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Hierro y sangre

Las unificaciones de Italia y Alemania (1848–1871)

Serie «Europa en revolución» · Libro 4 · Viene de Restauración y revoluciones

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Capítulo 1Dos países que todavía no existían

En 1847, el canciller austriaco Metternich escribió una frase que los italianos nunca le perdonaron: «Italia es solo una expresión geográfica». Quería decir que Italia era el nombre de una península, como «los Balcanes» o «Escandinavia», pero no un país. Y tenía razón. Quien viajaba de Turín a Nápoles atravesaba varias fronteras, cambiaba varias veces de moneda y obedecía a reyes, duques y al papa.

Con Alemania pasaba lo mismo, pero multiplicado. Durante siglos había estado dividida en más de trescientos territorios dentro del Sacro Imperio Romano Germánico. Napoleón barrió a la mayoría y, en 1815, el Congreso de Viena dejó en su lugar una Confederación Germánica de 39 miembros, desde el enorme Imperio austriaco hasta ciudades libres como Hamburgo o Fráncfort. Cada uno tenía su propio soberano, su ejército, sus aduanas, su correo y a menudo sus propias pesas y medidas. Austria presidía la asamblea común, que se reunía en Fráncfort.

Italia hacia 1850 Confederación Germánica (1815) Reino de Cerdeña Lombardía-Véneto Parma Módena Toscana Estados Pontificios Dos Sicilias + San Marino 7 estados (y San Marino) Austria gobernaba la parte gris y protegía a casi todos los demás príncipes. Imperio austriaco (presidía) Reino de Prusia Otros 4 reinos: Baviera, Sajonia, Hannover y Wurtemberg 33 más: ducados, principados, ciudades libres… 39 miembros
Italia y Alemania hacia 1850. Italia estaba dividida en siete estados; Alemania, en treinta y nueve, unidos solo por una débil Confederación presidida por Austria.

¿Qué unía entonces a los italianos o a los alemanes? Sobre todo, la cultura. Los italianos cultos leían a Dante, Petrarca y Maquiavelo. Los alemanes compartían la Biblia de Lutero, los poemas de Goethe y Schiller, la música de Bach y Beethoven. Los hermanos Grimm recogieron cuentos populares, como Blancanieves o Hansel y Gretel, en parte para demostrar que existía un alma alemana común.

¿Sabías que...? En 1838, los hermanos Grimm empezaron también un gran diccionario de la lengua alemana. Jacob murió en 1863 mientras trabajaba en la letra F. Otros filólogos continuaron la obra durante más de un siglo, y el diccionario no se terminó hasta 1961, con 32 volúmenes. Alemania se unió mucho antes de que su diccionario estuviera acabado.

Como vimos en Restauración y revoluciones, en 1848 los nacionalistas intentaron unir los dos países desde abajo, con parlamentos, barricadas y voluntarios. Fracasaron. El Parlamento de Fráncfort ofreció la corona de Alemania al rey de Prusia, que la rechazó con desprecio. En Italia, el ejército austriaco derrotó al rey de Piamonte y los franceses aplastaron la República Romana.

De aquel fracaso salió una lección. Para unir Italia y Alemania no bastaban los discursos: hacía falta un reino fuerte que pusiera el ejército, el dinero y la diplomacia. En Italia, ese papel lo tuvo el reino de Piamonte-Cerdeña. En Alemania, el reino de Prusia. Las dos unificaciones se hicieron «desde arriba», con guerras calculadas, y las dos terminaron casi a la vez, en el invierno de 1870 a 1871. Este libro cuenta primero la historia italiana y después la alemana, porque se cruzan en momentos decisivos.

Para entenderlo mejor: ¿qué es el nacionalismo? El nacionalismo es la idea de que cada nación, es decir, cada pueblo con una lengua, una cultura y una historia comunes, debe tener su propio Estado. En el siglo XIX tenía dos caras. Para los pueblos divididos, como italianos y alemanes, significaba unirse. Para los pueblos dominados por imperios, como húngaros, polacos o checos, significaba separarse. Por eso Austria, un imperio de muchos pueblos, era la gran enemiga de los nacionalistas.
Idea clave: hacia 1850, Italia estaba dividida en siete estados y Alemania en unos cuarenta, y Austria dominaba ambas. Tras el fracaso de 1848, la unificación quedó en manos de dos reinos fuertes: Piamonte y Prusia.

Capítulo 2Los cuatro padres de Italia

A la unificación italiana se la llama Risorgimento, que significa «resurgimiento»: la idea de que Italia, cuna de Roma y del Renacimiento, debía volver a levantarse. Los italianos hablan de cuatro «padres de la patria». Eran muy distintos entre sí y, a menudo, no se soportaban.

Mazzini el alma Republicano. Soñó una Italia unida por el pueblo. Garibaldi la espada Guerrillero. Conquistó el sur con mil voluntarios. Cavour la cabeza Primer ministro de Piamonte. Unió Italia con diplomacia. Víctor Manuel II la corona Rey de Piamonte y primer rey de Italia.
Los cuatro «padres de la patria», como los llaman los italianos. Casi nunca estuvieron de acuerdo entre ellos.

Mazzini, el alma

Giuseppe Mazzini nació en Génova en 1805. Desde joven vestía siempre de negro, según decía, en señal de luto por su patria dividida. En 1831 fundó en el exilio la Joven Italia, una sociedad secreta con un lema sencillo: «Dios y pueblo». Soñaba con una Italia unida, republicana y democrática, conquistada por el propio pueblo en armas. Organizó una insurrección tras otra, y todas fracasaron. Pasó casi toda su vida en el exilio, sobre todo en Londres, condenado a muerte en su tierra. Cuando Italia por fin se unió, lo hizo bajo un rey, y Mazzini nunca lo aceptó: murió en 1872 en Pisa, escondido bajo un nombre falso.

Garibaldi, la espada

Giuseppe Garibaldi nació en Niza en 1807. Fue marinero, se unió a la Joven Italia y, tras una insurrección fallida en 1834, fue condenado a muerte y huyó a América del Sur. Allí pasó doce años luchando en guerras de Brasil y Uruguay, donde aprendió la guerra de guerrillas y conoció a su compañera, la brasileña Anita. Volvió a Italia en 1848 y defendió la República Romana. En la retirada, perseguido por cuatro ejércitos, Anita murió en sus brazos. Por sus hazañas en dos continentes se le llamó «el héroe de los dos mundos».

¿Sabías que...? Las famosas camisas rojas de Garibaldi nacieron en Montevideo. Hacia 1843, su Legión Italiana necesitaba uniformes baratos, y consiguió un lote de camisas rojas que iban destinadas a los trabajadores de los mataderos de Buenos Aires: el rojo disimulaba las manchas de sangre. Años después, en 1861, el presidente Lincoln le ofreció un puesto de general en la guerra civil de Estados Unidos. Garibaldi puso dos condiciones: el mando supremo y la abolición inmediata de la esclavitud. No hubo acuerdo.

Cavour, la cabeza

Camillo Benso, conde de Cavour, nació en Turín en 1810 en una familia noble. Su madre era de Ginebra y en su casa se hablaba francés, la lengua de la aristocracia piamontesa. Cavour escribía el italiano con esfuerzo. Era bajo, grueso, miope y con gafas redondas, pero muy inteligente y trabajador. Había viajado por Inglaterra y Francia y admiraba los parlamentos, los ferrocarriles y la agricultura moderna. No era un revolucionario, sino un liberal práctico: quería un Piamonte rico, moderno y constitucional que dirigiera a los demás italianos. Su lema era «Iglesia libre en Estado libre».

Víctor Manuel II, la corona

Víctor Manuel II subió al trono de Piamonte-Cerdeña en 1849, la misma noche en que su padre abdicó tras la derrota de Novara. Según la versión que se hizo popular, los austriacos le ofrecieron una paz más suave si anulaba la Constitución que había concedido su padre, el Estatuto Albertino, y él se negó. Por eso le llamaron el rey caballero. Era cazador, mujeriego, de bigotes enormes y modales poco refinados, y no le interesaban mucho los papeles. Pero supo dejar gobernar a Cavour y apoyar a Garibaldi cuando convenía.

Mazzini puso las ideas, Garibaldi el coraje, Cavour la estrategia y Víctor Manuel la corona. Sin embargo, Mazzini era republicano y despreciaba a la monarquía; Garibaldi desconfiaba de Cavour; y Cavour consideraba a los dos unos aventureros peligrosos. Italia se unió a pesar de sus peleas, y en parte gracias a ellas.

Idea clave: la unificación de Italia fue obra de personajes muy distintos: un idealista republicano (Mazzini), un guerrillero (Garibaldi), un ministro calculador (Cavour) y un rey (Víctor Manuel II).

Capítulo 3Cavour, el ajedrecista

Después de 1849, Piamonte era el único estado italiano que conservaba una Constitución, un parlamento y libertad de prensa. Decenas de miles de exiliados de Lombardía, Nápoles o los Estados Pontificios se refugiaron en Turín. Cavour, primer ministro desde 1852, convirtió el reino en un escaparate: construyó ferrocarriles, modernizó la agricultura y el ejército, firmó tratados de libre comercio y limitó el poder de la Iglesia.

Pero Cavour sabía hacer cuentas. En 1848, los italianos habían gritado «Italia lo hará sola», y Austria los había aplastado. Piamonte tenía unos cinco millones de habitantes; el Imperio austriaco, más de treinta. Para echar a Austria hacía falta la ayuda de una gran potencia, y solo había una candidata: la Francia de Napoleón III, sobrino de Napoleón Bonaparte, que soñaba con devolver a Francia su gloria y rehacer el mapa de 1815.

