Congreso de Verona, las potencias de la Santa Alianza decidieron aplicar su derecho de intervención. En abril de 1823, un ejército francés de unos 95.000 soldados, mandado por el duque de Angulema, cruzó los Pirineos. Los llamaron los Cien Mil Hijos de San Luis, por el rey santo de Francia. Apenas encontraron resistencia: muchos campesinos, influidos por el clero, los recibieron como libertadores.
Fernando VII recuperó su poder absoluto y se vengó sin piedad. Riego fue capturado y llevado a Madrid, donde lo ahorcaron el 7 de noviembre de 1823. Empezó la Década Ominosa (1823–1833): diez años de represión, en los que miles de liberales tuvieron que exiliarse, sobre todo a Londres. Por haber traicionado una y otra vez su palabra, los liberales dejaron de llamar a Fernando «el Deseado» y empezaron a llamarle «el rey Felón», es decir, el traidor.
Mientras tanto, casi todo el imperio español en América se había independizado: la batalla de Ayacucho, en 1824, fue la última gran derrota española en el continente. Pero esa es otra historia, que merece su propio libro.
Capítulo 5La primera ola: 1820 y la independencia de Grecia
El éxito inicial de Riego tuvo un efecto contagio inmediato. En 1820 estallaron revoluciones liberales en Nápoles y Portugal, y en 1821 en el Piamonte. Todas pedían una Constitución, y varias copiaron directamente la española de 1812, que se convirtió en un modelo para los liberales de media Europa.
La respuesta de la Santa Alianza fue rápida. Austria envió sus tropas a Italia y aplastó las revoluciones de Nápoles y Piamonte en 1821. Dos años después, como ya has visto, Francia hizo lo mismo en España. El sistema de Metternich funcionaba: toda revolución era aplastada desde fuera.
La excepción griega
Solo hubo una excepción, y fue muy especial. Desde el siglo XV, Grecia formaba parte del Imperio otomano, gobernado por los sultanes turcos desde Constantinopla (hoy Estambul). En 1821 los griegos se sublevaron para conseguir su independencia. La guerra fue terrible, con matanzas en ambos bandos. En 1822, los otomanos arrasaron la isla de Quíos: decenas de miles de griegos fueron asesinados o vendidos como esclavos. El pintor francés Eugène Delacroix pintó la escena en un cuadro que conmocionó a Europa.
Los europeos cultos, educados en la admiración por la antigua Grecia de Homero, Platón y Pericles, se volcaron con los rebeldes. Se les llamó filohelenos, «amigos de los griegos». Cientos de voluntarios fueron a luchar.
¿Por qué las potencias, que aplastaban todas las revoluciones, ayudaron a esta? Porque los rebeldes eran cristianos que luchaban contra un imperio musulmán, porque la opinión pública europea lo exigía y, sobre todo, porque Rusia, Gran Bretaña y Francia querían debilitar al Imperio otomano y ganar influencia en el Mediterráneo oriental. En octubre de 1827, sus flotas destruyeron a la flota otomana y egipcia en la bahía de Navarino, en la que fue la última gran batalla naval de la historia librada solo con barcos de vela. En 1830 Grecia fue reconocida como Estado independiente. Su primer rey fue un príncipe bávaro, Otón, que llegó a su nuevo reino en 1833 con solo 17 años.
La primera ola llegó incluso a Rusia. En diciembre de 1825, un grupo de oficiales que habían conocido París durante las guerras contra Napoleón se sublevó en San Petersburgo pidiendo una Constitución. Los llamaron los decembristas. El nuevo zar, Nicolás I, los aplastó a cañonazos en una sola tarde.
Capítulo 61830: las Tres Gloriosas
En Francia, Luis XVIII gobernó con una Constitución llamada Carta otorgada: «otorgada» porque se presentaba como un regalo del rey, que en teoría podía retirarlo. Había un Parlamento, pero solo podían votar los hombres mayores de 30 años que pagaran muchos impuestos: menos de 100.000 personas en un país de más de 30 millones de habitantes.
