Hierro y sangre
Las unificaciones de Italia y Alemania (1848–1871)
Serie «Europa en revolución» · Libro 4 · Viene de Restauración y revoluciones
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Capítulo 1Dos países que todavía no existían
En 1847, el canciller austriaco Metternich escribió una frase que los italianos nunca le perdonaron: «Italia es solo una expresión geográfica». Quería decir que Italia era el nombre de una península, como «los Balcanes» o «Escandinavia», pero no un país. Y tenía razón. Quien viajaba de Turín a Nápoles atravesaba varias fronteras, cambiaba varias veces de moneda y obedecía a reyes, duques y al papa.
Con Alemania pasaba lo mismo, pero multiplicado. Durante siglos había estado dividida en más de trescientos territorios dentro del Sacro Imperio Romano Germánico. Napoleón barrió a la mayoría y, en 1815, el Congreso de Viena dejó en su lugar una Confederación Germánica de 39 miembros, desde el enorme Imperio austriaco hasta ciudades libres como Hamburgo o Fráncfort. Cada uno tenía su propio soberano, su ejército, sus aduanas, su correo y a menudo sus propias pesas y medidas. Austria presidía la asamblea común, que se reunía en Fráncfort.
¿Qué unía entonces a los italianos o a los alemanes? Sobre todo, la cultura. Los italianos cultos leían a Dante, Petrarca y Maquiavelo. Los alemanes compartían la Biblia de Lutero, los poemas de Goethe y Schiller, la música de Bach y Beethoven. Los hermanos Grimm recogieron cuentos populares, como Blancanieves o Hansel y Gretel, en parte para demostrar que existía un alma alemana común.
Como vimos en Restauración y revoluciones, en 1848 los nacionalistas intentaron unir los dos países desde abajo, con parlamentos, barricadas y voluntarios. Fracasaron. El Parlamento de Fráncfort ofreció la corona de Alemania al rey de Prusia, que la rechazó con desprecio. En Italia, el ejército austriaco derrotó al rey de Piamonte y los franceses aplastaron la República Romana.
De aquel fracaso salió una lección. Para unir Italia y Alemania no bastaban los discursos: hacía falta un reino fuerte que pusiera el ejército, el dinero y la diplomacia. En Italia, ese papel lo tuvo el reino de Piamonte-Cerdeña. En Alemania, el reino de Prusia. Las dos unificaciones se hicieron «desde arriba», con guerras calculadas, y las dos terminaron casi a la vez, en el invierno de 1870 a 1871. Este libro cuenta primero la historia italiana y después la alemana, porque se cruzan en momentos decisivos.
Capítulo 2Los cuatro padres de Italia
A la unificación italiana se la llama Risorgimento, que significa «resurgimiento»: la idea de que Italia, cuna de Roma y del Renacimiento, debía volver a levantarse. Los italianos hablan de cuatro «padres de la patria». Eran muy distintos entre sí y, a menudo, no se soportaban.
Mazzini, el alma
Giuseppe Mazzini nació en Génova en 1805. Desde joven vestía siempre de negro, según decía, en señal de luto por su patria dividida. En 1831 fundó en el exilio la Joven Italia, una sociedad secreta con un lema sencillo: «Dios y pueblo». Soñaba con una Italia unida, republicana y democrática, conquistada por el propio pueblo en armas. Organizó una insurrección tras otra, y todas fracasaron. Pasó casi toda su vida en el exilio, sobre todo en Londres, condenado a muerte en su tierra. Cuando Italia por fin se unió, lo hizo bajo un rey, y Mazzini nunca lo aceptó: murió en 1872 en Pisa, escondido bajo un nombre falso.
Garibaldi, la espada
Giuseppe Garibaldi nació en Niza en 1807. Fue marinero, se unió a la Joven Italia y, tras una insurrección fallida en 1834, fue condenado a muerte y huyó a América del Sur. Allí pasó doce años luchando en guerras de Brasil y Uruguay, donde aprendió la guerra de guerrillas y conoció a su compañera, la brasileña Anita. Volvió a Italia en 1848 y defendió la República Romana. En la retirada, perseguido por cuatro ejércitos, Anita murió en sus brazos. Por sus hazañas en dos continentes se le llamó «el héroe de los dos mundos».
Cavour, la cabeza
Camillo Benso, conde de Cavour, nació en Turín en 1810 en una familia noble. Su madre era de Ginebra y en su casa se hablaba francés, la lengua de la aristocracia piamontesa. Cavour escribía el italiano con esfuerzo. Era bajo, grueso, miope y con gafas redondas, pero muy inteligente y trabajador. Había viajado por Inglaterra y Francia y admiraba los parlamentos, los ferrocarriles y la agricultura moderna. No era un revolucionario, sino un liberal práctico: quería un Piamonte rico, moderno y constitucional que dirigiera a los demás italianos. Su lema era «Iglesia libre en Estado libre».
Víctor Manuel II, la corona
Víctor Manuel II subió al trono de Piamonte-Cerdeña en 1849, la misma noche en que su padre abdicó tras la derrota de Novara. Según la versión que se hizo popular, los austriacos le ofrecieron una paz más suave si anulaba la Constitución que había concedido su padre, el Estatuto Albertino, y él se negó. Por eso le llamaron el rey caballero. Era cazador, mujeriego, de bigotes enormes y modales poco refinados, y no le interesaban mucho los papeles. Pero supo dejar gobernar a Cavour y apoyar a Garibaldi cuando convenía.
Mazzini puso las ideas, Garibaldi el coraje, Cavour la estrategia y Víctor Manuel la corona. Sin embargo, Mazzini era republicano y despreciaba a la monarquía; Garibaldi desconfiaba de Cavour; y Cavour consideraba a los dos unos aventureros peligrosos. Italia se unió a pesar de sus peleas, y en parte gracias a ellas.
Capítulo 3Cavour, el ajedrecista
Después de 1849, Piamonte era el único estado italiano que conservaba una Constitución, un parlamento y libertad de prensa. Decenas de miles de exiliados de Lombardía, Nápoles o los Estados Pontificios se refugiaron en Turín. Cavour, primer ministro desde 1852, convirtió el reino en un escaparate: construyó ferrocarriles, modernizó la agricultura y el ejército, firmó tratados de libre comercio y limitó el poder de la Iglesia.
Pero Cavour sabía hacer cuentas. En 1848, los italianos habían gritado «Italia lo hará sola», y Austria los había aplastado. Piamonte tenía unos cinco millones de habitantes; el Imperio austriaco, más de treinta. Para echar a Austria hacía falta la ayuda de una gran potencia, y solo había una candidata: la Francia de Napoleón III, sobrino de Napoleón Bonaparte, que soñaba con devolver a Francia su gloria y rehacer el mapa de 1815.
