El dinero
De las conchas al euro, la historia de una idea
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Capítulo 1¿Para qué sirve el dinero?
Saca un billete de 20 euros y míralo con calma. Es un rectángulo de algodón de 13,3 por 7,2 centímetros, con unos dibujos de ventanas y puentes que no existen, un número, una firma y unas cuantas marcas brillantes. Fabricarlo cuesta unos céntimos. Si lo quemas, no das calor a nadie; si lo intentas comer, no alimenta. Y, sin embargo, cualquier desconocido del supermercado, de la gasolinera o de un bar de Lisboa o de Helsinki te dará a cambio de ese papel una compra entera, veinte litros de gasolina o varias comidas. ¿Por qué?
Responder a esa pregunta es el objetivo de este libro. Veremos conchas que valían como monedas, piedras gigantes que nadie movía, cigarrillos que funcionaban como billetes en un campo de prisioneros y monedas de plata española que dieron la vuelta al mundo y acabaron dando nombre al dólar. Veremos cómo nacieron los bancos, cómo crean dinero cuando prestan, por qué los precios suben y qué pasa cuando suben sin freno. Y terminaremos en el presente: la peseta y el euro, las tarjetas, Bizum, las criptomonedas y los intereses que trabajan a favor o en contra de cada uno de nosotros. Pero antes hay que ponerse de acuerdo en algo básico: qué es exactamente el dinero.
Una definición sencilla
Para los economistas, dinero es cualquier cosa que la gente acepta de forma general como pago. No importa de qué esté hecho. Ha sido cebada, plata, oro, conchas, sal, tabaco, papel y, hoy, sobre todo, apuntes en los ordenadores de los bancos. Lo que convierte algo en dinero no es su materia, sino lo que hace. Y lo que hace el dinero se suele resumir en tres trabajos.
- Medio de cambio. Es lo que entregamos a cambio de las cosas y lo que recibimos cuando vendemos algo o cuando trabajamos. El panadero no quiere mis clases de guitarra, pero acepta mis euros, porque sabe que con ellos podrá pagar la harina, la luz y el alquiler.
- Unidad de cuenta. Es la regla con la que medimos el valor de todo. Gracias a ella sabemos que una bicicleta de 300 euros vale lo mismo que 250 barras de pan de 1,20 euros, sin tener que calcular cuántas barras vale una bici, cuántas bicis vale un coche y cuántos coches vale un piso. Las empresas llevan sus cuentas en euros, los sueldos se fijan en euros y los impuestos se calculan en euros.
- Depósito de valor. Es una forma de guardar poder de compra para más adelante. Si vendo hoy mi cosecha de tomates, no tengo que gastarlo todo hoy: puedo guardar el dinero y comprar algo dentro de un mes. Los tomates se pudrirían; el dinero, si los precios no suben mucho, conserva su valor.
A veces se añade un cuarto trabajo, que en realidad es una mezcla de los anteriores: el dinero sirve como patrón de pagos aplazados, es decir, para fijar deudas. Cuando alguien firma una hipoteca de 150.000 euros a 25 años, las dos partes saben exactamente qué se deben, aunque el dinero todavía no haya cambiado de manos.
El problema del trueque
En 1776, el escocés Adam Smith publicó La riqueza de las naciones, el libro que suele considerarse el punto de partida de la economía moderna. En él contaba una historia que se repite desde entonces en casi todos los manuales. Al principio, decía, la gente practicaba el trueque: cambiaba unas cosas por otras directamente, sin dinero. Pero el trueque tiene un problema enorme. Para que funcione, cada uno tiene que querer justo lo que el otro ofrece, y además en ese momento. Los economistas lo llaman el problema de la doble coincidencia de deseos.
Imagina un pueblo con tres vecinos. La panadera tiene pan y necesita zapatos. El zapatero tiene zapatos y quiere pescado. La pescadora tiene pescado y quiere pan. Cada uno tiene algo que otro desea, pero ninguna pareja puede hacer un trato directo: el zapatero no quiere pan, la pescadora no quiere zapatos y la panadera no necesita pescado. Para que todos consigan lo que quieren hacen falta cambios en cadena, con alguien que acepte algo que no quiere solo para cambiarlo después. Con veinte vecinos y cien productos, el lío se vuelve imposible.
La solución, seguía Smith, fue que la gente empezó a aceptar una mercancía que todo el mundo quería y que podía guardarse: ganado, sal, metales. Con el tiempo se prefirieron los metales, porque no se estropean y se pueden dividir. Luego se acuñaron monedas, más tarde se inventaron los billetes, y así hasta hoy. Es una historia lógica y fácil de recordar. El problema es que, probablemente, no ocurrió así.
El mito del trueque
Los antropólogos, que estudian cómo viven y se organizan las sociedades humanas, llevan más de un siglo buscando ese pueblo del trueque. No lo han encontrado. En 1985, la antropóloga británica Caroline Humphrey lo resumió en una frase célebre: nunca se ha descrito un solo ejemplo de economía de trueque, pura y simple, y mucho menos que de ella surgiera el dinero. El antropólogo estadounidense David Graeber popularizó la idea en 2011 con su libro En deuda.
¿Cómo se las arreglaban entonces? En las comunidades pequeñas, donde todos se conocen, la gente no cambia una gallina por tres cestos en el acto. Hace algo mucho más cómodo: da y apunta, aunque sea de memoria. «Llévate el pan, ya me darás pescado cuando vuelvas del mar.» Es decir, se fía, se presta, se regala y se devuelve. Lo que circula son deudas y favores, y la comunidad sabe quién le debe qué a quién. El trueque puro sí aparece, pero en situaciones especiales: entre desconocidos que no volverán a verse, entre pueblos que desconfían unos de otros, o cuando el dinero que existía se derrumba, como veremos en los campos de prisioneros o en las hiperinflaciones.
Conviene no exagerar en la otra dirección. Algunos economistas recuerdan que el propio Smith pensaba sobre todo en el comercio entre extraños, y que precisamente ahí el trueque es incómodo y el dinero muy útil. La conclusión más sensata es doble: el dinero no nació solo para resolver el trueque, y el crédito, es decir, las deudas apuntadas, es tan antiguo como el propio dinero, o más.
Cebada, plata y tablillas de barro
Las primeras pruebas escritas de algo parecido al dinero vienen de Mesopotamia, la tierra entre los ríos Tigris y Éufrates, en el actual Irak. Hace más de cinco mil años, los templos y los palacios de ciudades como Uruk administraban enormes almacenes de grano, rebaños y talleres. Para llevar las cuentas usaban tablillas de barro, y en ellas aparecen dos unidades de valor: una cantidad de cebada y un peso de plata, el siclo, de algo más de 8 gramos. Un siclo de plata equivalía por norma a un gur de cebada, unos 300 litros.
Lo interesante es que la plata casi nunca cambiaba de manos. Estaba guardada en el templo. Servía sobre todo como unidad de cuenta: los administradores anotaban que un campesino debía tantos siclos, y el campesino pagaba después con cebada, con lana o con trabajo. Las tablillas registran préstamos, plazos y hasta intereses. Las leyes de Hammurabi, grabadas hacia 1753 antes de Cristo en una estela de basalto de más de dos metros que hoy está en el Louvre, fijaban cuánto podía cobrarse por prestar, en torno a una quinta parte al año para la plata y un tercio para la cebada, y castigaban al prestamista que hiciera trampas con las medidas. El dinero nació, por tanto, más parecido a un libro de cuentas que a una moneda.
- Confianza en que otros lo aceptarán. Yo acepto euros porque sé que mi casero, la frutera y la compañía de la luz los aceptarán a su vez. Es una cadena: basta que la mayoría confíe para que funcione para todos. Los economistas lo llaman un efecto red, como pasa con un idioma o con una aplicación de mensajes: cuanta más gente lo usa, más útil es.
- La ley. El euro es de curso legal: la ley obliga a aceptarlo para saldar deudas en la zona euro, con algunos límites razonables.
- Los impuestos. El Estado exige que los impuestos se paguen en euros. Eso garantiza que siempre habrá millones de personas y empresas que necesiten euros.
- Una escasez vigilada. Nadie puede fabricar euros a su antojo. Solo el Banco Central Europeo y los bancos centrales nacionales emiten billetes, y su tarea principal es que el euro conserve su valor.
Capítulo 2Conchas, piedras y cigarrillos
Si el dinero es cualquier cosa que la gente acepta como pago, la historia debería estar llena de dineros extraños. Y lo está. Ha habido dinero de dientes de perro en Nueva Guinea, de plumas rojas en las islas Santa Cruz, de granos de cacao entre los aztecas, de barras de sal en Etiopía y de tejidos en medio mundo. Este capítulo se detiene en tres casos que enseñan mucho: unas conchas que circularon por medio planeta, unas piedras enormes que casi nunca se movían y unos cigarrillos que funcionaron como moneda en un campo de prisioneros.
Las conchas de las Maldivas
El cauri es un caracol marino pequeño, de unos dos o tres centímetros, con una concha lisa, brillante y abombada, como una porcelana en miniatura. La especie más usada como dinero, que los biólogos llaman precisamente Monetaria moneta, vive en los arrecifes del océano Índico, y durante siglos su gran fuente fueron las islas Maldivas. Allí se recogían por millones, se secaban al sol para que se pudriera el animal y se cargaban en barcos como lastre.