En 1824 murió Luis XVIII y le sucedió su hermano, Carlos X, un absolutista convencido que había dicho que prefería «cortar leña antes que ser rey como el rey de Inglaterra». Se coronó en la catedral de Reims con toda la pompa de la Edad Media, aprobó una gran indemnización para los nobles que habían perdido sus tierras en la Revolución y una ley que castigaba con la muerte profanar las hostias consagradas, aunque nunca llegó a aplicarse.
En 1830 los liberales ganaron las elecciones. Carlos X respondió publicando el 26 de julio cuatro Ordenanzas: disolvía la nueva Cámara antes de que se reuniera, suprimía la libertad de prensa y cambiaba la ley electoral para que solo votaran los más ricos de todos. Fue un golpe de Estado desde el trono.
París estalló. Durante tres días, el 27, 28 y 29 de julio de 1830, obreros, estudiantes, artesanos y burgueses levantaron barricadas en las estrechas calles de la ciudad. Los soldados del rey, atrapados entre las barricadas y bajo una lluvia de adoquines, tejas y muebles lanzados desde las ventanas, acabaron retirándose. Fueron las Tres Gloriosas. Carlos X abdicó y huyó a Inglaterra. Fue el último rey de la rama principal de los Borbones franceses.
Un rey burgués
Los obreros querían una república. Pero los banqueros y políticos liberales, que temían otra revolución como la de 1793, se adelantaron y ofrecieron el trono a un primo del rey, Luis Felipe de Orleans. Era una elección muy simbólica: de joven había luchado en el ejército de la Revolución, y su padre, llamado «Felipe Igualdad», había votado a favor de guillotinar a Luis XVI.
Luis Felipe no se llamó «rey de Francia», sino «rey de los franceses», para indicar que su poder venía de la nación. Recuperó la bandera tricolor y rebajó un poco la riqueza necesaria para votar, aunque seguía votando menos del 1 % de los franceses. Le gustaba pasear por París vestido de burgués, con sombrero de copa y un paraguas bajo el brazo. Cuando la oposición le pidió ampliar el voto, su gran ministro, Guizot, respondió con una frase famosa: «Enriqueceos», es decir, hacedos lo bastante ricos para poder votar.
Capítulo 7El efecto dominó de 1830
La noticia de París corrió por Europa y desencadenó una segunda ola de revoluciones.
Bélgica: una revolución que empezó en la ópera
En 1815, el Congreso de Viena había unido a belgas y holandeses en un solo reino bajo el rey de Holanda. Pero eran muy distintos: los belgas eran católicos y hablaban francés o flamenco, y los holandeses eran mayoritariamente protestantes y controlaban el gobierno.
El 25 de agosto de 1830, en el teatro de la Moneda de Bruselas, se representaba una ópera, La muda de Portici, sobre una rebelión de los napolitanos contra los españoles. Cuando el tenor cantó el dúo «Amor sagrado a la patria», el público, emocionado, salió a la calle y empezó una revuelta. En pocas semanas los belgas expulsaron a las tropas holandesas y proclamaron su independencia. Las grandes potencias la aceptaron, porque Francia y Gran Bretaña la apoyaban, y el nuevo país eligió como rey a un príncipe alemán, Leopoldo I, que juró la Constitución el 21 de julio de 1831. Ese día sigue siendo la fiesta nacional de Bélgica.
Polonia: el levantamiento de noviembre
En noviembre de 1830, los polacos del reino controlado por Rusia se sublevaron contra el zar. Lucharon durante casi un año, esperando una ayuda de Francia y Gran Bretaña que nunca llegó. En septiembre de 1831 los rusos tomaron Varsovia. Miles de polacos tuvieron que exiliarse, sobre todo a París: fue la llamada «Gran Emigración».
Italia y Gran Bretaña
En 1831 hubo levantamientos en varios pequeños Estados del centro de Italia, pero las tropas austriacas los aplastaron una vez más. Ese mismo año, un joven revolucionario genovés exiliado, Giuseppe Mazzini, fundó la Joven Italia, una sociedad que ya no quería solo constituciones: quería una Italia unida, independiente y republicana.