Una guerra lejana para ganarse un asiento
En 1855, en plena guerra de Crimea, Piamonte se unió a Francia y Gran Bretaña contra Rusia y envió unos 15.000 soldados a orillas del mar Negro, a más de 2.000 kilómetros de casa. Piamonte no tenía nada contra Rusia. Murieron más de 2.000 soldados, la mayoría por el cólera y muy pocos en combate. A cambio, Cavour consiguió un asiento en el Congreso de Paz de París de 1856 junto a las grandes potencias, y allí habló, por primera vez ante toda Europa, de «la cuestión italiana».
Una bomba en la ópera
La noche del 14 de enero de 1858, cuando Napoleón III y la emperatriz llegaban a la ópera de París, un revolucionario italiano, Felice Orsini, lanzó tres bombas contra su carruaje. Murieron ocho personas y hubo más de ciento cincuenta heridos, pero los emperadores salieron ilesos. Orsini quería matar a Napoleón III porque lo consideraba un traidor: de joven había conspirado con los revolucionarios italianos y, como presidente, había enviado tropas a Roma para aplastar la República Romana.
El trato secreto de Plombières
En julio de 1858, Cavour viajó en secreto al balneario francés de Plombières para reunirse con Napoleón III. Durante horas, en un coche de caballos por el bosque, los dos hombres redibujaron el mapa de Italia.
- Si Austria atacaba a Piamonte, Francia entraría en la guerra con 200.000 soldados.
- Piamonte se quedaría con el norte de Italia: Lombardía, el Véneto y parte de los Estados Pontificios.
- El papa conservaría Roma, y los estados italianos formarían una confederación presidida por él.
- Francia recibiría a cambio Saboya, la cuna de la familia real piamontesa, y quizá Niza.
- El pacto se sellaría con una boda: la princesa Clotilde, hija de Víctor Manuel, de solo quince años, se casaría con el primo del emperador, el príncipe Napoleón, de treinta y seis.
Solo faltaba que Austria atacara, porque Napoleón III no quería parecer el agresor. Cavour lo consiguió con paciencia: movilizó al ejército, dejó que miles de voluntarios de toda Italia se alistaran en Piamonte y puso a Garibaldi al frente de un cuerpo de cazadores alpinos. Austria cayó en la trampa. El 23 de abril de 1859 envió a Turín un ultimátum: o Piamonte desarmaba en tres días, o habría guerra. Cavour se negó. Austria se había convertido en el agresor.
Capítulo 41859: Magenta, Solferino y un suizo con prisa
Los austriacos invadieron Piamonte a finales de abril de 1859, pero avanzaron con tanta lentitud que dieron tiempo a los franceses. Napoleón III envió a su ejército por mar hasta Génova y a pie por los pasos de los Alpes, y desde allí los trenes piamonteses lo llevaron rápidamente al frente. Fue una de las primeras guerras en las que el ferrocarril decidió dónde y cuándo se luchaba.
El 4 de junio, franceses y piamonteses vencieron en Magenta, cerca de Milán. Cuatro días después, Napoleón III y Víctor Manuel entraron triunfales en la ciudad, entre flores y banderas tricolores.
Solferino
El 24 de junio de 1859, cerca del lago de Garda, casi 300.000 soldados chocaron en la batalla de Solferino y San Martino. Fue la última gran batalla en la que los tres ejércitos estuvieron dirigidos en persona por sus soberanos: Napoleón III, Víctor Manuel II y el joven emperador de Austria, Francisco José. Tras quince horas de combate, bajo un calor terrible y una tormenta final, los austriacos se retiraron. Quedaron unos 40.000 muertos, heridos y desaparecidos.
Esa tarde llegó a la zona un hombre de negocios suizo, Henry Dunant. No era soldado ni médico: buscaba a Napoleón III para pedirle unos permisos para sus negocios en Argelia. Lo que vio le cambió la vida. Miles de heridos agonizaban sin ayuda en los campos y en las iglesias del pueblo de Castiglione. Dunant organizó a las mujeres del lugar para lavar heridas, dar agua y escribir cartas a las familias, y les convenció de atender por igual a franceses, italianos y austriacos. Ellas repetían una frase: tutti fratelli, «todos hermanos».
En 1862, Dunant publicó a su costa Recuerdo de Solferino, un libro que conmovió a Europa. Proponía crear en cada país sociedades de voluntarios para socorrer a los heridos de guerra, y un acuerdo internacional que los protegiera. En 1863 nació en Ginebra el comité que hoy llamamos Cruz Roja, y en 1864 doce estados firmaron el primer Convenio de Ginebra. Su símbolo, una cruz roja sobre fondo blanco, es la bandera suiza con los colores invertidos, en honor al país que lo acogió.
La paz que enfureció a Cavour
Después de Solferino, cuando todos esperaban que los franceses conquistaran el Véneto, Napoleón III se detuvo. El 11 de julio firmó en Villafranca un armisticio con Francisco José sin consultar a Cavour. Tenía sus motivos: le había horrorizado la matanza, Prusia estaba movilizando tropas en el Rin, los católicos franceses temían por el papa y a él no le interesaba una Italia demasiado fuerte. Austria entregaba Lombardía, pero conservaba el Véneto. Cavour, furioso, dimitió.
Sin embargo, los italianos ya no se quedaron quietos. Durante la guerra, los duques de Toscana, Parma y Módena habían huido, y las ciudades del norte de los Estados Pontificios, como Bolonia, se habían sublevado contra el papa. Sus gobiernos provisionales pidieron unirse a Piamonte. Cavour, de vuelta al poder en enero de 1860, organizó plebiscitos, votaciones en las que los habitantes decían «sí» o «no» a la unión. En marzo de 1860, Toscana y Emilia votaron abrumadoramente a favor.
Napoleón III aceptó, pero cobró su precio: Saboya y Niza pasaron a Francia, también tras unos plebiscitos con más del 99 % de votos a favor. Garibaldi, nacido en Niza, nunca se lo perdonó a Cavour: le acusó de haberle convertido en un extranjero en su propia tierra.
Capítulo 5Los Mil de Garibaldi
En la primavera de 1860, media Italia seguía fuera del nuevo reino: el Véneto austriaco, los Estados Pontificios y, sobre todo, el reino de las Dos Sicilias, el mayor estado de Italia, con unos nueve millones de habitantes y capital en Nápoles. En abril estalló una revuelta en Palermo contra el rey Francisco II. Los exiliados sicilianos fueron a ver a Garibaldi: si él iba, Sicilia entera se levantaría.
La noche del 5 al 6 de mayo de 1860, en la playa de Quarto, junto a Génova, algo más de mil voluntarios subieron a dos barcos de vapor, el Piemonte y el Lombardo. La lista oficial reunió después 1.089 nombres. Casi todos eran jóvenes del norte: estudiantes, abogados, médicos, artesanos, obreros. Bergamo aportó tantos que todavía hoy la llaman «la ciudad de los Mil». Llevaban fusiles viejos y poca munición. Los barcos pertenecían a una naviera de Génova y fueron «robados» con el permiso secreto de su dueño.
