La evolución
Cómo Darwin explicó la diversidad de la vida
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Capítulo 1Una pregunta muy antigua
Mira a tu alrededor: una hormiga, un roble, una seta, tu gato, tú. Los científicos han descrito unos dos millones de especies de seres vivos, y seguramente quedan varios millones más por descubrir. Hay bacterias que viven en agua casi hirviendo, peces que brillan en la oscuridad del fondo del mar y aves que cruzan océanos sin posarse. Y casi todos parecen hechos a la medida del lugar donde viven: el pájaro carpintero tiene un pico como un cincel; el camello aguanta días sin beber; el oso polar, bajo su pelo blanco, tiene la piel negra, que absorbe mejor el calor del sol.
¿De dónde sale tanta variedad? ¿Y por qué cada ser vivo encaja tan bien en su ambiente? Hoy conocemos la respuesta: la evolución. Todos los seres vivos descienden de antepasados comunes y han ido cambiando, generación tras generación, durante miles de millones de años. La explicación de cómo ocurre ese cambio, la selección natural, la encontraron por separado dos naturalistas británicos, Charles Darwin y Alfred Russel Wallace, y se presentó al mundo en 1858. Es una de las ideas más importantes de la historia de la ciencia. Para entender por qué fue tan revolucionaria, hay que ver primero qué se pensaba antes.
Un mundo fijo y joven
Durante siglos, en Europa se creyó que cada especie había sido creada tal y como es, de una vez y para siempre, y que no cambiaba. Es lo que se llama fijismo. También se pensaba que la Tierra era muy joven. En 1650, el arzobispo irlandés James Ussher sumó las edades de los personajes de la Biblia y concluyó que la Creación había ocurrido en el año 4004 antes de Cristo, a finales de octubre. Según esa cuenta, el mundo tenía menos de 6.000 años.
El naturalista sueco Carlos Linneo (1707–1778) puso orden en ese mundo. Inventó el sistema que todavía usamos para nombrar a los seres vivos: dos palabras en latín, la primera para el género y la segunda para la especie. El lobo es Canis lupus; el león, Panthera leo, y nosotros somos Homo sapiens, «hombre sabio», un nombre que nos puso el propio Linneo en 1758. Además, agrupó las especies parecidas en grupos cada vez más amplios, como cajas dentro de cajas: especies dentro de géneros, géneros dentro de familias, y así sucesivamente. Linneo creía estar ordenando la obra del Creador, pero, sin saberlo, estaba dibujando otra cosa: un árbol de parentescos.
Huesos de animales desaparecidos
Los fósiles eran un rompecabezas. Se encontraban conchas marinas en lo alto de las montañas y huesos gigantes que no se parecían a los de ningún animal conocido. En 1796, el naturalista francés Georges Cuvier demostró que los huesos de los mamuts eran distintos de los de cualquier elefante vivo: pertenecían a una especie que ya no existía. Por primera vez se aceptó que las especies podían extinguirse. Cuvier pensaba que la Tierra había sufrido grandes catástrofes, como inundaciones repentinas, que habían borrado animales enteros. Pero no creía que unas especies se transformaran en otras.
Lamarck, el primero que se atrevió
En 1809, el mismo año en que nació Darwin, el naturalista francés Jean-Baptiste Lamarck publicó la primera teoría completa de la evolución. Según Lamarck, los seres vivos cambian poco a poco a lo largo de muchísimo tiempo. Proponía dos mecanismos: los órganos que se usan mucho se desarrollan y los que no se usan se atrofian, y esos cambios adquiridos durante la vida se transmiten a los hijos. El ejemplo más famoso es la jirafa: al estirar el cuello para alcanzar las hojas altas, cada jirafa lo alargaría un poco y pasaría ese cuello algo más largo a sus crías.
Hoy sabemos que Lamarck se equivocó en el mecanismo: si un herrero desarrolla grandes músculos, sus hijos no nacen musculosos. Pero acertó en lo esencial: las especies cambian. Además, fue uno de los primeros en usar la palabra biología y fue quien separó a los animales en vertebrados e invertebrados. Murió en 1829, ciego y pobre. Lo enterraron en una tumba alquilada durante unos años, y hoy nadie sabe dónde están sus restos.
Capítulo 2El joven Darwin
Charles Robert Darwin nació el 12 de febrero de 1809 en Shrewsbury, una pequeña ciudad del oeste de Inglaterra. Ese mismo día, al otro lado del Atlántico, nació Abraham Lincoln. Su familia era rica y culta. Su padre, Robert, era un médico de éxito. Su abuelo paterno, Erasmus Darwin, había sido médico, inventor y poeta, y ya había escrito que los seres vivos podían transformarse con el tiempo. Su abuelo materno era Josiah Wedgwood, fundador de una famosa fábrica de porcelana y enemigo declarado de la esclavitud.
Su madre murió cuando él tenía ocho años. De niño le encantaba coleccionar cosas: conchas, sellos, monedas, minerales, huevos de pájaro. En el colegio no destacaba, porque aprender de memoria versos en latín y griego le aburría profundamente. Con su hermano mayor, Erasmus, montó un laboratorio de química en un cobertizo del jardín, y sus compañeros le pusieron un mote: «Gas».
Un médico que no soportaba la sangre
Con dieciséis años, su padre lo envió a estudiar medicina a Edimburgo, en Escocia. Fue un desastre. Las clases le parecían soporíferas y asistió a dos operaciones, una de ellas a un niño, en una época en la que no existía la anestesia. Salió corriendo antes de que terminaran y nunca volvió a entrar en un quirófano. En Edimburgo, en cambio, aprendió algo que le sería muy útil: a disecar aves. Le enseñó John Edmonstone, un antiguo esclavo de la Guayana que se ganaba la vida como taxidermista.
Su padre, desesperado, le soltó una frase que Darwin recordaría toda su vida: «No te importa nada más que la caza, los perros y atrapar ratas, y serás una deshonra para ti y para toda tu familia». Decidió entonces que su hijo sería clérigo de la Iglesia de Inglaterra, una profesión respetable y tranquila, y en 1828 lo envió a la Universidad de Cambridge.
Un escarabajo en la boca
En Cambridge, Darwin se volvió un apasionado coleccionista de escarabajos. Él mismo contó una anécdota: un día arrancó la corteza de un árbol viejo y vio dos escarabajos raros; cogió uno con cada mano. Entonces apareció un tercero, de una especie nueva, y no quiso perderlo, así que se metió en la boca el de la mano derecha. El escarabajo soltó un líquido tan ardiente que tuvo que escupirlo, y perdió a la vez al de la boca y al tercero.
