Hispania romana
Seis siglos de Roma en la península ibérica (218 a. C.–409 d. C.)
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Capítulo 1Una península de muchos pueblos
Imagina que viajas a la península ibérica en el año 300 antes de Cristo. No encontrarías un país, ni una lengua común, ni un rey. Encontrarías decenas de pueblos distintos, cada uno con sus costumbres, sus dioses y su forma de vestir. En la costa del Mediterráneo verías ciudades amuralladas con casas de piedra, templos y mercados donde se oía hablar griego y fenicio. En el interior, poblados en lo alto de los cerros, rebaños de ovejas y guerreros de pelo largo. Y en el noroeste, aldeas de casas redondas con techo de paja que parecían salidas de otro mundo.
Este libro cuenta cómo toda esa variedad acabó formando parte de un solo imperio, el romano, durante más de seis siglos: desde que llegaron los primeros soldados de Roma, en el año 218 antes de Cristo, hasta que otros pueblos cruzaron los Pirineos en el 409 después de Cristo. De esa larga convivencia salieron la lengua que hablamos, muchas de nuestras ciudades, carreteras que todavía usamos y hasta la costumbre de empezar el año el 1 de enero. Pero, para entender lo que Roma encontró, hay que empezar por los que ya estaban aquí.
Íberos: los pueblos de la costa
Los griegos llamaron Iberia a esta tierra, probablemente por un río, quizá el Ebro (en latín, Iberus). Y llamaron íberos a los pueblos que vivían a lo largo de la costa mediterránea y en el sur, desde el sur de la actual Francia hasta Andalucía. No eran un solo pueblo, sino muchos: indigetes y layetanos en Cataluña, edetanos en Valencia, contestanos en Alicante, bastetanos en Granada y Almería, oretanos en Jaén y Ciudad Real, y turdetanos en el valle del Guadalquivir, entre otros.
Los íberos vivían en ciudades y poblados fortificados llamados oppida (en singular, oppidum), cultivaban cereales, vid y olivo, trabajaban muy bien el hierro y la cerámica y comerciaban con griegos y fenicios. Tenían su propia escritura, que aprendieron a partir del alfabeto de sus vecinos del Mediterráneo. Aquí viene un misterio que todavía no se ha resuelto: gracias al arqueólogo español Manuel Gómez-Moreno, que descifró su sistema de signos en los años veinte del siglo pasado, hoy sabemos leer los textos íberos en voz alta... pero no sabemos qué significan. Es como si pudiéramos pronunciar un texto en finlandés sin conocer una sola palabra de finlandés.
Su arte más famoso son las esculturas de piedra de damas con grandes joyas y tocados. La Dama de Elche apareció por casualidad en 1897, cuando un joven jornalero cavaba en la finca de La Alcudia, en Elche. Pocos días después la compró un arqueólogo francés y se la llevó al Museo del Louvre, en París. Volvió a España en 1941, gracias a un intercambio de obras de arte con Francia, y hoy está en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, junto a la Dama de Baza, hallada en 1971 en Granada. La Dama de Baza es una urna funeraria: tiene un hueco en el costado donde se guardaron las cenizas de un difunto. Seguramente la de Elche también lo fue.
Celtas: los pueblos del interior y del oeste
En la Meseta, en el oeste y en el norte vivían pueblos que hablaban lenguas de la gran familia indoeuropea, la misma a la que pertenecen el latín, el griego y casi todas las lenguas de Europa. Solemos llamarlos celtas, aunque eran muy variados: lusitanos entre el Tajo y el Duero, vetones en Ávila y Salamanca, vacceos en las tierras de cereal de Valladolid y Palencia, carpetanos en Madrid y Toledo, galaicos en Galicia, astures, cántabros y muchos más.
Eran sobre todo pastores y agricultores. Vivían en poblados en alto, protegidos por murallas y fosos, que en el noroeste se llaman castros. Los vetones dejaron unas esculturas de piedra muy curiosas, los verracos: toros y cerdos toscos, del tamaño de un animal real, que quizá marcaban pastos o protegían al ganado y a los muertos. Los más famosos son los Toros de Guisando, en Ávila: cuatro toros de granito en fila, junto a los que, según la tradición, se firmó en 1468 el pacto que convirtió a Isabel la Católica en heredera de Castilla.
Donde los mundos íbero y celta se tocaban, en las sierras del Sistema Ibérico (Soria, Guadalajara, Teruel, Zaragoza y Cuenca), vivían los celtíberos. Hablaban una lengua celta, pero la escribían con los signos de los íberos, y fueron los enemigos más duros de Roma. Sus ciudades principales fueron Numancia, Segeda, Termes y Contrebia. En Botorrita (Zaragoza), la antigua Contrebia Belaisca, se encontraron desde 1970 varias placas de bronce escritas en celtíbero: están entre los textos más largos que se conservan en una lengua celta antigua.
En el Pirineo occidental vivían los vascones, cuya lengua no era ni íbera ni celta, y de ellos procede probablemente el euskera, la única lengua anterior a Roma que ha sobrevivido en la península hasta hoy.
Tartessos, el reino de la plata
Mucho antes de la llegada de Roma, entre los siglos IX y VI antes de Cristo, floreció en el suroeste, en las tierras de Huelva, Sevilla y Cádiz, una cultura riquísima que los griegos llamaron Tartessos. Su riqueza venía de las minas de plata y cobre de Huelva, como las de Riotinto, y del comercio con los fenicios, que llegaban en barco para comprar metales.
Los griegos contaban maravillas de Tartessos. El historiador Heródoto, en el siglo V antes de Cristo, escribió que su rey, Argantonio, reinó ochenta años y vivió ciento veinte, y que recibió con los brazos abiertos a unos marinos griegos de Focea, a los que incluso dio dinero para amurallar su ciudad. Seguramente es una exageración: quizá «Argantonio», que parece significar algo así como «el hombre de la plata», era un título que llevaron varios reyes seguidos. Otros autores situaron en Tartessos el jardín de las Hespérides o el reino del gigante Gerión. Y algunos, con mucha imaginación, han querido ver en ella la Atlántida de Platón. No hay ninguna prueba de eso.
Lo que sí hay son tesoros. En 1958, unos obreros que trabajaban en el cerro del Carambolo, en Camas (Sevilla), encontraron un conjunto de 21 piezas de oro: collares, brazaletes y placas que suman casi tres kilos. Y en Extremadura, donde la cultura tartésica se extendió hacia el interior, se excavan desde hace años unos edificios asombrosos. En el de Casas del Turuñuelo, en Guareña (Badajoz), aparecieron decenas de animales sacrificados, sobre todo caballos, y en 2023, los primeros rostros humanos esculpidos de la cultura tartésica: relieves de piedra del siglo V antes de Cristo. Antes de ese hallazgo, ni siquiera sabíamos cómo se representaban a sí mismos.
Hacia el siglo VI antes de Cristo, Tartessos se apagó. No sabemos bien por qué: quizá cayó el comercio de metales, quizá cambió el poder en el Mediterráneo. Su territorio siguió habitado por los turdetanos, y el valle del Guadalquivir continuó siendo la región más rica de la península. Por eso atrajo a comerciantes de todo el Mediterráneo, y más tarde, a conquistadores.
Capítulo 2Fenicios, griegos y cartagineses
Los primeros extranjeros que dejaron huella en la península no llegaron con espadas, sino con barcos cargados de mercancías. Venían del otro extremo del Mediterráneo, a más de 3.500 kilómetros, y buscaban una cosa por encima de todas: metales, sobre todo plata. La península ibérica era entonces algo así como el Lejano Oeste del mundo antiguo: una tierra lejana, rica y un poco misteriosa, al borde del mundo conocido.
Los fenicios y la ciudad más antigua de Occidente
Los fenicios vivían en la costa del actual Líbano, en ciudades como Tiro y Sidón. Eran los mejores navegantes de su tiempo. Según la tradición antigua, fundaron Gadir, la actual Cádiz, hacia el año 1100 antes de Cristo, lo que la convertiría en la ciudad más antigua de Europa occidental. La arqueología rebaja esa fecha: los restos más antiguos encontrados en Cádiz son del siglo IX antes de Cristo. Aun así, se trata de una ciudad con cerca de tres mil años de historia.
Gadir estaba en un pequeño archipiélago frente a la desembocadura del Guadalete, un lugar fácil de defender y con buenos puertos. Allí levantaron un gran templo a su dios Melqart, protector de los navegantes, al que los griegos y los romanos identificaron después con Hércules. El templo se hizo famoso en todo el Mediterráneo: según los autores antiguos, en él no había imágenes del dios, ardía un fuego que nunca se apagaba y a él peregrinaban marinos, generales y viajeros de todas partes.
A lo largo de la costa de Málaga, Granada y Almería, los fenicios fundaron otras factorías (puestos de comercio): Malaka (Málaga), Sexi (Almuñécar) y Abdera (Adra). Cambiaban vino, aceite perfumado, telas teñidas de púrpura, joyas y cerámica por la plata y el cobre de Tartessos. Y con ellos llegaron novedades que cambiaron la vida de los pueblos de la península: la escritura alfabética, el torno de alfarero, nuevas técnicas para trabajar el hierro y la costumbre de salar el pescado, que daría fama a estas costas durante siglos.
Los griegos: Ampurias, «el mercado»
Los griegos llegaron algo más tarde. Los primeros fueron marinos de Focea, una ciudad griega de la costa de la actual Turquía, los mismos que, según Heródoto, trataron con el rey Argantonio. Hacia el año 600 antes de Cristo, los foceos fundaron Massalia (Marsella), y desde allí, hacia el 575 antes de Cristo, Emporion, la actual Ampurias, en la costa de Girona. Su nombre significa simplemente «el mercado». También fundaron cerca Rhode, la actual Roses.
Emporion empezó en un islote, hoy unido a tierra, y luego creció en la costa, al lado de un poblado indígena. Griegos e íberos vivían puerta con puerta, comerciaban y se casaban entre ellos, aunque cada comunidad mantenía sus leyes. Fue en Emporion donde se acuñaron algunas de las primeras monedas de la península, y en su puerto desembarcaría siglos después el primer ejército romano. Los griegos trajeron también sus mitos: en el estrecho de Gibraltar situaron las Columnas de Hércules, el límite del mundo, y en el extremo occidental, el reino del gigante Gerión, a quien Hércules robó sus bueyes en uno de sus doce trabajos.
Cartago, la hija que superó a su madre
De todas las colonias fenicias, la más poderosa fue Cartago, en la costa de Túnez, fundada según la tradición en el 814 antes de Cristo. Con el tiempo, Cartago se hizo más fuerte que su propia metrópoli, Tiro, y se convirtió en la gran potencia del Mediterráneo occidental. Hacia el siglo VI antes de Cristo tomó bajo su protección a las viejas ciudades fenicias de la península, como Gadir y Ebusus. A los fenicios del Mediterráneo occidental los llamamos púnicos, que es la palabra que usaban los romanos para referirse a los cartagineses.