El Gobierno de Cavour no apoyó la expedición en público, pero tampoco la detuvo. Si fracasaba, podría decir que no sabía nada; si triunfaba, se quedaría con el premio. Los barcos navegaron hacia el sur y se detuvieron en Talamone, en la costa de Toscana, para conseguir armas en un fuerte cercano. El 11 de mayo desembarcaron en Marsala, en el extremo occidental de Sicilia. En el puerto había dos barcos de guerra británicos, que estaban allí para proteger a los comerciantes ingleses del famoso vino de Marsala. Los buques napolitanos dudaron en disparar y los voluntarios pudieron desembarcar.
Aquí se hace Italia o se muere
El 15 de mayo, en Calatafimi, los Mil se encontraron con un ejército napolitano mejor armado, atrincherado en lo alto de una colina. Tuvieron que subir por terrazas bajo el fuego enemigo. Según la tradición, cuando uno de sus oficiales le propuso retirarse, Garibaldi respondió: «Aquí se hace Italia o se muere». Cargaron a la bayoneta, y los napolitanos se retiraron. No fue una gran batalla, pero corrió la voz de que Garibaldi era invencible, y cientos de campesinos sicilianos, los picciotti, se unieron a él.
El 27 de mayo, Garibaldi entró por sorpresa en Palermo, una ciudad defendida por más de 20.000 soldados. El pueblo se sublevó y levantó barricadas. Durante días, la artillería y los barcos napolitanos bombardearon la ciudad, pero al final firmaron un armisticio y evacuaron Palermo. En julio, con refuerzos llegados del norte, Garibaldi venció en Milazzo y se hizo con casi toda la isla.
De Sicilia a Nápoles
En agosto cruzó el estrecho de Mesina y desembarcó en Calabria. El ejército napolitano, mal dirigido y desmoralizado, se deshacía a su paso: batallones enteros se rendían o desertaban. Francisco II abandonó Nápoles y se refugió en la fortaleza de Gaeta. El 7 de septiembre de 1860, Garibaldi entró en Nápoles en tren, antes que su propio ejército y casi sin escolta, entre una multitud que lo aclamaba.
- Los sicilianos odiaban a Nápoles. Ya se habían sublevado en 1820 y en 1848, y muchos se unieron a Garibaldi.
- Los campesinos esperaban recibir tierras y el fin de los abusos de los grandes propietarios.
- El ejército napolitano estaba mal dirigido. Algunos generales se retiraron sin luchar, y se sospechó que otros habían sido sobornados.
- Gran Bretaña veía con simpatía la expedición, y Francia y Austria no intervinieron.
- Garibaldi era un líder carismático, y su fama de invencible crecía con cada victoria.
El apretón de manos de Teano
Cavour temía ahora que Garibaldi marchara sobre Roma, donde había una guarnición francesa que protegía al papa. Eso habría provocado una guerra con Francia. Así que se le adelantó: el ejército piamontés invadió las regiones pontificias de las Marcas y Umbría, derrotó al ejército del papa en Castelfidardo, el 18 de septiembre, y bajó hacia Nápoles. Mientras, Garibaldi ganó a comienzos de octubre su mayor batalla, junto al río Volturno, contra el ejército de Francisco II.
El 26 de octubre de 1860, cerca de Teano, Garibaldi y Víctor Manuel se encontraron a caballo. Según la tradición, Garibaldi se quitó el sombrero y dijo: «Saludo al primer rey de Italia». Le entregó así todo lo que había conquistado. En los plebiscitos de octubre y noviembre, el sur, las Marcas y Umbría votaron unirse al reino. El rey no dejó que Garibaldi desfilara con sus camisas rojas ni le dio el mando que pedía. Garibaldi rechazó títulos, tierras y dinero, y se retiró a su pequeña isla de Caprera, al norte de Cerdeña, con un saco de semillas para su huerto.
Capítulo 6Nace el Reino de Italia
El 17 de marzo de 1861 entró en vigor una ley de un solo artículo, aprobada por el primer parlamento italiano, reunido en Turín: Víctor Manuel II asumía, «para sí y sus sucesores», el título de rey de Italia. Desde entonces reinaría «por la gracia de Dios y la voluntad de la nación». El nuevo país tenía unos 22 millones de habitantes. Pero no estaba completo: faltaban el Véneto, en manos de Austria, y Roma, gobernada por el papa y protegida por soldados franceses.
Había un detalle que molestó a muchos. El rey no pasó a llamarse Víctor Manuel I de Italia, sino que siguió siendo Víctor Manuel II, como en Piamonte. Tampoco se redactó una Constitución nueva: se extendió a toda Italia el Estatuto Albertino piamontés, y con él las leyes, los impuestos, la moneda y los funcionarios de Turín. Para muchos napolitanos o sicilianos, más que unirse a Italia, parecía que Piamonte los había conquistado.
Además, era una democracia muy limitada. Solo podían votar los hombres mayores de 25 años que supieran leer y pagaran bastantes impuestos. En las primeras elecciones, el derecho al voto lo tenía apenas un 2 % de la población.
La muerte de Cavour
Cavour apenas vio su obra. A finales de mayo de 1861 cayó enfermo con fiebres altas, probablemente de malaria, y los médicos le debilitaron aún más con repetidas sangrías, el remedio de la época. Murió el 6 de junio, con 50 años. El papa había excomulgado a todos los que participaron en la conquista de sus territorios, Cavour incluido, pero un fraile amigo le dio los últimos sacramentos, y por ello fue castigado después desde Roma. Sin Cavour, los gobiernos italianos perdieron a su mejor estratega en el peor momento.
Hacer a los italianos
Se atribuye al político piamontés Massimo d'Azeglio una frase que se hizo célebre: «Hemos hecho Italia; ahora hay que hacer a los italianos». Era verdad en muchos sentidos. La mayoría de la población era campesina y analfabeta: tres de cada cuatro italianos no sabían leer. Y casi nadie hablaba italiano.
El italiano era, sobre todo, una lengua escrita, basada en el toscano de Dante. En la vida diaria, cada región hablaba su propia lengua o dialecto, a veces tan distintos entre sí que un campesino de Bérgamo y otro de Sicilia no se habrían entendido. El propio rey hablaba sobre todo piamontés y francés, y Cavour se expresaba mejor en francés que en italiano. La escuela, el servicio militar, la emigración y los periódicos extendieron poco a poco el italiano. Pero, según muchos lingüistas, el gran unificador llegó un siglo después: la televisión.
La guerra del sur
El mayor problema estaba en el antiguo reino de Nápoles. Los campesinos, que esperaban recibir tierras, vieron llegar nuevos impuestos y el servicio militar obligatorio, que les quitaba a sus hijos durante años. Muchos, junto a antiguos soldados borbónicos, se echaron al monte. El Gobierno los llamó bandoleros y respondió con una guerra sin cuartel: más de 100.000 soldados, fusilamientos sin juicio y pueblos incendiados. Entre 1861 y 1865 murieron miles de personas; según muchos historiadores, más que en todas las batallas del Risorgimento juntas. De aquellos años nació la «cuestión meridional»: la enorme diferencia de riqueza entre el norte y el sur de Italia, que todavía existe.