Más importante fue su amistad con el profesor de botánica John Stevens Henslow. Darwin lo acompañaba tan a menudo en sus paseos que en la universidad lo conocían como «el que pasea con Henslow». También aprendió geología en una excursión por Gales con el profesor Adam Sedgwick.
La carta que lo cambió todo
En agosto de 1831, al volver a casa, le esperaba una carta de Henslow. La Marina británica iba a enviar el barco HMS Beagle a trazar mapas de las costas de Sudamérica, y su capitán, Robert FitzRoy, de solo 26 años, buscaba un joven caballero culto que le acompañara. Los capitanes vivían muy aislados, porque no podían hacerse amigos de sus oficiales ni de la tripulación. El capitán anterior del Beagle se había quitado la vida durante un viaje, y FitzRoy temía la soledad del mando. Quería a bordo a alguien con quien conversar, que además aprovechara el viaje para estudiar la naturaleza. Henslow le había recomendado a Darwin.
Su padre se opuso: le parecía otra excusa para no sentar la cabeza. Pero añadió: «Si encuentras a algún hombre con sentido común que te aconseje ir, te daré mi permiso». Ese hombre fue su tío, Josiah Wedgwood II, que convenció al padre. Darwin iría sin sueldo, y su familia pagaría sus gastos.
Capítulo 3La vuelta al mundo del Beagle
El Beagle era un velero de unos 27 metros de largo, más o menos lo que mide una pista de baloncesto, en el que se apretujaban unas setenta personas. Darwin compartía un camarote diminuto con otros dos jóvenes, y dormía en una hamaca colgada sobre la mesa de los mapas. El barco zarpó de Plymouth, en el sur de Inglaterra, el 27 de diciembre de 1831. Iba a ser un viaje de dos años. Duró casi cinco.
Darwin se mareó desde el primer día hasta el último: nunca se acostumbró al mar. Por eso aprovechaba cada escala para bajar a tierra. Mientras el Beagle medía y dibujaba la costa, él recorría a caballo o a pie cientos de kilómetros, recogiendo animales, plantas, rocas y fósiles. De los casi cinco años de viaje, pasó más de tres en tierra firme.
Selvas, fósiles y gauchos
En Brasil, la selva tropical le deslumbró: «La palabra delicia es demasiado débil para expresar lo que siente un naturalista que pasea solo, por primera vez, por un bosque brasileño», escribió. También vio de cerca la esclavitud, que le horrorizó. Discutió sobre ella con FitzRoy con tanta fuerza que estuvieron a punto de romper su amistad.
En 1832, cerca de Bahía Blanca, en Argentina, encontró en unos acantilados huesos de animales gigantes ya extinguidos: perezosos del tamaño de un elefante, como el megaterio, y enormes parientes de los armadillos con caparazones del tamaño de un coche pequeño. Le llamó la atención algo curioso: esos gigantes se parecían a animales que todavía viven en Sudamérica, como los perezosos y los armadillos, y que no existen en otros continentes. ¿Por qué los animales vivos de un lugar se parecían a los ya desaparecidos del mismo lugar?
Tierra del Fuego
A bordo viajaban tres jóvenes nativos de Tierra del Fuego, en el extremo sur de América, a los que FitzRoy se había llevado a Inglaterra en un viaje anterior. Los ingleses los llamaban Jemmy Button, York Minster y Fuegia Basket. Habían pasado más de un año en Inglaterra, aprendido inglés e incluso conocido al rey. FitzRoy los devolvió a su tierra junto con un misionero, con la idea de fundar una misión. El plan fracasó, y los tres volvieron pronto a su vida de antes. A Darwin le impresionó comprobar lo poco que separaba a aquellos jóvenes, tan elegantes en el barco, de los fueguinos que vivían casi desnudos bajo la lluvia helada. Las diferencias entre pueblos eran mucho menores de lo que se creía en Europa.
El terremoto
El 20 de febrero de 1835, Darwin descansaba en un bosque cerca de Valdivia, en Chile, cuando la tierra empezó a temblar. Fue un terremoto enorme. Días después, el Beagle llegó a Concepción: la ciudad estaba en ruinas. Pero lo que más le interesó fue la costa. El terreno se había elevado, y había bancos de mejillones muertos por encima del nivel de la marea alta. FitzRoy midió que, en algunos lugares, el suelo había subido más de dos metros.
Poco después, al cruzar los Andes a caballo, Darwin encontró conchas marinas fosilizadas a más de 3.000 metros de altura, y un bosque de árboles petrificados que, según dedujo, habían crecido cerca del mar. El terremoto le había dado la clave: las montañas se levantan poco a poco, a sacudidas, a lo largo de un tiempo inmenso.
El regreso
Tras las Galápagos, de las que hablaremos en el próximo capítulo, el Beagle cruzó el Pacífico hasta Tahití, Nueva Zelanda y Australia. En las islas Cocos, en el océano Índico, Darwin estudió los atolones, anillos de coral en medio del océano, y propuso cómo se forman: el coral crece alrededor de una isla volcánica que se va hundiendo poco a poco, y sigue creciendo hacia arriba hasta que la isla desaparece y solo queda el anillo. Tenía razón. Se comprobó más de un siglo después, cuando se perforaron atolones del Pacífico y apareció roca volcánica bajo más de mil metros de coral.
El Beagle volvió a Inglaterra el 2 de octubre de 1836. Darwin traía más de 5.000 ejemplares de animales, plantas, rocas y fósiles, y cientos de páginas de cuadernos. Nunca volvió a salir de Gran Bretaña.
Capítulo 4Las islas Galápagos
Las Galápagos son un grupo de islas volcánicas en el océano Pacífico, a unos 1.000 kilómetros de la costa de Ecuador, justo sobre la línea del ecuador. Surgieron del fondo del mar por erupciones volcánicas y nunca estuvieron unidas al continente. Todos los seres vivos que las habitan, o sus antepasados, tuvieron que llegar de algún modo: volando, nadando o flotando a la deriva sobre troncos y balsas de vegetación.
Las descubrió por casualidad en 1535 fray Tomás de Berlanga, obispo de Panamá, cuando su barco quedó a la deriva camino del Perú. En su carta al rey Carlos I contó que había allí galápagos tan grandes que cada uno podía llevar a un hombre encima. Por esas tortugas gigantes, las islas acabaron llamándose Galápagos.
El Beagle llegó el 15 de septiembre de 1835 y se quedó unas cinco semanas. Darwin desembarcó en cuatro islas. Al principio le parecieron un lugar hostil, de lava negra, cactus y calor: «Nada podría ser menos atractivo que su primer aspecto», escribió.