Durante siglos, Cartago y Roma no fueron enemigas: firmaron tratados para repartirse las zonas de comercio. Pero en el 264 antes de Cristo chocaron por el control de Sicilia y estalló la Primera Guerra Púnica, que duró veintitrés años. Cartago la perdió en el 241 antes de Cristo, tuvo que abandonar Sicilia y pagar a Roma una enorme indemnización. Estaba arruinada y humillada. Necesitaba dinero, soldados y una nueva base. Y miró a Hispania.
La familia Barca
En el 237 antes de Cristo, el general cartaginés Amílcar Barca desembarcó en Gadir con un ejército. Su apellido, Barca, parece significar «rayo». Con él venía su hijo, un niño de nueve años llamado Aníbal. Muchos años después, el propio Aníbal contó que, antes de partir, su padre le hizo jurar ante un altar que nunca sería amigo de los romanos. La historia la recogió el historiador griego Polibio, y se hizo famosa como el «juramento de Aníbal».
En nueve años, Amílcar conquistó el valle del Guadalquivir y las minas de plata de Sierra Morena, combinando la guerra con los pactos. Murió hacia el 229 antes de Cristo ahogado en un río, mientras huía durante el asedio de una ciudad íbera. Se cuenta que los defensores lanzaron contra su ejército carros llenos de leña ardiendo tirados por bueyes, que sembraron el pánico, aunque no sabemos si ocurrió así.
Le sucedió su yerno, Asdrúbal, apodado el Bello, que prefirió la diplomacia: se casó con una princesa íbera y se ganó a muchos jefes locales. Hacia el 227 antes de Cristo fundó la ciudad que sería la capital cartaginesa en la península, Qart Hadasht, «ciudad nueva», el mismo nombre que Cartago. Los romanos la llamaron Carthago Nova, y hoy es Cartagena. Estaba en una península rodeada por el mar y una laguna, con cinco colinas, uno de los mejores puertos del Mediterráneo y minas de plata muy cerca.
Roma empezó a preocuparse. En el 226 antes de Cristo, Asdrúbal y los romanos firmaron el Tratado del Ebro: los cartagineses se comprometían a no cruzar ese río con sus ejércitos. Todo lo que quedaba al sur quedaba, en la práctica, para Cartago. En el 221 antes de Cristo, Asdrúbal fue asesinado. El ejército eligió como jefe al hijo de Amílcar, que tenía entonces unos veintiséis años. Era Aníbal, y estaba a punto de cambiar la historia.
Capítulo 3Sagunto, Aníbal y los Escipiones
La guerra más famosa de la Antigüedad empezó en Hispania, en una ciudad íbera sobre un cerro junto al Mediterráneo: Arse, a la que los romanos llamaron Saguntum, la actual Sagunto, en Valencia. Era una ciudad rica, con un buen puerto, y tenía un problema: estaba al sur del Ebro, en la zona que el tratado del 226 antes de Cristo dejaba a Cartago, pero era aliada de Roma.
El asedio de Sagunto (219 a. C.)
En la primavera del 219 antes de Cristo, Aníbal puso sitio a Sagunto. Los saguntinos pidieron ayuda a Roma, pero Roma envió embajadores en lugar de soldados. La ciudad resistió ocho meses. Según el historiador romano Tito Livio, el propio Aníbal fue herido en un muslo por una jabalina cerca de las murallas. Los defensores usaban un arma terrible, la falárica: una lanza con un largo hierro envuelto en estopa empapada en pez (una resina pegajosa) a la que prendían fuego antes de lanzarla.
Cuando por fin cayó la ciudad, a finales del 219, Livio cuenta que muchos saguntinos prefirieron morir antes que rendirse: amontonaron sus riquezas en una hoguera en la plaza y algunos se arrojaron a ella. Es un relato escrito por un romano doscientos años después, con el objetivo de presentar a Sagunto como una víctima heroica, así que conviene leerlo con cautela. Lo seguro es que el botín fue enorme y que Aníbal lo usó para pagar a su ejército.
En Roma, la caída de Sagunto se vivió como una ofensa. El Senado envió una embajada a Cartago. Se cuenta que el jefe de los embajadores, Quinto Fabio, recogió un pliegue de su toga y dijo a los cartagineses que allí llevaba la paz y la guerra, y que eligieran. «Da la que quieras», respondieron. Fabio soltó el pliegue: «Os doy la guerra». Así comenzó, en el 218 antes de Cristo, la Segunda Guerra Púnica.
Aníbal cruza los Pirineos y los Alpes
Aníbal tuvo una idea audaz: en lugar de esperar a los romanos en Hispania, llevaría la guerra a Italia por tierra. En la primavera del 218 antes de Cristo salió de Cartagena. Según Polibio, llevaba 90.000 soldados de infantería, 12.000 jinetes y 37 elefantes. Muchos de sus soldados eran íberos y celtíberos, y también famosos honderos de las islas Baleares. Cruzó el Ebro, luchó contra los pueblos del noreste, atravesó los Pirineos y el sur de la Galia y, en otoño, cruzó los Alpes con nieve.
La travesía fue terrible. Por el camino dejó guarniciones, licenció a los soldados menos fiables y perdió a miles de hombres por el frío, el hambre y los ataques de los montañeses. Cuando bajó a la llanura del Po, en el norte de Italia, le quedaban, según el propio Polibio, unos 20.000 infantes y 6.000 jinetes. Aun así, venció a los romanos una y otra vez: en Trebia, en el lago Trasimeno y, sobre todo, en Cannas (216 a. C.), una de las peores derrotas de la historia de Roma.
Los Escipiones en Hispania
Roma respondió con una jugada igual de audaz: atacar la base de Aníbal. En el 218 antes de Cristo, el general Cneo Cornelio Escipión desembarcó con un ejército en Emporion (Ampurias). Fue la primera vez que soldados romanos pisaban la península. Ese mismo año venció a los cartagineses cerca de Tarraco, en la batalla de Cissa, y convirtió la ciudad en su cuartel general. Tarraco, la actual Tarragona, sería desde entonces la gran base de Roma en Hispania. Pronto se le unió su hermano Publio, y durante siete años los dos hermanos lucharon contra los cartagineses, que tenían en Hispania a los hermanos de Aníbal, Asdrúbal y Magón.
En el 211 antes de Cristo todo salió mal. Los Escipiones dividieron sus fuerzas, sus aliados celtíberos los abandonaron y los dos hermanos murieron en combate, con pocas semanas de diferencia, en el alto Guadalquivir. Roma estuvo a punto de perder Hispania.
Escipión el Africano
Entonces ocurrió algo insólito. En el 210 antes de Cristo, Roma envió a Hispania al hijo de Publio, que también se llamaba Publio Cornelio Escipión. Tenía unos veinticinco años y nunca había mandado un ejército. Nadie más quería el puesto.
El joven Escipión dio un golpe que nadie esperaba. En el 209 antes de Cristo, marchó en secreto contra Carthago Nova, la capital cartaginesa, mientras los ejércitos enemigos estaban lejos. La ciudad estaba protegida por el mar y por una laguna. Escipión había averiguado, gracias a unos pescadores, que al atardecer el agua de la laguna bajaba mucho. Mientras atacaba las murallas por tierra, envió a un grupo de soldados a cruzar la laguna vadeando, con el agua por la cintura, y escalaron las murallas por el lado que nadie vigilaba. Para animar a sus hombres, les había dicho que el dios Neptuno se le había aparecido en sueños y le había prometido ayuda. Cuando el agua bajó, los soldados creyeron ver el milagro.
En un solo día, Escipión se apoderó del tesoro cartaginés, de los arsenales, de las minas de plata cercanas y de cientos de rehenes que los cartagineses tenían para asegurarse la lealtad de los pueblos íberos. Escipión devolvió los rehenes a sus familias, y muchos pueblos se pasaron a su bando.
Después vinieron las victorias de Baecula (208 a. C.), en el alto Guadalquivir (Jaén), e Ilipa (206 a. C.), cerca de Alcalá del Río (Sevilla), donde Escipión destrozó al último gran ejército cartaginés de la península. Ese mismo año, Gadir, la vieja ciudad fenicia, abrió sus puertas a los romanos. Cartago había perdido Hispania para siempre. Escipión llevó después la guerra a África y derrotó a Aníbal en Zama, en el 202 antes de Cristo. Por esa victoria le llamaron el Africano.
Itálica, la primera ciudad romana
En el 206 antes de Cristo, después de Ilipa, Escipión dejó a sus soldados heridos en un cerro junto al Guadalquivir, cerca de la actual Santiponce (Sevilla). Allí nació Itálica, cuyo nombre recordaba el origen italiano de sus primeros habitantes. Suele considerarse la primera ciudad fundada por Roma fuera de Italia. Tres siglos más tarde, de las familias de Itálica saldrían dos emperadores, Trajano y Adriano.
Capítulo 4Viriato y Numancia
Expulsar a los cartagineses le costó a Roma doce años. Dominar a los pueblos de Hispania le costó casi doscientos. Ninguna otra región del Imperio resistió tanto tiempo. El historiador romano Tito Livio lo resumió con una frase: Hispania fue la primera provincia en la que entraron los romanos y la última que acabaron de dominar.
Dos provincias y muchos abusos
En el 197 antes de Cristo, Roma dividió los territorios que controlaba en dos provincias, es decir, dos territorios gobernados por un magistrado romano con un ejército: la Hispania Citerior («la más cercana» a Roma), a lo largo de la costa mediterránea, y la Hispania Ulterior («la más lejana»), en el valle del Guadalquivir. Cada una tenía al frente a un pretor que cambiaba cada año o cada dos años.
Muchos gobernadores venían a hacerse ricos deprisa: cobraban impuestos abusivos, exigían trigo y soldados y saqueaban templos. En el 197 estalló una gran rebelión, y Roma envió en el 195 antes de Cristo al cónsul Marco Porcio Catón, un político severo y famoso por su mal carácter. Catón aplastó la rebelión con dureza. Livio cuenta que envió cartas a muchas ciudades para que todas derribaran sus murallas el mismo día, de modo que ninguna pudiera avisar a las demás. Y se le atribuye una frase que resume la política romana: «la guerra se alimentará a sí misma», es decir, el ejército viviría de lo que sacara del territorio conquistado.
No todos los gobernadores fueron así. En el 179 antes de Cristo, Tiberio Sempronio Graco firmó con los celtíberos unos tratados justos: les fijó impuestos razonables, repartió tierras a los que no tenían y les prohibió fundar nuevas ciudades amuralladas. Fundó también una ciudad, Gracurris, la actual Alfaro (La Rioja). Gracias a su «paz de Graco», hubo casi veinticinco años de calma.
Segeda y el 1 de enero
La calma se rompió por una muralla. En el 154 antes de Cristo, los habitantes de Segeda, una ciudad celtíbera junto a la actual Mara (Zaragoza), empezaron a ampliar su muralla. Roma lo consideró una violación de los tratados de Graco y declaró la guerra.