Roma o muerte
Garibaldi no aguantó mucho tiempo en su isla. En 1862 reunió voluntarios en Sicilia al grito de «¡Roma o muerte!» y marchó hacia Roma. Pero Roma estaba protegida por Francia, y el Gobierno italiano no podía permitir una guerra con Napoleón III. En las montañas de Aspromonte, en Calabria, el ejército italiano le salió al paso. Hubo un breve tiroteo entre italianos, y Garibaldi cayó herido en un muslo y en el tobillo derecho.
En 1864, Italia firmó con Francia la Convención de Septiembre: los franceses sacarían sus tropas de Roma en dos años, e Italia se comprometía a no atacar al papa y a trasladar su capital de Turín a Florencia. Muchos lo vieron como una renuncia a Roma. En Turín, las protestas contra el traslado acabaron con decenas de muertos. En 1865, la capital se mudó a Florencia.
Capítulo 7Venecia y Roma
Italia consiguió el Véneto sin ganar ni una sola batalla importante. En 1866, Prusia preparaba una guerra contra Austria y buscó un aliado que obligara a los austriacos a luchar en dos frentes. Italia firmó con Prusia una alianza en abril: si ganaban, el Véneto sería italiano.
El ejército italiano, más numeroso que el austriaco que tenía enfrente, fue derrotado en Custoza el 24 de junio de 1866, en el mismo lugar donde ya había perdido en 1848. Un mes después, el 20 de julio, las dos flotas se enfrentaron cerca de la isla de Lissa, en el Adriático. Fue una de las primeras batallas entre flotas de barcos acorazados de vapor. Los italianos tenían más barcos y más modernos, pero el almirante austriaco Wilhelm von Tegetthoff lanzó su buque insignia como un ariete contra el acorazado italiano Re d'Italia, que se hundió en pocos minutos con cientos de marineros.
Solo Garibaldi, al frente de sus voluntarios en las montañas del Trentino, logró victorias, como la de Bezzecca. Pero Prusia ya había vencido a Austria en Sadowa (lo veremos en el capítulo 10) y se estaba negociando la paz. Cuando le ordenaron retirarse, Garibaldi respondió con un telegrama de una sola palabra que todos los italianos conocen: «Obbedisco», «obedezco».
Austria, que no quería entregar nada a un país al que había derrotado, cedió el Véneto a Napoleón III, y este se lo pasó a Italia. En octubre de 1866, un plebiscito confirmó la unión. Venecia era italiana, pero la forma de conseguirla dejó un sabor amargo.
El último territorio del papa
Quedaba Roma. El papa Pío IX se negaba a renunciar a su poder terrenal: pensaba que, sin un territorio propio, el jefe de la Iglesia quedaría a merced de cualquier gobierno. En 1864 publicó el Syllabus, una lista de ochenta «errores» modernos que condenaba. El último decía que era un error pensar que el papa debía reconciliarse «con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna».
En 1867, Garibaldi lo intentó otra vez. Sus voluntarios fueron derrotados en Mentana por las tropas del papa y un cuerpo francés que había vuelto a Roma. Los franceses estrenaban un fusil nuevo, el Chassepot, y su general informó a París con una frase que indignó a los italianos: «Los chassepots han hecho maravillas».
La oportunidad llegó de fuera. En julio de 1870 estalló la guerra entre Francia y Prusia, y Napoleón III necesitó a todos sus soldados: los franceses abandonaron Roma. Cuando el emperador cayó prisionero en Sedán, a comienzos de septiembre (capítulo 12), el papa se quedó sin protector. El 20 de septiembre de 1870, tras un breve cañoneo, los soldados italianos abrieron una brecha en la muralla de Roma junto a la Porta Pia y entraron en la ciudad. Pío IX había ordenado solo una resistencia simbólica, para que quedara claro que cedía a la fuerza. Hubo unas decenas de muertos. Un plebiscito aprobó la unión, y en 1871 Roma se convirtió en la capital de Italia.
Pío IX se consideró «prisionero en el Vaticano». Rechazó la ley con la que Italia le ofrecía honores de soberano y una renta, y durante décadas pidió a los católicos que no votaran en las elecciones del nuevo Estado. Esta «cuestión romana» no se resolvió hasta 1929, cuando Italia y la Santa Sede firmaron los Pactos de Letrán y nació la Ciudad del Vaticano, el país más pequeño del mundo.
Aun así, para muchos nacionalistas Italia seguía incompleta: Trento y Trieste, de lengua italiana, siguieron siendo austriacas. Los que reclamaban esas «tierras irredentas», es decir, no redimidas, empujarían a Italia a entrar en la Primera Guerra Mundial en 1915.
Capítulo 8Prusia se prepara
Volvamos ahora a 1849 y crucemos los Alpes. Tras rechazar la corona que le ofrecía el Parlamento de Fráncfort, el rey de Prusia intentó unir Alemania a su manera, con un pacto entre príncipes y sin Austria. Pero Austria, apoyada por el zar de Rusia, amenazó con la guerra, y en noviembre de 1850 Prusia tuvo que renunciar a su plan en la ciudad morava de Olmütz. Los prusianos lo llamaron la humillación de Olmütz. Se restauró la vieja Confederación Germánica, presidida por Austria, como si nada hubiera pasado.
Pero había un terreno en el que Prusia ya llevaba ventaja: el dinero.
El Zollverein
En 1819, el economista Friedrich List se quejaba de que había 38 líneas de aduanas en el interior de Alemania, y de que un comerciante que quisiera llevar mercancías de Hamburgo a Austria, o de Berlín a Suiza, tenía que atravesar diez estados, estudiar diez aranceles distintos y pagar diez veces. Prusia empezó a firmar acuerdos con sus vecinos, y el 1 de enero de 1834 nació el Zollverein, la unión aduanera alemana: 18 estados con unos 23 millones de habitantes, sin aduanas entre ellos y con un arancel común hacia fuera.
Austria quedó fuera, porque protegía su industria con aranceles altos, y cuando quiso entrar, en la década de 1850, Prusia se las arregló para impedirlo. Así, antes de estar unidos políticamente, los alemanes ya compraban, vendían y viajaban en un mercado común dirigido desde Berlín.
Trenes, carbón y acero
El primer ferrocarril alemán se inauguró en 1835 entre Núremberg y Fürth, con una locomotora inglesa, Der Adler («El Águila»), y un maquinista también inglés. En 1870, Alemania tenía ya casi 20.000 kilómetros de vías. Los trenes llevaban el carbón del Ruhr, del Sarre y de Silesia a unas fábricas cada vez más grandes. Alemania se convirtió en una potencia industrial capaz de competir con Gran Bretaña.