Los cauris tenían casi todas las virtudes de un buen dinero. Eran duraderos, porque una concha no se oxida ni se pudre. Eran fáciles de contar y todos se parecían mucho, así que no hacía falta pesarlos. Eran ligeros y pequeños, lo que permitía pagar cosas de poco valor. Y eran muy difíciles de falsificar: nadie sabía fabricar una concha. Además, solo salían de unos pocos lugares lejanos, así que no se podían multiplicar a capricho.
Se usaron como dinero en la India, en el sudeste de Asia y en gran parte de África, donde siguieron circulando hasta finales del siglo XIX. En China se usaron en tiempos muy antiguos, hace más de tres mil años, y dejaron una huella en la escritura: el carácter chino que significa concha, 貝, forma parte de muchos caracteres relacionados con el dinero, como los de comprar, vender, mercancía o riqueza. La historia de los cauris tiene también una cara terrible: los comerciantes europeos llevaron cargamentos inmensos de conchas de las Maldivas a la costa occidental de África, donde se usaron para pagar, entre otras cosas, a personas esclavizadas.
Las piedras gigantes de Yap
Yap es un pequeño grupo de islas del océano Pacífico, en Micronesia. Allí se desarrolló uno de los dineros más asombrosos que se conocen: los rai, discos de piedra caliza con un agujero en el centro. Los hay pequeños, de unos pocos centímetros, y los hay descomunales. El mayor que se conserva, en la isla de Rumung, mide 3,6 metros de diámetro, medio metro de grosor y pesa unas cuatro toneladas. Hoy quedan en las islas unos seis mil discos grandes.
Lo más sorprendente es de dónde salía la piedra. En Yap no hay caliza de ese tipo. Los yapeses la extraían en las islas Palaos, a unos 400 kilómetros al oeste, la tallaban allí y la traían de vuelta en canoas y balsas, atravesando mar abierto. Cada viaje era peligroso, y el valor de una piedra dependía no solo de su tamaño, sino también de su historia: cuánto había costado traerla, quién la trajo y si alguien murió en el viaje.
Como las piedras grandes pesaban tanto, casi nunca se movían. Cuando cambiaban de dueño, por ejemplo como parte de una dote o para cerrar un acuerdo entre familias, la piedra se quedaba donde estaba, delante de una casa o junto a un camino, y lo que cambiaba era el acuerdo de todos sobre a quién pertenecía. La propiedad vivía en la memoria colectiva, no en la piedra.
El explorador estadounidense William Henry Furness, que visitó Yap a principios del siglo XX y publicó en 1910 un libro titulado La isla del dinero de piedra, recogió una historia extraordinaria. Según le contaron, una familia muy rica debía su fortuna a una piedra gigantesca que nadie de la generación viva había visto: se había hundido en el mar durante una tormenta, cuando la traían de Palaos. Los que viajaban en la expedición juraron que era una piedra magnífica, y todos estuvieron de acuerdo en que su hundimiento no era culpa de sus dueños. Así que la piedra, en el fondo del mar, siguió valiendo como cualquier otra y se siguió usando para pagar.
En 1991, el economista Milton Friedman, premio Nobel, dedicó un ensayo a esta historia. Su conclusión era que la piedra hundida no es tan distinta del oro que los bancos centrales guardan en cámaras acorazadas y que casi nunca se mueve: cuando un país vende oro a otro, a menudo los lingotes no salen de la cámara, solo cambia la etiqueta del dueño. En los dos casos, lo que da valor es la creencia compartida. Hoy se diría que los yapeses llevaban un registro de propiedad colectivo, una idea que reaparecerá, con ordenadores, en el capítulo de las criptomonedas.
Cigarrillos en un campo de prisioneros
El tercer caso ocurrió en plena Segunda Guerra Mundial. Richard Radford era un joven economista británico que cayó prisionero de los alemanes y pasó por varios campos de oficiales en Italia y en Alemania. Al terminar la guerra, en 1945, publicó en la revista Economica un artículo que se ha convertido en un clásico: «La organización económica de un campo de prisioneros de guerra».
Los prisioneros recibían raciones del campo y, de vez en cuando, paquetes de la Cruz Roja con comida enlatada, chocolate, azúcar, té, café y tabaco. Como no todos tenían los mismos gustos, empezaron enseguida los cambios: el que no fumaba cambiaba tabaco por chocolate, y los prisioneros sijs, que por motivos religiosos no comen carne de vaca, cambiaban sus latas de carne por mermelada o margarina. Al principio era trueque puro, con todos sus problemas. Pronto apareció, sin que nadie lo decidiera, un medio de cambio común: el cigarrillo.
El cigarrillo tenía muchas de las virtudes de un buen dinero: todos eran casi iguales, duraban, eran pequeños, fáciles de contar y cualquiera sabía lo que valían. Pronto todo tuvo un precio en cigarrillos. Lavar una prenda costaba dos; se abrieron tableros de anuncios con ofertas y demandas, una tienda del campo donde se compraba y vendía a precios en cigarrillos, e incluso una especie de restaurante. Radford cuenta el caso de un capellán que dio una vuelta por el campo con una lata de queso y cinco cigarrillos, cambiando aquí y allá, y volvió con un paquete completo de la Cruz Roja además de su queso y sus cigarrillos, solo aprovechando las diferencias de precio entre unas barracas y otras.
En 1944 los prisioneros probaron incluso un papel moneda propio, respaldado al cien por cien por comida guardada en el almacén de la tienda. Al principio funcionó bien. Pero cuando escaseó la comida, nadie quería cambiar sus latas por papeles que solo servían para comprar caprichos, y la gente dejó de aceptarlo. El billete era «sólido», pero había perdido la confianza, y un dinero sin confianza no es dinero.
La historia de los cigarrillos no terminó con la guerra. En las cárceles, donde no se puede tener dinero en efectivo, se han usado como moneda sellos de correos, sobres de café o tarjetas telefónicas. Y en Alemania, tras 1945, cuando el marco del régimen nazi había perdido casi todo su valor, los cigarrillos estadounidenses se usaron durante un tiempo como dinero en el mercado negro, hasta la reforma monetaria de 1948.
Qué hace bueno a un dinero
Comparando conchas, piedras, cigarrillos y metales, se entiende por qué algunos objetos funcionan mejor que otros como dinero. El buen dinero es:
- Duradero: no se pudre ni se rompe con el uso.
- Divisible: permite pagar cantidades grandes y pequeñas.
- Fácil de transportar: mucho valor en poco peso.
- Homogéneo: una unidad es igual que otra, así que no hay que examinar cada pieza.
- Difícil de falsificar y escaso: nadie puede fabricarlo a su antojo.
- Aceptado: la cualidad decisiva, que depende de todas las demás y, sobre todo, de la confianza.
Las piedras de Yap fallaban en transporte y en divisibilidad, pero eran imposibles de falsificar y todo el mundo las reconocía. Los cigarrillos fallaban en durabilidad. Los metales preciosos, como veremos enseguida, cumplían casi todo, y por eso ganaron la partida durante más de dos mil años.
Capítulo 3Las primeras monedas
Durante siglos, en Oriente Próximo, los metales preciosos se usaron como dinero sin forma de moneda. Se pagaba con plata al peso: anillos, barritas, trozos de joyas cortadas. En los tesoros enterrados de la época aparecen fragmentos de plata recortados a propósito para ajustar un pago. Funcionaba, pero era incómodo. Cada vez había que sacar la balanza, y además cabía la duda de si aquella plata era pura o estaba mezclada con cobre o plomo. Comprobarlo exigía un experto y tiempo. La moneda resolvió las dos cosas de golpe: un trozo de metal de peso fijo con una marca que garantiza cuánto metal lleva y de qué calidad.
Lidia, el reino del oro
Las primeras monedas conocidas aparecieron en Lidia, un reino del oeste de la actual Turquía, a finales del siglo VII antes de Cristo, hacia el año 630 según muchos especialistas, aunque la fecha exacta se discute. Por su capital, Sardes, pasaba el río Pactolo, que arrastraba pepitas de electro, una mezcla natural de oro y plata. Con ese metal se hicieron pequeñas piezas en forma de gota o de judía, golpeadas con un punzón que dejaba una marca. Las más famosas llevan una cabeza de león, el símbolo de los reyes lidios.
La marca era la gran novedad. Significaba que una autoridad, el rey, respondía del peso y de la calidad. Ya no hacía falta pesar ni ensayar cada pieza: bastaba con contarlas. Pero el electro tenía un inconveniente: la proporción de oro y plata variaba de una pepita a otra, así que dos monedas del mismo peso no valían exactamente lo mismo.
El problema lo resolvió el rey Creso, que reinó entre el 561 y el 546 antes de Cristo. Hacia el 550 mandó separar el oro y la plata y acuñar monedas de cada metal por separado, con un diseño de las cabezas de un león y un toro enfrentados. Fue el primer sistema de monedas de dos metales. Creso se hizo tan famoso por su riqueza que todavía decimos que alguien es «más rico que Creso». El historiador griego Heródoto, que escribió un siglo después, afirmó que los lidios fueron los primeros en acuñar monedas de oro y de plata.