Hasta entonces, los cónsules, los dos magistrados que gobernaban Roma y mandaban sus ejércitos, empezaban su mandato el 15 de marzo. Pero la Celtiberia estaba muy lejos, y había que reunir las tropas y marchar durante semanas. Para ganar tiempo, se decidió que los cónsules del año 153 antes de Cristo tomaran posesión el 1 de enero. La costumbre se mantuvo, y el 1 de enero se convirtió en el primer día del año romano... y del nuestro. Así que, cada vez que celebras el Año Nuevo, estás recordando, sin saberlo, una guerra en la provincia de Zaragoza.
La guerra, además, empezó mal para Roma. El cónsul Quinto Fulvio Nobilior sufrió una emboscada de los celtíberos el 23 de agosto, el día de la fiesta del dios Vulcano, y perdió miles de hombres. Desde entonces, los romanos consideraron ese día nefasto, de mala suerte. Poco después, frente a Numancia, Nobilior usó elefantes. Según el historiador Apiano, una piedra golpeó a uno en la cabeza, el animal enloqueció, empezó a aplastar a los que tenía cerca y contagió el pánico a los demás elefantes, que se volvieron contra los propios romanos.
Viriato, el pastor que hizo temblar a Roma
Mientras tanto, en el oeste, los lusitanos atacaban una y otra vez las tierras del sur. En el 150 antes de Cristo, el pretor Servio Sulpicio Galba les ofreció la paz y tierras donde vivir. Cuando miles de lusitanos acudieron desarmados, los dividió en grupos, los rodeó y ordenó matarlos. Los supervivientes fueron vendidos como esclavos. En Roma hubo escándalo: el anciano Catón acusó a Galba ante el pueblo. Pero Galba se libró de la condena presentándose con sus hijos pequeños llorando para dar pena.
Entre los pocos que escaparon estaba un joven pastor llamado Viriato. Pocos años después, en el 147 antes de Cristo, un ejército lusitano estaba rodeado por los romanos y a punto de rendirse. Viriato les convenció de que confiaran en él. Formó a sus hombres como si fueran a luchar, y cuando él montó a caballo, todos se dispersaron en distintas direcciones y quedaron en citarse en la ciudad de Tríbola. Mientras, él, con mil jinetes, entretuvo a los romanos durante dos días con ataques y retiradas. Todos se salvaron. Desde ese día, los lusitanos le siguieron como a su jefe.
Durante ocho años, Viriato derrotó a un gobernador romano tras otro. Conocía el terreno, atacaba por sorpresa y desaparecía en los montes: hoy lo llamaríamos guerra de guerrillas. Los autores antiguos lo describen como un hombre sencillo y austero. Se cuenta que en su propia boda, rodeado de copas de oro y plata, no quiso comer y se marchó enseguida con su novia a las montañas.
En el 140 antes de Cristo, Viriato acorraló a un ejército romano y le obligó a firmar la paz: Roma le reconoció como «amigo del pueblo romano» y le dejó las tierras que controlaba. Pero al año siguiente, el nuevo gobernador, Quinto Servilio Cepión, rompió el acuerdo. Viriato envió a negociar a tres de sus hombres de confianza, Audax, Ditalcón y Minuro. Cepión los sobornó, y los tres volvieron al campamento y mataron a Viriato mientras dormía. Cuando fueron a cobrar su recompensa, según la tradición, les dijeron que «Roma no paga a traidores». Probablemente la frase es una invención posterior, pero se hizo famosísima. Los lusitanos quemaron el cuerpo de su jefe en una enorme pira y, según Apiano, celebraron combates alrededor de la tumba en su honor.
Numancia
Numancia era una ciudad celtíbera de los arévacos, en un cerro junto a la confluencia del Duero y el Merdancho, a pocos kilómetros de la actual Soria. No era muy grande, pero resistió a Roma durante veinte años, del 153 al 133 antes de Cristo, y derrotó a varios ejércitos consulares.
La humillación más grande llegó en el 137 antes de Cristo: el cónsul Cayo Hostilio Mancino, rodeado, tuvo que rendirse con unos 20.000 hombres. Los numantinos los dejaron marchar a cambio de un tratado de paz. El Senado romano se negó a aceptarlo y, para lavar su honor, decidió entregar a Mancino a los numantinos, desnudo y encadenado. Los numantinos no lo quisieron.
Harta, Roma envió en el 134 antes de Cristo a su mejor general: Publio Cornelio Escipión Emiliano, nieto adoptivo del Africano y el hombre que había destruido Cartago doce años antes. Lo primero que hizo fue poner orden en un ejército desmoralizado: según Apiano, expulsó del campamento a comerciantes, adivinos y miles de acompañantes, vendió los carros y las comodidades y obligó a los soldados a marchar y cavar todos los días.
Escipión no quiso atacar la ciudad: decidió rendirla por hambre. Con unos 60.000 hombres, incluidos muchos auxiliares hispanos y jinetes númidas, rodeó Numancia con una muralla de unos 9 kilómetros, reforzada con torres y protegida por siete campamentos en las colinas de alrededor. Para que nadie escapara ni entrara por el río, cerró el Duero con troncos erizados de cuchillas y puntas. Dentro quedaban unos 4.000 numantinos.
Una noche, un numantino llamado Retógenes y unos pocos compañeros consiguieron cruzar la muralla con una escala plegable y fueron de ciudad en ciudad pidiendo ayuda. Solo los jóvenes de una ciudad llamada Lutia quisieron ayudar. Escipión se enteró, llegó a Lutia y, según Apiano, mandó cortar las manos a cuatrocientos de ellos. Nadie más se atrevió a socorrer a Numancia.
El cerco duró unos once meses. Apiano, la fuente más detallada, cuenta que el hambre fue tan terrible que los numantinos llegaron a comer cuero hervido y, al final, carne humana, y que muchos se dieron muerte antes que rendirse. Los supervivientes se entregaron en el verano del 133 antes de Cristo: Escipión eligió a cincuenta para exhibirlos en su desfile triunfal en Roma, vendió al resto como esclavos y arrasó la ciudad.
Con el tiempo, la historia se hizo leyenda. Autores romanos posteriores escribieron que ningún numantino se rindió y que todos murieron quemados en la ciudad o suicidados, sin dejar a nadie para el triunfo romano. Esa versión, más heroica, es la que se hizo popular, pero la de Apiano, con rendición y supervivientes, es más probable.
Diez años después, en el 123 antes de Cristo, Roma conquistó también las islas Baleares, famosas por sus honderos, que lanzaban piedras con una precisión asombrosa. Se contaba que las madres baleares no daban de comer a sus hijos pequeños hasta que acertaban con la honda en el pan colocado en lo alto de un palo. El general Quinto Cecilio Metelo fundó allí dos ciudades, Palma y Pollentia. La primera es la actual capital de Mallorca.
Capítulo 5De Sertorio a las guerras cántabras
Después de Numancia, Hispania vivió unos años de relativa calma. Pero en el siglo I antes de Cristo la propia Roma entró en crisis. Los políticos romanos más ambiciosos se enfrentaron en guerras civiles, es decir, guerras entre romanos, y Hispania se convirtió en uno de sus campos de batalla. Sus ciudades, sus soldados y su plata eligieron bando, a veces por convicción y a veces a la fuerza.
Sertorio, el romano que gobernó Hispania
Quinto Sertorio era un general romano del bando de los populares, enfrentado al dictador Sila. Perseguido en Roma, huyó y, en el 80 antes de Cristo, los lusitanos le invitaron a ponerse al frente de su lucha. Durante casi diez años, Sertorio gobernó buena parte de Hispania como si fuera un Estado propio, con un senado formado por romanos exiliados, y derrotó a los generales que Roma enviaba contra él, entre ellos el joven Pompeyo.
Sertorio supo ganarse a los pueblos hispanos. En Osca (Huesca) fundó una escuela donde los hijos de los jefes indígenas aprendían latín y griego y vestían la toga, como jóvenes romanos. Era un gesto generoso... y también una manera de tener a los hijos de sus aliados como rehenes elegantes. Y tenía un talento especial para la propaganda: le acompañaba a todas partes una cierva blanca que le había regalado un cazador. Sertorio hizo creer a sus seguidores que era un regalo de la diosa Diana y que el animal le revelaba los secretos de los dioses. Cuando recibía una noticia por sus espías, decía que se la había contado la cierva.
Al final, sus propios oficiales romanos se cansaron de él. En el 72 antes de Cristo, su lugarteniente Perpenna lo asesinó durante un banquete en Osca. Sin Sertorio, la rebelión se hundió enseguida y Pompeyo se quedó como dueño de Hispania. Durante la guerra, Pompeyo había fundado una ciudad en tierras de los vascones que llevó su nombre: Pompaelo, la actual Pamplona.
Julio César en Hispania
Julio César conoció Hispania muy bien. En el 69 antes de Cristo llegó a la Hispania Ulterior como cuestor, un cargo de administración de las finanzas. Según su biógrafo Suetonio, en el templo de Hércules de Gades vio una estatua de Alejandro Magno y se echó a llorar: a su edad, Alejandro ya había conquistado el mundo, y él todavía no había hecho nada importante. Volvió en el 61 antes de Cristo como gobernador, hizo campañas contra los lusitanos y los galaicos y llegó con su flota hasta Brigantium, la actual A Coruña. Y, de paso, pagó sus enormes deudas con el botín.
Años después, César y Pompeyo se enfrentaron en una guerra civil por el poder en Roma. Hispania estaba llena de partidarios de Pompeyo, y César tuvo que venir a combatirlos dos veces. En el 49 antes de Cristo venció a los generales de Pompeyo en Ilerda (Lleida). Y el 17 de marzo del 45 antes de Cristo, en Munda, en algún lugar de la actual provincia de Córdoba o de Sevilla, derrotó a los hijos de Pompeyo en una de las batallas más sangrientas de la época. Se cuenta que César dijo después que muchas veces había luchado por la victoria, pero que en Munda había luchado por su vida. Un año más tarde fue asesinado en Roma.
Augusto y las guerras cántabras
El heredero de César, su sobrino nieto Octavio, ganó la última guerra civil y en el 27 antes de Cristo recibió el título de Augusto. Fue el primer emperador de Roma. Para completar su obra de paz, le faltaba un rincón: las montañas del norte de Hispania, donde cántabros y astures seguían siendo libres y atacaban a sus vecinos ya romanizados de la Meseta.
Las guerras cántabras duraron diez años, del 29 al 19 antes de Cristo, y fueron tan importantes que el propio Augusto vino a dirigirlas en el 26 antes de Cristo. Roma llegó a reunir allí siete u ocho legiones, entre 50.000 y 80.000 soldados según los cálculos: una cifra enorme para un territorio tan pequeño. Pero los montañeses conocían cada valle y cada bosque, atacaban por sorpresa y huían. Augusto enfermó y se retiró a Tarraco, que durante unos meses fue algo así como la capital del mundo romano: allí recibía embajadas de todo el Imperio.