Un rey soldado
En 1858, el rey Federico Guillermo IV quedó incapacitado por varios derrames cerebrales, y su hermano Guillermo se convirtió en regente; en 1861 fue coronado rey. Tenía ya 63 años. Con dieciséis años había luchado contra Napoleón, y en 1848 había querido acabar con la revolución de Berlín a cañonazos, por lo que le llamaron «el príncipe metralla» y tuvo que huir unos meses a Londres. Era un militar sencillo, honrado y muy conservador. En Königsberg se coronó a sí mismo, tomando la corona del altar, para dejar claro que su poder venía de Dios y no del pueblo.
Guillermo I y su ministro de la Guerra, Albrecht von Roon, querían reformar el ejército: más soldados, tres años de servicio militar y más poder para los oficiales profesionales. Pero hacía falta dinero, y el presupuesto tenía que aprobarlo el Parlamento de Prusia, donde los liberales tenían mayoría. En 1862 lo rechazaron. El rey estaba tan desesperado que llegó a escribir su abdicación. Roon le propuso una última solución y envió un telegrama urgente al embajador de Prusia en París: «Peligro en la demora. Dese prisa». El embajador se llamaba Otto von Bismarck.
Capítulo 9Bismarck, el hombre de hierro y sangre
Otto von Bismarck nació el 1 de abril de 1815, el año de Waterloo, en Schönhausen, una finca al oeste de Berlín. Era un junker, un miembro de la nobleza terrateniente prusiana: gente de campo, conservadora, protestante y orgullosa de servir al rey como oficiales. Medía cerca de 1,90, comía y bebía de forma descomunal y, sorprendentemente, tenía una voz aguda y fina.
De joven no prometía mucho. En la universidad de Gotinga se hizo famoso por sus borracheras, sus perros y sus duelos: según se cuenta, se batió en más de veinte. Trabajó un tiempo como funcionario, se aburrió y lo dejó para administrar las fincas familiares, donde se ganó el apodo de «el loco Bismarck». Todo cambió cuando se hizo profundamente religioso y se casó, en 1847, con Johanna von Puttkamer.
En 1848 fue uno de los enemigos más feroces de la revolución. Llegó a ofrecerse para marchar sobre Berlín con los campesinos de su finca para rescatar al rey. Federico Guillermo IV escribió sobre él una nota que se hizo famosa: «Reaccionario rojo, huele a sangre. Utilizable más adelante».
El diplomático
El rey lo utilizó. De 1851 a 1859, Bismarck representó a Prusia en la asamblea de la Confederación Germánica en Fráncfort, y allí aprendió a detestar a Austria. Después fue embajador en San Petersburgo y en París. Conoció en persona al zar y a Napoleón III, y llegó a una conclusión: Alemania solo se uniría bajo Prusia si antes se expulsaba a Austria, y eso no se conseguiría con votaciones.
El discurso
El 23 de septiembre de 1862, Guillermo I nombró a Bismarck jefe del gobierno de Prusia. Una semana después, ante la comisión de presupuestos del Parlamento, sacó de su cartera una ramita de olivo que había cogido en Aviñón. Dijo que había pensado ofrecérsela a la oposición como señal de paz, pero que aún no era el momento. Y pronunció la frase que le haría famoso:
«Alemania no mira el liberalismo de Prusia, sino su poder. [...] Las grandes cuestiones de nuestro tiempo no se deciden con discursos y votaciones de mayorías, ese fue el gran error de 1848 y 1849, sino con hierro y sangre».
El hierro eran los cañones y los ferrocarriles; la sangre, los soldados. Los liberales se escandalizaron, pero Bismarck no cedió. Durante cuatro años gobernó sin un presupuesto aprobado: siguió cobrando los impuestos y haciendo la reforma del ejército, con el argumento de que la Constitución no decía qué hacer si el rey y el Parlamento no se ponían de acuerdo.
Capítulo 10Dinamarca y Austria: dos guerras en dos años
El primer paso de Bismarck empezó con un problema que casi nadie entendía: el de los ducados de Schleswig y Holstein, en la frontera entre Alemania y Dinamarca. Los dos ducados pertenecían desde hacía siglos al rey de Dinamarca, pero no formaban parte de su reino. Holstein, de lengua alemana, era además miembro de la Confederación Germánica. Schleswig estaba mezclado: danés en el norte y alemán en el sur. Y un antiguo tratado de 1460 decía que los dos debían permanecer «para siempre unidos».
En noviembre de 1863, el nuevo rey danés, Cristián IX, firmó una Constitución que unía Schleswig a Dinamarca. Los nacionalistas alemanes pusieron el grito en el cielo. Bismarck vio la oportunidad, pero no quería actuar como un patriota alemán más, sino en nombre de Prusia. Así que se alió nada menos que con Austria, y en febrero de 1864 los dos ejércitos entraron juntos en Schleswig.
Los daneses se atrincheraron en los fuertes de Düppel (Dybbøl, en danés). El 18 de abril de 1864, tras semanas de bombardeo, los prusianos los tomaron al asalto en una sola mañana. En octubre, Dinamarca firmó la paz: entregó Schleswig, Holstein y el pequeño ducado de Lauenburg a Prusia y Austria, que los gobernarían juntas. Perdió así cerca de un tercio de su territorio.
La pelea por el botín
Gobernar juntos los ducados era una fuente segura de peleas. En 1865, en la Convención de Gastein, se los repartieron: Prusia administraría Schleswig, y Austria, Holstein, a cientos de kilómetros de Viena. Después, Bismarck preparó la guerra con Austria con paciencia de ajedrecista. En octubre de 1865 visitó a Napoleón III en Biarritz y se ganó su neutralidad con vagas promesas de compensaciones que nunca llegaron. En abril de 1866 firmó la alianza con Italia que ya conocemos. Y sorprendió a todos proponiendo un parlamento alemán elegido por sufragio universal masculino: el viejo sueño de los liberales de 1848, ahora en boca de un conservador.
En junio de 1866 estalló la guerra. La mayoría de los estados alemanes, entre ellos Baviera, Sajonia, Hannover y Wurtemberg, se pusieron del lado de Austria. Parecía que Prusia estaba sola contra media Alemania.
El reloj de Moltke
El ejército prusiano lo dirigía el jefe del Estado Mayor, Helmuth von Moltke, un general tan callado que se decía de él que sabía guardar silencio en siete idiomas. Moltke había estudiado a fondo algo que pocos militares tomaban en serio: los trenes. Su plan era llevar a sus tropas en ferrocarril, en varios ejércitos separados que avanzarían por caminos distintos y se reunirían justo en el campo de batalla. Su lema era «marchar separados, combatir juntos». El telégrafo le permitía coordinarlos desde lejos. Y sus soldados tenían un arma decisiva: el fusil de aguja, que se cargaba por detrás.
El 3 de julio de 1866, cerca de la aldea bohemia de Sadowa y la fortaleza de Königgrätz, se enfrentaron unos 440.000 soldados, en una de las mayores batallas del siglo. Durante la mañana, los austriacos resistieron bien, y hubo momentos en que los prusianos parecían perdidos. Pero a primera hora de la tarde llegó por el flanco el segundo ejército prusiano, mandado por el príncipe heredero, que llevaba toda la mañana marchando hacia el ruido de los cañones. La derrota austriaca fue total: Austria perdió más de 40.000 hombres entre muertos, heridos y prisioneros; Prusia, unos 9.000.