La idea se extendió enseguida por las ciudades griegas. Casi al mismo tiempo, y de forma independiente, en China se usaban piezas de bronce con forma de pequeñas azadas y cuchillos, y más tarde monedas redondas con un agujero cuadrado para ensartarlas en un cordel. En la India aparecieron monedas de plata marcadas con varios punzones. El invento de la moneda, como el de la escritura, surgió en más de un lugar.
Roma y el templo de la diosa que avisaba
En la colina del Capitolio, en Roma, había un templo dedicado a la diosa Juno con un sobrenombre curioso: Juno Moneta. Según el orador Cicerón, el apodo venía del verbo latino monere, que significa avisar o advertir, porque la diosa había avisado a los romanos de algún peligro. Otra tradición, contada por el historiador Tito Livio, relaciona el lugar con las ocas sagradas de Juno, que hacia el año 390 antes de Cristo despertaron con sus graznidos a los defensores del Capitolio cuando los galos intentaban asaltarlo de noche.
El templo se levantó en el año 344 antes de Cristo, y desde el 273 antes de Cristo, aproximadamente, se instaló junto a él el taller donde se acuñaba la plata de Roma. El taller tomó el nombre de la diosa, y moneta pasó a significar tanto el lugar donde se fabricaba el dinero como el propio dinero. De ahí vienen nuestra palabra moneda, el inglés money y también mint, que es como los ingleses llaman a la fábrica de moneda.
La gran moneda de plata de Roma fue el denario, creado hacia el 211 antes de Cristo, en plena guerra contra Aníbal. Durante siglos fue la moneda de referencia de todo el Mediterráneo, y su nombre sigue vivo en nuestra palabra dinero. En Hispania se acuñaron denarios con letras ibéricas en talleres locales, y las monedas romanas circularon por toda la Península, como se cuenta en Hispania romana.
¿Nos pagaban en sal?
Se suele contar que los soldados romanos cobraban en sal, y que de ahí viene la palabra salario. La relación de las palabras es cierta: salarium viene de sal. Lo que no está nada claro es la historia. La única fuente antigua es una frase de Plinio el Viejo, en su Historia natural, escrita en el siglo I, que dice más o menos que la sal está ligada a los cargos públicos y al servicio militar, «de donde viene el nombre de salarios». No dice que se pagara con sal, ni que hubiera una paga especial para comprarla.
No se ha encontrado ninguna prueba de que los soldados cobraran en sal. La explicación de una «paga para la sal» aparece en diccionarios de latín de los siglos XVIII y XIX, y es una suposición razonable, pero una suposición. Algunos historiadores creen que salarium pudo significar algo como «dinero para el condimento», es decir, un complemento para gastos por encima de la ración de grano. Lo prudente es decir que la sal fue muy valiosa en la Antigüedad, que la palabra salario viene de ella y que el porqué exacto se desconoce.
El truco de rebajar la plata
Las monedas de metal tenían una debilidad: su valor dependía de cuánto metal precioso llevaban, y quien las fabricaba podía hacer trampa. Los emperadores romanos, siempre necesitados de dinero para pagar a sus ejércitos, fueron rebajando la cantidad de plata del denario y de las monedas que lo sustituyeron, y añadiendo cobre. Con la misma plata hacían más monedas y pagaban más sueldos. Es lo que se llama envilecer la moneda.
A mediados del siglo III, en plena crisis del Imperio, las monedas de «plata» apenas llevaban ya un baño fino de ese metal sobre un corazón de cobre. La gente no es tonta: cuando hay más monedas y cada una vale menos, los comerciantes piden más monedas por lo mismo. Los precios se dispararon. En el año 301, el emperador Diocleciano publicó un edicto que fijaba precios máximos para más de mil productos y servicios, desde el trigo hasta el sueldo de un barbero, con castigos que llegaban a la pena de muerte. No funcionó: los productos desaparecieron de los mercados y la norma acabó olvidada. Es una lección que se repetirá muchas veces: fijar los precios por ley no arregla el problema de fondo si se sigue creando dinero sin control.
Capítulo 4La plata de América y el real de a ocho
Durante casi tres siglos, la moneda más importante del planeta fue española. Se aceptaba en Londres y en Boston, en Estambul, en la India y en Cantón. Los piratas del Caribe soñaban con cofres llenos de ella, los mercaderes chinos la preferían a cualquier otra y los fundadores de Estados Unidos la tomaron como modelo para su dólar. Se llamaba real de a ocho, porque valía ocho reales, y en inglés se la conocía como piece of eight o Spanish dollar.
Una moneda de fiar
En 1497, los Reyes Católicos ordenaron una gran reforma monetaria en la llamada Pragmática de Medina del Campo. Fijaba el real de plata como moneda básica y preveía piezas de varios reales, hasta la de ocho. El real de a ocho pesaba unos 27,5 gramos y llevaba un 93 % de plata pura, algo más de 25,5 gramos. Pero la moneda solo se convirtió en protagonista cuando empezó a llegar a Castilla un río de plata que nadie había imaginado.
En 1545 se descubrió en el Alto Perú, en la actual Bolivia, el Cerro Rico de Potosí, una montaña con vetas de plata riquísimas. Al año siguiente se hallaron las minas de Zacatecas, en México. Potosí se convirtió en pocas décadas en una de las ciudades más pobladas del mundo, a más de 4.000 metros de altura. Su riqueza dio origen a la expresión «vale un Potosí». Pero la plata se sacó con un coste humano enorme: miles de indígenas fueron obligados a trabajar en las minas por turnos, en el sistema llamado mita, y muchos murieron por los derrumbes, el agotamiento y el mercurio que se usaba para separar la plata.
La plata se convertía en monedas en las casas de moneda americanas. La de México, fundada en 1535, fue la primera del continente; después vinieron las de Lima, Potosí y otras ciudades. Las monedas viajaban en las flotas de Indias hasta Sevilla, donde la Casa de Contratación, creada en 1503, controlaba todo el comercio con América. Según los registros oficiales de Sevilla, en el siglo XVI llegaron varios miles de toneladas de plata, y en todo el período colonial fueron muchas más, sin contar el contrabando, que fue enorme.
La primera moneda mundial
La plata española no se quedaba en España. La monarquía tenía gastos inmensos, sobre todo guerras en Europa, y pagaba deudas a banqueros genoveses y alemanes. Castilla, además, compraba fuera muchas manufacturas. Así que los reales de a ocho salían hacia Génova, Amberes, Londres o Ámsterdam, y desde allí hacia el Báltico, el Imperio otomano y la India. Se decía, con amargura, que España era «las Indias de los extranjeros».
La otra gran ruta iba hacia el oeste. Desde 1565 hasta 1815, el galeón de Manila cruzó el Pacífico una o dos veces al año entre Acapulco, en México, y Manila, en Filipinas. Llevaba plata americana y volvía cargado de seda, porcelana y especias de China. China era el gran imán de la plata del mundo: tenía una economía enorme y a finales del siglo XVI empezó a exigir que los impuestos se pagaran en plata. Los mercaderes chinos probaban las monedas y, si eran buenas, les estampaban un pequeño sello con un punzón. Hoy se conservan reales de a ocho llenos de esas marcas, que los coleccionistas llaman chopmarks. Por primera vez en la historia, una misma moneda unía América, Europa y Asia.
- Hacia el este: Potosí, a lomos de llama y mula hasta el puerto de Arica; por mar hasta Panamá; a través del istmo hasta el Caribe; en la flota de Indias, con escala en La Habana, hasta Sevilla. De allí, a Génova o a Amberes para pagar deudas o soldados, y desde Europa, en barcos portugueses, holandeses o ingleses, hasta la India y China.
- Hacia el oeste: desde México hasta Acapulco, en el galeón de Manila a través del Pacífico, y de Manila a los puertos chinos, donde se cambiaba por seda y porcelana.
Del peso duro al dólar
En las colonias británicas de Norteamérica circulaba poca moneda inglesa, y el real de a ocho, que llegaba por el comercio con el Caribe, se convirtió en la moneda de uso diario. Cuando Estados Unidos se independizó y creó su propio dinero, la ley del 2 de abril de 1792 definió el dólar con casi la misma plata que la moneda española: 24,06 gramos de plata pura. Los reales de a ocho fueron moneda de curso legal en Estados Unidos hasta 1857.
Esa herencia dejó huellas curiosas. Como el real de a ocho se dividía en ocho reales, y a veces se partía literalmente en trozos, un cuarto de dólar se llamaba en inglés two bits, «dos trozos». Y la Bolsa de Nueva York cotizó sus acciones en octavos de dólar hasta 2001, cuando pasó a los céntimos.
¿Y el signo $? Hay varias teorías. La más aceptada es que viene de la abreviatura de «pesos», que los comerciantes escribían «ps», con la p y la s cada vez más juntas, hasta que la s quedó cruzada por el palo de la p. El manuscrito más citado es una cuenta de 1778 del comerciante irlandés Oliver Pollock, que trabajaba en la Nueva Orleans española, y la primera aparición impresa del signo es de 1797. Otra teoría muy popular dice que el $ imita las dos columnas de Hércules con la cinta enroscada del real de a ocho columnario. Es una historia bonita, pero no hay documentos que la apoyen.