Gran Bretaña, en cambio, escogió el camino de las reformas. En 1832, tras años de protestas y el miedo a una revolución, el Parlamento aprobó una ley de reforma que repartió mejor los escaños entre las nuevas ciudades industriales y amplió el número de votantes, aunque seguía votando una pequeña parte de los hombres.
Tras 1830, Europa quedó partida en dos. En el oeste, Francia, Gran Bretaña y Bélgica eran monarquías liberales con Constitución y Parlamento. En el este, Rusia, Austria y Prusia seguían siendo monarquías absolutas, dispuestas a aplastar cualquier revolución.
Capítulo 8Máquinas, fábricas y obreros
Mientras los políticos discutían sobre constituciones, otra revolución, más silenciosa pero aún más profunda, estaba transformando Europa: la Revolución Industrial. Había empezado en Gran Bretaña a finales del siglo XVIII con la máquina de vapor y las fábricas de tejidos, y hacia 1830 se extendía por Bélgica, el norte de Francia y algunas regiones de Alemania.
El símbolo de la época fue el ferrocarril. En 1825 se abrió en Inglaterra la primera línea pública con locomotoras de vapor, entre Stockton y Darlington. En 1830 se inauguró la primera línea entre dos grandes ciudades, de Liverpool a Mánchester. Viajar a más de 40 kilómetros por hora parecía entonces una velocidad casi peligrosa para el cuerpo humano.
Las ciudades industriales crecieron a una velocidad nunca vista. Mánchester pasó de unos 70.000 habitantes en 1801 a más de 300.000 en 1851. Pero ese crecimiento tuvo un precio terrible para los obreros, la nueva clase social que trabajaba en las fábricas:
- Jornadas de 12 a 16 horas, seis días a la semana, sin vacaciones ni seguro por enfermedad o accidente.
- Niños de seis o siete años trabajando en fábricas y minas, porque cobraban menos y cabían por los túneles más estrechos.
- Barrios obreros superpoblados, sin alcantarillado ni agua limpia, donde el cólera y la tuberculosis mataban a miles de personas.
Poco a poco llegaron las primeras leyes de protección. En Gran Bretaña, una ley de 1833 prohibió el trabajo de menores de nueve años en las fábricas textiles, y otra de 1842 prohibió que mujeres y niños menores de diez años trabajaran bajo tierra en las minas.
La cuestión social
Los obreros empezaron a organizarse. Al principio, algunos destruyeron las máquinas que les quitaban el trabajo: fueron los luditas (1811–1816). Después crearon sindicatos, todavía ilegales en casi todas partes. En Gran Bretaña, el movimiento cartista reunió millones de firmas para pedir, en una «Carta del Pueblo» (1838), el voto para todos los hombres, el voto secreto y un sueldo para los diputados, para que los obreros también pudieran serlo. El Parlamento la rechazó una y otra vez... aunque, con el tiempo, cinco de sus seis peticiones se convirtieron en ley.
Algunos pensadores empezaron a proponer una sociedad diferente, más igualitaria, en la que la riqueza se repartiera de otra manera: los socialistas. En febrero de 1848, dos jóvenes alemanes exiliados, Karl Marx y Friedrich Engels, publicaron en Londres un pequeño folleto de apenas 23 páginas: el Manifiesto comunista. Empezaba con una frase inolvidable: «Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo». Y terminaba con otra: «¡Proletarios de todos los países, uníos!».
Capítulo 91848: la Primavera de los Pueblos
A mediados de la década de 1840, Europa sufrió una terrible crisis de hambre. Todo empezó con una plaga, un moho parecido a un hongo que pudría las patatas en la tierra.
A la crisis económica se sumaban la frustración política de los liberales, que seguían sin poder votar, las reivindicaciones de los obreros y el deseo de los pueblos sin Estado propio. Solo faltaba una chispa.