Una paz generosa
El rey Guillermo y sus generales querían desfilar por Viena y quedarse con territorios austriacos. Bismarck se opuso con todas sus fuerzas: Austria no debía quedar humillada, porque algún día podía ser una aliada útil, y una guerra larga podía animar a Francia a intervenir. La discusión fue tan dura que, según contó él mismo en sus memorias, llegó a pensar en tirarse por la ventana. Al final, con la ayuda del príncipe heredero, convenció al rey.
En la Paz de Praga, en agosto de 1866, Austria no perdió ningún territorio en favor de Prusia; solo el Véneto, que fue para Italia. Pero aceptó el fin de la Confederación Germánica y quedó fuera de Alemania para siempre. En cambio, Prusia se anexionó varios de los estados que habían luchado contra ella: Hannover, Hesse-Kassel, Nassau, la ciudad libre de Fráncfort y los ducados de Schleswig y Holstein. Fráncfort, donde se había reunido el Parlamento de 1848, fue tratada con especial dureza: le impusieron una multa enorme, y su alcalde, desesperado, se quitó la vida. Por primera vez, Prusia era un territorio continuo que iba desde la frontera rusa hasta más allá del Rin.
Al norte del río Meno nació en 1867 la Confederación de Alemania del Norte, formada por 22 estados. La presidía el rey de Prusia, Bismarck era su canciller y tenía un parlamento, el Reichstag, elegido por sufragio universal masculino. Los estados del sur (Baviera, Wurtemberg, Baden y la mitad sur de Hesse-Darmstadt) quedaron fuera, pero firmaron en secreto alianzas militares con Prusia.
En Berlín, los diputados liberales que durante cuatro años habían acusado a Bismarck de gobernar contra la ley aprobaron una «ley de indemnidad», que daba por buenos todos sus gastos. Muchos de ellos, entusiasmados con la unidad alemana, se convirtieron en sus aliados. El éxito se lo perdonaba casi todo.
Austria, derrotada, tuvo que llegar a un acuerdo con los húngaros, que no habían olvidado 1848. En 1867 nació el Imperio austrohúngaro, una monarquía doble: Francisco José era emperador de Austria y, a la vez, rey de Hungría, que tenía su propio gobierno y su propio parlamento.
Capítulo 11Un rey para España y un telegrama trucado
La guerra que completó la unidad de Alemania empezó, curiosamente, en España. En septiembre de 1868, la revolución llamada la Gloriosa expulsó a la reina Isabel II, que se marchó al exilio en Francia. Sus líderes, entre ellos el general Juan Prim, querían una monarquía con Constitución y libertades, y la Constitución de 1869 mantuvo la corona. Solo faltaba un detalle: encontrar un rey.
No era fácil. Prim buscó por las cortes de Europa un candidato católico, liberal y dispuesto a aceptar un trono inestable. Se le atribuye una frase sobre aquella búsqueda: «Encontrar un rey democrático en Europa es tan difícil como encontrar un ateo en el cielo». Fernando de Sajonia-Coburgo, el padre del rey de Portugal, dijo que no; la madre del joven duque de Génova, también. El duque de Montpensier, cuñado de Isabel II, se quedó sin opciones en marzo de 1870, cuando mató en un duelo a pistola a un primo de la reina, el infante Enrique de Borbón.
Entonces Prim se fijó en un príncipe alemán: Leopoldo de Hohenzollern-Sigmaringen, católico, casado con una infanta portuguesa y pariente lejano del rey de Prusia. Su hermano Carlos se había convertido en 1866 en príncipe de Rumanía. Bismarck apoyó en secreto la candidatura; los historiadores todavía discuten si ya entonces buscaba provocar a Francia.
Cuando la noticia se hizo pública, a comienzos de julio de 1870, Francia estalló. Con un Hohenzollern en Berlín y otro en Madrid, los franceses se sintieron rodeados, como en tiempos del emperador Carlos V. El ministro francés de Exteriores, el duque de Gramont, pronunció un discurso amenazador. El rey Guillermo, que no quería una guerra por un trono extranjero, dejó claro que prefería que la candidatura se retirara, y el 12 de julio el padre de Leopoldo la retiró. Francia había ganado.
El paseo de Ems
Pero París quiso más. El 13 de julio, el embajador francés, el conde Benedetti, abordó al rey Guillermo mientras paseaba por el balneario de Ems y le pidió que prometiera que nunca, en el futuro, volvería a autorizar esa candidatura. El rey se negó con cortesía y, más tarde, le mandó decir por un ayudante que no tenía nada más que añadir. Heinrich Abeken, un alto funcionario que acompañaba al rey, telegrafió a Bismarck lo ocurrido.
Esa noche, Bismarck cenaba en Berlín con Moltke y Roon, los tres desanimados: parecía que la ocasión se había escapado. Al leer el telegrama, Bismarck preguntó a Moltke si el ejército estaba listo para una guerra. Moltke respondió que sí. Entonces Bismarck cogió un lápiz y se puso a recortar.
Ems, 13 de julio de 1870 · Abeken a Bismarck
Su Majestad el rey me escribe: «El conde Benedetti me abordó en el paseo para exigirme, al final de un modo muy insistente, que le autorizara a telegrafiar enseguida que me comprometía para siempre a no volver a dar mi consentimiento si los Hohenzollern renovaban su candidatura. Al final se lo negué con cierta seriedad, pues no es correcto ni posible aceptar compromisos así para siempre. Naturalmente, le dije que aún no había recibido noticias y que, como él estaba mejor informado que yo, podía ver que mi Gobierno no tenía nada que ver en el asunto». Su Majestad ha recibido después una carta del príncipe. Como había dicho al conde Benedetti que esperaba noticias, ha decidido, por consejo del conde Eulenburg y mío, no volver a recibirle, sino comunicarle por medio de un ayudante que había recibido la confirmación que Benedetti ya tenía de París y que no tenía nada más que decir al embajador. Su Majestad deja a Vuestra Excelencia decidir si esta nueva exigencia y su rechazo deben comunicarse a nuestros embajadores y a la prensa.
↓ Bismarck lo recorta y lo entrega a la prensa esa misma noche
Versión publicada por Bismarck
Después de que el Gobierno español comunicara oficialmente a Francia la renuncia del príncipe heredero de Hohenzollern, el embajador francés exigió además en Ems a Su Majestad el rey que le autorizara a telegrafiar a París que Su Majestad se comprometía para siempre a no volver a dar su consentimiento si los Hohenzollern renovaban su candidatura. Su Majestad el rey se negó entonces a recibir de nuevo al embajador francés y le hizo decir por el ayudante de servicio que no tenía nada más que comunicarle.