Mucha plata, precios más altos
Tanta plata tuvo un efecto que desconcertó a la gente de la época: los precios subieron. A lo largo del siglo XVI, los precios en Castilla y en buena parte de Europa se multiplicaron por tres o por cuatro. Hoy, una subida así, repartida en cien años, nos parecería suave, apenas algo más del uno por ciento al año, pero entonces fue una novedad inquietante, porque en la Edad Media los precios habían sido bastante estables. Los historiadores lo llaman la revolución de los precios.
Los primeros en explicarlo fueron españoles. En 1556, el navarro Martín de Azpilcueta, profesor en Salamanca, escribió que en las tierras donde hay mucho dinero las cosas valen más, y que por eso en España, adonde llegaba la plata de las Indias, todo era más caro que en Francia. Poco después, en 1568, el francés Jean Bodin dijo algo parecido. Es una de las primeras formulaciones de la teoría cuantitativa del dinero, que veremos con más detalle en el capítulo de la inflación. Azpilcueta y otros profesores de la llamada Escuela de Salamanca, como Tomás de Mercado, que escribió un manual para comerciantes publicado en 1569, están considerados pioneros del pensamiento económico.
La historia es algo más complicada de lo que parece a primera vista. En 1934, el historiador estadounidense Earl Hamilton reunió miles de datos de precios españoles y los comparó con la llegada de plata a Sevilla, y encontró que subían a la par. Después se ha matizado: la población europea también crecía mucho y pedía más alimentos, y los precios empezaron a subir incluso antes de que llegara el grueso de la plata. Hoy se piensa que la plata americana fue una causa importante, pero no la única.
Capítulo 5Del metal al papel
Las monedas de plata y oro tenían un problema práctico: pesaban. Un comerciante que quisiera comprar un cargamento entero tenía que mover cofres, contratar escoltas y arriesgarse a que le robaran por el camino. La solución fue dejar el metal en un sitio seguro y hacer circular, en su lugar, un papel que dijera: «este papel vale tanto metal». Ese paso, que parece pequeño, cambió para siempre la naturaleza del dinero.
China, los primeros billetes
Los primeros billetes aparecieron en China, en la provincia de Sichuan, hacia el año 1000. Allí la moneda corriente era de hierro, muy pesada y de poco valor: para pagar una pieza de seda podían hacer falta decenas de kilos de monedas. Unos comerciantes empezaron a guardar las monedas de sus clientes y a entregarles a cambio un recibo de papel, llamado jiaozi, que se podía canjear más tarde. Pronto los recibos pasaron de mano en mano como si fueran el dinero mismo. Llegó a haber dieciséis grandes casas comerciales que los emitían.
Como algunas emitieron más recibos que monedas guardadas y quebraron, el gobierno de la dinastía Song tomó el control. En 1023 creó una oficina oficial, y en 1024 salieron los primeros billetes emitidos por un Estado. Durante los siglos siguientes, los gobiernos chinos descubrieron también el lado oscuro del invento: imprimir billetes era mucho más fácil que extraer plata, y cuando las guerras apretaban, imprimían de más. Varias veces el papel perdió casi todo su valor. Cuando el veneciano Marco Polo visitó la China de los mongoles, a finales del siglo XIII, se quedó asombrado de que el Gran Kan hiciera dinero con corteza de morera y de que todo el mundo lo aceptara.
Barcelona y los bancos de depósito
En Europa, el camino hacia el papel pasó antes por los bancos. La palabra viene del banco o mesa en la que los cambistas italianos de la Edad Media cambiaban monedas de distintos países en las plazas y ferias. Un cambista que no podía pagar veía cómo le rompían el banco: de ahí, según la explicación tradicional, viene la palabra bancarrota.
El 25 de enero de 1401 se fundó en Barcelona la Taula de Canvi, la mesa de cambio de la ciudad, que suele considerarse el primer banco público de Europa. Los barceloneses podían depositar allí su dinero con la garantía del municipio y pagar a otros mediante apuntes en sus cuentas, sin mover las monedas. Hacia 1433 llevaba unas 1.500 cuentas, las de una de cada cuatro familias de la ciudad. Funcionó, con altibajos, hasta 1865. Siguieron otras en Valencia, Génova y Venecia, y en 1609 el Banco de Ámsterdam, que hizo de esa ciudad el centro financiero de Europa en el siglo XVII.
Estocolmo, 1661: el primer billete europeo
En 1657 abrió en Estocolmo el Stockholms Banco, dirigido por Johan Palmstruch, un comerciante nacido en Riga. Los clientes depositaban sus pesadas placas de cobre y recibían un certificado. En 1661 Palmstruch dio un paso más: empezó a emitir notas de crédito de cantidades redondas, que no llevaban el nombre del dueño y podían pasar libremente de mano en mano. Fueron los primeros billetes de un banco europeo.
Al principio fue un éxito, tanto que el banco empezó a prestar emitiendo más papeles de los que podía respaldar con cobre. En 1663 la gente empezó a desconfiar, corrió a canjear sus billetes y el cobre no alcanzaba para todos. El banco cerró en 1664 y se liquidó en 1667. Palmstruch fue condenado y encarcelado. Pero el invento sobrevivió: en 1668 el Parlamento sueco creó un nuevo banco, hoy llamado Riksbank, que es el banco central más antiguo que sigue en funcionamiento.
Los orfebres de Londres y el Banco de Inglaterra
En el Londres del siglo XVII ocurrió algo parecido. Los comerciantes guardaban su oro en las cámaras acorazadas de los orfebres, los artesanos del oro, que les daban un recibo. Los orfebres notaron dos cosas: que los recibos circulaban como dinero y que casi nunca venían todos los clientes a la vez a recoger su oro. Así que empezaron a prestar parte de ese oro, o a entregar recibos a quienes pedían préstamos. Sin proponérselo, habían inventado la banca moderna.
En 1694 se fundó el Banco de Inglaterra, para prestar dinero al rey Guillermo III, que estaba en guerra con Francia. A cambio, el banco recibió el derecho a emitir billetes. Con el tiempo, sus billetes se convirtieron en los únicos de curso legal en Inglaterra y el banco en el modelo de los bancos centrales que veremos en el capítulo 7.
El papel llega a España
En España, los primeros papeles con función de dinero fueron los vales reales, emitidos desde 1780 por la Hacienda de Carlos III para pagar los gastos de la guerra contra Inglaterra. Eran, en realidad, títulos de deuda que daban intereses, pero se usaban para hacer pagos grandes. En 1782 se fundó el Banco de San Carlos, antepasado del Banco de España, que emitió sus propias cédulas, los primeros billetes de un banco español. Durante el siglo XIX, varios bancos provinciales, como los de Barcelona, Cádiz, Bilbao o Málaga, emitieron también sus billetes, hasta que en 1874 el Banco de España recibió el monopolio.
Capítulo 6Cómo crean dinero los bancos
Si preguntamos por la calle quién fabrica el dinero, casi todo el mundo dirá que el Estado, o el Banco Central Europeo, o la Fábrica de Moneda. Es verdad solo para una parte pequeña. En la zona euro, en febrero de 2026, el dinero en manos del público sumaba unos 17,4 billones de euros (billones españoles, es decir, millones de millones). De eso, los billetes y monedas eran algo menos de 1,6 billones, apenas un 9 %. Todo lo demás son depósitos: apuntes en las cuentas de los bancos. Y la mayor parte de esos apuntes los crean los propios bancos, cada vez que conceden un préstamo.
Lo que cuentan los manuales antiguos
Durante décadas, los libros de texto explicaron la creación de dinero con el multiplicador bancario. La historia va así. María deposita 1.000 euros en el banco A. El banco debe guardar una parte como reserva, digamos el 10 %, y presta los otros 900 a Juan. Juan paga con ellos a una carpintera, que los deposita en el banco B. El banco B guarda 90 y presta 810. Y así sucesivamente: 729, 656, 590… Al final, sumando todos los depósitos, los 1.000 euros iniciales se han convertido en 10.000 euros de depósitos, diez veces más.
Lo que pasa de verdad
En 2014, el Banco de Inglaterra publicó un artículo titulado «La creación de dinero en la economía moderna» que hizo mucho ruido, porque decía con claridad algo que los especialistas sabían: el orden de la historia está al revés. Los bancos no esperan a recibir depósitos para prestarlos. Cuando un banco concede un préstamo, crea un depósito nuevo de la nada, con un simple apunte.
Veámoslo paso a paso con un ejemplo. Lucía pide al banco un préstamo de 20.000 euros para comprarse un coche.
- El banco estudia si Lucía podrá devolverlo: su sueldo, sus deudas, su historial.
- Si lo aprueba, apunta en su contabilidad dos cosas a la vez. En un lado, un activo: Lucía le debe 20.000 euros. En el otro, un pasivo: la cuenta de Lucía tiene 20.000 euros más, que el banco le debe a ella.
- Esos 20.000 euros no estaban antes en ningún sitio. No se los han quitado a otro cliente. Son dinero nuevo, tan válido como cualquier otro para pagar.
- Lucía paga el coche con una transferencia. El dinero pasa a la cuenta del concesionario, quizá en otro banco. Sigue existiendo, solo que ahora en otra cuenta.
- Cada mes, Lucía devuelve una parte del préstamo. Cuando paga, ese dinero desaparece: se borra a la vez su deuda y el saldo con que la paga. Los intereses, en cambio, son el beneficio del banco.