Febrero en París
En Francia las reuniones políticas estaban prohibidas, así que la oposición encontró un truco: organizar grandes banquetes, en los que, entre plato y plato, se pronunciaban discursos pidiendo la ampliación del derecho a votar. Cuando el gobierno prohibió un gran banquete previsto para el 22 de febrero de 1848, la gente salió a la calle. En tres días de enfrentamientos, París se llenó de nuevo de barricadas, y parte de la Guardia Nacional se pasó a los rebeldes.
El 24 de febrero, Luis Felipe abdicó. Huyó a Inglaterra de incógnito, afeitado y con gafas, haciéndose llamar «señor Smith». Esa misma tarde se proclamó la República.
El incendio se extiende
Esta vez, la noticia viajó a toda velocidad por el nuevo ferrocarril y el telégrafo. En pocas semanas, estallaron revoluciones en más de cincuenta países y territorios. Fue la mayor oleada revolucionaria de la historia de Europa, y por su rapidez y su entusiasmo se la llamó la Primavera de los Pueblos.
| Fecha (1848) | Ciudad | Qué pasó |
|---|---|---|
| 12 de enero | Palermo | Sicilia se subleva contra el rey de Nápoles. |
| 22–24 de febrero | París | Cae Luis Felipe; se proclama la República. |
| 13 de marzo | Viena | Metternich dimite y huye. |
| 15 de marzo | Pest | Los húngaros exigen gobernarse solos. |
| 18 de marzo | Berlín y Milán | Barricadas; en Milán empiezan las Cinco Jornadas. |
| 22 de marzo | Venecia | Se proclama la República de San Marcos. |
| 18 de mayo | Fráncfort | Se reúne el primer parlamento de toda Alemania. |
| Junio | Praga y Bucarest | Levantamientos checo y rumano. |
Solo unos pocos países se libraron. Rusia, donde el zar vigilaba con mano de hierro, y Gran Bretaña, donde un gran mitin cartista en Londres, en abril, terminó pacíficamente. En España hubo motines en Madrid y otras ciudades, pero el general Narváez los aplastó rápidamente. Bélgica, que ya tenía una de las constituciones más liberales de Europa, permaneció tranquila.
Capítulo 10Francia: de la República a otro Napoleón
El gobierno provisional de la nueva República francesa era una mezcla sorprendente. Su figura más conocida era un poeta romántico muy famoso, Alphonse de Lamartine. Incluía también a un socialista, Louis Blanc, y a un obrero mecánico conocido como Albert: era la primera vez que un obrero formaba parte de un gobierno en Francia.
En pocas semanas, la República aprobó cambios enormes:
- Sufragio universal masculino: todos los hombres mayores de 21 años podían votar, fueran ricos o pobres. Francia pasó de unos 240.000 votantes a más de 9 millones.
- Abolición definitiva de la esclavitud en las colonias francesas (27 de abril de 1848), gracias al empeño de Victor Schœlcher. Unas 250.000 personas quedaron libres.
- Abolición de la pena de muerte por motivos políticos.
- Libertad de prensa y de reunión.
Para dar trabajo a los parados, el gobierno creó los Talleres Nacionales, que pagaban un pequeño sueldo a cambio de obras públicas. Pronto se apuntaron más de 100.000 hombres y no había trabajo útil para todos. Para los burgueses y los campesinos, que pagaban los impuestos, eran un derroche para mantener a los obreros de París.
En abril se celebraron las primeras elecciones por sufragio universal, con una participación altísima. Pero hubo una sorpresa: la mayoría de los votantes eran campesinos, que desconfiaban de los revolucionarios de París, y ganaron los republicanos moderados y los conservadores. La nueva Asamblea cerró los Talleres Nacionales.
Las Jornadas de Junio
Los obreros de París se sublevaron. Entre el 23 y el 26 de junio de 1848, los barrios populares del este de la ciudad se llenaron de barricadas. El gobierno encargó la represión al general Cavaignac, que usó el ejército y la artillería. Murieron miles de personas y otras miles fueron detenidas, muchas de ellas deportadas a Argelia. La revolución se había partido en dos: la burguesía y los obreros, que habían luchado juntos en febrero, se mataban ahora en las calles.