Una guerra lejana para ganarse un asiento

En 1855, en plena guerra de Crimea, Piamonte se unió a Francia y Gran Bretaña contra Rusia y envió unos 15.000 soldados a orillas del mar Negro, a más de 2.000 kilómetros de casa. Piamonte no tenía nada contra Rusia. Murieron más de 2.000 soldados, la mayoría por el cólera y muy pocos en combate. A cambio, Cavour consiguió un asiento en el Congreso de Paz de París de 1856 junto a las grandes potencias, y allí habló, por primera vez ante toda Europa, de «la cuestión italiana».

Una bomba en la ópera

La noche del 14 de enero de 1858, cuando Napoleón III y la emperatriz llegaban a la ópera de París, un revolucionario italiano, Felice Orsini, lanzó tres bombas contra su carruaje. Murieron ocho personas y hubo más de ciento cincuenta heridos, pero los emperadores salieron ilesos. Orsini quería matar a Napoleón III porque lo consideraba un traidor: de joven había conspirado con los revolucionarios italianos y, como presidente, había enviado tropas a Roma para aplastar la República Romana.

¿Sabías que...? Desde la cárcel, antes de ser guillotinado, Orsini escribió una carta al emperador suplicándole que liberara Italia: «Mientras Italia no sea independiente, la tranquilidad de Europa y la de Vuestra Majestad no serán más que una quimera». Napoleón III, impresionado, permitió que la carta se publicara en los periódicos. Muchos historiadores creen que aquel atentado le convenció de que debía actuar en Italia.

El trato secreto de Plombières

En julio de 1858, Cavour viajó en secreto al balneario francés de Plombières para reunirse con Napoleón III. Durante horas, en un coche de caballos por el bosque, los dos hombres redibujaron el mapa de Italia.

Para entenderlo mejor: lo que se pactó en Plombières

Solo faltaba que Austria atacara, porque Napoleón III no quería parecer el agresor. Cavour lo consiguió con paciencia: movilizó al ejército, dejó que miles de voluntarios de toda Italia se alistaran en Piamonte y puso a Garibaldi al frente de un cuerpo de cazadores alpinos. Austria cayó en la trampa. El 23 de abril de 1859 envió a Turín un ultimátum: o Piamonte desarmaba en tres días, o habría guerra. Cavour se negó. Austria se había convertido en el agresor.

Idea clave: Cavour comprendió que Piamonte no podía vencer solo a Austria. Con la guerra de Crimea se ganó el respeto de Europa, y en Plombières consiguió la alianza de Napoleón III a cambio de Saboya y Niza.

Capítulo 41859: Magenta, Solferino y un suizo con prisa

Los austriacos invadieron Piamonte a finales de abril de 1859, pero avanzaron con tanta lentitud que dieron tiempo a los franceses. Napoleón III envió a su ejército por mar hasta Génova y a pie por los pasos de los Alpes, y desde allí los trenes piamonteses lo llevaron rápidamente al frente. Fue una de las primeras guerras en las que el ferrocarril decidió dónde y cuándo se luchaba.

El 4 de junio, franceses y piamonteses vencieron en Magenta, cerca de Milán. Cuatro días después, Napoleón III y Víctor Manuel entraron triunfales en la ciudad, entre flores y banderas tricolores.

¿Sabías que...? El color magenta, ese rosa púrpura intenso que usan las impresoras, se llama así por esta batalla. En 1859, un químico francés había inventado un tinte nuevo, y para venderlo mejor le pusieron el nombre de la victoria de la que hablaba todo el mundo.

Solferino

El 24 de junio de 1859, cerca del lago de Garda, casi 300.000 soldados chocaron en la batalla de Solferino y San Martino. Fue la última gran batalla en la que los tres ejércitos estuvieron dirigidos en persona por sus soberanos: Napoleón III, Víctor Manuel II y el joven emperador de Austria, Francisco José. Tras quince horas de combate, bajo un calor terrible y una tormenta final, los austriacos se retiraron. Quedaron unos 40.000 muertos, heridos y desaparecidos.

Esa tarde llegó a la zona un hombre de negocios suizo, Henry Dunant. No era soldado ni médico: buscaba a Napoleón III para pedirle unos permisos para sus negocios en Argelia. Lo que vio le cambió la vida. Miles de heridos agonizaban sin ayuda en los campos y en las iglesias del pueblo de Castiglione. Dunant organizó a las mujeres del lugar para lavar heridas, dar agua y escribir cartas a las familias, y les convenció de atender por igual a franceses, italianos y austriacos. Ellas repetían una frase: tutti fratelli, «todos hermanos».

1859 Batalla de Solferino 1862 Dunant publica «Recuerdo de Solferino» 1863 Nace en Ginebra la Cruz Roja 1864 Primer Convenio de Ginebra 1901 Primer Nobel de la Paz para Dunant unos 40.000 muertos y heridos en un día firmado por 12 estados, España entre ellos
De una batalla a un premio Nobel: cómo el horror de Solferino dio origen a la Cruz Roja.

En 1862, Dunant publicó a su costa Recuerdo de Solferino, un libro que conmovió a Europa. Proponía crear en cada país sociedades de voluntarios para socorrer a los heridos de guerra, y un acuerdo internacional que los protegiera. En 1863 nació en Ginebra el comité que hoy llamamos Cruz Roja, y en 1864 doce estados firmaron el primer Convenio de Ginebra. Su símbolo, una cruz roja sobre fondo blanco, es la bandera suiza con los colores invertidos, en honor al país que lo acogió.

¿Sabías que...? España fue uno de los doce países que firmaron el Convenio de Ginebra en 1864, y ese mismo año nació la Cruz Roja Española, impulsada por el médico militar navarro Nicasio Landa. En cambio, a Dunant le fue mal: arruinado por sus negocios, vivió años en la pobreza y casi olvidado, hasta que en 1901 recibió el primer Premio Nobel de la Paz de la historia.

La paz que enfureció a Cavour

Después de Solferino, cuando todos esperaban que los franceses conquistaran el Véneto, Napoleón III se detuvo. El 11 de julio firmó en Villafranca un armisticio con Francisco José sin consultar a Cavour. Tenía sus motivos: le había horrorizado la matanza, Prusia estaba movilizando tropas en el Rin, los católicos franceses temían por el papa y a él no le interesaba una Italia demasiado fuerte. Austria entregaba Lombardía, pero conservaba el Véneto. Cavour, furioso, dimitió.

Sin embargo, los italianos ya no se quedaron quietos. Durante la guerra, los duques de Toscana, Parma y Módena habían huido, y las ciudades del norte de los Estados Pontificios, como Bolonia, se habían sublevado contra el papa. Sus gobiernos provisionales pidieron unirse a Piamonte. Cavour, de vuelta al poder en enero de 1860, organizó plebiscitos, votaciones en las que los habitantes decían «sí» o «no» a la unión. En marzo de 1860, Toscana y Emilia votaron abrumadoramente a favor.

Napoleón III aceptó, pero cobró su precio: Saboya y Niza pasaron a Francia, también tras unos plebiscitos con más del 99 % de votos a favor. Garibaldi, nacido en Niza, nunca se lo perdonó a Cavour: le acusó de haberle convertido en un extranjero en su propia tierra.

Idea clave: en 1859, con ayuda francesa, Piamonte ganó Lombardía; en 1860 se le unieron Toscana y Emilia, y a cambio Francia se quedó con Saboya y Niza. De la matanza de Solferino nació la Cruz Roja.

Capítulo 5Los Mil de Garibaldi

En la primavera de 1860, media Italia seguía fuera del nuevo reino: el Véneto austriaco, los Estados Pontificios y, sobre todo, el reino de las Dos Sicilias, el mayor estado de Italia, con unos nueve millones de habitantes y capital en Nápoles. En abril estalló una revuelta en Palermo contra el rey Francisco II. Los exiliados sicilianos fueron a ver a Garibaldi: si él iba, Sicilia entera se levantaría.

La noche del 5 al 6 de mayo de 1860, en la playa de Quarto, junto a Génova, algo más de mil voluntarios subieron a dos barcos de vapor, el Piemonte y el Lombardo. La lista oficial reunió después 1.089 nombres. Casi todos eran jóvenes del norte: estudiantes, abogados, médicos, artesanos, obreros. Bergamo aportó tantos que todavía hoy la llaman «la ciudad de los Mil». Llevaban fusiles viejos y poca munición. Los barcos pertenecían a una naviera de Génova y fueron «robados» con el permiso secreto de su dueño.

¿Sabías que...? Entre los Mil había una sola mujer, la saboyana Rosalie Montmasson, esposa del político siciliano Francesco Crispi, que atendió a los heridos durante la campaña. El más joven, Giuseppe Marchetti, tenía once años y se embarcó con su padre.

El Gobierno de Cavour no apoyó la expedición en público, pero tampoco la detuvo. Si fracasaba, podría decir que no sabía nada; si triunfaba, se quedaría con el premio. Los barcos navegaron hacia el sur y se detuvieron en Talamone, en la costa de Toscana, para conseguir armas en un fuerte cercano. El 11 de mayo desembarcaron en Marsala, en el extremo occidental de Sicilia. En el puerto había dos barcos de guerra británicos, que estaban allí para proteger a los comerciantes ingleses del famoso vino de Marsala. Los buques napolitanos dudaron en disparar y los voluntarios pudieron desembarcar.