Los autores antiguos contaron la guerra con admiración y espanto. Según el geógrafo Estrabón, algunos cántabros capturados y crucificados seguían cantando himnos de guerra en la cruz. Otros preferían matarse con veneno de tejo antes que rendirse. Y el historiador Floro cuenta que en el monte Medulio, un lugar cuya ubicación todavía se discute, los últimos defensores, rodeados por un foso de quince millas, se quitaron la vida. Como en Numancia, es difícil separar los hechos de la leyenda.
La guerra la terminó en el 19 antes de Cristo el mejor general de Augusto, Marco Vipsanio Agripa. Había hecho falta casi exactamente doscientos años, desde el desembarco de Ampurias, para que toda la península fuera romana.
Del campamento a la ciudad
Para vigilar el norte, Roma dejó allí legiones durante décadas. Con el tiempo quedó una sola, la Legio VII Gemina, formada en Hispania por el general Galba en el año 68 después de Cristo. Desde hacia el 74 después de Cristo acampó a orillas del río Bernesga, y su campamento se convirtió en una ciudad que todavía lleva su nombre: Legio, León. La legión siguió allí durante siglos.
Augusto fundó también nuevas ciudades para organizar el territorio conquistado. En el 25 antes de Cristo instaló a los veteranos de dos legiones junto al Guadiana en una colonia llamada Emerita Augusta, la actual Mérida: emeriti eran los soldados licenciados después de cumplir su servicio. En el norte nacieron Asturica Augusta (Astorga), Lucus Augusti (Lugo) y Bracara Augusta (Braga, en Portugal). Y hacia el 14 antes de Cristo, en el valle del Ebro, fundó una colonia con su propio nombre: Caesar Augusta. Pronuncia deprisa «Caesaraugusta» durante unos cuantos siglos, pasa el nombre por el árabe, Saraqusta, y obtendrás Zaragoza.
Capítulo 6Provincias, ciudades y ciudadanos
Conquistar un territorio es una cosa; gobernarlo durante siglos es otra muy distinta. Roma no tenía un ejército de funcionarios como un Estado moderno. Para gobernar un imperio que iba de Escocia a Egipto usaba un truco sencillo: dejar que las ciudades se gobernaran a sí mismas, cobrar impuestos y premiar con privilegios a quienes se hacían romanos. En Hispania, ese sistema funcionó tan bien que, en unas pocas generaciones, los nietos de los guerreros celtíberos votaban en asambleas, hablaban latín y presumían de ser ciudadanos de Roma.
Un mapa que cambió tres veces
Ya viste que en el 197 antes de Cristo Roma dividió lo que dominaba en dos provincias, la Citerior y la Ulterior. Con el tiempo, sus fronteras avanzaron hacia el interior a medida que avanzaba la conquista.
Cuando la península estuvo toda en sus manos, Augusto la reorganizó en tres provincias. La reforma se suele fechar en el 27 antes de Cristo, aunque quizá se completó unos años después:
- La Tarraconense, con capital en Tarraco (Tarragona), la más grande: iba desde Galicia y Asturias hasta Cartagena, pasando por el valle del Ebro y la Meseta. Era la provincia más extensa de todo el Imperio.
- La Bética, con capital en Corduba (Córdoba), en el valle del Guadalquivir, que los romanos llamaban Baetis. Era la más rica, tranquila y romanizada.
- La Lusitania, con capital en Emerita Augusta (Mérida), que ocupaba gran parte del actual Portugal y Extremadura.
La Bética, que ya no necesitaba soldados, quedó en manos del Senado de Roma. Las otras dos, donde había legiones, las controlaba directamente el emperador por medio de sus legados, generales de su confianza. Cada provincia se dividía a su vez en conventos jurídicos (conventus), distritos a los que acudía el gobernador para impartir justicia: había catorce en toda Hispania, con capitales como Caesaraugusta, Carthago Nova, Hispalis, Gades, Pax Iulia (Beja) o Lucus Augusti.
Casi tres siglos después, a finales del siglo III, el emperador Diocleciano volvió a trocear el mapa para controlar mejor el territorio y cobrar mejor los impuestos. Separó de la Tarraconense la Cartaginense (con capital en Carthago Nova) y la Gallaecia (con capital en Bracara Augusta, Braga). A ellas se añadió la Mauritania Tingitana, en el norte de África, y hacia el 385 las islas Baleares formaron su propia provincia, la Baleárica. Todas juntas formaban la diócesis de las Hispanias, gobernada desde Mérida.
Ciudades de todos los tamaños
El corazón del sistema romano era la ciudad. Cada ciudad gobernaba el campo de su alrededor, cobraba los impuestos, organizaba las fiestas y mantenía sus calles, sus murallas y sus acueductos. No todas las ciudades eran iguales. Había varios tipos, y subir de categoría era un orgullo para sus vecinos:
- Las colonias eran ciudades fundadas por Roma, a menudo para instalar soldados veteranos, o ciudades a las que se concedía ese rango como un gran honor. Sus habitantes eran ciudadanos romanos. Emerita Augusta, Caesaraugusta, Tarraco o Corduba eran colonias.
- Los municipios eran ciudades indígenas que recibían una ley romana. Sus magistrados obtenían la ciudadanía.
- Las ciudades estipendiarias eran las que pagaban un tributo (el stipendium) y conservaban sus leyes propias.
La primera ciudad fundada fuera de Italia fue Itálica, en el 206 antes de Cristo, como ya viste. En el 171 antes de Cristo se fundó Carteia, junto a la bahía de Algeciras, para los hijos de soldados romanos y mujeres hispanas: fue la primera colonia latina fuera de Italia. Y en el 138 antes de Cristo, el cónsul Décimo Junio Bruto instaló a soldados que habían luchado contra Viriato en una nueva ciudad junto al río Turia: Valentia, la actual Valencia.
La ciudadanía, un premio muy codiciado
Ser ciudadano romano era un privilegio. Un ciudadano podía votar, casarse legalmente con otro ciudadano, hacer testamentos y contratos según el derecho romano, y no podía ser azotado ni torturado. Si le condenaban, podía apelar al emperador. Los demás habitantes libres eran peregrinos, es decir, extranjeros en su propia tierra desde el punto de vista de Roma.
Hubo un paso intermedio: el derecho latino. En las ciudades que lo tenían, quien desempeñaba un cargo público, como el de alcalde o el de edil, se convertía automáticamente en ciudadano romano, junto con su familia. Así, las familias ricas de cada ciudad acababan siendo romanas, y todas las demás querían seguir el mismo camino.
El gran salto llegó hacia el año 74 después de Cristo, cuando el emperador Vespasiano concedió el derecho latino a todas las comunidades de Hispania. Cientos de ciudades se convirtieron en municipios, recibieron una ley municipal y reorganizaron su gobierno a la romana. Los Flavios, la familia de Vespasiano, se convirtieron en el apellido más repetido de las inscripciones hispanas.
Por último, en el año 212, el emperador Caracalla concedió la ciudadanía romana a casi todos los habitantes libres del Imperio. A partir de entonces, un pastor de Galicia y un senador de Roma eran, ante la ley, igual de romanos.
Cómo se construía una ciudad romana
Cuando Roma fundaba una ciudad nueva, lo hacía con regla y cartabón. Los agrimensores (los topógrafos de la época) trazaban dos calles principales que se cruzaban en ángulo recto: el cardo, de norte a sur, y el decumano, de este a oeste. Alrededor dibujaban una cuadrícula de calles paralelas, como un tablero de ajedrez. En el cruce de las dos calles principales, o cerca de él, estaba el foro: la gran plaza con los templos, la basílica (donde se celebraban los juicios y los negocios), la curia (donde se reunía el consejo) y las tiendas.
Muchas ciudades españolas conservan todavía esa cuadrícula en su casco antiguo. En Zaragoza, la calle Mayor y la calle Espoz y Mina siguen el trazado del antiguo decumano, y en Barcelona, la plaza de Sant Jaume ocupa más o menos el lugar del foro de Barcino, una pequeña colonia fundada en tiempos de Augusto. Allí mismo, dentro de un edificio del barrio gótico, se conservan cuatro columnas del templo romano.
Capítulo 7Calzadas, puentes y acueductos
Si hay algo que asombra de los romanos es que muchas de sus obras siguen en pie, y algunas siguen funcionando. Por el puente romano de Alcántara todavía se cruza el Tajo, y el acueducto de Segovia llevó agua a la ciudad hasta bien entrado el siglo XX. No eran magos: eran ingenieros muy prácticos que conocían bien sus materiales, construían con enormes márgenes de seguridad y contaban con mucha mano de obra y mucho tiempo.
Las calzadas: las autopistas del Imperio
Para mover soldados, mercancías y correos, Roma cubrió Hispania con una red de calzadas, caminos preparados para aguantar el paso de carros durante siglos. No todas eran iguales: las más importantes tenían varias capas de piedras y grava bien compactadas, con una superficie de grava apisonada o, cerca de las ciudades, de losas, un poco abombada para que el agua de la lluvia escurriera hacia las cunetas. Iban lo más rectas posible y evitaban las cuestas fuertes.
La más importante era la Vía Augusta, que recorría toda la costa mediterránea desde los Pirineos hasta Cádiz, pasando por Tarraco, Valentia, Carthago Nova, Corduba e Hispalis: unos 1.500 kilómetros. Su trazado seguía el de un camino mucho más antiguo, que los griegos llamaban el Camino de Hércules. Augusto la reformó entre el 8 y el 2 antes de Cristo, y le dio su nombre. Cerca de Tarragona todavía se puede pasar bajo el Arco de Berà, un arco de triunfo que se levantó sobre ella.
Otra calzada famosa unía Emerita Augusta con Asturica Augusta, de sur a norte por el oeste de la península. Hoy la llamamos Vía de la Plata, aunque el nombre no tiene nada que ver con el metal: seguramente viene del árabe balat, que significa «camino empedrado». Por ella transitaba, entre otras cosas, el oro de las minas del noroeste.
A lo largo de las calzadas, cada milla romana (unos 1.480 metros), se colocaba un miliario: una columna de piedra de uno o dos metros de altura que indicaba la distancia hasta la ciudad más cercana y el nombre del emperador que había construido o reparado el camino. Se conservan cientos en España. Cada cierto trecho había mansiones, posadas donde dormir, y mutationes, paradas para cambiar los caballos. Un viajero a pie recorría unos 30 kilómetros al día; un correo oficial a caballo, cambiando de montura, podía hacer más de 70.
Puentes que desafían el tiempo
Los ingenieros romanos dominaban el arco de medio punto, un arco en forma de semicírculo. Su secreto es que cada piedra empuja a sus vecinas y el peso se reparte hacia los lados y hacia abajo, hasta los pilares. Una vez colocada la última piedra, la del centro (la clave), el arco se sostiene solo, sin necesidad de cemento. Mientras se construía, las piedras se apoyaban en un armazón de madera con forma de arco, la cimbra, que luego se retiraba.