Moltke comentó que antes el texto sonaba a retirada, y ahora, a toque de ataque. Bismarck explicó que sería como «un trapo rojo para el toro galo». Esa misma noche lo entregó a la prensa, y al día siguiente, 14 de julio, aniversario de la toma de la Bastilla, lo leía toda Europa. Los franceses creyeron que el rey de Prusia había humillado a su embajador; los alemanes, que el embajador había ofendido a su rey.
En París, las multitudes gritaban «¡A Berlín!». El jefe del Gobierno, Émile Ollivier, dijo ante los diputados que aceptaba la responsabilidad de la guerra «con el corazón ligero». Después explicó que quería decir «con la conciencia tranquila», pero la frase le persiguió toda su vida. El 19 de julio de 1870, Francia declaró la guerra a Prusia.
Mientras tanto, en Madrid
¿Y el rey de España? Prim encontró por fin un candidato: Amadeo de Saboya, hijo de Víctor Manuel II. Las Cortes lo eligieron el 16 de noviembre de 1870. Así, el hijo del rey que había unido Italia se convirtió en rey de España. Pero el 27 de diciembre, en la calle del Turco de Madrid, unos desconocidos dispararon contra el carruaje de Prim. El general murió tres días después, el 30 de diciembre, el mismo día en que Amadeo desembarcaba en Cartagena. Al llegar a Madrid, lo primero que hizo el nuevo rey fue ir a rezar ante el cadáver de Prim en la basílica de Atocha.
Sin su principal apoyo, Amadeo nunca se sintió aceptado: para unos era un extranjero, y para otros, un rey impuesto. El 11 de febrero de 1873 abdicó, y ese mismo día se proclamó la Primera República española. El asesinato de Prim nunca se aclaró del todo.
Capítulo 12Sedán, el asedio de París y Versalles
Francia creía tener el mejor ejército de Europa, y en algunas cosas lo tenía: su fusil, el Chassepot, disparaba más lejos que el prusiano, y contaba con una ametralladora secreta, la mitrailleuse. Pero Alemania movilizó a sus tropas mucho más deprisa, gracias a los trenes y a un plan preparado desde hacía años, y sus cañones de acero de Krupp, que se cargaban por detrás, eran muy superiores a los franceses, de bronce. Además, como Bismarck había previsto, los estados del sur se unieron a Prusia desde el primer día. Por primera vez, bávaros, sajones, prusianos y badenses combatían juntos como alemanes.
En agosto, los alemanes ganaron una batalla tras otra en Alsacia y Lorena. Uno de los dos grandes ejércitos franceses, el del mariscal Bazaine, quedó encerrado en la fortaleza de Metz. El otro, con el propio Napoleón III, intentó rescatarlo, pero fue rodeado junto a la pequeña ciudad de Sedán, cerca de la frontera belga. El 1 de septiembre de 1870, la artillería alemana, situada en las colinas, machacó a los franceses atrapados en el valle.
El emperador, enfermo de cálculos en la vejiga, apenas podía montar a caballo por el dolor; se cuenta que se maquilló las mejillas para disimular su palidez ante los soldados. Durante horas cabalgó bajo el fuego, como si buscara la muerte. Esa noche escribió al rey Guillermo una carta breve: «Señor hermano mío: no habiendo podido morir en medio de mis tropas, solo me queda entregar mi espada en manos de Vuestra Majestad». Al día siguiente, 2 de septiembre, se rindió con unos 100.000 soldados. En octubre se rendiría también Metz, con más de 170.000.
Cuando la noticia llegó a París, el 4 de septiembre, la multitud invadió la Asamblea y se proclamó la República, la tercera de la historia de Francia. La emperatriz Eugenia tuvo que huir de las Tullerías por una puerta lateral. Un dentista estadounidense, Thomas Evans, la escondió y la sacó de Francia hasta Inglaterra.
París, sitiada
El nuevo Gobierno decidió seguir luchando. El 19 de septiembre, los alemanes rodearon París, una ciudad de unos dos millones de habitantes. Nadie podía entrar ni salir por tierra. Pero los parisinos encontraron una salida: el aire. Desde Montmartre y desde las grandes estaciones de tren despegaron globos llenos de gas del alumbrado, cargados de cartas y de palomas mensajeras. El 7 de octubre, el ministro Léon Gambetta escapó en uno de ellos para organizar nuevos ejércitos desde Tours. Esos ejércitos lucharon con valor durante todo el invierno, pero no lograron romper el cerco.
Pero la comida se acababa. Los parisinos se comieron primero los caballos, decenas de miles, y después los perros, los gatos y las ratas, que se vendían en los mercados. El 25 de diciembre, el famoso restaurante Voisin ofreció un menú de Navidad con consomé de elefante, gato con guarnición de ratas y terrina de antílope. Poco después fueron sacrificados Cástor y Pólux, los dos elefantes del Jardín de Aclimatación, y su carne se vendió a precio de lujo. Los ricos probaban lo exótico; los pobres pasaban hambre de verdad, y la mortalidad infantil se disparó. Desde el 5 de enero de 1871, además, los cañones Krupp bombardearon la ciudad.
Un emperador en el palacio de Luis XIV
Mientras París pasaba hambre, en el palacio de Versalles, donde se había instalado el cuartel general alemán, Bismarck negociaba con los estados del sur. Baviera, Wurtemberg, Baden y Hesse aceptaron entrar en un nuevo Estado alemán a cambio de conservar sus reyes y algunos privilegios. Para que la corona imperial no pareciera impuesta por Prusia, Bismarck necesitaba que la ofreciera otro príncipe. El elegido fue el rey de Baviera, Luis II, que firmó una carta, redactada por el propio Bismarck, en la que pedía a Guillermo que aceptara el título de emperador.
El 18 de enero de 1871, en el Salón de los Espejos de Versalles, Guillermo I fue proclamado emperador alemán. La fecha no era casual: ese mismo día de 1701 se había coronado el primer rey de Prusia. El lugar tampoco: era el palacio de Luis XIV, el rey francés cuyas tropas habían arrasado el Palatinado alemán.
Hubo una última pelea, esta vez por el título. Guillermo quería ser «emperador de Alemania»; Bismarck, para no ofender a los demás reyes, insistía en «emperador alemán». El gran duque de Baden salió del apuro gritando «¡Viva Su Majestad Imperial y Real el emperador Guillermo!», sin más. Guillermo estaba tan enfadado que, al bajar del estrado, pasó junto a Bismarck sin darle la mano. La víspera, según se cuenta, había dicho que sería el día más triste de su vida, porque con él enterraban la vieja Prusia.
El 28 de enero, París se rindió, y el 1 de marzo los soldados alemanes desfilaron por los Campos Elíseos. El 10 de mayo de 1871 se firmó el Tratado de Fráncfort: Francia entregó Alsacia y el norte de Lorena, con Estrasburgo y Metz, y tuvo que pagar 5.000 millones de francos. Las tropas alemanas ocuparían el norte de Francia hasta cobrarlos. Los franceses los pagaron antes del plazo, en septiembre de 1873, para librarse cuanto antes de los ocupantes.