REINO DECERDEÑA ESTADOSPONTIFICIOS REINO DE LASDOS SICILIAS CERDEÑA SICILIA Córcega(Francia) Mar Tirreno Mar Adriático VÉNETO(Austria) Niza Génova (Quarto) Talamone Roma Caprera Marsala Palermo Messina Reggio Nápoles Gaeta Teano Ancona Calatafimi Milazzo Volturno Castelfidardo Turín Reino de Cerdeña (mayo 1860) Estados Pontificios Reino de las Dos Sicilias Garibaldi y los Mil Ejército del rey Batalla
La expedición de los Mil, de mayo a octubre de 1860. En cinco meses, los voluntarios de Garibaldi, cada vez más numerosos, conquistaron el mayor reino de Italia.

Aquí se hace Italia o se muere

El 15 de mayo, en Calatafimi, los Mil se encontraron con un ejército napolitano mejor armado, atrincherado en lo alto de una colina. Tuvieron que subir por terrazas bajo el fuego enemigo. Según la tradición, cuando uno de sus oficiales le propuso retirarse, Garibaldi respondió: «Aquí se hace Italia o se muere». Cargaron a la bayoneta, y los napolitanos se retiraron. No fue una gran batalla, pero corrió la voz de que Garibaldi era invencible, y cientos de campesinos sicilianos, los picciotti, se unieron a él.

El 27 de mayo, Garibaldi entró por sorpresa en Palermo, una ciudad defendida por más de 20.000 soldados. El pueblo se sublevó y levantó barricadas. Durante días, la artillería y los barcos napolitanos bombardearon la ciudad, pero al final firmaron un armisticio y evacuaron Palermo. En julio, con refuerzos llegados del norte, Garibaldi venció en Milazzo y se hizo con casi toda la isla.

De Sicilia a Nápoles

En agosto cruzó el estrecho de Mesina y desembarcó en Calabria. El ejército napolitano, mal dirigido y desmoralizado, se deshacía a su paso: batallones enteros se rendían o desertaban. Francisco II abandonó Nápoles y se refugió en la fortaleza de Gaeta. El 7 de septiembre de 1860, Garibaldi entró en Nápoles en tren, antes que su propio ejército y casi sin escolta, entre una multitud que lo aclamaba.

¿Sabías que...? El tren en el que llegó Garibaldi circulaba por una línea que había construido el propio reino de Nápoles. La primera línea de ferrocarril de Italia se inauguró en 1839 entre Nápoles y Portici. Los Borbones napolitanos, que perdieron su reino, fueron también los pioneros del tren en Italia.
Para entenderlo mejor: ¿cómo pudieron mil hombres conquistar un reino?

El apretón de manos de Teano

Cavour temía ahora que Garibaldi marchara sobre Roma, donde había una guarnición francesa que protegía al papa. Eso habría provocado una guerra con Francia. Así que se le adelantó: el ejército piamontés invadió las regiones pontificias de las Marcas y Umbría, derrotó al ejército del papa en Castelfidardo, el 18 de septiembre, y bajó hacia Nápoles. Mientras, Garibaldi ganó a comienzos de octubre su mayor batalla, junto al río Volturno, contra el ejército de Francisco II.

El 26 de octubre de 1860, cerca de Teano, Garibaldi y Víctor Manuel se encontraron a caballo. Según la tradición, Garibaldi se quitó el sombrero y dijo: «Saludo al primer rey de Italia». Le entregó así todo lo que había conquistado. En los plebiscitos de octubre y noviembre, el sur, las Marcas y Umbría votaron unirse al reino. El rey no dejó que Garibaldi desfilara con sus camisas rojas ni le dio el mando que pedía. Garibaldi rechazó títulos, tierras y dinero, y se retiró a su pequeña isla de Caprera, al norte de Cerdeña, con un saco de semillas para su huerto.

Idea clave: en 1860, Garibaldi y sus Mil conquistaron el reino de las Dos Sicilias en cinco meses. Cavour envió al ejército piamontés por los Estados Pontificios para que no llegara a Roma, y en Teano Garibaldi entregó el sur a Víctor Manuel.

Capítulo 6Nace el Reino de Italia

El 17 de marzo de 1861 entró en vigor una ley de un solo artículo, aprobada por el primer parlamento italiano, reunido en Turín: Víctor Manuel II asumía, «para sí y sus sucesores», el título de rey de Italia. Desde entonces reinaría «por la gracia de Dios y la voluntad de la nación». El nuevo país tenía unos 22 millones de habitantes. Pero no estaba completo: faltaban el Véneto, en manos de Austria, y Roma, gobernada por el papa y protegida por soldados franceses.

Había un detalle que molestó a muchos. El rey no pasó a llamarse Víctor Manuel I de Italia, sino que siguió siendo Víctor Manuel II, como en Piamonte. Tampoco se redactó una Constitución nueva: se extendió a toda Italia el Estatuto Albertino piamontés, y con él las leyes, los impuestos, la moneda y los funcionarios de Turín. Para muchos napolitanos o sicilianos, más que unirse a Italia, parecía que Piamonte los había conquistado.

Además, era una democracia muy limitada. Solo podían votar los hombres mayores de 25 años que supieran leer y pagaran bastantes impuestos. En las primeras elecciones, el derecho al voto lo tenía apenas un 2 % de la población.

La muerte de Cavour

Cavour apenas vio su obra. A finales de mayo de 1861 cayó enfermo con fiebres altas, probablemente de malaria, y los médicos le debilitaron aún más con repetidas sangrías, el remedio de la época. Murió el 6 de junio, con 50 años. El papa había excomulgado a todos los que participaron en la conquista de sus territorios, Cavour incluido, pero un fraile amigo le dio los últimos sacramentos, y por ello fue castigado después desde Roma. Sin Cavour, los gobiernos italianos perdieron a su mejor estratega en el peor momento.

Hacer a los italianos

Se atribuye al político piamontés Massimo d'Azeglio una frase que se hizo célebre: «Hemos hecho Italia; ahora hay que hacer a los italianos». Era verdad en muchos sentidos. La mayoría de la población era campesina y analfabeta: tres de cada cuatro italianos no sabían leer. Y casi nadie hablaba italiano.

De cada 40 habitantes de la nueva Italia (1861)… 1 hablaba italiano, según el lingüista Tullio De Mauro (2,5 %) otros 3, según cálculos más generosos (hasta el 10 %) el resto hablaba solo su lengua local: piamontés, lombardo, véneto, napolitano, siciliano, sardo…
Según el lingüista Tullio De Mauro, en 1861 solo hablaba italiano uno de cada cuarenta habitantes; otros cálculos elevan la cifra a uno de cada diez.

El italiano era, sobre todo, una lengua escrita, basada en el toscano de Dante. En la vida diaria, cada región hablaba su propia lengua o dialecto, a veces tan distintos entre sí que un campesino de Bérgamo y otro de Sicilia no se habrían entendido. El propio rey hablaba sobre todo piamontés y francés, y Cavour se expresaba mejor en francés que en italiano. La escuela, el servicio militar, la emigración y los periódicos extendieron poco a poco el italiano. Pero, según muchos lingüistas, el gran unificador llegó un siglo después: la televisión.

¿Sabías que...? El escritor Alessandro Manzoni publicó su gran novela, Los novios, en 1827. Pero no le gustó cómo había quedado su lengua, llena de expresiones lombardas, y pasó años reescribiéndola en el italiano de Florencia. Él mismo decía que había ido a «lavar la ropa en el Arno», el río de Florencia. La versión definitiva, publicada entre 1840 y 1842, se convirtió en el modelo de italiano que estudiaron generaciones de escolares.

La guerra del sur

El mayor problema estaba en el antiguo reino de Nápoles. Los campesinos, que esperaban recibir tierras, vieron llegar nuevos impuestos y el servicio militar obligatorio, que les quitaba a sus hijos durante años. Muchos, junto a antiguos soldados borbónicos, se echaron al monte. El Gobierno los llamó bandoleros y respondió con una guerra sin cuartel: más de 100.000 soldados, fusilamientos sin juicio y pueblos incendiados. Entre 1861 y 1865 murieron miles de personas; según muchos historiadores, más que en todas las batallas del Risorgimento juntas. De aquellos años nació la «cuestión meridional»: la enorme diferencia de riqueza entre el norte y el sur de Italia, que todavía existe.

Roma o muerte

Garibaldi no aguantó mucho tiempo en su isla. En 1862 reunió voluntarios en Sicilia al grito de «¡Roma o muerte!» y marchó hacia Roma. Pero Roma estaba protegida por Francia, y el Gobierno italiano no podía permitir una guerra con Napoleón III. En las montañas de Aspromonte, en Calabria, el ejército italiano le salió al paso. Hubo un breve tiroteo entre italianos, y Garibaldi cayó herido en un muslo y en el tobillo derecho.

¿Sabías que...? Durante semanas, los médicos no se ponían de acuerdo sobre si la bala seguía dentro del tobillo de Garibaldi. El famoso cirujano francés Auguste Nélaton ideó una sonda con la punta de porcelana sin esmaltar: al rozar el plomo, la porcelana quedaba manchada de gris. Así se comprobó que la bala estaba allí, y pudieron extraerla. Tres años después, en 1865, los médicos que atendieron a Abraham Lincoln, el presidente de Estados Unidos, tras recibir un disparo en la cabeza, buscaron la bala con una sonda de Nélaton.

En 1864, Italia firmó con Francia la Convención de Septiembre: los franceses sacarían sus tropas de Roma en dos años, e Italia se comprometía a no atacar al papa y a trasladar su capital de Turín a Florencia. Muchos lo vieron como una renuncia a Roma. En Turín, las protestas contra el traslado acabaron con decenas de muertos. En 1865, la capital se mudó a Florencia.