El más espectacular es el puente de Alcántara, sobre el río Tajo, en Cáceres, construido hacia los años 104-106 en tiempos del emperador Trajano. Mide 194 metros de largo y tiene seis arcos; los dos centrales tienen una luz (la distancia entre pilares) de casi 29 metros. En el centro se alza un arco de triunfo dedicado a Trajano. En un pequeño templo junto al puente, una inscripción dice que lo construyó un tal Cayo Julio Lácer y que durará «por los siglos del mundo». Hasta ahora ha cumplido, aunque no sin sustos: fue volado parcialmente en varias guerras y reconstruido otras tantas.
El puente romano de Mérida, sobre el Guadiana, es otro récord: mide casi 800 metros, con sesenta arcos, y es uno de los puentes romanos más largos que se conservan. Los coches circularon por él hasta los años noventa del siglo XX.
Acueductos: agua cuesta abajo
Una ciudad romana consumía muchísima agua: para las fuentes públicas, para las termas, para las casas ricas y para limpiar las alcantarillas. Para traerla, los romanos construían acueductos, canales que llevaban el agua desde un manantial o un embalse, a veces a decenas de kilómetros. El truco consistía en que el agua bajara todo el camino con una pendiente suave y constante. La mayor parte del recorrido iba por canales bajo tierra o a ras de suelo. Solo cuando había que cruzar un valle, el canal se subía a una fila de arcos: esa parte, la más vistosa, es la que solemos llamar acueducto.
El más famoso de todos es el acueducto de Segovia. Traía el agua del manantial de la Fuenfría, en la sierra de Guadarrama, a unos 17 kilómetros de la ciudad. Su tramo de arcos, de unos 800 metros, cruza la hondonada de la actual plaza del Azoguejo. Allí alcanza unos 28 metros de altura, como un edificio de nueve pisos, con dos filas de arcos superpuestas. En total tiene 167 arcos. Está hecho con bloques de granito colocados sin ninguna argamasa: se sostienen por su propio peso y por su perfecta colocación. Se construyó a finales del siglo I o principios del II, probablemente en tiempos de Trajano.
Hispania conserva otros acueductos impresionantes: el de Los Milagros, en Mérida, que traía el agua del embalse de Proserpina, una presa romana que aún retiene agua; y el Pont del Diable o de Les Ferreres, junto a Tarragona. Sus nombres cuentan algo curioso: la gente de la Edad Media no se explicaba cómo se habían levantado aquellas moles, y pensaba que solo podía haberlas hecho un milagro... o el diablo.
La Torre de Hércules
En el extremo noroeste de la península, junto a la antigua Brigantium (A Coruña), los romanos construyeron un faro para guiar a los barcos que navegaban por la peligrosa costa atlántica. Es la Torre de Hércules, levantada a finales del siglo I o principios del II. Una inscripción al pie de la torre nos dice el nombre de su arquitecto: Cayo Sevio Lupo, de Aeminium (la actual Coímbra, en Portugal). Mide hoy unos 55 metros. Su núcleo es romano y su aspecto exterior se debe a una restauración terminada en 1791. Es el único faro romano que sigue funcionando en el mundo, y es Patrimonio de la Humanidad desde 2009.
Su nombre viene de una leyenda: Hércules habría vencido allí al gigante Gerión, enterrado su cabeza y levantado encima la torre. Por eso el escudo de A Coruña muestra una torre sobre una calavera y dos huesos cruzados.
Capítulo 8Oro, plata, aceite y garum
¿Por qué se esforzó tanto Roma en conquistar y conservar Hispania? En buena parte, por su riqueza. Para los romanos, Hispania era una tierra fabulosa: tenía los metales más codiciados, campos de trigo, olivares y viñas inmensos, costas llenas de pescado y caballos rápidos. El naturalista Plinio el Viejo, que fue funcionario en la Tarraconense en el siglo I, escribió que Hispania era, después de Italia, la mejor tierra del mundo. Veamos de dónde salía tanta riqueza, y a qué precio.
La plata de Cartagena
Cuando Roma tomó Carthago Nova, se quedó también con sus minas de plata. El historiador griego Polibio, que las visitó en el siglo II antes de Cristo, contó que ocupaban una extensión de unos 400 estadios (unos 70 kilómetros) alrededor de la ciudad, que trabajaban en ellas unas 40.000 personas y que producían para Roma 25.000 dracmas de plata cada día. Buena parte de esos mineros eran esclavos, prisioneros de guerra o personas vendidas, que trabajaban en galerías estrechas, oscuras y calurosas, alumbradas con lucernas de aceite, a menudo hasta morir.
En Sierra Morena y en Huelva, en minas como las de Riotinto y Tharsis, los romanos extraían cobre y plata a gran profundidad. El problema era el agua que inundaba las galerías. Para sacarla, instalaban en fila decenas de grandes ruedas de madera movidas por esclavos que las pisaban, como un hámster en su rueda: cada una subía el agua unos metros y la vertía en un depósito, donde la cogía la siguiente. En Riotinto se encontraron restos de varias de estas ruedas, y una de ellas se expone hoy en el Museo Británico de Londres.
Las Médulas: cómo derribar una montaña
El oro de Hispania estaba sobre todo en el noroeste, en las tierras de astures y galaicos que Augusto acababa de conquistar. Parte estaba en los ríos, en forma de pepitas y polvo, y se sacaba con bateas, como en las películas del Oeste. Pero la mayor parte estaba repartida en pequeñísimas cantidades dentro de enormes depósitos de tierra y cantos rodados, formados hace millones de años. Para sacarlo había que mover montañas enteras. Y eso es exactamente lo que hicieron los romanos.
El lugar más impresionante es Las Médulas, en el Bierzo (León). Allí, durante unos dos siglos, desde tiempos de Augusto hasta comienzos del siglo III, los romanos usaron una técnica que Plinio llamó ruina montium, «la ruina de los montes». Funcionaba así:
- Traer el agua. Se construyeron cientos de kilómetros de canales (se calcula que más de 300) que recogían el agua de los ríos y arroyos de los montes Aquilianos, a veces a más de 30 kilómetros, y la llevaban hasta grandes depósitos en lo alto de la explotación.
- Agujerear la montaña. Mientras tanto, los mineros excavaban en la montaña una red de galerías estrechas. Plinio cuenta que trabajaban a la luz de las lucernas y que pasaban meses sin ver la luz del día.
- Soltar el agua. Cuando todo estaba listo, se abrían las compuertas de los depósitos y el agua entraba con enorme fuerza en las galerías. La presión del agua y del aire atrapado reventaba la montaña desde dentro, que se derrumbaba con un estruendo terrible. Según Plinio, los mineros vigilaban desde lo alto y daban la señal para que todos se apartaran a tiempo.
- Lavar la tierra. El barro resultante corría por canales de lavado cuyo fondo se cubría de ramas de brezo. El oro, que es muy pesado, se quedaba atrapado entre las ramas, y la tierra y las piedras seguían su camino. Luego se quemaban las ramas y se recogía el oro de las cenizas.
- Tirar los restos. Los cantos rodados que no servían se amontonaban en grandes escombreras, y los barros cerraron un valle y formaron el lago de Carucedo, que todavía existe.
Plinio escribió que Asturia, Gallaecia y Lusitania producían para Roma veinte mil libras de oro al año, unas 6,5 toneladas. Con ese oro se acuñaban las monedas de oro del Imperio, los áureos, y se pagaba a los soldados. Lo que quedó en Las Médulas es un paisaje increíble: agujas y picachos de tierra rojiza, galerías y cuevas abiertas en los acantilados, cubiertos hoy de castaños. Plinio lo resumió con una frase orgullosa: tras el derrumbe, los mineros contemplaban «vencedores, la ruina de la naturaleza». Es Patrimonio de la Humanidad desde 1997.
El aceite de la Bética y una montaña de ánforas
No todo eran metales. El valle del Guadalquivir estaba cubierto de olivos, y el aceite de la Bética se convirtió en el más consumido de Roma. Se usaba para cocinar, para iluminar las casas con lucernas y para lavarse en las termas. Se transportaba en ánforas, grandes vasijas de cerámica con dos asas, de un tipo muy característico, casi esféricas, que cargaban unos 70 litros.
En Roma, junto al puerto del río Tíber, el aceite se pasaba a otros recipientes y las ánforas vacías se rompían y se amontonaban con cuidado, porque no se podían reutilizar: el aceite rancio que quedaba pegado a la cerámica olía mal. Durante unos 250 años, los trozos se fueron apilando hasta formar una colina artificial de unos 35 metros de altura y casi un kilómetro de perímetro, el monte Testaccio. Se calcula que contiene los restos de decenas de millones de ánforas, la mayoría de la Bética. Muchas llevan pintados el peso, el nombre del comerciante y el lugar de origen, así que son un archivo del comercio antiguo. El arqueólogo español José Remesal ha dirigido durante décadas su estudio.
El garum, la salsa que volvía locos a los romanos
En las costas del sur, desde Cartagena hasta Cádiz, había decenas de fábricas de salazón, heredadas de los fenicios. En grandes piletas de piedra se salaban atunes, caballas y sardinas. Y con las vísceras, las cabezas y los pescados pequeños, mezclados con mucha sal y dejados al sol durante semanas, se fabricaba una salsa líquida que los romanos adoraban: el garum.
Hoy nos puede parecer asqueroso, pero se parece bastante a la salsa de pescado que se usa en la cocina del sudeste asiático. Los romanos la echaban en casi todo, como nosotros la sal. Había garum de muchas calidades, desde el barato de los pobres hasta el carísimo garum sociorum de Cartagena. Plinio dice que era casi tan caro como los perfumes. En la ciudad romana de Baelo Claudia, en la playa de Bolonia (Tarifa), puede verse todavía una fábrica de salazones con sus piletas junto al mar.
Capítulo 9Un día en una ciudad hispanorromana
Vamos a imaginar un día cualquiera en Emerita Augusta, hacia el año 150 después de Cristo. La ciudad tiene más de siglo y medio, es la capital de la Lusitania y una de las más bonitas de Hispania. Sus calles están empedradas, con aceras a los lados y grandes piedras para cruzar sin mancharse de barro. Bajo ellas corren las alcantarillas. Hay fuentes en las esquinas, templos de mármol, un teatro, un anfiteatro y un circo. Y en una de sus casas se despierta nuestro protagonista, un vecino acomodado al que llamaremos Marco Julio.
La casa: mirar hacia dentro
La casa de Marco Julio es una domus, una vivienda de una familia rica. Desde la calle no se ve casi nada: muros sin ventanas o con ventanucos, a veces con tiendas alquiladas a los lados. Toda la vida de la casa mira hacia dentro, hacia patios abiertos al cielo. Es una forma de construir que se ha mantenido en el sur de España durante siglos, en los patios de Córdoba o de Sevilla.