Tortugas, iguanas y cucuves
Las tortugas gigantes pueden pesar más de 200 kilos y vivir más de cien años. Darwin se subió a sus caparazones y calculó su velocidad: recorrían unos seis kilómetros al día. El vicegobernador de las islas, un inglés llamado Nicholas Lawson, le contó algo en lo que Darwin no se fijó lo suficiente: que él sabía de qué isla venía cada tortuga por la forma de su caparazón. En las islas más húmedas, con hierba abundante, los caparazones son redondeados, como una cúpula. En las islas secas, donde las tortugas estiran el cuello para comer cactus, el caparazón se levanta por delante como una silla de montar.
Las iguanas marinas son los únicos lagartos del mundo que se alimentan en el mar: bucean para comer algas pegadas a las rocas. A Darwin le parecieron feísimas y las llamó «diablillos de la oscuridad». Hizo con ellas un experimento curioso: lanzó una al agua varias veces desde una roca, y cada vez la iguana volvía nadando exactamente al mismo sitio. Dedujo que en tierra no tiene enemigos, mientras que en el mar la esperan los tiburones: para ella, la orilla es el lugar seguro.
Lo que de verdad le hizo pensar fueron unos pájaros, los cucuves, parecidos a los zorzales. Descubrió que en cada isla había un tipo distinto. Meses después, ordenando sus notas en el barco, escribió una frase que hoy es famosa: si las variedades de cada isla resultaban ser especies diferentes, «tales hechos socavarían la estabilidad de las especies».
Los pinzones de Darwin
Darwin también cazó unos pajarillos pardos que no le llamaron demasiado la atención. Pensó que eran de familias distintas, y ni siquiera anotó en qué isla había cazado cada uno. Al volver a Londres, en 1837, se los entregó al ornitólogo John Gould, que le dio una sorpresa: eran todos pinzones, de una docena de especies distintas, desconocidas hasta entonces y que solo vivían en las Galápagos. Darwin tuvo que recurrir a los ejemplares de FitzRoy y de otros tripulantes, que sí habían apuntado las islas, para saber de dónde venía cada uno.
Lo que más distingue a unos pinzones de otros es el pico, adaptado a lo que comen:
En la segunda edición de su diario de viaje, en 1845, Darwin dejó caer una idea: viendo tanta variedad de picos en un grupo de aves tan pequeño y emparentado, «uno podría realmente imaginar que, de una escasez original de aves en este archipiélago, se tomó una especie y se modificó para fines distintos».
La evolución en directo
Desde 1973, los biólogos Peter y Rosemary Grant pasaron varios meses al año en la diminuta isla de Daphne Mayor, capturando, midiendo y anillando a casi todos sus pinzones. En 1977 hubo una sequía terrible. Casi no quedaron semillas pequeñas y blandas, solo las grandes y duras, y más de ocho de cada diez pinzones de tierra medianos murieron. Sobrevivieron sobre todo los de pico más grande y fuerte, capaces de partir esas semillas. Y sus crías nacieron, de media, con el pico algo más grande que la generación anterior: apenas medio milímetro, pero medible. Los Grant habían visto actuar la selección natural en un solo año.
Capítulo 5Veinte años de silencio
En la primavera de 1837, tras la sorpresa de los pinzones, Darwin se convenció de que las especies cambian. En julio abrió un cuaderno secreto dedicado a la «transmutación de las especies». En una de sus páginas dibujó un esquema que se ha hecho famoso: un árbol que se ramifica, con dos palabras escritas encima, I think, «creo que».
Era una idea nueva: representar la historia de la vida como un árbol genealógico. Las especies no se transforman en fila, una detrás de otra, sino que se ramifican. Dos especies parecidas, como A y B, son primas: comparten un antepasado reciente. Pero a Darwin le faltaba lo más importante. ¿Qué hace que las especies cambien, y además tan bien adaptadas a su ambiente?
El libro de un economista
El 28 de septiembre de 1838, Darwin leyó, por puro entretenimiento, el Ensayo sobre el principio de la población, que el economista Thomas Malthus había publicado cuarenta años antes. Malthus decía que la población humana, si nada la frena, crece mucho más deprisa que la comida disponible, y que por eso el hambre, las enfermedades y las guerras acaban frenándola.
Darwin pensó en los animales y las plantas: todos producen muchas más crías de las que pueden sobrevivir. Si solo unas pocas sobreviven, ¿cuáles lo harán? Las que tengan alguna pequeña ventaja. Y si esa ventaja se hereda... Lo recordaría así en su autobiografía: «Por fin tenía una teoría con la que trabajar». Acababa de nacer la idea de la selección natural.
¿Casarse o no casarse?
Ese mismo año, Darwin, que era muy metódico, escribió en una hoja los argumentos a favor y en contra de casarse. A favor: «hijos (si Dios quiere), una compañera constante (y amiga en la vejez)... en cualquier caso, mejor que un perro». En contra: «libertad para ir adonde uno quiera, conversación con hombres inteligentes en los clubes, no estar obligado a visitar a los parientes... pérdida de tiempo». Su conclusión: «Casarse, casarse, casarse. Queda demostrado».
En enero de 1839 se casó con su prima Emma Wedgwood. Tuvieron diez hijos, tres de los cuales murieron de niños. La muerte de su hija Annie en 1851, con diez años, le rompió el corazón y acabó con lo poco que le quedaba de fe religiosa. En 1842 la familia se mudó a Down House, una casa de campo al sur de Londres, donde Darwin viviría y trabajaría el resto de su vida. Cada día daba vueltas por un sendero de su jardín al que llamaba su «camino para pensar».
Darwin volvió del viaje con una salud frágil. Durante décadas sufrió vómitos, palpitaciones, agotamiento y problemas de piel, sobre todo en épocas de nervios. Nadie sabe con seguridad qué tenía.
Una teoría guardada en un cajón
En 1842 escribió un primer resumen de su teoría, de 35 páginas, y en 1844 lo amplió hasta un ensayo de unas 230. Pero no lo publicó. Lo guardó con una carta para Emma en la que le pedía que, si él moría, se encargara de publicarlo, y le dejaba 400 libras para hacerlo. A su amigo el botánico Joseph Hooker le confesó en una carta: «Estoy casi convencido, en contra de la opinión con la que empecé, de que las especies no son inmutables (es como confesar un asesinato)».