Idea clave: en 1861 nació el Reino de Italia, pero como una ampliación de Piamonte. El nuevo Estado tuvo que enfrentarse a la pobreza, al analfabetismo, a la falta de una lengua común y a una guerra en el sur.

Capítulo 7Venecia y Roma

Italia consiguió el Véneto sin ganar ni una sola batalla importante. En 1866, Prusia preparaba una guerra contra Austria y buscó un aliado que obligara a los austriacos a luchar en dos frentes. Italia firmó con Prusia una alianza en abril: si ganaban, el Véneto sería italiano.

El ejército italiano, más numeroso que el austriaco que tenía enfrente, fue derrotado en Custoza el 24 de junio de 1866, en el mismo lugar donde ya había perdido en 1848. Un mes después, el 20 de julio, las dos flotas se enfrentaron cerca de la isla de Lissa, en el Adriático. Fue una de las primeras batallas entre flotas de barcos acorazados de vapor. Los italianos tenían más barcos y más modernos, pero el almirante austriaco Wilhelm von Tegetthoff lanzó su buque insignia como un ariete contra el acorazado italiano Re d'Italia, que se hundió en pocos minutos con cientos de marineros.

¿Sabías que...? Buena parte de los marineros de la flota austriaca eran venecianos y dálmatas, y las órdenes se daban a menudo en dialecto véneto. Se cuenta que, tras la victoria, los marineros lanzaron sus gorras al aire gritando «¡Viva San Marcos!», el patrón de Venecia. Venecianos contra italianos, en una guerra para decidir si Venecia sería italiana.

Solo Garibaldi, al frente de sus voluntarios en las montañas del Trentino, logró victorias, como la de Bezzecca. Pero Prusia ya había vencido a Austria en Sadowa (lo veremos en el capítulo 10) y se estaba negociando la paz. Cuando le ordenaron retirarse, Garibaldi respondió con un telegrama de una sola palabra que todos los italianos conocen: «Obbedisco», «obedezco».

Austria, que no quería entregar nada a un país al que había derrotado, cedió el Véneto a Napoleón III, y este se lo pasó a Italia. En octubre de 1866, un plebiscito confirmó la unión. Venecia era italiana, pero la forma de conseguirla dejó un sabor amargo.

El último territorio del papa

Quedaba Roma. El papa Pío IX se negaba a renunciar a su poder terrenal: pensaba que, sin un territorio propio, el jefe de la Iglesia quedaría a merced de cualquier gobierno. En 1864 publicó el Syllabus, una lista de ochenta «errores» modernos que condenaba. El último decía que era un error pensar que el papa debía reconciliarse «con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna».

En 1867, Garibaldi lo intentó otra vez. Sus voluntarios fueron derrotados en Mentana por las tropas del papa y un cuerpo francés que había vuelto a Roma. Los franceses estrenaban un fusil nuevo, el Chassepot, y su general informó a París con una frase que indignó a los italianos: «Los chassepots han hecho maravillas».

La oportunidad llegó de fuera. En julio de 1870 estalló la guerra entre Francia y Prusia, y Napoleón III necesitó a todos sus soldados: los franceses abandonaron Roma. Cuando el emperador cayó prisionero en Sedán, a comienzos de septiembre (capítulo 12), el papa se quedó sin protector. El 20 de septiembre de 1870, tras un breve cañoneo, los soldados italianos abrieron una brecha en la muralla de Roma junto a la Porta Pia y entraron en la ciudad. Pío IX había ordenado solo una resistencia simbólica, para que quedara claro que cedía a la fuerza. Hubo unas decenas de muertos. Un plebiscito aprobó la unión, y en 1871 Roma se convirtió en la capital de Italia.

PIAMONTE CERDEÑA LOMBARDÍA VÉNETO TRENTINO PARMA MÓDENA ROMAÑA TOSCANA MARCAS UMBRÍA LACIO REINO DE LASDOS SICILIAS SICILIA SABOYA Córcega(Francia) Mar Adriático Mar Tirreno Turín Milán Venecia Florencia Roma Nápoles Palermo Niza Cuándo se unió Cerdeña, antes de 1859 1859: Lombardía 1860: el centro (marzo) 1860: el sur (otoño) 1866: Véneto 1870: Roma Austria hasta 1918 Francia desde 1860
Italia se unió por etapas entre 1859 y 1870. Trento y Trieste no se incorporaron hasta después de la Primera Guerra Mundial.
¿Sabías que...? El 18 de julio de 1870, el Concilio Vaticano I proclamó que el papa es infalible cuando define solemnemente una verdad de fe. Al día siguiente, Francia declaró la guerra a Prusia, y esa guerra le quitó al papa su último territorio. Hoy, en muchas ciudades italianas hay una calle o una plaza llamada «XX Settembre», en recuerdo del día de la Porta Pia.

Pío IX se consideró «prisionero en el Vaticano». Rechazó la ley con la que Italia le ofrecía honores de soberano y una renta, y durante décadas pidió a los católicos que no votaran en las elecciones del nuevo Estado. Esta «cuestión romana» no se resolvió hasta 1929, cuando Italia y la Santa Sede firmaron los Pactos de Letrán y nació la Ciudad del Vaticano, el país más pequeño del mundo.

Aun así, para muchos nacionalistas Italia seguía incompleta: Trento y Trieste, de lengua italiana, siguieron siendo austriacas. Los que reclamaban esas «tierras irredentas», es decir, no redimidas, empujarían a Italia a entrar en la Primera Guerra Mundial en 1915.

Idea clave: Italia ganó el Véneto en 1866 gracias a la victoria de Prusia, pese a perder sus batallas, y tomó Roma en 1870, cuando la guerra franco-prusiana obligó a los franceses a marcharse. El papa no lo aceptó hasta 1929.

Capítulo 8Prusia se prepara

Volvamos ahora a 1849 y crucemos los Alpes. Tras rechazar la corona que le ofrecía el Parlamento de Fráncfort, el rey de Prusia intentó unir Alemania a su manera, con un pacto entre príncipes y sin Austria. Pero Austria, apoyada por el zar de Rusia, amenazó con la guerra, y en noviembre de 1850 Prusia tuvo que renunciar a su plan en la ciudad morava de Olmütz. Los prusianos lo llamaron la humillación de Olmütz. Se restauró la vieja Confederación Germánica, presidida por Austria, como si nada hubiera pasado.

Pero había un terreno en el que Prusia ya llevaba ventaja: el dinero.

El Zollverein

En 1819, el economista Friedrich List se quejaba de que había 38 líneas de aduanas en el interior de Alemania, y de que un comerciante que quisiera llevar mercancías de Hamburgo a Austria, o de Berlín a Suiza, tenía que atravesar diez estados, estudiar diez aranceles distintos y pagar diez veces. Prusia empezó a firmar acuerdos con sus vecinos, y el 1 de enero de 1834 nació el Zollverein, la unión aduanera alemana: 18 estados con unos 23 millones de habitantes, sin aduanas entre ellos y con un arancel común hacia fuera.

1819: de Berlín a Suiza 10 estados · 10 aranceles · 10 peajes Un comerciante atravesaba diez estados y pagaba en cada frontera (Friedrich List, 1819). 1836: dentro del Zollverein ninguna aduana hasta la frontera exterior Unión aduanera alemana (desde 1834) Las mercancías circulaban libres entre sus estados. Austria se quedó fuera.
Antes y después del Zollverein. La unión aduanera acostumbró a los alemanes a comerciar como un solo país, con Prusia al frente.

Austria quedó fuera, porque protegía su industria con aranceles altos, y cuando quiso entrar, en la década de 1850, Prusia se las arregló para impedirlo. Así, antes de estar unidos políticamente, los alemanes ya compraban, vendían y viajaban en un mercado común dirigido desde Berlín.

Trenes, carbón y acero

El primer ferrocarril alemán se inauguró en 1835 entre Núremberg y Fürth, con una locomotora inglesa, Der Adler («El Águila»), y un maquinista también inglés. En 1870, Alemania tenía ya casi 20.000 kilómetros de vías. Los trenes llevaban el carbón del Ruhr, del Sarre y de Silesia a unas fábricas cada vez más grandes. Alemania se convirtió en una potencia industrial capaz de competir con Gran Bretaña.

¿Sabías que...? La primera mercancía que transportó el tren de Núremberg, en 1836, fueron dos barriles de cerveza. Y el símbolo de la empresa Krupp, tres anillos entrelazados, representa sus ruedas de tren de acero sin soldadura, un invento que la hizo rica. Krupp asombró al mundo en la Exposición de Londres de 1851 con un bloque de acero de dos toneladas sin un solo defecto, y en la de París de 1867 con un cañón de 50 toneladas. Napoleón III lo vio, pero su ejército no compró cañones Krupp. Los prusianos, sí.

Un rey soldado

En 1858, el rey Federico Guillermo IV quedó incapacitado por varios derrames cerebrales, y su hermano Guillermo se convirtió en regente; en 1861 fue coronado rey. Tenía ya 63 años. Con dieciséis años había luchado contra Napoleón, y en 1848 había querido acabar con la revolución de Berlín a cañonazos, por lo que le llamaron «el príncipe metralla» y tuvo que huir unos meses a Londres. Era un militar sencillo, honrado y muy conservador. En Königsberg se coronó a sí mismo, tomando la corona del altar, para dejar claro que su poder venía de Dios y no del pueblo.