Por un pasillo estrecho, las fauces, se llega al atrio, una sala con un hueco en el techo por donde entran la luz y la lluvia. El agua cae a un estanque, el impluvio, y de allí pasa a un depósito subterráneo. Al fondo está el tablino, el despacho del señor de la casa, donde recibe cada mañana a las personas que dependen de él, sus clientes, que vienen a saludarle y a pedirle favores. Más allá se abre el peristilo, un jardín rodeado de columnas con fuentes, flores y estatuas. Alrededor se reparten los dormitorios (cubículos), la cocina, las letrinas y la estancia más lujosa, el triclinio, el comedor.
Los suelos estaban cubiertos de mosaicos, dibujos hechos con miles de piedrecitas de colores llamadas teselas, y las paredes, pintadas con colores vivos. Hispania conserva mosaicos magníficos. En la Casa del Mitreo de Mérida hay un mosaico que representa el universo entero, con los dioses del cielo, los vientos, los ríos y el mar. Y en la villa de La Olmeda, en Pedrosa de la Vega (Palencia), un gran mosaico cuenta cómo el héroe Aquiles, disfrazado de muchacha, fue descubierto por Ulises.
La mayoría de la gente, claro, no vivía así. Los artesanos y los tenderos vivían en pequeñas habitaciones sobre o detrás de sus talleres, y en el campo la mayoría habitaba casas sencillas de adobe o piedra. Los esclavos dormían donde podían dentro de la casa de sus amos.
Comer a la romana
El día empezaba temprano, al salir el sol. El desayuno, el ientaculum, era muy ligero: pan con un poco de queso, aceitunas o miel. A mediodía se tomaba el prandium, un almuerzo frío y rápido, a menudo en la calle, en alguno de los muchos puestos de comida. La comida importante era la cena, que empezaba a media tarde y podía durar horas.
En las casas ricas, la cena se tomaba en el triclinio, recostados sobre unos lechos inclinados colocados en forma de U alrededor de una mesa baja, apoyados en el codo izquierdo y comiendo con la mano derecha. Se comía con los dedos, con cuchillo y con cuchara; el tenedor aún no se usaba en la mesa. Un banquete tenía tres partes: los entrantes (huevos, aceitunas, setas, verduras), los platos principales (carnes, pescados, aves) y los postres (frutas, dulces de miel y frutos secos). De ahí viene la expresión latina ab ovo usque ad mala, «desde el huevo hasta las manzanas», para decir «de principio a fin».
La base de la dieta de casi todos, sin embargo, era mucho más humilde: pan, gachas de cereales (la puls), legumbres como lentejas, garbanzos y habas, aceite de oliva, algo de queso, verduras y fruta. La carne era un lujo. Y el vino se bebía siempre mezclado con agua: beberlo puro se consideraba cosa de bárbaros.
Las termas: mucho más que bañarse
Por la tarde, antes de cenar, Marco Julio va a las termas, los baños públicos. Toda ciudad romana que se preciara tenía al menos unas, y la entrada costaba muy poco, así que iban ricos y pobres. Las termas eran un gimnasio, un club social y un centro de negocios a la vez: allí se hacía ejercicio, se charlaba, se cerraban tratos, se comía algo y se leía en la biblioteca, si la había.
El baño seguía un recorrido. Primero, en el vestuario (apodyterium), uno dejaba la ropa. Después hacía ejercicio en la palestra, un patio al aire libre. Luego pasaba al tepidarium, una sala templada, y al caldarium, una sala muy caliente con una piscina de agua caliente, donde se sudaba como en una sauna. Como no había jabón, la piel se untaba con aceite y luego se raspaba con un estrígilo, una especie de cuchara curva de metal que arrastraba el sudor, el aceite y la suciedad. Para acabar, un chapuzón en el frigidarium, la piscina de agua fría.
Niños, escuelas y juegos
Los hijos de las familias acomodadas iban desde los siete años a la escuela del maestro (ludi magister), que les enseñaba a leer, escribir y contar. Escribían con un punzón sobre tablillas de madera cubiertas de cera, que se podían borrar alisando la cera, y hacían cuentas con piedrecitas, los calculi: de ahí viene nuestra palabra «calcular». Los que seguían estudiando pasaban con el gramático, que les enseñaba literatura griega y latina, y los mejores, con el rétor, que les enseñaba a hablar en público, la gran habilidad de un romano con ambiciones. Las niñas, cuando estudiaban, lo hacían normalmente en casa, y se casaban muy jóvenes, a veces con solo doce o catorce años.
Los niños jugaban a cosas muy parecidas a las de hoy: muñecas de hueso o de barro, peonzas, aros, canicas de nueces y columpios. Y a las tabas, pequeños huesos del tobillo de las ovejas que se lanzaban como dados. Es un juego que se ha seguido practicando en los pueblos de España hasta hace muy poco.
Capítulo 10Teatro, anfiteatro y circo
El poeta romano Juvenal se burlaba de que al pueblo de Roma solo le importaban dos cosas: panem et circenses, «pan y juegos del circo». Exageraba, pero no mucho. Los espectáculos eran una parte central de la vida romana, y también de la política: los magistrados de cada ciudad estaban obligados a pagar de su bolsillo juegos y fiestas, y los ricos competían por ofrecer los más vistosos. La entrada era gratuita. En Hispania se construyeron decenas de teatros, anfiteatros y circos, y Mérida tuvo los tres.
El teatro de Mérida
El teatro romano de Mérida se inauguró hacia el 16 o el 15 antes de Cristo, pagado por Agripa, el general y amigo de Augusto que había terminado las guerras cántabras. Aprovechaba la ladera de un cerro para apoyar las gradas, y tenía capacidad para unos 6.000 espectadores. Tenía tres partes, que son las mismas en todos los teatros romanos:
- La cávea, las gradas en forma de semicírculo, divididas en tres pisos. En las filas bajas se sentaban los magistrados y los ricos; arriba del todo, los pobres, los esclavos y, por una ley de Augusto, las mujeres.
- La orquesta, un semicírculo al pie de las gradas, enlosado de mármol, donde se colocaban asientos para las autoridades.
- La escena, el escenario, elevado y alargado, con un gran muro de fondo decorado con dos pisos de columnas y estatuas, el frente escénico (scaenae frons), de unos 17 metros de altura. El de Mérida es uno de los más bellos que se conservan.
Durante siglos, el teatro quedó enterrado. Solo asomaban las gradas más altas, que los emeritenses llamaban «las Siete Sillas» y que, según una leyenda local, eran el lugar donde siete reyes moros se sentaban a decidir el destino de la ciudad. El arqueólogo José Ramón Mélida empezó a excavarlo en 1910. En 1933 se representó allí Medea, de Séneca, en una versión de Miguel de Unamuno y con la gran actriz Margarita Xirgu. Fue el origen del Festival de Teatro Clásico de Mérida, que cada verano vuelve a llenar las gradas romanas.
¿Qué se representaba? Tragedias y comedias, pero lo que más gustaba al público eran los mimos, obras cortas, cómicas y a menudo groseras, y la pantomima, en la que un bailarín enmascarado contaba un mito sin hablar, solo con gestos y danza, acompañado de música y coro.
El anfiteatro: gladiadores y fieras
El anfiteatro era un edificio ovalado, con gradas alrededor de una pista de arena (en latín, arena, de donde viene la palabra). El de Mérida se inauguró en el 8 antes de Cristo y cabían unas 15.000 personas. El de Itálica, construido en tiempos de Adriano, era uno de los mayores del Imperio: unas 25.000 personas. También se conservan los de Tarraco, Segóbriga y Carmona, entre otros.
Por la mañana se celebraban las cacerías (venationes): luchas entre fieras o entre fieras y cazadores, con osos, toros, jabalíes y, en las grandes ocasiones, leones o panteras traídos de África. A mediodía se ejecutaba a algunos condenados. Y por la tarde llegaba el plato fuerte: los combates de gladiadores.
Los gladiadores eran casi siempre esclavos, prisioneros o condenados, aunque también había hombres libres que se contrataban por dinero y fama. Vivían y entrenaban en escuelas, y había varios tipos, cada uno con sus armas. El reciario luchaba casi desnudo, con una red y un tridente, como un pescador. Se enfrentaba al secutor («el perseguidor»), que llevaba escudo, espada y un casco liso y redondeado para que la red resbalara. El tracio usaba un escudo pequeño y una espada curva, y el mirmilón, un gran escudo y un casco con forma de pez.
El circo: la pasión por las carreras
El espectáculo más popular de todos eran las carreras de carros, que se celebraban en el circo, una pista alargada con una barrera en el centro, la espina, alrededor de la cual los carros daban siete vueltas. El circo de Mérida medía unos 440 metros de largo y tenía capacidad para unas 30.000 personas, casi toda la población de la ciudad.
Los carros más habituales eran las cuadrigas, tiradas por cuatro caballos. Las curvas eran lo más peligroso: los aurigas (los conductores) llevaban las riendas atadas a la cintura para poder usar el peso del cuerpo, y un cuchillo para cortarlas si volcaban. Los accidentes, llamados naufragia («naufragios»), eran frecuentes y a menudo mortales. Los aurigas corrían para cuatro equipos, que se distinguían por colores: azules, verdes, blancos y rojos. Los aficionados eran tan apasionados como los de fútbol de hoy, con peleas incluidas.
Capítulo 11Hispanos que hicieron Roma
Al principio, Roma miraba a los hispanos por encima del hombro, como a provincianos de un rincón lejano. Pero, con el tiempo, los hijos de las familias ricas de Hispania viajaron a Roma, estudiaron, hicieron carrera y llegaron a lo más alto: al Senado, a la literatura y, al final, al trono. En el siglo I después de Cristo, algunos de los escritores más leídos de Roma eran hispanos. En el siglo II, también lo eran sus emperadores.
Los pioneros: los Balbos de Cádiz
El primero en abrir camino fue Lucio Cornelio Balbo, un rico comerciante de Gades de origen fenicio. Recibió la ciudadanía romana de Pompeyo, fue amigo, consejero y banquero de Julio César y, en el año 40 antes de Cristo, se convirtió en el primer cónsul de Roma nacido fuera de Italia. Su sobrino, Balbo el Menor, fue en el 19 antes de Cristo el primer nacido fuera de Italia en celebrar un triunfo, el gran desfile de un general victorioso. Con su fortuna amplió Cádiz y le construyó un nuevo puerto y un teatro.
La familia de los Séneca
En Corduba vivía una familia de caballeros, los Anneos, que dio a Roma tres escritores. El padre, Séneca el Viejo, escribió un libro con los mejores discursos que había oído en las escuelas de retórica. Su hijo, Lucio Anneo Séneca, nacido hacia el 4 antes de Cristo, fue uno de los grandes filósofos de la Antigüedad. Seguía el estoicismo, una filosofía que enseñaba a vivir con serenidad, a aceptar lo que no depende de nosotros y a no dejarse dominar por las pasiones ni por el miedo a la muerte. Sus cartas a su amigo Lucilio se siguen leyendo hoy, y de él viene la palabra «senequismo», que usamos para hablar de la forma serena y resignada de tomarse la vida.