Mientras tanto, en París estalló una nueva revolución. El 18 de marzo de 1871, los parisinos, hambrientos y humillados, se negaron a entregar sus cañones al Gobierno francés y se rebelaron. Nació la Comuna de París, un gobierno revolucionario que durante dos meses gobernó la ciudad por su cuenta. A finales de mayo, el ejército francés la reconquistó calle a calle, mientras los alemanes miraban desde fuera. En la llamada Semana Sangrienta murieron miles de parisinos.
Capítulo 13Dos unificaciones, dos caminos
Italia y Alemania se unieron casi a la vez, y se ayudaron sin quererlo: las victorias de Prusia sobre Austria y Francia dieron a Italia el Véneto y Roma. Pero sus caminos fueron muy distintos.
| Italia | Alemania | |
|---|---|---|
| Estado que la dirigió | Piamonte-Cerdeña | Prusia |
| El cerebro | Cavour | Bismarck |
| El rey | Víctor Manuel II | Guillermo I |
| Héroe popular | Garibaldi | No lo hubo: la hicieron el ejército y la diplomacia |
| Enemigos | Austria y el papa | Dinamarca, Austria y Francia |
| Ayuda de fuera | Francia (1859) y Prusia (1866 y 1870) | La alianza con Italia (1866) y que las demás potencias no intervinieran |
| Economía | Agrícola y pobre, sobre todo en el sur | Industrial: carbón, acero y trenes |
| ¿Votó la gente? | Sí, en plebiscitos | No hubo plebiscitos: la pactaron los príncipes |
| Resultado | Un reino centralizado, a imagen de Piamonte | Un imperio federal dominado por Prusia |
En Italia, la unidad fue una mezcla de diplomacia, guerras con ayuda extranjera y entusiasmo popular, con los voluntarios de Garibaldi y los plebiscitos. En Alemania fue, sobre todo, obra de un Estado muy fuerte, de su economía y de su ejército: «hierro y sangre». Ninguna de las dos se hizo como soñaban los revolucionarios de 1848. No fueron repúblicas, ni nacieron de un parlamento del pueblo, sino monarquías construidas desde arriba.
Una nueva Europa
En febrero de 1871, el político británico Benjamin Disraeli dijo en el Parlamento de Londres que aquella guerra representaba «la revolución alemana, un acontecimiento político mayor que la Revolución francesa del siglo pasado», porque el equilibrio de poder en Europa había quedado destruido por completo. En el centro del continente había surgido una gran potencia, la más poblada después de Rusia, con la industria más dinámica y el ejército más temido.
Bismarck declaró que Alemania ya estaba «satisfecha» y dedicó veinte años a mantener la paz con un complicado sistema de alianzas, para que Francia nunca encontrara aliados. Pero Francia no olvidó Alsacia y Lorena. El deseo de recuperarlas, la revancha, envenenó las relaciones entre los dos países durante medio siglo y fue una de las causas de la Primera Guerra Mundial.
Italia, por su parte, era «la más pequeña de las grandes potencias». Seguía siendo pobre, sobre todo en el sur, y millones de italianos tuvieron que marcharse: entre 1876 y 1915 emigraron unos 14 millones de personas, hacia Estados Unidos, Argentina, Brasil y otros países de Europa. Por eso hoy hay tantos apellidos italianos en Argentina y Uruguay.
Y el nacionalismo cambió de bando. En 1848 era la bandera de liberales y revolucionarios; después de 1871, reyes, generales y conservadores lo hicieron suyo. Se había demostrado que una nación podía construirse sin revolución, con la fuerza de un Estado.
Capítulo 14Fechas clave y resumen
- Marzo de 1849
- Piamonte pierde en Novara; Víctor Manuel II, rey.
- Noviembre de 1850
- Humillación de Olmütz: Prusia cede ante Austria.
- 1852
- Cavour, primer ministro de Piamonte.
- 1855
- Piamonte envía tropas a la guerra de Crimea.
- Julio de 1858
- Pacto secreto de Plombières entre Cavour y Napoleón III.
- Junio de 1859
- Victorias de Magenta y Solferino.
- Julio de 1859
- Armisticio de Villafranca: Piamonte gana Lombardía.
- Marzo de 1860
- Toscana y Emilia votan unirse a Piamonte; Saboya y Niza pasan a Francia.
- Mayo – octubre de 1860
- Expedición de los Mil; encuentro de Teano (26 de octubre).
- 17 de marzo de 1861
- Nace el Reino de Italia. Cavour muere el 6 de junio.
- 30 de septiembre de 1862
- Discurso de Bismarck: «hierro y sangre».
- 18 de abril de 1864
- Batalla de Düppel: Dinamarca pierde los ducados.
- 3 de julio de 1866
- Batalla de Sadowa; Austria queda fuera de Alemania e Italia gana el Véneto.
- 1867
- Confederación de Alemania del Norte e Imperio austrohúngaro.
- Septiembre de 1868
- La Gloriosa: Isabel II pierde el trono de España.
- 13 de julio de 1870
- Telegrama de Ems. El 19, Francia declara la guerra.
- 2 de septiembre de 1870
- Napoleón III se rinde en Sedán.
- 20 de septiembre de 1870
- Brecha de Porta Pia: Italia toma Roma.
- 18 de enero de 1871
- Proclamación del Imperio alemán en Versalles.
- 10 de mayo de 1871
- Tratado de Fráncfort: Alsacia y Lorena pasan a Alemania.
- Julio de 1871
- El rey y el Gobierno se instalan en Roma, la nueva capital de Italia.
Resumen en seis frases
- Hacia 1850, Italia y Alemania estaban divididas en muchos estados bajo la sombra de Austria, y tras el fracaso de 1848 la unificación quedó en manos de dos reinos fuertes: Piamonte y Prusia.
- Cavour se alió con Napoleón III y ganó Lombardía en 1859; en 1860, Italia central votó unirse a Piamonte, y Garibaldi y sus Mil conquistaron el sur.
- En 1861 nació el Reino de Italia, que ganó el Véneto en 1866 y Roma en 1870, aunque el papado no lo aceptó hasta 1929.
- Prusia se hizo fuerte con el Zollverein, la industria y la reforma del ejército, y Bismarck decidió unir Alemania «con hierro y sangre».
- Tres guerras cortas, contra Dinamarca (1864), Austria (1866) y Francia (1870–1871), expulsaron a Austria de Alemania y unieron el sur con el norte.
- El 18 de enero de 1871 se proclamó en Versalles el Imperio alemán: Europa tenía una nueva gran potencia, y Francia, un deseo de revancha que pesaría durante medio siglo.
Para pensar: Italia se unió con voluntarios y plebiscitos; Alemania, con guerras dirigidas desde arriba. ¿Crees que la forma en que nace un país influye en cómo será después? ¿Por qué?
Libro anterior de la serie: Restauración y revoluciones. La serie «Europa en revolución» continuará.