Guillermo I y su ministro de la Guerra, Albrecht von Roon, querían reformar el ejército: más soldados, tres años de servicio militar y más poder para los oficiales profesionales. Pero hacía falta dinero, y el presupuesto tenía que aprobarlo el Parlamento de Prusia, donde los liberales tenían mayoría. En 1862 lo rechazaron. El rey estaba tan desesperado que llegó a escribir su abdicación. Roon le propuso una última solución y envió un telegrama urgente al embajador de Prusia en París: «Peligro en la demora. Dese prisa». El embajador se llamaba Otto von Bismarck.

Para entenderlo mejor: el voto por clases de Prusia Prusia tenía un Parlamento desde 1848, pero con un sistema muy peculiar. Los votantes se dividían en tres clases según los impuestos que pagaban, y cada clase elegía un tercio de los compromisarios que después nombraban a los diputados. En la primera clase estaban los más ricos, apenas un 5 % de los votantes; en la tercera, más del 80 %. Así, el voto de un rico valía muchísimo más que el de un obrero. En Essen, donde las elecciones municipales usaban el mismo sistema, el industrial Alfred Krupp llegó a formar él solo toda la primera clase, y así decidía por sí mismo un tercio del voto. Este sistema duró hasta 1918.
Idea clave: tras la humillación de Olmütz, Prusia se hizo fuerte por la economía: el Zollverein unió el mercado alemán sin Austria, y los trenes, el carbón y el acero la convirtieron en una potencia industrial. En 1862, su rey necesitaba a alguien que le ayudara a imponer su reforma del ejército.

Capítulo 9Bismarck, el hombre de hierro y sangre

Otto von Bismarck nació el 1 de abril de 1815, el año de Waterloo, en Schönhausen, una finca al oeste de Berlín. Era un junker, un miembro de la nobleza terrateniente prusiana: gente de campo, conservadora, protestante y orgullosa de servir al rey como oficiales. Medía cerca de 1,90, comía y bebía de forma descomunal y, sorprendentemente, tenía una voz aguda y fina.

De joven no prometía mucho. En la universidad de Gotinga se hizo famoso por sus borracheras, sus perros y sus duelos: según se cuenta, se batió en más de veinte. Trabajó un tiempo como funcionario, se aburrió y lo dejó para administrar las fincas familiares, donde se ganó el apodo de «el loco Bismarck». Todo cambió cuando se hizo profundamente religioso y se casó, en 1847, con Johanna von Puttkamer.

En 1848 fue uno de los enemigos más feroces de la revolución. Llegó a ofrecerse para marchar sobre Berlín con los campesinos de su finca para rescatar al rey. Federico Guillermo IV escribió sobre él una nota que se hizo famosa: «Reaccionario rojo, huele a sangre. Utilizable más adelante».

El diplomático

El rey lo utilizó. De 1851 a 1859, Bismarck representó a Prusia en la asamblea de la Confederación Germánica en Fráncfort, y allí aprendió a detestar a Austria. Después fue embajador en San Petersburgo y en París. Conoció en persona al zar y a Napoleón III, y llegó a una conclusión: Alemania solo se uniría bajo Prusia si antes se expulsaba a Austria, y eso no se conseguiría con votaciones.

¿Sabías que...? En las reuniones de Fráncfort, por tradición, solo el representante de Austria fumaba. Bismarck, para dejar claro que Prusia era igual de importante, sacó un puro y le pidió fuego al austriaco. Desde entonces, los representantes de otros estados empezaron también a fumar.

El discurso

El 23 de septiembre de 1862, Guillermo I nombró a Bismarck jefe del gobierno de Prusia. Una semana después, ante la comisión de presupuestos del Parlamento, sacó de su cartera una ramita de olivo que había cogido en Aviñón. Dijo que había pensado ofrecérsela a la oposición como señal de paz, pero que aún no era el momento. Y pronunció la frase que le haría famoso:

«Alemania no mira el liberalismo de Prusia, sino su poder. [...] Las grandes cuestiones de nuestro tiempo no se deciden con discursos y votaciones de mayorías, ese fue el gran error de 1848 y 1849, sino con hierro y sangre».

El hierro eran los cañones y los ferrocarriles; la sangre, los soldados. Los liberales se escandalizaron, pero Bismarck no cedió. Durante cuatro años gobernó sin un presupuesto aprobado: siguió cobrando los impuestos y haciendo la reforma del ejército, con el argumento de que la Constitución no decía qué hacer si el rey y el Parlamento no se ponían de acuerdo.

Para entenderlo mejor: la «Realpolitik» A la forma de hacer política de Bismarck se la llama Realpolitik, «política realista». Consiste en guiarse por los intereses y las fuerzas reales de cada país, y no por principios o ideales. Bismarck podía aliarse con un enemigo si le convenía, provocar una guerra o evitarla, y cambiar de amigos sin remordimientos. Él mismo definió la política como «el arte de lo posible». Sabía, sobre todo, detenerse a tiempo: nunca buscó una guerra que no pudiera ganar deprisa.
¿Sabías que...? Pocos políticos han dado nombre a tantas cosas. Hay un arenque en vinagre llamado «arenque Bismarck», un archipiélago en el Pacífico, un famoso acorazado alemán de la Segunda Guerra Mundial y hasta una ciudad de Estados Unidos: Bismarck, capital de Dakota del Norte, bautizada así en 1873 para atraer inversores alemanes a su ferrocarril.
Idea clave: Bismarck, un noble prusiano conservador, llegó al poder en 1862 para imponer la reforma del ejército contra el Parlamento. Creía que Alemania solo se uniría bajo Prusia, y por la fuerza: «con hierro y sangre».

Capítulo 10Dinamarca y Austria: dos guerras en dos años

El primer paso de Bismarck empezó con un problema que casi nadie entendía: el de los ducados de Schleswig y Holstein, en la frontera entre Alemania y Dinamarca. Los dos ducados pertenecían desde hacía siglos al rey de Dinamarca, pero no formaban parte de su reino. Holstein, de lengua alemana, era además miembro de la Confederación Germánica. Schleswig estaba mezclado: danés en el norte y alemán en el sur. Y un antiguo tratado de 1460 decía que los dos debían permanecer «para siempre unidos».

¿Sabías que...? El primer ministro británico, lord Palmerston, bromeaba con que solo tres personas habían entendido nunca la cuestión de Schleswig-Holstein: «El príncipe Alberto, que ha muerto; un profesor alemán, que se ha vuelto loco; y yo, que la he olvidado por completo».

En noviembre de 1863, el nuevo rey danés, Cristián IX, firmó una Constitución que unía Schleswig a Dinamarca. Los nacionalistas alemanes pusieron el grito en el cielo. Bismarck vio la oportunidad, pero no quería actuar como un patriota alemán más, sino en nombre de Prusia. Así que se alió nada menos que con Austria, y en febrero de 1864 los dos ejércitos entraron juntos en Schleswig.

Los daneses se atrincheraron en los fuertes de Düppel (Dybbøl, en danés). El 18 de abril de 1864, tras semanas de bombardeo, los prusianos los tomaron al asalto en una sola mañana. En octubre, Dinamarca firmó la paz: entregó Schleswig, Holstein y el pequeño ducado de Lauenburg a Prusia y Austria, que los gobernarían juntas. Perdió así cerca de un tercio de su territorio.

¿Sabías que...? Aquella fue la primera guerra en la que actuaron delegados de la recién nacida Cruz Roja: el médico Louis Appia, en el lado prusiano, y el capitán neerlandés Charles van de Velde, en el danés. Eran observadores neutrales y llevaban en el brazo, por primera vez en una guerra, un brazalete blanco con una cruz roja. Y tras la derrota, los daneses hicieron suyo un lema: «Lo que se pierde por fuera hay que ganarlo por dentro». Durante décadas convirtieron en campos y bosques los brezales de Jutlandia.

La pelea por el botín

Gobernar juntos los ducados era una fuente segura de peleas. En 1865, en la Convención de Gastein, se los repartieron: Prusia administraría Schleswig, y Austria, Holstein, a cientos de kilómetros de Viena. Después, Bismarck preparó la guerra con Austria con paciencia de ajedrecista. En octubre de 1865 visitó a Napoleón III en Biarritz y se ganó su neutralidad con vagas promesas de compensaciones que nunca llegaron. En abril de 1866 firmó la alianza con Italia que ya conocemos. Y sorprendió a todos proponiendo un parlamento alemán elegido por sufragio universal masculino: el viejo sueño de los liberales de 1848, ahora en boca de un conservador.

En junio de 1866 estalló la guerra. La mayoría de los estados alemanes, entre ellos Baviera, Sajonia, Hannover y Wurtemberg, se pusieron del lado de Austria. Parecía que Prusia estaba sola contra media Alemania.

¿Sabías que...? El rey Jorge V de Hannover era ciego. El 27 de junio de 1866, su ejército venció a los prusianos en Langensalza, pero dos días después, rodeado y sin víveres, tuvo que rendirse. Fue la última batalla del reino de Hannover: Prusia se lo anexionó ese mismo año.

El reloj de Moltke

El ejército prusiano lo dirigía el jefe del Estado Mayor, Helmuth von Moltke, un general tan callado que se decía de él que sabía guardar silencio en siete idiomas. Moltke había estudiado a fondo algo que pocos militares tomaban en serio: los trenes. Su plan era llevar a sus tropas en ferrocarril, en varios ejércitos separados que avanzarían por caminos distintos y se reunirían justo en el campo de batalla. Su lema era «marchar separados, combatir juntos». El telégrafo le permitía coordinarlos desde lejos. Y sus soldados tenían un arma decisiva: el fusil de aguja, que se cargaba por detrás.