- La idea era explosiva. Si las especies cambian por causas naturales, no hace falta un acto de creación para explicar cada una. Y el ser humano sería un animal más, pariente de los simios. En la Inglaterra de la época, eso podía arruinar la reputación de cualquiera.
- Había visto lo que les pasaba a otros. En 1844 se publicó sin nombre de autor un libro sobre la evolución, Vestigios de la historia natural de la creación. Fue un éxito de ventas, pero los científicos lo destrozaron por sus errores. Darwin tomó nota: si publicaba, necesitaba pruebas aplastantes. El autor, el editor escocés Robert Chambers, no se reveló oficialmente hasta 1884.
- Su familia. Emma era muy religiosa, y a Darwin le dolía hacerla sufrir.
- Era un perfeccionista. Pasó ocho años, de 1846 a 1854, estudiando los percebes y sus parientes, y escribió cuatro libros sobre ellos. Sus hijos crecieron creyendo que eso era lo que hacían todos los padres: uno de ellos, de visita en casa de un amigo, le preguntó: «¿Y dónde hace tu padre sus percebes?».
Capítulo 6La selección natural
La idea de Darwin se puede resumir en cuatro hechos que cualquiera puede comprobar y una conclusión que se deduce de ellos casi sola.
- Variación. Los individuos de una misma especie no son idénticos. Unos son algo más grandes, más rápidos, de otro color o más resistentes al frío. Basta mirar a tus compañeros de clase.
- Herencia. Muchas de esas diferencias se heredan: los hijos se parecen a sus padres.
- Nacen más de los que pueden sobrevivir. Todos los seres vivos producen muchas más crías de las que el ambiente puede mantener. Una hembra de bacalao pone varios millones de huevos al año; un roble, miles de bellotas. Incluso el elefante, uno de los animales que se reproducen más despacio, llenaría el mundo: Darwin calculó que, si todas las crías sobrevivieran, una sola pareja dejaría unos 19 millones de descendientes en 750 años. Así que la mayoría muere antes de reproducirse.
- Éxito desigual. Los que sobreviven y se reproducen no son una muestra al azar: tienen más probabilidades los que tienen características que les ayudan en su ambiente.
La conclusión: generación tras generación, las características útiles se vuelven más comunes y las perjudiciales, más raras. La especie va cambiando y se va adaptando a su ambiente. Nadie la dirige ni la elige: el ambiente actúa como un colador. Darwin lo llamó selección natural.
Las polillas de Mánchester
El ejemplo más famoso de selección natural en acción es el de la polilla del abedul, una mariposa nocturna inglesa que pasa el día posada en los troncos de los árboles. Normalmente es blanquecina con motitas negras, y sobre la corteza cubierta de líquenes claros casi no se ve.
En 1848 se capturó cerca de Mánchester, en plena Revolución Industrial, un ejemplar casi negro. El humo de carbón de las fábricas estaba ennegreciendo los troncos y matando los líquenes. Sobre la corteza oscura, las polillas claras se convirtieron en presa fácil para los pájaros, y las oscuras pasaban desapercibidas. Hacia 1895, alrededor del 98 % de las polillas de la zona de Mánchester eran negras.
La historia tiene una segunda parte. En los años cincuenta, el Reino Unido aprobó leyes contra la contaminación del aire. Los troncos se fueron limpiando, los líquenes volvieron, y las polillas negras se hicieron cada vez más raras, hasta casi desaparecer. Durante un tiempo hubo quien dudó de esta historia, porque los primeros experimentos tenían fallos. Entre 2001 y 2007, el biólogo Michael Majerus soltó casi 5.000 polillas en su jardín y observó quién se las comía: los pájaros cazaban más polillas oscuras que claras, justo como predice la selección natural.
El problema de la cola del pavo real
«Cada vez que miro una pluma de la cola de un pavo real, me pongo enfermo», escribió Darwin en 1860. Una cola así es un estorbo enorme para escapar de un zorro. ¿Cómo podía haberla producido la selección natural?
Su respuesta, que desarrolló en 1871, fue la selección sexual. No basta con sobrevivir: también hay que conseguir pareja. Si las hembras prefieren a los machos con colas más vistosas, esos machos tendrán más crías aunque vivan algo menos, y las colas se harán cada vez más espectaculares. Por eso, en muchas especies, los machos lucen colores llamativos, cantos complicados, cornamentas o danzas de cortejo.
Capítulo 7Palomas, perros y coles
Para convencer a sus lectores, Darwin necesitaba un ejemplo que todo el mundo pudiera ver. Lo encontró en los granjeros y los criadores de animales, que llevaban miles de años transformando especies sin saberlo.
En 1855 empezó a criar palomas en Down House y se hizo socio de dos clubes de colombófilos de Londres. Había razas asombrosas: la paloma buchona, que infla el buche como un globo; la colipavo, con la cola abierta en abanico; la volteadora, que da volteretas en pleno vuelo. Darwin comprobó que todas descendían de una sola especie salvaje, la paloma bravía, la misma que vive en los acantilados y en las plazas de nuestras ciudades.
Su razonamiento fue este: si los criadores, eligiendo durante unos pocos siglos qué palomas se reproducen, han conseguido formas tan distintas, ¿qué no podrá hacer la naturaleza en millones de años? Por eso llamó a su idea «selección natural»: es como la selección artificial de los criadores, pero sin criador. En lugar de una persona que elige, es el ambiente el que decide quién deja descendientes.
Del lobo al chihuahua
Todos los perros, del chihuahua al gran danés, descienden de lobos domesticados hace al menos 15.000 años. Hoy existen unas 350 razas reconocidas. Un chihuahua puede pesar menos de 2 kilos y un mastín más de 80: cuarenta veces más. Cada raza se consiguió eligiendo durante generaciones a los perros con el rasgo deseado: más pequeños, más rápidos, con mejor olfato o con el pelo más largo.
Seis verduras en una
El ejemplo más sorprendente está en el mercado. La col silvestre es una planta que crece en los acantilados de las costas de Europa. Seleccionando, generación tras generación, las plantas con una parte más grande o más sabrosa, los agricultores sacaron de ella verduras que parecen no tener nada que ver.
Lo mismo pasó con casi todo lo que comemos. El maíz desciende del teosinte, una hierba de México cuyas espigas tenían solo unos pocos granos duros, cada uno encerrado en una cáscara. Hace unos 9.000 años, los agricultores empezaron a seleccionar las plantas con más granos y más blandos. Hoy una mazorca de maíz tiene cientos. Y los plátanos silvestres están llenos de semillas duras como piedras.