Es decir: los préstamos crean dinero y las devoluciones lo destruyen. Cuando la gente y las empresas piden muchos préstamos, la cantidad de dinero crece; cuando devuelven más de lo que piden, se encoge. El dinero de hoy es, sobre todo, deuda.
- Tienen que encontrar a quién prestar que pueda y quiera devolver. Si prestan a quien no paga, pierden.
- Pagan por el dinero. Cuando Lucía transfiere el dinero a otro banco, su banco tiene que entregar a ese otro banco reservas, que son el dinero de los bancos en su cuenta del banco central. Para conseguirlas paga intereses. Y en la zona euro los bancos deben mantener unas reservas mínimas, del 1 % de ciertos depósitos desde 2012.
- Necesitan capital propio. Las normas internacionales exigen que una parte de lo que prestan esté respaldada por dinero de sus dueños, para que puedan absorber pérdidas sin hundirse.
- El precio del dinero. El banco central sube o baja los tipos de interés, y con ellos el coste de los préstamos. Es el freno principal, y lo veremos en el capítulo siguiente.
Para qué sirve un banco
Además de crear dinero al prestar, un banco hace otras tres cosas importantes. Guarda nuestro dinero con seguridad. Hace funcionar los pagos: transferencias, recibos, tarjetas. Y hace de puente entre quienes tienen ahorros y quienes necesitan financiación, asumiendo el riesgo de que alguien no pague. Gana dinero sobre todo con la diferencia entre lo que cobra por prestar y lo que paga por los depósitos, y con las comisiones. Esa diferencia se llama margen de intereses.
El gran riesgo de la banca es que presta a largo plazo, por ejemplo hipotecas a 25 o 30 años, con dinero que los clientes pueden retirar en cualquier momento. Si muchos préstamos salen mal a la vez, como ocurrió en España con el crédito a la construcción tras 2008, el banco puede tener pérdidas enormes. Por eso los bancos son de las empresas más vigiladas que existen.
Capítulo 7El banco de los bancos
Si los bancos crean dinero al prestar, alguien tiene que vigilar que no se pasen ni se queden cortos. Esa es la tarea de los bancos centrales. No tienen cuentas para particulares: no podemos abrir una cuenta en el Banco de España ni pedirle una hipoteca. Sus clientes son los bancos y el Estado. Por eso se les llama «el banco de los bancos».
Qué hace un banco central
- Emite los billetes. Solo el banco central puede ponerlos en circulación. Los bancos comerciales se los compran, pagando con sus reservas, cuando sus clientes piden efectivo en los cajeros.
- Fija el precio del dinero. Decide a qué tipo de interés presta a los bancos y cuánto les paga por el dinero que dejan depositado en él. Esos tipos marcan el precio de todos los demás préstamos de la economía.
- Es el prestamista de último recurso. Si un banco sano sufre un pánico y se queda sin efectivo, el banco central puede prestarle para que pague a sus clientes, y así cortar el contagio.
- Vigila a los bancos, para que no asuman riesgos excesivos, y hace funcionar los sistemas por los que los bancos se pagan entre sí.
- Guarda las reservas del país, incluidas las de oro.
Su objetivo principal, en casi todos los países ricos, es la estabilidad de precios. El Banco Central Europeo, con sede en Fráncfort, tiene como meta que la inflación de la zona euro ronde el 2 % anual a medio plazo. ¿Por qué no el cero? Porque una inflación ligera deja un margen de seguridad frente a la deflación, la bajada general de precios, que es muy dañina: si todo va a costar menos el mes que viene, la gente aplaza las compras, las empresas venden menos y despiden, y las deudas pesan cada vez más.
Subir y bajar los tipos
El instrumento principal es el tipo de interés. Funciona como el pedal de una bicicleta con cambio de marchas, que hay que ajustar según la cuesta:
- Si los precios suben demasiado, el banco central sube los tipos. A los bancos les cuesta más conseguir dinero y cobran más por las hipotecas y los préstamos.
- Las familias y las empresas piden menos préstamos y ahorran más, porque el ahorro rinde más. Se gasta menos.
- Con menos compras, las empresas tienen más difícil subir los precios, y la inflación se modera. El efecto tarda entre uno y dos años en notarse del todo.
- Si la economía se frena demasiado y la inflación cae por debajo del objetivo, se hace lo contrario: se bajan los tipos para animar el crédito y el gasto.
La gráfica cuenta una historia reciente. Entre 2014 y 2022 el BCE llegó a cobrar a los bancos por guardar su dinero: tipos negativos, algo que antes parecía imposible. En 2022, tras la pandemia y la invasión rusa de Ucrania, la energía y los alimentos se encarecieron y la inflación española llegó al 10,8 % en julio. El BCE subió los tipos diez veces seguidas, desde julio de 2022 hasta septiembre de 2023, cuando el tipo de depósito tocó el 4 %. Al bajar la inflación, empezó a recortarlos en junio de 2024 y los dejó en el 2 % en junio de 2025. En 2026, con la inflación de nuevo por encima del objetivo, volvió a subirlos: al 2,25 % en junio y al 2,5 % en septiembre.
El Banco de España
El Banco de España tiene una larga historia. Su antepasado es el Banco de San Carlos, fundado en 1782 bajo Carlos III. Tras sus problemas financieros, fue sustituido en 1829 por el Banco de San Fernando, que en 1856 tomó el nombre actual. En 1874, un decreto firmado por el ministro de Hacienda José Echegaray le dio el monopolio de emisión de billetes en toda España. Echegaray era ingeniero, matemático y dramaturgo, y en 1904 ganó el premio Nobel de Literatura: probablemente el único Nobel que ha firmado la creación de un banco central.
Fue un banco privado, aunque muy ligado al Estado, hasta su nacionalización en 1962. En 1994 una ley le dio autonomía, es decir, independencia del Gobierno en la política monetaria. Desde 1999 forma parte del Eurosistema, junto al BCE y los demás bancos centrales de la zona euro. Ya no decide él solo los tipos de interés: su gobernador vota en el Consejo de Gobierno del BCE, en Fráncfort. Pero sigue haciendo muchas cosas: pone en circulación los billetes en España, supervisa a los bancos, estudia la economía, gestiona las reservas y atiende las reclamaciones de los clientes bancarios.
Capítulo 8La inflación, explicada con la cesta de la compra
Cualquiera que tenga cierta edad lo ha dicho alguna vez: «con lo que antes llenaba el carro, ahora no me llega ni para la mitad». Esa sensación tiene nombre. La inflación es la subida general y sostenida de los precios. General, porque no se trata de que suba el aceite o la luz, sino de que suban casi todas las cosas a la vez. Y sostenida, porque no es un salto de un día, sino un movimiento que dura meses o años. Visto desde el otro lado, la inflación es la pérdida de valor del dinero: cada euro compra un poco menos.
Cómo se mide: la cesta del INE
En España, la inflación la mide el Instituto Nacional de Estadística (INE) con el Índice de Precios de Consumo, el IPC. La idea es sencilla. Se imagina una gran cesta de la compra con todo lo que gasta una familia media en un año: alimentos, ropa, alquiler, luz, gasolina, transporte, móvil, restaurantes, viajes, medicinas… Cada cosa pesa en la cesta según lo que se gasta en ella; por ejemplo, los alimentos pesan mucho más que los libros. Cada mes, unos encuestadores apuntan precios en tiendas de 177 municipios, y el INE usa además los datos de las cajas registradoras de grandes cadenas. Con todo eso calcula cuánto costaría hoy la misma cesta.
Si la cesta costaba 100 euros hace un año y hoy cuesta 103, la inflación anual es del 3 %. Cuando se oye en las noticias que «el IPC sube un 3 %», significa eso: la misma compra cuesta un 3 % más que doce meses antes. No significa que los precios bajen cuando la inflación «baja» del 5 % al 2 %: solo que suben más despacio.
Por qué suben los precios
Los economistas distinguen varias causas, que a menudo se mezclan:
- Inflación de demanda. La gente quiere comprar más de lo que las empresas pueden producir. Pasó al salir de la pandemia: con los ahorros acumulados durante los confinamientos, todo el mundo quería viajar, salir y renovar cosas a la vez, y las fábricas no daban abasto.
- Inflación de costes. Se encarece algo que usan casi todas las empresas, como la energía, y lo trasladan a los precios. Es lo que ocurrió en 2022, tras la invasión rusa de Ucrania, con el gas, la electricidad y los carburantes.
- Demasiado dinero. Si la cantidad de dinero crece mucho más deprisa que las cosas que se pueden comprar, los precios acaban subiendo. Es la vieja idea de Azpilcueta y la plata de América que vimos en el capítulo 4.
- Expectativas. Si todo el mundo espera que los precios suban un 5 %, los trabajadores piden subidas de sueldo del 5 % y las empresas suben sus precios un 5 % por si acaso. La inflación se alimenta a sí misma. Por eso los bancos centrales se preocupan tanto de que la gente les crea.