Disparos por minuto Cómo se recargaba Trenes hacia el frente Prusia (fusil de aguja) de 5 a 7 Austria (se cargaba por la boca) unos 2 tumbado, a cubierto de pie, a la vista Prusia: 5 líneas Austria: 1 línea El telégrafo coordinaba a los ejércitos separados.
Las ventajas de Prusia en 1866. El fusil de aguja permitía disparar más deprisa y sin ponerse de pie, y los trenes y el telégrafo movían y coordinaban a sus ejércitos.

El 3 de julio de 1866, cerca de la aldea bohemia de Sadowa y la fortaleza de Königgrätz, se enfrentaron unos 440.000 soldados, en una de las mayores batallas del siglo. Durante la mañana, los austriacos resistieron bien, y hubo momentos en que los prusianos parecían perdidos. Pero a primera hora de la tarde llegó por el flanco el segundo ejército prusiano, mandado por el príncipe heredero, que llevaba toda la mañana marchando hacia el ruido de los cañones. La derrota austriaca fue total: Austria perdió más de 40.000 hombres entre muertos, heridos y prisioneros; Prusia, unos 9.000.

¿Sabías que...? El general austriaco Ludwig von Benedek aceptó el mando a disgusto. Se cuenta que se lamentaba: «En Italia conozco cada árbol; aquí, en Bohemia, no sé ni por dónde corre el Elba». Para celebrar la victoria, el músico militar prusiano Johann Gottfried Piefke compuso la Marcha de Königgrätz. Según la explicación más extendida, de su apellido viene la palabra con la que muchos austriacos llaman todavía hoy, en broma o con desprecio, a los alemanes: Piefke.

Una paz generosa

El rey Guillermo y sus generales querían desfilar por Viena y quedarse con territorios austriacos. Bismarck se opuso con todas sus fuerzas: Austria no debía quedar humillada, porque algún día podía ser una aliada útil, y una guerra larga podía animar a Francia a intervenir. La discusión fue tan dura que, según contó él mismo en sus memorias, llegó a pensar en tirarse por la ventana. Al final, con la ayuda del príncipe heredero, convenció al rey.

En la Paz de Praga, en agosto de 1866, Austria no perdió ningún territorio en favor de Prusia; solo el Véneto, que fue para Italia. Pero aceptó el fin de la Confederación Germánica y quedó fuera de Alemania para siempre. En cambio, Prusia se anexionó varios de los estados que habían luchado contra ella: Hannover, Hesse-Kassel, Nassau, la ciudad libre de Fráncfort y los ducados de Schleswig y Holstein. Fráncfort, donde se había reunido el Parlamento de 1848, fue tratada con especial dureza: le impusieron una multa enorme, y su alcalde, desesperado, se quitó la vida. Por primera vez, Prusia era un territorio continuo que iba desde la frontera rusa hasta más allá del Rin.

Al norte del río Meno nació en 1867 la Confederación de Alemania del Norte, formada por 22 estados. La presidía el rey de Prusia, Bismarck era su canciller y tenía un parlamento, el Reichstag, elegido por sufragio universal masculino. Los estados del sur (Baviera, Wurtemberg, Baden y la mitad sur de Hesse-Darmstadt) quedaron fuera, pero firmaron en secreto alianzas militares con Prusia.

En Berlín, los diputados liberales que durante cuatro años habían acusado a Bismarck de gobernar contra la ley aprobaron una «ley de indemnidad», que daba por buenos todos sus gastos. Muchos de ellos, entusiasmados con la unidad alemana, se convirtieron en sus aliados. El éxito se lo perdonaba casi todo.

Austria, derrotada, tuvo que llegar a un acuerdo con los húngaros, que no habían olvidado 1848. En 1867 nació el Imperio austrohúngaro, una monarquía doble: Francisco José era emperador de Austria y, a la vez, rey de Hungría, que tenía su propio gobierno y su propio parlamento.

¿Sabías que...? La emperatriz Isabel, la famosa Sissi, adoraba Hungría: había aprendido húngaro y se rodeaba de damas húngaras. Ayudó a lograr el acuerdo, y en junio de 1867 fue coronada reina de Hungría en Buda, junto a su marido. Los húngaros le regalaron un palacio en Gödöllő, cerca de la capital, donde pasó algunas de sus temporadas más felices.
Idea clave: en 1864, Prusia y Austria quitaron a Dinamarca los ducados de Schleswig y Holstein. En 1866, Prusia venció a Austria en Sadowa gracias a sus trenes, su telégrafo y su fusil de aguja. Austria quedó fuera de Alemania, y el norte se unió bajo Prusia.

Capítulo 11Un rey para España y un telegrama trucado

La guerra que completó la unidad de Alemania empezó, curiosamente, en España. En septiembre de 1868, la revolución llamada la Gloriosa expulsó a la reina Isabel II, que se marchó al exilio en Francia. Sus líderes, entre ellos el general Juan Prim, querían una monarquía con Constitución y libertades, y la Constitución de 1869 mantuvo la corona. Solo faltaba un detalle: encontrar un rey.

No era fácil. Prim buscó por las cortes de Europa un candidato católico, liberal y dispuesto a aceptar un trono inestable. Se le atribuye una frase sobre aquella búsqueda: «Encontrar un rey democrático en Europa es tan difícil como encontrar un ateo en el cielo». Fernando de Sajonia-Coburgo, el padre del rey de Portugal, dijo que no; la madre del joven duque de Génova, también. El duque de Montpensier, cuñado de Isabel II, se quedó sin opciones en marzo de 1870, cuando mató en un duelo a pistola a un primo de la reina, el infante Enrique de Borbón.

Entonces Prim se fijó en un príncipe alemán: Leopoldo de Hohenzollern-Sigmaringen, católico, casado con una infanta portuguesa y pariente lejano del rey de Prusia. Su hermano Carlos se había convertido en 1866 en príncipe de Rumanía. Bismarck apoyó en secreto la candidatura; los historiadores todavía discuten si ya entonces buscaba provocar a Francia.

Cuando la noticia se hizo pública, a comienzos de julio de 1870, Francia estalló. Con un Hohenzollern en Berlín y otro en Madrid, los franceses se sintieron rodeados, como en tiempos del emperador Carlos V. El ministro francés de Exteriores, el duque de Gramont, pronunció un discurso amenazador. El rey Guillermo, que no quería una guerra por un trono extranjero, dejó claro que prefería que la candidatura se retirara, y el 12 de julio el padre de Leopoldo la retiró. Francia había ganado.

El paseo de Ems

Pero París quiso más. El 13 de julio, el embajador francés, el conde Benedetti, abordó al rey Guillermo mientras paseaba por el balneario de Ems y le pidió que prometiera que nunca, en el futuro, volvería a autorizar esa candidatura. El rey se negó con cortesía y, más tarde, le mandó decir por un ayudante que no tenía nada más que añadir. Heinrich Abeken, un alto funcionario que acompañaba al rey, telegrafió a Bismarck lo ocurrido.

Esa noche, Bismarck cenaba en Berlín con Moltke y Roon, los tres desanimados: parecía que la ocasión se había escapado. Al leer el telegrama, Bismarck preguntó a Moltke si el ejército estaba listo para una guerra. Moltke respondió que sí. Entonces Bismarck cogió un lápiz y se puso a recortar.

Ems, 13 de julio de 1870 · Abeken a Bismarck

Su Majestad el rey me escribe: «El conde Benedetti me abordó en el paseo para exigirme, al final de un modo muy insistente, que le autorizara a telegrafiar enseguida que me comprometía para siempre a no volver a dar mi consentimiento si los Hohenzollern renovaban su candidatura. Al final se lo negué con cierta seriedad, pues no es correcto ni posible aceptar compromisos así para siempre. Naturalmente, le dije que aún no había recibido noticias y que, como él estaba mejor informado que yo, podía ver que mi Gobierno no tenía nada que ver en el asunto». Su Majestad ha recibido después una carta del príncipe. Como había dicho al conde Benedetti que esperaba noticias, ha decidido, por consejo del conde Eulenburg y mío, no volver a recibirle, sino comunicarle por medio de un ayudante que había recibido la confirmación que Benedetti ya tenía de París y que no tenía nada más que decir al embajador. Su Majestad deja a Vuestra Excelencia decidir si esta nueva exigencia y su rechazo deben comunicarse a nuestros embajadores y a la prensa.

↓ Bismarck lo recorta y lo entrega a la prensa esa misma noche

Versión publicada por Bismarck

Después de que el Gobierno español comunicara oficialmente a Francia la renuncia del príncipe heredero de Hohenzollern, el embajador francés exigió además en Ems a Su Majestad el rey que le autorizara a telegrafiar a París que Su Majestad se comprometía para siempre a no volver a dar su consentimiento si los Hohenzollern renovaban su candidatura. Su Majestad el rey se negó entonces a recibir de nuevo al embajador francés y le hizo decir por el ayudante de servicio que no tenía nada más que comunicarle.

El telegrama de Ems, traducido y algo abreviado. Lo tachado es lo que desapareció: las explicaciones y la cortesía. Lo que quedó, sobre todo la última frase, sonaba a portazo.

Moltke comentó que antes el texto sonaba a retirada, y ahora, a toque de ataque. Bismarck explicó que sería como «un trapo rojo para el toro galo». Esa misma noche lo entregó a la prensa, y al día siguiente, 14 de julio, aniversario de la toma de la Bastilla, lo leía toda Europa. Los franceses creyeron que el rey de Prusia había humillado a su embajador; los alemanes, que el embajador había ofendido a su rey.