Capítulo 8Wallace y el libro que lo cambió todo
Mientras Darwin estudiaba percebes, al otro lado del mundo un joven naturalista estaba llegando a la misma idea. Alfred Russel Wallace nació en Gales en 1823, en una familia con pocos recursos. Dejó el colegio a los catorce años y trabajó como agrimensor y como maestro. Aprendió ciencias por su cuenta, leyendo en bibliotecas públicas.
En 1848 viajó a la Amazonia con su amigo Henry Walter Bates para recoger animales y plantas y venderlos a museos y coleccionistas: era un naturalista profesional, que vivía de lo que encontraba. Tras cuatro años en la selva, en el viaje de vuelta el barco se incendió y se hundió en mitad del Atlántico. Wallace perdió casi todas sus colecciones y pasó diez días en un bote salvavidas hasta que otro barco los rescató.
No se rindió. En 1854 partió hacia el archipiélago malayo, las islas que hoy forman Malasia e Indonesia, donde pasó ocho años. Recorrió unos 22.000 kilómetros y reunió más de 125.000 ejemplares, entre ellos más de mil especies desconocidas para la ciencia.
Una frontera invisible
Wallace descubrió allí algo asombroso. Bali y Lombok son dos islas vecinas, separadas por un estrecho de apenas unas decenas de kilómetros. Pero sus animales son muy distintos. «En Bali hay barbudos, zorzales frugívoros y pájaros carpinteros; al pasar a Lombok ya no se ven, pero abundan las cacatúas, los mieleros y los talégalos», escribió. Al oeste de esa frontera, la fauna es asiática: tigres, rinocerontes, monos. Al este, es australiana: marsupiales, cacatúas, aves del paraíso. Hoy esa frontera se llama línea de Wallace.
Una carta desde Ternate
En febrero de 1858, en la isla de Ternate, Wallace estaba en cama, temblando por un ataque de malaria. Entre fiebre y fiebre recordó el libro de Malthus, que había leído años antes, y de pronto lo vio claro: en cada generación sobreviven los mejor adaptados, y así cambian las especies. En cuanto se recuperó, lo escribió en un ensayo y se lo envió a la persona que más admiraba y con la que se carteaba: Charles Darwin. Le pedía que, si le parecía interesante, se lo enseñara a Lyell.
Darwin recibió la carta en junio de 1858 y se quedó helado. El ensayo de Wallace resumía su teoría casi palabra por palabra. Ese mismo día escribió a Lyell: «Nunca he visto una coincidencia más asombrosa. Si Wallace hubiera tenido mi borrador de 1842, no podría haber hecho un resumen mejor». Y añadió, abatido, que toda su originalidad quedaría «hecha pedazos».
Lyell y Hooker encontraron una solución: el 1 de julio de 1858 se leyeron juntos, en la Sociedad Linneana de Londres, el ensayo de Wallace y unos fragmentos de los escritos antiguos de Darwin que demostraban que él había tenido la idea antes. Ninguno de los dos estuvo presente. Wallace seguía en el archipiélago malayo y ni siquiera sabía nada. Darwin estaba en casa, de luto: su hijo pequeño, Charles, acababa de morir de escarlatina.
«El origen de las especies»
Darwin se puso a escribir a toda prisa un «resumen» de su gran obra, y el 24 de noviembre de 1859, se publicó El origen de las especies por medio de la selección natural. Tenía unas 500 páginas y una sola ilustración: un árbol ramificado como el de su cuaderno. Los 1.250 ejemplares de la primera edición se vendieron a los libreros en cuanto salieron a la venta.
El libro está lleno de ejemplos: palomas, percebes, fósiles, islas, embriones... Darwin se anticipaba a cada objeción que se le ocurría y dedicó un capítulo entero a las dificultades de su propia teoría. Y cerraba con un párrafo que se ha hecho famoso:
«Hay grandeza en esta visión de la vida (...): mientras este planeta ha ido girando según la ley fija de la gravedad, a partir de un comienzo tan sencillo han evolucionado, y siguen evolucionando, infinidad de formas, las más bellas y maravillosas.»
La mención de la gravedad no es casual. Para los científicos de su época, la ley de la gravedad de Newton era el gran ejemplo de ley natural: una sola regla explica la caída de una manzana y el movimiento de todos los planetas. Darwin aspiraba a lo mismo para los seres vivos: una sola idea para explicar la diversidad de la vida.
Wallace nunca se sintió robado. Siempre consideró a Darwin el autor principal de la teoría, y cuando escribió un libro para explicarla, lo tituló Darwinismo. Fueron amigos y se respetaron toda la vida.
Capítulo 9La gran polémica
El libro provocó un terremoto. El 30 de junio de 1860, en una reunión científica en Oxford, cerca de mil personas se apretujaron para oír un debate sobre la nueva teoría. Darwin no estaba: se encontraba enfermo. En su lugar lo defendió el biólogo Thomas Henry Huxley. En contra habló el obispo de Oxford, Samuel Wilberforce, un orador brillante.
No hay actas de lo que se dijo; lo sabemos por cartas y recuerdos de testigos, que no coinciden del todo. Según la versión más conocida, Wilberforce preguntó a Huxley, con ironía, si descendía del mono por parte de su abuelo o de su abuela. Huxley respondió que no le avergonzaría tener a un mono por antepasado, pero sí estar emparentado con un hombre que usaba su talento para oscurecer la verdad. Hubo gritos y risas, y se cuenta que una señora se desmayó. Entre el público estaba FitzRoy, ya almirante, que levantaba una Biblia y pedía a la gente que creyera a Dios y no al hombre. Se sentía culpable de haber llevado a Darwin en su barco.
No todas las personas religiosas estaban en contra. El botánico estadounidense Asa Gray, un cristiano devoto, fue uno de los grandes defensores de Darwin. El clérigo y novelista Charles Kingsley le escribió que le parecía una idea tan noble de Dios pensar que había creado formas capaces de desarrollarse por sí mismas como pensar que las había creado una a una.
En 1871, Darwin publicó El origen del hombre, donde explicaba que los seres humanos descienden de antepasados comunes con los simios. Las revistas se llenaron de caricaturas de Darwin con cuerpo de mono. Pero en ese libro hizo también una predicción valiente: como nuestros parientes más cercanos, los chimpancés y los gorilas, viven en África, era probable que nuestros primeros antepasados también hubieran vivido allí. Tenía razón, aunque los primeros fósiles que lo demostraron tardaron más de cincuenta años en aparecer.
Dos objeciones científicas
Las críticas más serias no vinieron de la religión, sino de la propia ciencia. Había dos problemas que Darwin no supo resolver.