Ahora imagina una isla que produce 100 cocos al año, con 100 monedas que circulan una vez al año. Cada coco cuesta una moneda. Si de repente aparecen 200 monedas y sigue habiendo 100 cocos, y la gente gasta igual que antes, cada coco acabará costando dos monedas. Si en cambio la isla produce 200 cocos, las 200 monedas no suben los precios. La lección: lo que causa inflación no es crear dinero, sino crearlo mucho más deprisa que las cosas que se producen. En la vida real, V y Q cambian y la relación no es tan exacta, pero a largo plazo, y sobre todo en los casos extremos, se cumple muy bien.
Quién gana y quién pierde
La inflación no afecta a todos por igual. Pierden los que tienen ahorros en efectivo o en cuentas que no dan intereses: 10.000 euros guardados en un cajón en 2002 compraban en 2025 lo mismo que unos 6.200 euros de 2002. Pierden los que tienen sueldos o alquileres fijos que no se actualizan. Y pierden más las familias con menos ingresos, que gastan casi todo en comida, luz y transporte, justo lo que más subió en 2022.
En cambio, ganan los que deben dinero a un tipo de interés fijo. Quien firmó una hipoteca fija sigue pagando la misma cuota, pero con euros que valen menos y, normalmente, con un sueldo que ha ido subiendo. Por eso se dice que la inflación es un impuesto silencioso sobre el ahorro y un alivio para los deudores, entre ellos el Estado, que es el mayor deudor de todos.
Unas cuentas sencillas ayudan a hacerse una idea. Con una inflación del 2 % anual, los precios se duplican en unos 35 años. Con un 3,5 %, en unos 20. Con un 7 %, en unos 10. En España, la media de 2022 fue del 8,4 %. En agosto de 2026, el IPC subía un 4,3 % respecto a un año antes, sobre todo por el transporte y los carburantes, la cifra más alta desde febrero de 2023.
Capítulo 9Cuando el dinero se derrite: las hiperinflaciones
Una inflación del 3 % al año molesta. Una del 10 % preocupa. Pero hay episodios en los que los precios suben un 50 % en un solo mes, luego un 100 %, luego un 1.000 %, y el dinero deja de servir para casi nada. Los economistas los llaman hiperinflaciones. Según la definición clásica, propuesta en 1956 por el estadounidense Phillip Cagan, hay hiperinflación cuando los precios suben más de un 50 % al mes. A ese ritmo, lo que hoy cuesta 1 euro costaría unos 130 euros dentro de un año.
Alemania, 1923
La hiperinflación más famosa es la de la República de Weimar, en Alemania. Su origen está en la Primera Guerra Mundial. Alemania pagó la guerra sobre todo pidiendo prestado y creando dinero, convencida de que la ganaría y haría pagar a los vencidos. La perdió. En 1914, un dólar costaba 4,2 marcos. Al terminar la guerra, el marco ya valía mucho menos, y el tratado de paz obligó además a Alemania a pagar enormes reparaciones a los vencedores, en oro o en monedas extranjeras.
El Gobierno alemán, débil y agobiado por las deudas, siguió imprimiendo marcos para pagar sus gastos. En enero de 1923, como Alemania se había retrasado en los pagos, tropas francesas y belgas ocuparon el Ruhr, la gran región minera e industrial del país. El Gobierno pidió a los trabajadores una huelga de brazos caídos y siguió pagándoles sus sueldos… con más billetes recién impresos. Fue el golpe final.
Las cifras de aquel año parecen de broma. A mediados de 1922, un dólar costaba unos 320 marcos; en diciembre, 7.400; en noviembre de 1923, 4,2 billones, es decir, 4.200.000.000.000. Más de cien imprentas trabajaban día y noche para el banco central, y aun así no daban abasto: llegó a haber billetes de cien billones de marcos, impresos solo por una cara para ahorrar tiempo. Los sueldos se pagaban dos veces al día, y los trabajadores salían corriendo a gastarlos antes de que los precios volvieran a subir. Se cuentan historias de gente que empapelaba las paredes con billetes porque salía más barato que el papel pintado, de niños que hacían cometas con ellos y de cafés donde el precio subía entre el primer y el segundo cafetito.
Quienes más perdieron fueron las clases medias: los ahorros de toda una vida, los seguros y las pensiones se convirtieron en nada. Ganaron, en cambio, los que debían dinero y los que tenían bienes reales, como tierras, fábricas o divisas extranjeras. El trauma fue tan profundo que muchos historiadores lo consideran una de las causas del ascenso del nazismo pocos años después, y todavía hoy explica la obsesión alemana por la estabilidad de los precios.
- El Estado gasta más de lo que recauda y paga la diferencia imprimiendo dinero.
- Los precios suben. Los impuestos que se cobran hoy valen menos cuando llegan a las arcas públicas, dentro de unas semanas, así que el agujero del Estado crece.
- La gente se da cuenta y se deshace del dinero lo antes posible, comprando cualquier cosa que no pierda valor. El dinero circula cada vez más deprisa, y los precios suben aún más.
- El Estado imprime todavía más para cubrir el agujero mayor. Vuelta al paso 2.
Así acabó la de Alemania. El 16 de noviembre de 1923 se creó una moneda nueva, el rentenmark, que cambiaba un billón de marcos viejos por uno nuevo: se quitaron doce ceros de golpe. Se limitó estrictamente su cantidad y, como por arte de magia, los precios se detuvieron. En 1924, un dólar volvía a costar 4,2 marcos nuevos, como en 1914.
Récords más recientes
Alemania no tiene el récord. El peor caso registrado es el de Hungría, tras la Segunda Guerra Mundial. En julio de 1946, los precios se multiplicaron en un solo mes por unos 400 billones (un 4 seguido de 14 ceros): se duplicaban, de media, cada quince horas. El billete de mayor valor jamás impreso es húngaro: cien trillones de pengő, un 1 seguido de 20 ceros, aunque nunca llegó a circular.
En Zimbabue, en África, la hiperinflación llegó en la primera década de este siglo, tras años de crisis económica y política y de impresión masiva de dinero. En noviembre de 2008, según los cálculos del economista Steve Hanke, la inflación mensual rondaba el 79.600 millones por ciento. En enero de 2009 se emitió un billete de cien billones de dólares zimbabuenses, que hoy se vende a los turistas como recuerdo. El país quitó ceros a su moneda tres veces, 3 en 2006, 10 en 2008 y 12 en 2009, y en abril de 2009 dejó de usar su propia moneda y pasó a usar dólares estadounidenses y rands sudafricanos.
En Venezuela, la caída del precio del petróleo, del que depende casi todo el país, junto con años de déficit pagados con dinero nuevo, desató una hiperinflación a partir de 2017. En tres reconversiones, en 2008, 2018 y 2021, se quitaron en total catorce ceros a la moneda: un bolívar de hoy equivale a cien billones de bolívares de 2007. Millones de venezolanos emigraron, muchos de ellos a España, y en el país se generalizó el uso del dólar en la vida diaria.
Capítulo 10El patrón oro y su final
Durante buena parte de los siglos XIX y XX, los billetes de muchos países eran, en teoría, una promesa: el banco central se comprometía a cambiarlos por una cantidad fija de oro a quien lo pidiera. Ese sistema se llamó patrón oro. Hoy ningún país lo usa, pero sigue teniendo defensores apasionados, y entender por qué se abandonó ayuda a entender el dinero actual.
Cómo funcionaba
El Reino Unido adoptó el patrón oro de forma plena en 1821, tras las guerras napoleónicas. Hacia 1870, Alemania, recién unificada, cambió la plata por el oro, y en pocos años la siguieron casi todas las grandes economías, incluido Estados Unidos. En el apogeo del sistema, entre 1880 y 1914, una libra esterlina equivalía a unos 7,3 gramos de oro y un dólar a unos 1,5 gramos. Como las dos monedas estaban atadas al oro, estaban atadas entre sí: una libra valía siempre unos 4,87 dólares. El comercio y las inversiones entre países eran muy previsibles.
La gran virtud del patrón oro era la disciplina. Un banco central no podía imprimir billetes a su antojo, porque si emitía demasiados, la gente iría a cambiarlos por oro y le vaciaría las cámaras. Su gran defecto era la misma disciplina. La cantidad de dinero dependía de algo tan caprichoso como el descubrimiento de minas de oro, y en una crisis el banco central tenía las manos atadas: no podía bajar los tipos ni prestar con generosidad sin poner en peligro sus reservas.
La Gran Depresión
La Primera Guerra Mundial rompió el sistema: los países en guerra necesitaban imprimir dinero y suspendieron la conversión en oro. En los años veinte muchos intentaron volver, a menudo con tipos de cambio demasiado altos. Cuando llegó el hundimiento de 1929, el patrón oro se convirtió en una trampa. Para defender sus reservas, los bancos centrales subían los tipos de interés justo cuando la economía necesitaba lo contrario. Los precios caían, las deudas pesaban más, los bancos quebraban.
El Reino Unido abandonó el patrón oro el 21 de septiembre de 1931, y los estudios del historiador económico Barry Eichengreen, entre otros, han mostrado un patrón muy claro: los países que se soltaron antes del oro se recuperaron antes de la Depresión. Estados Unidos lo modificó en 1933 y Francia aguantó hasta 1936.
Bretton Woods: el oro a través del dólar
En julio de 1944, cuando la Segunda Guerra Mundial aún no había terminado, representantes de 44 países aliados se reunieron en un hotel de Bretton Woods, en las montañas de New Hampshire, en Estados Unidos, para diseñar el orden económico de la posguerra. Allí nacieron el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, y un sistema monetario nuevo que se conoce por el nombre del lugar.