En París, las multitudes gritaban «¡A Berlín!». El jefe del Gobierno, Émile Ollivier, dijo ante los diputados que aceptaba la responsabilidad de la guerra «con el corazón ligero». Después explicó que quería decir «con la conciencia tranquila», pero la frase le persiguió toda su vida. El 19 de julio de 1870, Francia declaró la guerra a Prusia.

¿Sabías que...? Se atribuye al ministro de la Guerra francés, el mariscal Le Bœuf, esta frase: «Estamos listos, y más que listos. Si la guerra durase dos años, no faltaría ni un botón en las polainas de nuestros soldados». Seis semanas después, el emperador era prisionero. A la emperatriz Eugenia, una española nacida en Granada, sus enemigos le atribuyeron otra frase, «esta es mi guerra», que ella siempre negó haber dicho.
Para entenderlo mejor: ¿mintió Bismarck? Bismarck no inventó nada: el embajador había hecho aquella petición y el rey la había rechazado. Pero al recortar el telegrama borró la cortesía, las explicaciones y el tono tranquilo, y dejó solo la exigencia y el portazo. Quería que fuera Francia quien declarara la guerra, porque así los estados del sur, atados por sus alianzas, lucharían junto a Prusia, y Europa vería a Francia como la agresora. Años después, en sus memorias, presumió de su jugada, probablemente exagerándola. Pero la culpa no fue solo suya: en París, el Gobierno, la prensa y buena parte de la opinión pública también querían la guerra, convencidos de que la ganarían.

Mientras tanto, en Madrid

¿Y el rey de España? Prim encontró por fin un candidato: Amadeo de Saboya, hijo de Víctor Manuel II. Las Cortes lo eligieron el 16 de noviembre de 1870. Así, el hijo del rey que había unido Italia se convirtió en rey de España. Pero el 27 de diciembre, en la calle del Turco de Madrid, unos desconocidos dispararon contra el carruaje de Prim. El general murió tres días después, el 30 de diciembre, el mismo día en que Amadeo desembarcaba en Cartagena. Al llegar a Madrid, lo primero que hizo el nuevo rey fue ir a rezar ante el cadáver de Prim en la basílica de Atocha.

Sin su principal apoyo, Amadeo nunca se sintió aceptado: para unos era un extranjero, y para otros, un rey impuesto. El 11 de febrero de 1873 abdicó, y ese mismo día se proclamó la Primera República española. El asesinato de Prim nunca se aclaró del todo.

Idea clave: la búsqueda de un rey para España puso a un príncipe prusiano cerca del trono. Aunque la candidatura se retiró, Bismarck recortó el telegrama de Ems para que pareciera un insulto, y Francia, ofendida y confiada, declaró la guerra a Prusia en julio de 1870.

Capítulo 12Sedán, el asedio de París y Versalles

Francia creía tener el mejor ejército de Europa, y en algunas cosas lo tenía: su fusil, el Chassepot, disparaba más lejos que el prusiano, y contaba con una ametralladora secreta, la mitrailleuse. Pero Alemania movilizó a sus tropas mucho más deprisa, gracias a los trenes y a un plan preparado desde hacía años, y sus cañones de acero de Krupp, que se cargaban por detrás, eran muy superiores a los franceses, de bronce. Además, como Bismarck había previsto, los estados del sur se unieron a Prusia desde el primer día. Por primera vez, bávaros, sajones, prusianos y badenses combatían juntos como alemanes.

En agosto, los alemanes ganaron una batalla tras otra en Alsacia y Lorena. Uno de los dos grandes ejércitos franceses, el del mariscal Bazaine, quedó encerrado en la fortaleza de Metz. El otro, con el propio Napoleón III, intentó rescatarlo, pero fue rodeado junto a la pequeña ciudad de Sedán, cerca de la frontera belga. El 1 de septiembre de 1870, la artillería alemana, situada en las colinas, machacó a los franceses atrapados en el valle.

El emperador, enfermo de cálculos en la vejiga, apenas podía montar a caballo por el dolor; se cuenta que se maquilló las mejillas para disimular su palidez ante los soldados. Durante horas cabalgó bajo el fuego, como si buscara la muerte. Esa noche escribió al rey Guillermo una carta breve: «Señor hermano mío: no habiendo podido morir en medio de mis tropas, solo me queda entregar mi espada en manos de Vuestra Majestad». Al día siguiente, 2 de septiembre, se rindió con unos 100.000 soldados. En octubre se rendiría también Metz, con más de 170.000.

¿Sabías que...? Napoleón III pasó su cautiverio en el palacio de Wilhelmshöhe, en Kassel, el mismo donde había vivido su tío Jerónimo Bonaparte cuando Napoleón lo nombró rey de Westfalia. Y en Alemania, hasta 1918, el 2 de septiembre se celebró cada año, sobre todo en las escuelas, como el Día de Sedán.

Cuando la noticia llegó a París, el 4 de septiembre, la multitud invadió la Asamblea y se proclamó la República, la tercera de la historia de Francia. La emperatriz Eugenia tuvo que huir de las Tullerías por una puerta lateral. Un dentista estadounidense, Thomas Evans, la escondió y la sacó de Francia hasta Inglaterra.

París, sitiada

El nuevo Gobierno decidió seguir luchando. El 19 de septiembre, los alemanes rodearon París, una ciudad de unos dos millones de habitantes. Nadie podía entrar ni salir por tierra. Pero los parisinos encontraron una salida: el aire. Desde Montmartre y desde las grandes estaciones de tren despegaron globos llenos de gas del alumbrado, cargados de cartas y de palomas mensajeras. El 7 de octubre, el ministro Léon Gambetta escapó en uno de ellos para organizar nuevos ejércitos desde Tours. Esos ejércitos lucharon con valor durante todo el invierno, pero no lograron romper el cerco.

Más de 60 globos salieron de la ciudad sitiada; uno llegó hasta Noruega. 2,5 millones de cartas volaron por encima de las líneas alemanas. 1 de cada 4 o 5 palomas logró volver a París con mensajes en microfotografías.
El correo aéreo del asedio de París. Los globos podían salir, pero no volver: para traer noticias a la ciudad sitiada estaban las palomas.

Pero la comida se acababa. Los parisinos se comieron primero los caballos, decenas de miles, y después los perros, los gatos y las ratas, que se vendían en los mercados. El 25 de diciembre, el famoso restaurante Voisin ofreció un menú de Navidad con consomé de elefante, gato con guarnición de ratas y terrina de antílope. Poco después fueron sacrificados Cástor y Pólux, los dos elefantes del Jardín de Aclimatación, y su carne se vendió a precio de lujo. Los ricos probaban lo exótico; los pobres pasaban hambre de verdad, y la mortalidad infantil se disparó. Desde el 5 de enero de 1871, además, los cañones Krupp bombardearon la ciudad.

Un emperador en el palacio de Luis XIV

Mientras París pasaba hambre, en el palacio de Versalles, donde se había instalado el cuartel general alemán, Bismarck negociaba con los estados del sur. Baviera, Wurtemberg, Baden y Hesse aceptaron entrar en un nuevo Estado alemán a cambio de conservar sus reyes y algunos privilegios. Para que la corona imperial no pareciera impuesta por Prusia, Bismarck necesitaba que la ofreciera otro príncipe. El elegido fue el rey de Baviera, Luis II, que firmó una carta, redactada por el propio Bismarck, en la que pedía a Guillermo que aceptara el título de emperador.

¿Sabías que...? Luis II de Baviera, el rey soñador que construyó el castillo de Neuschwanstein, recibió después durante años pagos secretos de Bismarck, según se supo más tarde. El dinero salía de la fortuna que Prusia había confiscado al rey de Hannover, y le ayudó a pagar sus castillos de cuento de hadas.

El 18 de enero de 1871, en el Salón de los Espejos de Versalles, Guillermo I fue proclamado emperador alemán. La fecha no era casual: ese mismo día de 1701 se había coronado el primer rey de Prusia. El lugar tampoco: era el palacio de Luis XIV, el rey francés cuyas tropas habían arrasado el Palatinado alemán.

Hubo una última pelea, esta vez por el título. Guillermo quería ser «emperador de Alemania»; Bismarck, para no ofender a los demás reyes, insistía en «emperador alemán». El gran duque de Baden salió del apuro gritando «¡Viva Su Majestad Imperial y Real el emperador Guillermo!», sin más. Guillermo estaba tan enfadado que, al bajar del estrado, pasó junto a Bismarck sin darle la mano. La víspera, según se cuenta, había dicho que sería el día más triste de su vida, porque con él enterraban la vieja Prusia.

¿Sabías que...? La escena la conocemos por los cuadros de Anton von Werner, que estuvo allí. Pero la versión más famosa, pintada en 1885 como regalo para el setenta cumpleaños de Bismarck, no es fiel: Bismarck aparece en el centro con un uniforme blanco, aunque aquel día lo llevaba azul, y el pintor añadió al ministro Roon, que en realidad no asistió a la ceremonia.

El 28 de enero, París se rindió, y el 1 de marzo los soldados alemanes desfilaron por los Campos Elíseos. El 10 de mayo de 1871 se firmó el Tratado de Fráncfort: Francia entregó Alsacia y el norte de Lorena, con Estrasburgo y Metz, y tuvo que pagar 5.000 millones de francos. Las tropas alemanas ocuparían el norte de Francia hasta cobrarlos. Los franceses los pagaron antes del plazo, en septiembre de 1873, para librarse cuanto antes de los ocupantes.