El regreso de un nombre
La nueva Constitución establecía que un presidente de la República sería elegido directamente por todos los votantes. En diciembre de 1848, con el 74 % de los votos, ganó un candidato inesperado: Luis Napoleón Bonaparte, sobrino de Napoleón. Hasta entonces era un personaje casi cómico: había intentado dos golpes de Estado ridículos, había pasado seis años preso y se había escapado de la cárcel disfrazado de obrero. Pero tenía el apellido más famoso de Francia, y los campesinos lo votaron en masa.
La Constitución solo le permitía un mandato de cuatro años. El 2 de diciembre de 1851 dio un golpe de Estado, disolvió la Asamblea y, un año después, se proclamó emperador con el nombre de Napoleón III. No eligió la fecha al azar: el 2 de diciembre era el aniversario de la coronación de su tío y de la victoria de Austerlitz.
Capítulo 11Viena, Berlín y Fráncfort
La caída de Metternich
El 13 de marzo de 1848, estudiantes y obreros se manifestaron en Viena, el corazón del sistema conservador. Hubo disparos y muertos, y la multitud exigió la cabeza política de un solo hombre. Esa misma noche, el príncipe Metternich, que había dominado Europa durante 33 años, dimitió. Tuvo que huir de la ciudad a escondidas y se refugió en Londres.
El emperador Fernando I prometió una Constitución. Uno de los logros más importantes y duraderos de todo 1848 llegó en septiembre: la abolición de la servidumbre en el Imperio austriaco. Los campesinos dejaron de deber trabajo gratuito y pagos a sus señores. Pero, una vez conseguido lo que querían, muchos campesinos dejaron de apoyar la revolución.
En diciembre, el viejo emperador, enfermo y considerado incapaz, abdicó en su sobrino, Francisco José, un joven de 18 años. Nadie podía imaginar que reinaría durante 68 años, hasta 1916, en plena Primera Guerra Mundial. Fue uno de los reinados más largos de la historia de Europa.
Berlín
El 18 de marzo de 1848, en Berlín, un choque entre soldados y manifestantes acabó en una batalla de barricadas con cientos de muertos. El rey de Prusia, Federico Guillermo IV, un hombre inseguro y lleno de contradicciones, ordenó retirar las tropas de la ciudad, rindió homenaje a los muertos de las barricadas y prometió una Constitución. Durante unos días incluso paseó por Berlín con los colores de la unidad alemana: negro, rojo y oro.
Fráncfort: el sueño de una Alemania unida
El 18 de mayo de 1848, en la iglesia de San Pablo de Fráncfort, se reunió el primer parlamento elegido por todos los alemanes. Tenía más de quinientos diputados, y tantos de ellos eran profesores, jueces y escritores que se le llamó con ironía «el parlamento de los profesores». Su objetivo era redactar una Constitución y crear, por fin, una Alemania unida.
Enseguida chocaron con una pregunta difícil: ¿qué era Alemania? ¿Debía incluir a Austria, con su enorme imperio de pueblos no alemanes, o no?
Mientras los diputados debatían durante meses, en Viena y Berlín los reyes recuperaban fuerzas. En marzo de 1849, el Parlamento aprobó por fin una Constitución, con una lista de derechos fundamentales, y ofreció la corona de emperador de Alemania al rey de Prusia. Federico Guillermo IV la rechazó. En público dio excusas corteses. En privado dijo que no aceptaría una corona «recogida del arroyo», un «aro hecho de barro y arcilla» que apestaba a revolución: para él, una corona solo podía darla Dios, o los otros príncipes, pero nunca un parlamento elegido por el pueblo. Poco después, las tropas disolvieron lo que quedaba del Parlamento.