El primero era el tiempo. La selección natural es lenta: necesita cientos de millones de años. En la primera edición de su libro, Darwin calculó que solo la erosión de un valle del sur de Inglaterra había necesitado unos 300 millones de años. Pero el físico William Thomson, más tarde lord Kelvin, uno de los científicos más respetados de su época, calculó cuánto tardaría la Tierra en enfriarse desde que era una bola de roca fundida. En 1862 le salió una edad de unos cien millones de años, y más tarde la rebajó a entre 20 y 40 millones. Darwin escribió que las ideas de Kelvin sobre la edad de la Tierra eran «uno de mis mayores quebraderos de cabeza».
La solución llegó en 1896 con el descubrimiento de la radiactividad. Las rocas del interior de la Tierra contienen elementos radiactivos que producen calor, así que el planeta se enfría mucho más despacio de lo que Kelvin creía. Además, la radiactividad funciona como un reloj natural para medir la edad de las rocas. Además, el interior de la Tierra no es roca quieta: se mueve muy despacio y lleva calor hacia la superficie, algo que Kelvin tampoco tuvo en cuenta. Hoy sabemos que la Tierra tiene unos 4.540 millones de años: mucho más tiempo del que Darwin se atrevió a imaginar.
El segundo problema era la herencia. En tiempos de Darwin se pensaba que las características de los padres se mezclan en los hijos como dos pinturas: blanco y negro dan gris. En 1867, el ingeniero Fleeming Jenkin señaló que, si fuera así, una variación ventajosa nueva se diluiría en pocas generaciones, como una gota de tinta en un cubo de agua, y la selección no tendría tiempo de actuar. Darwin no tenía respuesta. La respuesta existía, pero estaba en un monasterio de Moravia, y nadie le había prestado atención.
Darwin murió el 19 de abril de 1882 en Down House. Fue enterrado en la abadía de Westminster, en Londres, a pocos metros de la tumba de Isaac Newton. Entre quienes llevaron su féretro estaban Huxley, Hooker y Wallace.
Capítulo 10La pieza que faltaba: la herencia
Gregor Mendel nació en 1822 en una familia de campesinos de Silesia, en lo que hoy es la República Checa. Era muy buen estudiante, pero su familia no podía pagarle los estudios, así que entró como fraile en el monasterio agustino de Brno, que le permitía seguir aprendiendo. Llegó a ser profesor suplente de ciencias, aunque suspendió dos veces el examen para conseguir el título oficial de profesor.
Entre 1856 y 1863 cultivó en el huerto del monasterio unas 28.000 plantas de guisantes. Eligió los guisantes porque crecen rápido y tienen variedades con rasgos muy claros: flor morada o blanca, semilla lisa o rugosa, amarilla o verde. Además, podía controlar qué planta fecundaba a cuál, pasando el polen a mano con un pincel. Y, sobre todo, contaba: anotaba cuántas plantas de cada tipo salían en cada cruce. Nadie antes había estudiado la herencia con números.
Al cruzar plantas de flor morada con plantas de flor blanca, todos los hijos salían morados. El blanco parecía haber desaparecido. Pero al cruzar esos hijos entre sí, el blanco reaparecía, intacto, en uno de cada cuatro nietos. Mendel dedujo que cada planta tiene dos «factores» para cada rasgo, uno heredado de cada progenitor. Uno puede dominar y ocultar al otro, el recesivo, pero el oculto no se destruye ni se mezcla: pasa entero a la siguiente generación.
Mendel presentó sus resultados en 1865 y los publicó en 1866 en la revista de la sociedad de naturalistas de Brno. Nadie les hizo caso. En 1868 fue elegido abad del monasterio, sus nuevas tareas le dejaron sin tiempo y abandonó los experimentos. Murió en 1884 sin saber que había fundado una ciencia. En 1900, tres botánicos de países distintos llegaron por separado a los mismos resultados, buscaron trabajos anteriores y descubrieron, asombrados, que un fraile los había publicado treinta y cuatro años antes. En 1909 se bautizó a los «factores» de Mendel con el nombre que usamos hoy: genes.
El libro de instrucciones de la vida
En 1953, James Watson y Francis Crick, con la ayuda decisiva de una imagen de rayos X obtenida por Rosalind Franklin, descubrieron la estructura del ADN: una doble hélice, como una escalera de caracol. El ADN es un texto escrito con solo cuatro letras, A, T, C y G, y los genes son fragmentos de ese texto que funcionan como recetas para fabricar las piezas del cuerpo. Una célula humana guarda dos copias de un texto de unos 3.000 millones de letras. Impreso, cada copia llenaría unos mil libros de mil páginas.
Cada vez que una célula se divide, copia su ADN, y a veces comete errores: son las mutaciones. Cada persona nace con unas sesenta letras nuevas que no tenían sus padres. La mayoría no tienen ningún efecto; algunas son perjudiciales, y unas pocas resultan útiles. Las mutaciones son la fuente de la variación con la que trabaja la selección natural.
Entre 1930 y 1950, varios científicos unieron la selección natural de Darwin con la genética de Mendel en una sola teoría, la llamada síntesis moderna, la base de la biología actual. Uno de ellos, Theodosius Dobzhansky, escribió en 1973 una frase que se repite en todas las facultades de biología: «Nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la evolución».
Capítulo 11Las pruebas de la evolución
Darwin tenía muchas pruebas, pero le faltaban algunas importantes. Desde entonces se han acumulado muchísimas más, y de campos que él ni imaginaba. Lo más convincente es que todas, fósiles, anatomía, embriones y ADN, cuentan la misma historia.
Fósiles a medio camino
Si las especies descienden unas de otras, debería haber fósiles de formas intermedias. En 1861, solo dos años después de El origen de las especies, apareció en una cantera de Solnhofen, en Alemania, un fósil de unos 150 millones de años: el Archaeopteryx. Tenía plumas y alas, como un ave, pero también dientes, garras en las alas y una larga cola de huesos, como un reptil.
Desde los años noventa, en China se han encontrado decenas de dinosaurios con plumas. Hoy sabemos que las aves no solo se parecen a los dinosaurios: son dinosaurios, la única rama que sobrevivió. El velocirraptor, por ejemplo, tenía plumas, aunque en las películas suela aparecer con piel de lagarto. La próxima vez que veas una paloma, estarás viendo un dinosaurio.