En el sistema de Bretton Woods, cada moneda tenía un cambio fijo con el dólar, y solo el dólar estaba ligado al oro: Estados Unidos se comprometía a cambiar a los bancos centrales extranjeros cada 35 dólares por una onza de oro, algo más de 31 gramos. Era razonable, porque Estados Unidos había salido de la guerra con la economía más fuerte del mundo y con la mayor parte del oro de los bancos centrales en sus cámaras. España entró en el sistema a finales de los años cincuenta: el Plan de Estabilización de 1959 fijó el cambio en 60 pesetas por dólar.
El 15 de agosto de 1971
El sistema tenía una grieta de fábrica. Para que el mundo tuviera dólares con los que comerciar, Estados Unidos tenía que gastar fuera más de lo que ingresaba. Pero cuantos más dólares había repartidos por el mundo, menos creíble era que hubiera oro para todos. En los años sesenta, con el gasto de la guerra de Vietnam y de los programas sociales, los dólares en manos extranjeras superaron con mucho al oro estadounidense. Varios países, con Francia a la cabeza, empezaron a cambiar sus dólares por oro.
El domingo 15 de agosto de 1971, tras un fin de semana de reuniones secretas en la residencia de Camp David, el presidente Richard Nixon anunció por televisión que Estados Unidos dejaba de cambiar dólares por oro. Lo presentó como una medida «temporal», junto con una congelación de sueldos y precios durante 90 días y un recargo del 10 % a las importaciones. Nunca se revirtió. Tras un intento de arreglo, en 1973 las grandes monedas pasaron a flotar: su precio lo fija, desde entonces, la oferta y la demanda en los mercados de divisas.
Capítulo 11De la peseta al euro
Durante 133 años, los españoles contaron en pesetas. Pagaron con duros, con perras gordas y con «billetes verdes» de mil, hablaron de «estar sin un duro» y de «no valer un real». Luego, en enero de 2002, en unas pocas semanas, cambiaron de dinero sin cambiar de país. Es una historia que casi todos los adultos de hoy vivieron en primera persona.
La peseta, 1868-2002
La peseta nació con un decreto del 19 de octubre de 1868, pocas semanas después de la revolución que derrocó a Isabel II. Su impulsor fue el ministro de Hacienda Laureano Figuerola, que quería una moneda moderna, decimal, dividida en cien céntimos y compatible con el franco francés, como las de la Unión Monetaria Latina. Una peseta equivalía a cuatro de los antiguos reales. El nombre ya se usaba en la calle: viene del catalán peceta, «piececita», un apodo popular de una moneda pequeña de plata.
En 1870 salieron las monedas de cobre de 10 y 5 céntimos. Llevaban un león tan mal dibujado que la gente decía que parecía un perro, y las bautizó como perra gorda y perra chica. Los nombres sobrevivieron a las monedas durante un siglo. A la de cinco pesetas se la llamó duro, heredando el nombre del peso duro, el real de a ocho del capítulo 4.
La peseta acompañó a España en todo: la crisis de 1898, la guerra civil, en la que cada bando tuvo sus propios billetes, la posguerra, el Plan de Estabilización de 1959 y el crecimiento de los años sesenta. Tuvo varias devaluaciones, es decir, rebajas oficiales de su valor frente a otras monedas. En 1989 entró en el Sistema Monetario Europeo, el antecedente del euro.
El euro llega a los bolsillos
El euro nació el 1 de enero de 1999 en once países, entre ellos España, pero solo como moneda «de cuenta»: se usaba en las transferencias, en los mercados y en los precios que aparecían en letra pequeña en los tiques. Ese día quedó fijado para siempre el cambio: 1 euro = 166,386 pesetas. Los billetes y monedas llegaron el 1 de enero de 2002 a doce países. En España, pesetas y euros convivieron dos meses, y el 28 de febrero de 2002 la peseta dejó de ser de curso legal.
El cambio fue una proeza logística. Para el estreno, España se preparó con unos 1.900 millones de billetes y 7.800 millones de monedas, que hubo que repartir con escolta por bancos, cajeros y comercios. A muchos les costó acostumbrarse: durante años se siguió pensando en pesetas, y cada precio se traducía de cabeza. También quedó una sensación muy extendida de que el euro trajo una subida de precios. Las estadísticas dicen que el efecto sobre el IPC general fue pequeño, unas décimas, pero sí hubo redondeos al alza visibles en cosas que se compran a menudo, como el café o el menú del día, y eso marcó la percepción de la gente.
Hoy el euro es la moneda de 21 países, tras la entrada de Bulgaria el 1 de enero de 2026, y de unos 350 millones de personas. Las monedas tienen una cara común y otra nacional. Las españolas llevan la catedral de Santiago de Compostela en las de 1, 2 y 5 céntimos, a Miguel de Cervantes en las de 10, 20 y 50, y la efigie del rey en las de 1 y 2 euros.
Cómo se protege un billete
Un billete es un objeto de alta tecnología. Los billetes de euro no son de papel de madera, sino de algodón, lo que les da su tacto crujiente y los hace más resistentes. La serie actual, llamada Europa porque lleva el retrato de la princesa Europa de la mitología griega, se fue estrenando entre 2013 y 2019. El Banco Central Europeo resume su comprobación en tres verbos: toca, mira y gira.
Las falsificaciones existen, pero son raras. En 2025 se retiraron de la circulación unos 444.000 billetes de euro falsos, unos 14 por cada millón de billetes auténticos. Los más falsificados fueron los de 20 y 50 euros, que juntos sumaron alrededor del 80 %. Si recibes un billete sospechoso, no hay que devolverlo a la circulación: se entrega en un banco o en la policía, y si resulta auténtico, se recupera su valor.
La Fábrica Nacional de Moneda y Timbre
En España, las monedas y parte de los billetes se fabrican en Madrid. La Fábrica Nacional de Moneda y Timbre (FNMT) nació en 1893 de la unión de la Casa de la Moneda y la Fábrica del Sello, y desde 1961 ocupa un gran edificio en la calle Jorge Juan. Además de monedas, fabrica sellos de correos, el papel de los DNI y pasaportes, y los certificados digitales con los que millones de personas hacen trámites por internet. Los billetes de euro los imprime, desde 2015, una empresa del Banco de España con participación de la FNMT, que produce una parte de los billetes de toda la zona euro. Los billetes impresos en España se reconocen porque su número de serie empieza por la letra V.
Capítulo 12Tarjetas, Bizum y criptomonedas
Hace cincuenta años, casi todo se pagaba en efectivo y los sueldos se cobraban en un sobre. Hoy se paga acercando el móvil a un datáfono, y un amigo nos devuelve lo de la cena en cinco segundos con Bizum. El dinero ha perdido casi toda su forma física, pero, como veremos, la idea de fondo sigue siendo la de las tablillas de Mesopotamia: apuntes en un registro en el que todos confían.
El plástico
La primera tarjeta de pago de uso general fue la de Diners Club, lanzada en Nueva York el 8 de febrero de 1950. Según una historia muy repetida, a su fundador, Frank McNamara, se le ocurrió la idea cuando se olvidó la cartera en un restaurante; años después, uno de los primeros directivos de la empresa aseguró que la anécdota era un invento publicitario. Al principio era una tarjeta de cartón que servía en unos pocos restaurantes, y a finales de 1950 tenía unos 20.000 socios. En 1958 el Bank of America lanzó la BankAmericard, que con el tiempo se convertiría en Visa.
Conviene distinguir dos tipos de tarjeta. Con la tarjeta de débito, el dinero sale directamente de nuestra cuenta: no se puede gastar lo que no se tiene. Con la tarjeta de crédito, el banco nos adelanta el dinero y se lo devolvemos después, a fin de mes o a plazos. El pago a fin de mes suele ser gratis; los plazos, sobre todo en la modalidad llamada revolving, pueden salir carísimos, como veremos en el último capítulo.
¿Qué pasa en el segundo y medio que dura un pago con tarjeta? El datáfono envía los datos cifrados al banco de la tienda, este los reenvía por la red de la marca de la tarjeta al banco del cliente, que comprueba el saldo, el límite y posibles señales de fraude, y devuelve un «sí» o un «no». El dinero no se mueve en ese momento: solo se apunta. Los bancos liquidan entre ellos, más tarde, la suma de miles de pagos.
Bizum, un invento español
Bizum nació en 2016 de la unión de la mayoría de los bancos españoles, que querían ofrecer pagos instantáneos entre particulares usando solo el número de teléfono. Su éxito ha sido espectacular. En 2025 tenía unos 30,6 millones de usuarios y registró unos 1.237 millones de operaciones por valor de unos 67.700 millones de euros: más de tres millones de operaciones al día de media. Su récord diario llegó el viernes negro, el 28 de noviembre de 2025, con 5,3 millones de operaciones.
Aun así, el efectivo resiste. Según una encuesta del Banco de España de 2025, el 57 % de los españoles decía usar sobre todo efectivo para sus compras en tiendas físicas, frente a un 27 % que prefería la tarjeta. El efectivo es privado, no necesita batería ni cobertura y ayuda a controlar el gasto. Por eso los bancos centrales defienden que siga existiendo y que se pueda pagar con él.