Capítulo 12Italia y Hungría: sueños aplastados
Italia
En 1848, Italia estaba dividida en varios Estados, y el norte estaba en manos de Austria. Tras las revoluciones de enero y febrero, casi todos los reyes italianos concedieron constituciones. El más importante fue el Estatuto Albertino, del reino de Piamonte-Cerdeña, que sobreviviría 100 años: fue la Constitución de Italia hasta 1948.
En Milán, entre el 18 y el 22 de marzo, los ciudadanos se enfrentaron al ejército austriaco del viejo mariscal Radetzky y lo expulsaron de la ciudad. Fueron las Cinco Jornadas de Milán. Venecia se independizó y proclamó la República de San Marcos. Carlos Alberto, rey de Piamonte, declaró la guerra a Austria para expulsarla de Italia. Pero Radetzky lo derrotó en Custoza (julio de 1848) y, definitivamente, en Novara (marzo de 1849). Carlos Alberto abdicó esa misma noche en su hijo, Víctor Manuel II.
En Roma, el papa Pío IX había empezado su reinado con reformas que entusiasmaron a los liberales. Pero se negó a declarar la guerra a Austria, un país católico, y la situación se radicalizó. Tras el asesinato de su primer ministro, el papa huyó de Roma disfrazado de simple sacerdote. En febrero de 1849 se proclamó la República Romana, dirigida por Mazzini y defendida por un guerrillero legendario, Giuseppe Garibaldi. Su Constitución abolía la pena de muerte y reconocía la libertad de religión. Duró cinco meses. Irónicamente, quien la aplastó fue la República francesa de Luis Napoleón, que envió un ejército para devolver al papa a su trono.
Venecia fue la última en caer. Resistió un largo asedio austriaco, bombardeada, sin comida y castigada por una epidemia de cólera, hasta rendirse en agosto de 1849.
Hungría
El 15 de marzo de 1848, en Pest, el joven poeta Sándor Petőfi recitó ante una multitud su Canción nacional, que empieza así: «¡En pie, húngaros, la patria os llama!». Ese día es hoy la fiesta nacional de Hungría. Dirigidos por Lajos Kossuth, los húngaros consiguieron un gobierno propio dentro del Imperio austriaco, y después, cuando Viena intentó recuperar el control, declararon la independencia.
Pero Hungría también tenía sus propias minorías (croatas, serbios, rumanos y eslovacos), a las que los nacionalistas húngaros no querían reconocer los mismos derechos que ellos reclamaban para sí. Muchas de ellas lucharon a favor del emperador. Aun así, el ejército húngaro resistió tan bien que el joven Francisco José tuvo que pedir ayuda al zar de Rusia. Nicolás I envió unos 200.000 soldados. En agosto de 1849, Hungría se rindió. Petőfi había muerto en combate con 26 años, y trece generales húngaros fueron ejecutados en la ciudad de Arad.
Capítulo 13¿Fracaso o semilla?
A finales de 1849, parecía que nada había cambiado. Los reyes seguían en sus tronos, Italia y Alemania seguían divididas y miles de revolucionarios estaban muertos, presos o exiliados. El historiador británico A. J. P. Taylor lo resumió, pensando sobre todo en Alemania, con una frase célebre: en 1848 la historia «llegó a su punto de inflexión y no consiguió girar».
- Los revolucionarios se dividieron. Los liberales moderados querían una Constitución y el voto para los propietarios. Los demócratas y los obreros querían república, voto para todos y mejoras sociales. Tras las Jornadas de Junio en París, muchos burgueses tuvieron más miedo a los obreros que a los reyes, y se pasaron al bando del orden.
- Los nacionalismos chocaron entre sí. Los alemanes de Fráncfort no querían renunciar a territorios con mayoría checa o polaca. Los húngaros negaban a croatas y rumanos lo que exigían para ellos. Los reyes aprovecharon esas divisiones.
- Los ejércitos siguieron siendo fieles a los reyes. Cuando pasó la sorpresa inicial, los soldados obedecieron las órdenes de disparar.
- Los campesinos se retiraron. Una vez abolida la servidumbre, perdieron el interés por la revolución.