Las ballenas son otro caso asombroso. Son mamíferos que respiran aire y amamantan a sus crías, y sus antepasados vivían en tierra. Los fósiles, sobre todo de Pakistán y Egipto, muestran el camino de vuelta al agua. El Pakicetus, de hace unos 50 millones de años, era un animal de cuatro patas del tamaño de un perro grande, pero con un oído interno como el de las ballenas. El Ambulocetus, «ballena que camina», de hace unos 49 millones de años, parecía un cocodrilo de tres metros. Y el Basilosaurus, de hace unos 40 millones de años, era ya una enorme ballena marina, pero conservaba unas patas traseras diminutas, con rodilla y dedos, que ya no podían sostenerlo.
Los mismos huesos para todo
Compara tu brazo con la pata de un gato, la aleta de una ballena y el ala de un murciélago. Sirven para cosas muy distintas, agarrar, caminar, nadar o volar, y sin embargo están hechos con los mismos huesos, colocados en el mismo orden.
Un ingeniero que diseñara desde cero un ala y una aleta no usaría las mismas piezas. Pero si los cuatro animales descienden de un antepasado común con cuatro patas, tiene todo el sentido: cada especie ha ido modificando la misma herencia. Los biólogos llaman a estas estructuras homólogas.
Recuerdos en nuestro cuerpo
Nuestro cuerpo guarda restos de nuestros antepasados que ya no nos sirven para mucho. Se llaman órganos vestigiales:
- El coxis, el hueso del final de la columna, son varias vértebras soldadas: lo que queda de una cola. De hecho, el embrión humano tiene una cola durante unas semanas, que luego se reabsorbe.
- La piel de gallina. Cuando tenemos frío o miedo, unos músculos diminutos erizan el vello. A un gato o a un chimpancé eso les sirve para abrigarse o parecer más grandes. A nosotros, con tan poco pelo, casi no nos sirve de nada.
- Los músculos de las orejas. Muchos mamíferos orientan las orejas hacia los sonidos. Nosotros conservamos esos músculos, pero casi nadie consigue moverlas.
- Un músculo que falta a mucha gente. Junta la punta del pulgar con la del meñique y dobla un poco la muñeca: si ves un tendón que sobresale en el centro, tienes el músculo palmar largo. Alrededor de una de cada siete personas en Europa no lo tiene, y no por eso tiene menos fuerza.
- El reflejo de agarre de los bebés. Un recién nacido aprieta con fuerza cualquier dedo que le toque la palma. En 1891, un médico británico comprobó que muchos bebés de pocos días podían colgarse de un palo durante varios segundos. Es la herencia de antepasados cuyas crías tenían que agarrarse al pelo de su madre.
La prueba más fuerte: el ADN
Darwin no sabía nada del ADN, pero es donde están hoy las pruebas más contundentes. Cuanto más cercano es el parentesco entre dos especies, más se parece su ADN. Y ese parentesco, calculado a partir del ADN, dibuja el mismo árbol que habían dibujado antes los fósiles y la anatomía.
Hay pruebas todavía más finas: los errores compartidos. Casi todos los mamíferos fabrican su propia vitamina C. Nosotros no: por eso los marineros de los viajes largos enfermaban de escorbuto. Tenemos el gen para fabricarla, pero está roto. Y los chimpancés, los gorilas, los orangutanes y los macacos lo tienen roto por los mismos sitios, con las mismas «erratas». Es como encontrar la misma errata en dos libros: la explicación más sencilla es que uno se copió del otro o que ambos vienen del mismo original. Las cobayas tampoco pueden fabricar vitamina C, pero su gen se rompió por otros sitios: fue un accidente distinto.
Evolución en directo
La evolución no es solo cosa del pasado: se puede ver ocurrir. En 1945, al recibir el premio Nobel por el descubrimiento de la penicilina, Alexander Fleming advirtió de que, si se usaba mal, las bacterias se harían resistentes. Tenía razón. Cuando tomamos un antibiótico, mueren casi todas las bacterias, pero si alguna tiene por azar una mutación que la protege, sobrevive y se multiplica. Es selección natural en unos días. Hoy las bacterias resistentes causan más de un millón de muertes al año en el mundo, y por eso los médicos insisten en tomar los antibióticos solo cuando hacen falta y terminar el tratamiento.
En 1988, el biólogo Richard Lenski empezó en Estados Unidos un experimento que sigue en marcha: doce frascos con la bacteria E. coli, a los que cada día pasa una gota a un frasco nuevo con caldo fresco. Las bacterias se reproducen tan deprisa que ya llevan más de 75.000 generaciones; para los seres humanos, eso serían casi dos millones de años. Cada 500 generaciones se congela una muestra: un «registro fósil» vivo que se puede descongelar y comparar. Hacia la generación 31.500, en uno de los frascos apareció algo inesperado: bacterias capaces de alimentarse del citrato, una sustancia que había en el caldo desde el principio y que las E. coli normalmente no pueden aprovechar cuando hay oxígeno.
Capítulo 12El árbol de la vida
Si todas las especies están emparentadas, se pueden ordenar en un gran árbol genealógico: el árbol de la vida. Sus raíces están muy lejos en el tiempo.
Las pruebas más antiguas de vida tienen al menos 3.500 millones de años: son rocas de Australia formadas por capas de microbios, llamadas estromatolitos. Todos los seres vivos actuales, de las bacterias a las ballenas, descienden de un único antepasado común, al que los científicos llaman LUCA, sus siglas en inglés. Un estudio de 2024 calculó que vivió hace unos 4.200 millones de años, poco después de formarse la Tierra.
¿Cómo sabemos que venimos todos del mismo antepasado? Porque todos los seres vivos usamos el mismo «idioma» para leer el ADN: el mismo código genético. Por eso un gen humano puede funcionar dentro de una bacteria. Desde 1982, buena parte de la insulina que necesitan las personas con diabetes la fabrican bacterias a las que se les ha añadido el gen humano de la insulina.
En los años setenta, el microbiólogo Carl Woese comparó el ADN de muchos microbios y descubrió que la vida se divide en tres grandes ramas: las bacterias, las arqueas, unos microbios que a simple vista parecen bacterias pero que son muy diferentes por dentro, y los eucariotas, los seres con células complejas, que incluyen a todas las plantas, hongos y animales.
El planeta de los microbios
Durante casi 3.000 millones de años, la vida fue microscópica. Pero esos microbios cambiaron el planeta. Hace unos 2.400 millones de años, unas bacterias llamadas cianobacterias, que hacían la fotosíntesis, llenaron el aire de oxígeno. Para muchos microbios de la época, el oxígeno era un veneno, y fue una catástrofe. El hierro disuelto en los mares se oxidó, y hoy lo encontramos en enormes capas de roca rojiza. El oxígeno que respiras lo empezaron a fabricar las bacterias.