Qué es una criptomoneda
En octubre de 2008, en plena crisis financiera, alguien que firmaba como Satoshi Nakamoto publicó en internet un documento de nueve páginas que describía un «sistema de dinero electrónico entre iguales». Lo llamó bitcoin. El 3 de enero de 2009 se creó el primer bloque. Todavía hoy nadie sabe con certeza quién es Nakamoto, ni si era una persona o un grupo.
La novedad del bitcoin es que no hay banco, ni banco central, ni empresa detrás. El registro de quién tiene cuánto no lo lleva nadie en concreto, sino miles de ordenadores repartidos por el mundo que guardan todos una copia idéntica. Ese registro es la cadena de bloques o blockchain.
¿Quién añade los bloques nuevos? En bitcoin, los mineros: ordenadores que compiten por resolver un acertijo matemático que solo se puede resolver probando miles de billones de combinaciones. El primero que lo consigue añade el bloque y recibe bitcoines nuevos como premio. Ese esfuerzo hace carísimo falsificar la cadena, pero también consume enormes cantidades de electricidad, comparable a la de algunos países. El sistema está diseñado para que nunca existan más de 21 millones de bitcoines.
Sin euforia y sin miedo
¿Es el bitcoin dinero? Según los tres trabajos del capítulo 1, cumple mal. Casi nadie fija sus precios en bitcoines, así que no es unidad de cuenta. Se usa poco para pagar cosas corrientes. Y como depósito de valor es muy inestable: su precio ha caído más de un 70 % varias veces, por ejemplo entre finales de 2021 y finales de 2022, y también ha subido de forma espectacular. Se parece más a un activo especulativo, como el oro o una acción muy arriesgada, que a una moneda. El Salvador lo declaró moneda de curso legal en 2021, pero en 2025 dejó de obligar a aceptarlo.
Hay miles de criptomonedas más. Algunas, las monedas estables, intentan mantener su valor atado al dólar o al euro con reservas. Muchas otras son proyectos sin valor o directamente estafas. Desde finales de 2024, un reglamento europeo, conocido por sus siglas en inglés MiCA, exige autorización a las empresas que ofrecen criptoactivos en la Unión Europea. Pero los reguladores españoles, el Banco de España y la CNMV, advierten de que son productos complejos, muy volátiles y en los que se puede perder todo el dinero invertido.
Mientras tanto, el Banco Central Europeo prepara el euro digital: efectivo en forma electrónica, emitido por el propio banco central, que se podría usar desde el móvil en toda la zona euro. No sería una criptomoneda, sino euros de siempre con otro formato. Si se aprueba la ley necesaria, está previsto un periodo de pruebas a partir de la segunda mitad de 2027 y una posible emisión hacia 2029.
Capítulo 13Intereses, deudas, estafas y resumen
Hemos recorrido cinco mil años de dinero. Queda la parte que nos toca más de cerca: qué pasa con el dinero de cada uno cuando se ahorra, cuando se pide prestado y cuando alguien intenta quitárnoslo. Este capítulo no da consejos de inversión; solo intenta explicar las reglas del juego para que cada cual pueda pensar por sí mismo.
El interés, el precio del tiempo
El interés es lo que se paga por usar dinero ajeno durante un tiempo. Quien presta renuncia a usar su dinero ahora, corre el riesgo de no recuperarlo y pierde con la inflación; el interés le compensa por las tres cosas. Ya lo vimos en las leyes de Hammurabi, y la Iglesia medieval llegó a condenar el cobro de intereses como usura. Hoy es el motor de todo el sistema: el interés es lo que ganan los ahorradores y lo que pagan quienes piden prestado.
Hay dos formas de calcularlo. Con el interés simple, solo produce intereses el dinero inicial. Con el interés compuesto, los intereses se suman al capital y producen a su vez nuevos intereses: son intereses de los intereses. La diferencia parece pequeña al principio, pero con el tiempo se vuelve enorme.
Un ejemplo. Guardamos 1.000 euros al 5 % anual durante 30 años sin tocarlos. Con interés simple, ganamos 50 euros cada año: al final tenemos 1.000 + 30 × 50 = 2.500 euros. Con interés compuesto, el primer año ganamos 50 euros, el segundo 52,50, porque el 5 % se calcula sobre 1.050, el tercero 55,13… Al final tenemos unos 4.322 euros, más del triple de lo inicial y casi 1.800 euros más que con el interés simple.
Cuando el interés juega en contra
El interés compuesto funciona igual de bien a favor del que presta. Las deudas caras crecen solas. El caso más conocido en España es el de las tarjetas revolving, en las que cada mes se paga una cuota fija y pequeña y el resto de la deuda sigue generando intereses, a menudo por encima del 20 % anual. Imagina una deuda de 3.000 euros al 24 % anual, pagando 60 euros al mes. Casi 54 euros de la primera cuota se van en intereses y solo 6 en reducir la deuda. Se tarda unos once años en saldarla, y en total se pagan unos 7.850 euros.
En 2020, el Tribunal Supremo declaró usurario un crédito revolving con un interés del 26,82 % anual, aplicando una ley de 1908, la Ley de Represión de la Usura, conocida como Ley Azcárate. Desde entonces, miles de clientes han recuperado dinero en los tribunales. Para comparar préstamos, conviene fijarse en la TAE, la tasa anual equivalente, que incluye intereses y comisiones y permite comparar ofertas distintas con la misma regla.
Cómo reconocer una estafa
Los esquemas Ponzi y piramidales se repiten una y otra vez. En España, el caso más grave fue el de Fórum Filatélico y Afinsa, dos empresas que prometían rentabilidades seguras invirtiendo en sellos, y que fueron intervenidas el 9 de mayo de 2006. Afectaron a casi medio millón de personas, con unos 3.700 millones de euros en juego. Hoy las estafas llegan sobre todo por el móvil: mensajes que se hacen pasar por el banco para pedir claves, falsos hijos que escriben desde «un número nuevo» pidiendo dinero urgente, anuncios con caras famosas falsificadas que prometen hacerse rico con criptomonedas.
Casi todas comparten unas pocas señales:
- Rentabilidad alta y «segura». En finanzas, más rendimiento significa siempre más riesgo. Nadie regala un 20 % sin riesgo cuando los depósitos pagan un 2 %.
- Prisa. «Solo hoy», «últimas plazas», «si no pagas ahora pierdes la cuenta». La prisa sirve para que no pensemos ni preguntemos.
- Secreto. «No se lo digas a tu banco», «no lo comentes con tu familia».
- Claves y códigos. Ningún banco pide por teléfono, mensaje o correo las contraseñas ni los códigos que llegan por SMS.
- Nadie autorizado. Las empresas que ofrecen inversiones en España deben estar registradas en la CNMV o en el Banco de España, y se puede comprobar en sus páginas oficiales.
Ahorrar un poco de forma regular, entender qué se firma, desconfiar de lo que parece demasiado bueno y evitar las deudas caras no son consejos de inversión, sino las lecciones que se repiten en toda la historia de este libro.
Resumen
- h. 3000 a.C.
- Tablillas de Mesopotamia con cuentas en cebada y plata.
- h. 1753 a.C.
- Las leyes de Hammurabi regulan los intereses.
- h. 630 a.C.
- Primeras monedas, en Lidia; hacia el 550, Creso separa oro y plata.
- 1024
- Primeros billetes oficiales, en la China de los Song.
- 1401
- Se funda la Taula de Canvi de Barcelona.
- 1497
- Pragmática de Medina del Campo: nace el real de a ocho.
- 1545
- Descubrimiento del Cerro Rico de Potosí.
- 1661
- Primeros billetes de un banco europeo, en Estocolmo.
- 1782
- Banco de San Carlos, antepasado del Banco de España.
- 1868
- Nace la peseta.
- 1923
- Hiperinflación en Alemania.
- 1944
- Conferencia de Bretton Woods.
- 1971
- 15 de agosto: fin de la convertibilidad del dólar en oro.
- 2002
- Billetes y monedas de euro; la peseta deja de ser de curso legal el 28 de febrero.
- 2009
- Primer bloque de bitcoin.
- 2016
- Nace Bizum.
Resumen en seis frases
- El dinero es cualquier cosa que la gente acepta como pago, y cumple tres trabajos: medio de cambio, unidad de cuenta y depósito de valor.
- Nació más como registro de deudas que como sustituto del trueque, y ha sido cebada, conchas, piedras, cigarrillos, metal, papel y apuntes electrónicos.
- El real de a ocho, hecho con plata americana, fue la primera moneda mundial y el modelo del dólar.
- La mayor parte del dinero actual la crean los bancos al prestar, y los bancos centrales la regulan con los tipos de interés.
- Cuando el dinero crece mucho más deprisa que lo que se produce, llega la inflación, y si se pierde la confianza, la hiperinflación.
- Desde 1971 el dinero ya no está atado al oro: vale por la confianza, y el interés compuesto, la inflación y las estafas afectan directamente a cada uno de nosotros.
Para pensar: si mañana todo el mundo dejara de creer en el euro, los billetes seguirían siendo los mismos trozos de algodón. ¿Qué es entonces lo que llevamos en la cartera: un objeto, una promesa o un acuerdo entre millones de desconocidos?