Su vida, sin embargo, fue de todo menos serena. Fue desterrado a Córcega durante ocho años, y a su regreso se convirtió en el preceptor, es decir, el maestro, de un muchacho llamado Nerón. Cuando Nerón se hizo emperador, Séneca fue durante unos años uno de los hombres más poderosos, y más ricos, del Imperio. Pero el emperador se volvió cada vez más cruel y desconfiado. En el año 65, acusado de participar en una conspiración, Nerón le ordenó que se quitara la vida, y Séneca obedeció con la calma que había predicado.
Ese mismo año murió, por la misma conspiración, su sobrino Lucano, un poeta joven y brillantísimo, de solo 25 años. Había escrito la Farsalia, un largo poema sobre la guerra civil entre César y Pompeyo.
Marcial y Quintiliano
Marco Valerio Marcial nació hacia el año 40 en Bilbilis, junto a la actual Calatayud (Zaragoza), y marchó a Roma de joven. Allí se hizo famoso por sus epigramas, poemas cortos, ingeniosos y a menudo muy mordaces, en los que retrataba a los personajes de la ciudad: el médico que mata a sus pacientes, el poeta que recita versos ajenos, el invitado gorrón, el rico tacaño. Escribió más de mil quinientos. En muchos se queja de lo cara y ruidosa que era Roma, y echa de menos su tierra, el río Jalón (el Salo de sus versos) y el hierro de Bilbilis. Hacia el año 98 volvió a Hispania, donde una admiradora, Marcela, le regaló una casa en el campo. Allí murió unos años después.
Marco Fabio Quintiliano nació hacia el año 35 en Calagurris (Calahorra, La Rioja). Fue el profesor de oratoria más famoso de Roma: el emperador Vespasiano le dio la primera cátedra pagada por el Estado. Su gran obra, la Institución oratoria, es un tratado sobre cómo educar a un buen orador desde la cuna, y está llena de ideas asombrosamente modernas: que los niños aprenden mejor jugando, que hay que adaptar la enseñanza a cada alumno y que los castigos físicos humillan y no sirven para nada.
Trajano, el primer emperador provincial
En Itálica, la vieja ciudad fundada por Escipión, vivía la familia de los Ulpios, descendientes de colonos italianos. Allí nació, en el año 53, Marco Ulpio Trajano. Fue un militar excelente, y en el año 97 el anciano emperador Nerva, sin hijos y presionado por el ejército, lo adoptó como hijo y heredero. Al año siguiente, en el 98, Trajano se convirtió en el primer emperador de Roma nacido fuera de Italia.
Gobernó diecinueve años, hasta el 117. Conquistó la Dacia (la actual Rumanía) y buena parte de Mesopotamia, de modo que en su tiempo el Imperio alcanzó su máxima extensión. Levantó en Roma un enorme foro y la famosa Columna Trajana, con relieves que cuentan la guerra de la Dacia en espiral, como un cómic de piedra. Y su buena fama fue tal que el Senado le dio el título de Optimus princeps, «el mejor príncipe». Siglos después, cuando se proclamaba a un nuevo emperador, se le deseaba ser «más afortunado que Augusto y mejor que Trajano».
Adriano, el emperador viajero
Su sucesor también era de familia italicense. Publio Elio Adriano nació en el año 76, probablemente en Roma, aunque su familia llevaba generaciones en Itálica. Era hijo de un primo de Trajano, que fue su tutor cuando quedó huérfano a los diez años, y se casó con una sobrina nieta del emperador, Vibia Sabina. Cuando Trajano murió en el 117, se anunció que lo había adoptado en su lecho de muerte. Hubo quien dudó de esa adopción, pero el ejército aceptó a Adriano.
Adriano gobernó hasta el 138. Dejó de conquistar y se dedicó a proteger las fronteras: en Britania mandó construir un muro de unos 117 kilómetros, el Muro de Adriano. Recorrió el Imperio de punta a punta durante años, y pasó el invierno del 122 al 123 en Tarraco. Era un apasionado de la cultura griega, y fue el primer emperador que se dejó barba, a la moda de los filósofos griegos. A Itálica le regaló un barrio nuevo, lleno de edificios públicos, calles anchas y grandes casas, y el enorme anfiteatro. Hoy es la parte más visitada del yacimiento.
Después de Adriano, el trono pasó por adopción a Antonino Pío y luego a Marco Aurelio, el emperador filósofo, cuya familia paterna procedía de Ucubi, la actual Espejo (Córdoba). Y dos siglos más tarde llegaría un último gran emperador hispano: Teodosio, nacido en el 347 en Cauca, la actual Coca (Segovia). Gobernó entre el 379 y el 395, convirtió el cristianismo en la religión oficial del Imperio y fue el último emperador que gobernó a la vez Oriente y Occidente. A su muerte, el Imperio quedó repartido para siempre entre sus dos hijos.
Capítulo 12Del latín al español
Lo más duradero que nos dejó Roma no es un acueducto ni un teatro: es la lengua que estás leyendo en este momento. El español, el catalán, el gallego y el portugués son latín, un latín que ha ido cambiando poco a poco, boca a boca, durante dos mil años. Si pudieras viajar en el tiempo y escuchar hablar a tus antepasados de siglo en siglo, nunca notarías un salto: cada generación hablaba casi igual que sus padres. Pero, sumados todos esos pequeños cambios, el latín de Séneca se convirtió en el castellano de Cervantes.
Cómo se extendió el latín
Roma nunca obligó a nadie a hablar latín. No hacía falta. El latín era la lengua de los soldados, los comerciantes, los jueces, los recaudadores de impuestos y las leyes. Quien quería prosperar, hacer negocios, ser elegido magistrado u obtener la ciudadanía, tenía que aprenderlo. Los hijos de las familias importantes lo aprendían en la escuela, como los alumnos de Sertorio en Osca, y los demás, de oídas, en el mercado, en el ejército o en la calle.
Durante un tiempo, muchos hispanos fueron bilingües: hablaban latín fuera de casa y su lengua de siempre en familia. En el sur y el este, donde la romanización fue más temprana y profunda, las lenguas íberas desaparecieron hacia el siglo I después de Cristo. En el interior y el norte aguantaron más. Solo una lengua prerromana sobrevivió hasta hoy: la de los vascones, antepasada del euskera, que, aun así, tomó del latín muchísimas palabras.
Las reglas del cambio
Los sonidos del latín no cambiaron al azar, sino siguiendo unas reglas bastante regulares, que los lingüistas han descubierto comparando miles de palabras. Algunas de las más curiosas son estas:
- La f del principio de muchas palabras se convirtió en h, que al final dejó de pronunciarse: filium dio «hijo»; facere, «hacer»; ferrum, «hierro»; fumum, «humo». Algunos creen que fue por influencia de la lengua de los vascones, que no tenía el sonido f, aunque es una teoría discutida.
- Los grupos cl, pl y fl al principio de palabra se convirtieron en ll: clamare dio «llamar»; plenum, «lleno»; pluviam, «lluvia»; flammam, «llama».
- El grupo ct se convirtió en ch: noctem dio «noche»; octo, «ocho»; lactem, «leche»; factum, «hecho».
- Las vocales e y o acentuadas se partieron en dos: petram dio «piedra»; portam, «puerta»; focum, «fuego»; bonum, «bueno».
- El grupo nn se convirtió en un sonido nuevo, que los escribanos medievales abreviaban escribiendo una n pequeña encima de otra: así nació la ñ. Annum dio «año»; pinnam, «peña».
Así, una frase latina como filius meus noctem in petra dormit se habría ido transformando, paso a paso, hasta llegar a nuestro «mi hijo duerme de noche en la piedra». El vocabulario básico del español, el de la familia, el cuerpo, la casa, los números, los días y los meses, procede casi entero del latín. Se calcula que alrededor de tres de cada cuatro palabras del español tienen origen latino.
Palabras que ya estaban aquí
El latín, a su vez, tomó algunas palabras de las lenguas que encontró en la península, y muchas han llegado hasta nosotros. Se cree que vienen de lenguas prerromanas palabras como vega, páramo, arroyo, barro, charco, perro, becerro o cerveza (esta última, de origen celta). Es fácil de entender: son palabras del campo y del paisaje, las que un soldado o un colono romano aprendía de sus vecinos al llegar a un sitio nuevo. Los romanos adoptaron además el nombre hispano de un arma, la espada corta de los guerreros de aquí, que llamaron gladius hispaniensis, «espada hispana», y que se convirtió en el arma de las legiones.
Un mapa lleno de latín
Muchas de nuestras ciudades llevan todavía el nombre que les dieron los romanos, gastado por el uso. Caesar Augusta se convirtió en Zaragoza; Emerita Augusta, en Mérida; Legio, en León; Asturica, en Astorga; Lucus Augusti, en Lugo; Pompaelo, en Pamplona; Valentia, en Valencia; Tarraco, en Tarragona, y Barcino, en Barcelona. Otras conservan nombres más antiguos que los romanos adaptaron: Hispalis (Sevilla), Corduba (Córdoba), Gades (Cádiz), Malaca (Málaga), Toletum (Toledo) o Salmantica (Salamanca).
Y hay nombres de países y regiones: Hispania dio «España»; Asturia, «Asturias»; Gallaecia, «Galicia», y el nombre de Portugal viene de Portus Cale, un puerto junto a la desembocadura del Duero, cerca de la actual Oporto. Incluso muchos pueblos pequeños esconden palabras latinas: los que se llaman Villa... (de villa, «finca»), Castro... (de castrum, «fortaleza»), Quintana... (de quintana, un terreno) o Puente... nos hablan de aquella época.
Capítulo 13Dioses, cristianos y bárbaros
Los seis siglos de Hispania romana no fueron siempre iguales. El mundo de Augusto y de Trajano, seguro, rico y lleno de ciudades nuevas, dio paso en el siglo III a una época de crisis, y en el siglo IV a un imperio distinto, más duro y más cristiano. Al final, a comienzos del siglo V, pueblos llegados de más allá del Rin cruzaron los Pirineos. Este capítulo cuenta esa larga transformación.
Muchos dioses a la vez
Los romanos eran politeístas: creían en muchos dioses, y no les importaba añadir alguno más. Cuando llegaron a Hispania, encontraron dioses locales y a menudo los identificaron con los suyos, o simplemente los aceptaron. En el oeste se veneraba a Endovélico, un dios que curaba y daba consejos en sueños, y a Ataecina, una diosa de la primavera y del mundo de los muertos. Los hispanos les dedicaban altares con inscripciones en latín, lo que demuestra que la religión antigua y la nueva se mezclaban sin problemas.