PRUSIA HANNOVER SCHLESWIG-HOLSTEIN MECKLEMBURGO SAJONIA TURINGIA BAVIERA WURTEMBERG BADEN ALSACIA-LORENA IMPERIO AUSTRÍACO BOHEMIA FRANCIA BÉLGICA PAÍSESBAJOS SUIZA DINAMARCA IMPERIO RUSO Mar Báltico Berlín Königsberg Viena Múnich Dresde Fráncfort Ems Praga París Copenhague Düppel 1864 Sadowa 1866 Sedán 1870 Prusia antes de 1864 Ganado por Prusia, 1864–66 Confederación del Norte, 1867 Estados del sur, 1871 Alsacia-Lorena, 1871 Austria, fuera desde 1866
Cómo se formó el Imperio alemán, de 1864 a 1871. Prusia creció primero a costa de Dinamarca y de los aliados de Austria; después se unieron el norte y, en 1871, el sur.

Mientras tanto, en París estalló una nueva revolución. El 18 de marzo de 1871, los parisinos, hambrientos y humillados, se negaron a entregar sus cañones al Gobierno francés y se rebelaron. Nació la Comuna de París, un gobierno revolucionario que durante dos meses gobernó la ciudad por su cuenta. A finales de mayo, el ejército francés la reconquistó calle a calle, mientras los alemanes miraban desde fuera. En la llamada Semana Sangrienta murieron miles de parisinos.

¿Sabías que...? En la plaza de la Concordia de París hay ocho estatuas que representan grandes ciudades de Francia. Tras 1871, los parisinos cubrieron con crespones negros la de Estrasburgo, que había pasado a ser alemana, y le llevaban flores. Siguió de luto hasta 1918, cuando Francia recuperó Alsacia y Lorena.
Idea clave: en Sedán, en septiembre de 1870, Napoleón III cayó prisionero y Francia se convirtió en república. Mientras París resistía el asedio, el Imperio alemán se proclamó en Versalles el 18 de enero de 1871. Francia perdió Alsacia y Lorena.

Capítulo 13Dos unificaciones, dos caminos

Italia y Alemania se unieron casi a la vez, y se ayudaron sin quererlo: las victorias de Prusia sobre Austria y Francia dieron a Italia el Véneto y Roma. Pero sus caminos fueron muy distintos.

ItaliaAlemania
Estado que la dirigióPiamonte-CerdeñaPrusia
El cerebroCavourBismarck
El reyVíctor Manuel IIGuillermo I
Héroe popularGaribaldiNo lo hubo: la hicieron el ejército y la diplomacia
EnemigosAustria y el papaDinamarca, Austria y Francia
Ayuda de fueraFrancia (1859) y Prusia (1866 y 1870)La alianza con Italia (1866) y que las demás potencias no intervinieran
EconomíaAgrícola y pobre, sobre todo en el surIndustrial: carbón, acero y trenes
¿Votó la gente?Sí, en plebiscitosNo hubo plebiscitos: la pactaron los príncipes
ResultadoUn reino centralizado, a imagen de PiamonteUn imperio federal dominado por Prusia

En Italia, la unidad fue una mezcla de diplomacia, guerras con ayuda extranjera y entusiasmo popular, con los voluntarios de Garibaldi y los plebiscitos. En Alemania fue, sobre todo, obra de un Estado muy fuerte, de su economía y de su ejército: «hierro y sangre». Ninguna de las dos se hizo como soñaban los revolucionarios de 1848. No fueron repúblicas, ni nacieron de un parlamento del pueblo, sino monarquías construidas desde arriba.

Para entenderlo mejor: un imperio lleno de reyes El Imperio alemán era una federación de 25 estados: cuatro reinos (Prusia, Baviera, Sajonia y Wurtemberg), varios grandes ducados, ducados y principados, y tres ciudades libres (Hamburgo, Bremen y Lübeck). Alsacia-Lorena era un «territorio del Imperio» gobernado desde Berlín. Baviera conservó su propio ejército en tiempo de paz, sus trenes y hasta sus sellos de correos. Pero Prusia tenía cerca del 60 % de la población y unos dos tercios del territorio, y su rey era siempre el emperador. El Reichstag se elegía por sufragio universal masculino, pero el canciller solo respondía ante el emperador, no ante los diputados.

Una nueva Europa

En febrero de 1871, el político británico Benjamin Disraeli dijo en el Parlamento de Londres que aquella guerra representaba «la revolución alemana, un acontecimiento político mayor que la Revolución francesa del siglo pasado», porque el equilibrio de poder en Europa había quedado destruido por completo. En el centro del continente había surgido una gran potencia, la más poblada después de Rusia, con la industria más dinámica y el ejército más temido.

Bismarck declaró que Alemania ya estaba «satisfecha» y dedicó veinte años a mantener la paz con un complicado sistema de alianzas, para que Francia nunca encontrara aliados. Pero Francia no olvidó Alsacia y Lorena. El deseo de recuperarlas, la revancha, envenenó las relaciones entre los dos países durante medio siglo y fue una de las causas de la Primera Guerra Mundial.

Italia, por su parte, era «la más pequeña de las grandes potencias». Seguía siendo pobre, sobre todo en el sur, y millones de italianos tuvieron que marcharse: entre 1876 y 1915 emigraron unos 14 millones de personas, hacia Estados Unidos, Argentina, Brasil y otros países de Europa. Por eso hoy hay tantos apellidos italianos en Argentina y Uruguay.

Y el nacionalismo cambió de bando. En 1848 era la bandera de liberales y revolucionarios; después de 1871, reyes, generales y conservadores lo hicieron suyo. Se había demostrado que una nación podía construirse sin revolución, con la fuerza de un Estado.

¿Sabías que...? Las banderas de la portada de este libro son las de 1871. La del Imperio alemán era negra, blanca y roja: el negro y el blanco de Prusia y el rojo y el blanco de las ciudades comerciantes de la Hansa. La negra, roja y dorada de 1848 no volvió hasta 1919, y la Alemania actual la recuperó en 1949. La italiana llevaba en el centro el escudo de la casa de Saboya, que desapareció al llegar la república, en 1946. Y el himno italiano actual, con letra de Goffredo Mameli, un joven que murió con 21 años defendiendo la República Romana en 1849, no fue el himno del reino: se adoptó en 1946 de forma provisional, y es oficial por ley solo desde 2017.
Idea clave: Italia se unió con diplomacia, voluntarios y plebiscitos; Alemania, con la fuerza del Estado prusiano. Las dos fueron monarquías construidas desde arriba, y el nacimiento del Imperio alemán cambió el equilibrio de Europa.

Capítulo 14Fechas clave y resumen

Marzo de 1849
Piamonte pierde en Novara; Víctor Manuel II, rey.
Noviembre de 1850
Humillación de Olmütz: Prusia cede ante Austria.
1852
Cavour, primer ministro de Piamonte.
1855
Piamonte envía tropas a la guerra de Crimea.
Julio de 1858
Pacto secreto de Plombières entre Cavour y Napoleón III.
Junio de 1859
Victorias de Magenta y Solferino.
Julio de 1859
Armisticio de Villafranca: Piamonte gana Lombardía.
Marzo de 1860
Toscana y Emilia votan unirse a Piamonte; Saboya y Niza pasan a Francia.
Mayo – octubre de 1860
Expedición de los Mil; encuentro de Teano (26 de octubre).
17 de marzo de 1861
Nace el Reino de Italia. Cavour muere el 6 de junio.
30 de septiembre de 1862
Discurso de Bismarck: «hierro y sangre».
18 de abril de 1864
Batalla de Düppel: Dinamarca pierde los ducados.
3 de julio de 1866
Batalla de Sadowa; Austria queda fuera de Alemania e Italia gana el Véneto.
1867
Confederación de Alemania del Norte e Imperio austrohúngaro.
Septiembre de 1868
La Gloriosa: Isabel II pierde el trono de España.
13 de julio de 1870
Telegrama de Ems. El 19, Francia declara la guerra.
2 de septiembre de 1870
Napoleón III se rinde en Sedán.
20 de septiembre de 1870
Brecha de Porta Pia: Italia toma Roma.
18 de enero de 1871
Proclamación del Imperio alemán en Versalles.
10 de mayo de 1871
Tratado de Fráncfort: Alsacia y Lorena pasan a Alemania.
Julio de 1871
El rey y el Gobierno se instalan en Roma, la nueva capital de Italia.

Resumen en seis frases

  1. Hacia 1850, Italia y Alemania estaban divididas en muchos estados bajo la sombra de Austria, y tras el fracaso de 1848 la unificación quedó en manos de dos reinos fuertes: Piamonte y Prusia.
  2. Cavour se alió con Napoleón III y ganó Lombardía en 1859; en 1860, Italia central votó unirse a Piamonte, y Garibaldi y sus Mil conquistaron el sur.
  3. En 1861 nació el Reino de Italia, que ganó el Véneto en 1866 y Roma en 1870, aunque el papado no lo aceptó hasta 1929.
  4. Prusia se hizo fuerte con el Zollverein, la industria y la reforma del ejército, y Bismarck decidió unir Alemania «con hierro y sangre».
  5. Tres guerras cortas, contra Dinamarca (1864), Austria (1866) y Francia (1870–1871), expulsaron a Austria de Alemania y unieron el sur con el norte.
  6. El 18 de enero de 1871 se proclamó en Versalles el Imperio alemán: Europa tenía una nueva gran potencia, y Francia, un deseo de revancha que pesaría durante medio siglo.

Para pensar: Italia se unió con voluntarios y plebiscitos; Alemania, con guerras dirigidas desde arriba. ¿Crees que la forma en que nace un país influye en cómo será después? ¿Por qué?

Libro anterior de la serie: Restauración y revoluciones. La serie «Europa en revolución» continuará.