- Rusia actuó como el «gendarme de Europa», dispuesta a intervenir donde hiciera falta.
Pero 1848 no fue un fracaso total. Dejó cambios que ya no tuvieron marcha atrás:
- El fin de la servidumbre en Austria y en gran parte de Europa central.
- El sufragio universal masculino en Francia, que ni siquiera Napoleón III se atrevió a suprimir.
- La abolición definitiva de la esclavitud en las colonias francesas.
- Constituciones que sobrevivieron en Piamonte, Prusia, los Países Bajos y Dinamarca.
- El nacimiento de la Suiza moderna, el único éxito completo del año: tras una breve guerra civil, en 1848 se aprobó la Constitución federal que, reformada, sigue vigente hoy.
Sobre todo, 1848 enseñó una lección a los políticos de Europa. Los nacionalistas comprendieron que discursos y parlamentos no bastaban para unir Italia y Alemania. En los años siguientes, esas unificaciones se harían de otra manera: desde arriba, dirigidas por dos reinos fuertes, Piamonte y Prusia, con diplomacia y guerras. Lo dijo en 1862 el nuevo jefe del gobierno prusiano, Otto von Bismarck: «Las grandes cuestiones de nuestro tiempo no se deciden con discursos y votaciones, ese fue el gran error de 1848 y 1849, sino con hierro y sangre».
Capítulo 14Fechas clave y resumen
- 4 de mayo de 1814
- Fernando VII anula la Constitución de Cádiz.
- Septiembre de 1814 – junio de 1815
- Congreso de Viena.
- Septiembre de 1815
- Santa Alianza entre Rusia, Austria y Prusia.
- 1 de enero de 1820
- Pronunciamiento de Riego: empieza el Trienio Liberal.
- 1821–1830
- Guerra de independencia de Grecia.
- Abril de 1823
- Los Cien Mil Hijos de San Luis entran en España.
- 27–29 de julio de 1830
- Las Tres Gloriosas en París: cae Carlos X.
- Agosto de 1830
- Revolución en Bruselas: nace Bélgica.
- Noviembre de 1830
- Levantamiento de Polonia contra Rusia.
- Febrero de 1848
- Manifiesto comunista; revolución en París y Segunda República.
- Marzo de 1848
- Revoluciones en Viena, Pest, Berlín, Milán y Venecia. Cae Metternich.
- Mayo de 1848
- Se reúne el Parlamento de Fráncfort.
- 23–26 de junio de 1848
- Jornadas de Junio en París.
- Diciembre de 1848
- Luis Napoleón, presidente de Francia. Francisco José, emperador de Austria.
- Agosto de 1849
- Caen Hungría y Venecia: fin de la Primavera de los Pueblos.
- 2 de diciembre de 1851
- Golpe de Estado de Luis Napoleón, futuro Napoleón III.
Resumen en seis frases
- Tras Napoleón, el Congreso de Viena rehízo el mapa de Europa buscando el equilibrio entre las potencias y devolviendo los tronos a las viejas familias reales.
- Frente a ese orden surgieron dos grandes ideas: el liberalismo, que quería constituciones, y el nacionalismo, que quería un Estado para cada pueblo.
- La primera ola revolucionaria (1820) fue aplastada en España e Italia por la intervención extranjera; solo triunfó la independencia de Grecia.
- La segunda (1830) llevó a Francia a un rey liberal, Luis Felipe, y dio la independencia a Bélgica.
- La tercera (1848), la Primavera de los Pueblos, fue la mayor de la historia de Europa, pero fracasó por las divisiones entre los revolucionarios.
- Aun así, dejó el sufragio universal masculino en Francia, el fin de la servidumbre en Austria y el camino abierto a las unificaciones de Italia y Alemania.
Para pensar: en 1848, burgueses y obreros lucharon juntos en febrero y se enfrentaron a muerte en junio. ¿Por qué crees que es tan difícil que una revolución mantenga unidos a grupos con intereses distintos?
Siguiente libro de la serie: Hierro y sangre: las unificaciones de Italia y Alemania.