Al mismo tiempo se rendía culto a los dioses de Roma, como Júpiter, Juno y Minerva, y al propio emperador, al que se consideraba protegido por los dioses y, tras su muerte, un dios más. Participar en ese culto era una muestra de lealtad política, algo así como jurar la bandera. Y llegaron también religiones de Oriente que prometían la salvación a sus fieles: el culto a la diosa egipcia Isis o el de Mitra, un dios persa muy popular entre los soldados. En Mérida se han encontrado esculturas de un templo de Mitra, y por eso una de sus grandes casas se llama «Casa del Mitreo».
La llegada del cristianismo
No sabemos cuándo llegó el cristianismo a Hispania. San Pablo, en su Carta a los Romanos, escrita hacia el año 57, dice que piensa viajar a Hispania, pero no sabemos si llegó a hacerlo. La tradición según la cual el apóstol Santiago predicó en la península y está enterrado en Compostela surgió siglos después, en la Edad Media, y los historiadores no encuentran pruebas de ella. Lo más probable es que el cristianismo llegara poco a poco, con comerciantes, soldados y viajeros, sobre todo desde el norte de África.
La primera noticia segura es una carta de Cipriano, obispo de Cartago, escrita hacia el año 254, que habla de las comunidades cristianas de León y Astorga, de Mérida y de Zaragoza. Pocos años después, el 21 de enero del 259, el obispo de Tarraco, Fructuoso, y sus diáconos Augurio y Eulogio fueron quemados vivos en el anfiteatro de la ciudad, durante una persecución ordenada por el emperador Valeriano. El relato de su juicio y su muerte, escrito poco después, es uno de los documentos cristianos más antiguos de España. En la arena del anfiteatro de Tarragona se construyó más tarde una iglesia en su recuerdo.
La persecución más dura llegó con el emperador Diocleciano, a partir del año 303. Entonces murieron, según la tradición, muchos mártires hispanos, como Eulalia de Mérida, una niña de unos doce años cuya historia contó en verso el poeta Prudencio, nacido en el 348 en el norte de Hispania, probablemente en Calagurris. Prudencio fue el primer gran poeta cristiano en lengua latina.
Todo cambió con el emperador Constantino, que desde el 313 permitió el cristianismo y lo favoreció. Uno de sus principales consejeros fue un hispano, Osio, obispo de Córdoba, que tuvo un papel destacado en el gran concilio de Nicea del año 325, donde se fijó el credo que todavía rezan millones de cristianos. Y en el 380, el hispano Teodosio lo convirtió en la religión oficial del Imperio. Poco después se prohibieron los sacrificios y se cerraron los templos paganos.
La crisis del siglo III
Mientras tanto, el Imperio había vivido una época terrible. Entre el año 235 y el 284 hubo más de veinte emperadores, casi todos generales proclamados por sus tropas y asesinados pocos años o pocos meses después. Las fronteras se rompían: por el este atacaban los persas, y por el norte, pueblos germanos. Para pagar a los soldados, los emperadores acuñaban monedas con cada vez menos plata, y los precios se dispararon.
Hispania quedaba lejos de las fronteras, pero no se libró. Hacia el año 260, bandas de francos y alamanes, pueblos germanos, cruzaron la Galia y los Pirineos y saquearon varias ciudades. Según algunos autores antiguos, llegaron a arrasar Tarraco, aunque la arqueología sugiere que los daños fueron menores de lo que cuentan. Asustadas, muchas ciudades se rodearon de murallas nuevas, más pequeñas y más fuertes, a veces con piedras arrancadas de edificios y tumbas. La más impresionante es la muralla de Lugo, construida a finales del siglo III: mide más de dos kilómetros, conserva 71 torres y es la única muralla romana del mundo que se conserva entera. Es Patrimonio de la Humanidad desde el año 2000.
El año 409
A comienzos del siglo V, el Imperio de Occidente estaba muy debilitado. En el año 406, varios pueblos germanos y los alanos, un pueblo de jinetes de las estepas, cruzaron el Rin y entraron en la Galia. En Britania, un soldado se proclamó emperador con el nombre de Constantino III y envió tropas a Hispania para hacerse con ella. Allí se enfrentó a unos parientes del difunto Teodosio, que defendían los pasos de los Pirineos con un ejército de campesinos de sus fincas. Los vencieron. Poco después, su general en Hispania, Geroncio, se rebeló a su vez y proclamó a otro emperador. En medio de aquel caos, nadie vigilaba los Pirineos.
A finales de septiembre o en octubre del año 409, según el cronista Hidacio, suevos, vándalos y alanos cruzaron los Pirineos y entraron en Hispania. Hidacio, que era obispo en la ciudad gallega de Aquae Flaviae (hoy Chaves, en Portugal), contó los años siguientes como una catástrofe: saqueos, hambre, epidemias y fieras que atacaban a los hombres. Es un relato dramático y quizá exagerado, pero es casi lo único que sabemos.
En el 411, los invasores se repartieron las provincias, según Hidacio echándolas a suertes: los vándalos asdingos y los suevos se quedaron con la Gallaecia; los alanos, con la Lusitania y la Cartaginense, y los vándalos silingos, con la Bética. Solo la Tarraconense siguió en manos de Roma.
Llegan los visigodos
Roma no tenía ya ejército suficiente, así que recurrió a otro pueblo germano: los visigodos, los mismos que en el año 410, mandados por Alarico, habían saqueado la propia Roma, algo que no ocurría desde hacía ochocientos años. A cambio de trigo y de tierras donde asentarse, los visigodos se convirtieron en federados, aliados que luchaban para Roma. Entre el 416 y el 418, su rey Valia aniquiló a los vándalos silingos y a los alanos. Los supervivientes se unieron a los vándalos asdingos, que en el 429, con su rey Genserico, cruzaron el estrecho de Gibraltar hacia África: según un autor de la época, eran unas 80.000 personas.
Los suevos se quedaron en Gallaecia y fundaron allí un reino con capital en Bracara (Braga), que duró más de siglo y medio. Los visigodos se asentaron en el sur de la Galia, con capital en Tolosa (Toulouse), pero fueron entrando cada vez más en Hispania. En el 476, el último emperador de Occidente, un muchacho llamado Rómulo Augústulo, fue depuesto en Italia. Para entonces, el rey visigodo Eurico ya estaba conquistando las últimas ciudades romanas de la Tarraconense. Hispania había dejado de ser romana... al menos en lo político.
Capítulo 14Fechas clave y resumen
Roma se marchó, pero nunca se fue del todo. Quedaron la lengua, el derecho, el cristianismo, las ciudades y los caminos. Cuando, siglos después, los reyes de la Edad Media quisieron darse importancia, dijeron que eran herederos de Roma y de los visigodos. Y todavía hoy, cuando cruzas un puente romano, entras en Zaragoza, pides «la cuenta» o celebras el 1 de enero, estás usando algo que dejaron aquellos seis siglos. Estas son las fechas principales de la historia que has leído.
- Siglo IX a. C.
- Los fenicios se instalan en Gadir (Cádiz); poco después florece Tartessos.
- Hacia el 575 a. C.
- Los griegos fundan Emporion (Ampurias).
- 237 a. C.
- Amílcar Barca desembarca en Gadir.
- Hacia el 227 a. C.
- Asdrúbal funda Qart Hadasht (Cartagena).
- 219 a. C.
- Aníbal asedia Sagunto, que resiste ocho meses.
- 218 a. C.
- Comienza la Segunda Guerra Púnica; los romanos desembarcan en Ampurias.
- 209 a. C.
- Escipión toma Cartagena.
- 206 a. C.
- Batalla de Ilipa; los cartagineses pierden Hispania; se funda Itálica.
- 197 a. C.
- Se crean las provincias de Hispania Citerior y Ulterior.
- 153 a. C.
- Por la guerra de Segeda, los cónsules empiezan su mandato el 1 de enero.
- 147–139 a. C.
- Guerra de Viriato.
- 133 a. C.
- Cae Numancia tras un cerco de unos once meses.
- 80–72 a. C.
- Sertorio gobierna buena parte de Hispania.
- 45 a. C.
- César vence a los hijos de Pompeyo en Munda.
- 29–19 a. C.
- Guerras cántabras; termina la conquista.
- 27 a. C.
- Augusto divide Hispania en Tarraconense, Bética y Lusitania.
- 25 a. C.
- Fundación de Emerita Augusta (Mérida).
- 16–15 a. C.
- Se inaugura el teatro de Mérida.
- 65 d. C.
- Mueren Séneca y Lucano por orden de Nerón.
- Hacia el 74
- Vespasiano concede el derecho latino a toda Hispania.
- 98–117
- Trajano, nacido en Itálica, primer emperador provincial.
- 117–138
- Reinado de Adriano.
- 212
- Caracalla concede la ciudadanía a casi todos los habitantes libres del Imperio.
- 259
- Martirio de Fructuoso en el anfiteatro de Tarraco.
- Hacia el 260
- Francos y alamanes saquean ciudades de Hispania.
- Finales del siglo III
- Diocleciano crea la diócesis de las Hispanias.
- 325
- Osio de Córdoba participa en el concilio de Nicea.
- 379–395
- Reinado de Teodosio, nacido en Coca; el cristianismo, religión oficial (380).
- 409
- Suevos, vándalos y alanos cruzan los Pirineos.
- 416–418
- Los visigodos, aliados de Roma, derrotan a silingos y alanos.
- 476
- Fin del Imperio romano de Occidente.
Resumen en seis frases
- Antes de Roma, la península era un mosaico de pueblos (íberos, celtas, celtíberos, vascones y los herederos de Tartessos) que ya comerciaban con fenicios, griegos y cartagineses.
- Roma llegó en el 218 a. C. para luchar contra Aníbal, expulsó a Cartago de Hispania y decidió quedarse.
- La conquista duró dos siglos, con episodios tan duros como la guerra de Viriato, el cerco de Numancia y las guerras cántabras, que terminaron en el 19 a. C.
- Roma organizó Hispania en provincias y ciudades que se gobernaban a sí mismas, la unió con calzadas y acueductos y la explotó por sus metales, su aceite y su garum.
- Los hispanos se hicieron romanos: hablaron latín, recibieron la ciudadanía, vivieron a la romana y dieron a Roma escritores como Séneca y Marcial y emperadores como Trajano, Adriano y Teodosio.
- Tras la crisis del siglo III y la llegada del cristianismo, la entrada de suevos, vándalos y alanos en el 409 y el dominio visigodo pusieron fin a la Hispania romana, pero su lengua, sus ciudades y sus leyes sobrevivieron.
Para pensar: Roma nunca obligó a los hispanos a hablar latín, y sin embargo acabaron olvidando sus propias lenguas. ¿Por qué crees que ocurrió? ¿Ves hoy algo parecido con alguna lengua o alguna costumbre que se extiende por el mundo porque «conviene» aprenderla? Si te interesa lo que ocurrió muchos siglos después, cuando los herederos de aquella Hispania terminaron la conquista de Granada, puedes leer 1492.