La explosión de los animales
Hace unos 538 millones de años, en un periodo llamado Cámbrico, aparecieron en poco tiempo casi todos los grandes grupos de animales que existen hoy. Aparecieron los ojos, las conchas, las patas y las mandíbulas: empezó la carrera entre cazadores y presas. Es la llamada explosión cámbrica. En 1909 se descubrió en las montañas Rocosas de Canadá un yacimiento, el esquisto de Burgess, donde se conservaron hasta las partes blandas de aquellos animales. Algunos eran muy raros: la Opabinia tenía cinco ojos y una trompa acabada en una pinza. Según se cuenta, cuando se presentó su reconstrucción en un congreso en 1972, el público se echó a reír.
Después la vida salió del agua. Las plantas colonizaron la tierra firme hace unos 470 millones de años, y los primeros vertebrados con patas, descendientes de peces como el Tiktaalik, hace unos 370. Los reptiles inventaron el huevo con cáscara, una especie de charca portátil que les permitió reproducirse lejos del agua. Los dinosaurios aparecieron hace unos 230 millones de años, los primeros mamíferos poco después, y las flores, hace unos 130.
Las grandes extinciones
La historia de la vida no ha sido un progreso tranquilo. Al menos cinco veces, una catástrofe acabó con una gran parte de las especies. La peor ocurrió hace 252 millones de años: unas erupciones volcánicas gigantescas en Siberia calentaron el planeta y envenenaron los mares, y desaparecieron alrededor de ocho o nueve de cada diez especies marinas. La más famosa fue hace 66 millones de años: un asteroide de unos 10 kilómetros chocó contra lo que hoy es la península de Yucatán, en México, y desaparecieron cerca de tres cuartas partes de las especies, entre ellas todos los dinosaurios, salvo las aves.
Para los pequeños mamíferos que sobrevivieron, fue una oportunidad: el mundo se quedó con muchos huecos libres, y en pocos millones de años aparecieron mamíferos de todo tipo, de murciélagos a ballenas. Sin aquel asteroide, probablemente no estaríamos aquí. En total, más del 99 % de las especies que han existido se han extinguido.
Capítulo 13Nuestra rama del árbol
«Venimos del mono» es una frase que se oye a menudo, pero no es exacta. No descendemos de los chimpancés ni de ningún mono actual. Lo que ocurre es que compartimos con ellos un antepasado común. Es como con tus primos: no desciendes de ellos, pero tenéis los mismos abuelos. Los chimpancés son nuestros primos más cercanos: nuestras ramas se separaron hace unos 6 o 7 millones de años, y si comparamos nuestro ADN con el suyo, casi el 99 % de las letras coinciden.
Desde entonces han existido muchas especies humanas y parientes cercanos, a los que se llama homininos. Los fósiles más importantes, casi todos africanos, como predijo Darwin, cuentan una historia con varios capítulos:
- Hace unos 7 millones de años: Sahelanthropus, encontrado en Chad en 2001 y apodado Toumaï, «esperanza de vida» en una lengua local. Es uno de los candidatos a estar cerca de la separación entre nuestra rama y la de los chimpancés.
- Hace 4,4 millones de años: «Ardi», de Etiopía. Caminaba erguido por el suelo, pero conservaba un dedo gordo del pie separado, como una mano, para trepar a los árboles.
- Hace 3,3 millones de años: las herramientas de piedra más antiguas conocidas, halladas en Lomekwi, en Kenia. Son más antiguas que los fósiles más antiguos de nuestro género, Homo.
- Hace 3,2 millones de años: Lucy, el fósil más famoso. Se encontró en Etiopía el 24 de noviembre de 1974, casi el 40 % de un esqueleto. Medía poco más de un metro y caminaba erguida, pero tenía un cerebro del tamaño del de un chimpancé. Esa noche, en el campamento, sonaba una y otra vez la canción de los Beatles Lucy in the Sky with Diamonds, y de ahí salió su nombre. En Etiopía la llaman Dinkinesh, «eres maravillosa».
- Hace unos 2,4 millones de años: Homo habilis, «hombre hábil», con un cerebro algo mayor y herramientas de piedra afiladas.
- Hace unos 1,9 millones de años: Homo erectus, con un cuerpo de proporciones parecidas a las nuestras. Fue el primero en salir de África: hace 1,8 millones de años ya vivía en Dmanisi, en Georgia. Con el tiempo, nuestros antepasados aprendieron a dominar el fuego, hace al menos un millón de años.
Atapuerca, un tesoro en Burgos
Uno de los yacimientos más importantes del mundo para entender la evolución humana está en España, en la sierra de Atapuerca, cerca de Burgos. A finales del siglo XIX se abrió allí una trinchera para un ferrocarril minero, que dejó al descubierto varias cuevas rellenas de sedimentos y huesos. Las excavaciones sistemáticas empezaron en 1978 y continúan cada verano.
- La Sima del Elefante guarda algunos de los restos humanos más antiguos de Europa occidental: un trozo de mandíbula de hace más de un millón de años, encontrado en 2007, y parte de una cara, presentada en 2025, que podría ser algo más antigua. Solo un diente de leche hallado en Orce, en Granada, les disputa el récord.
- La Gran Dolina: en 1994 aparecieron allí restos de unos 850.000 años de antigüedad de una especie nueva, a la que en 1997 se llamó Homo antecessor, «el que va delante» o «el pionero». Los huesos tienen marcas de cortes de herramientas de piedra: es una de las pruebas más antiguas de canibalismo que se conocen.
- La Sima de los Huesos: al fondo de un pozo de unos 13 metros han aparecido cerca de 7.000 fósiles humanos, de al menos 28 individuos que vivieron hace unos 430.000 años. Pertenecían al linaje de los neandertales, en una fase muy temprana. En 2016 se consiguió leer parte de su ADN: el ADN humano más antiguo que se ha logrado leer hasta ahora.
Cuando no estábamos solos
Hoy somos la única especie humana del planeta, pero hace 50.000 años había varias. Los neandertales vivieron en Europa y Asia occidental desde hace unos 400.000 años hasta hace unos 40.000. Eran robustos, con un cerebro tan grande como el nuestro, fabricaban herramientas complejas, dominaban el fuego y cuidaban de sus enfermos. El primer fósil reconocido como neandertal se encontró en 1856, en el valle de Neander, en Alemania, de donde les viene el nombre, pero ya en 1848 había aparecido un cráneo en Gibraltar que nadie supo interpretar.
En 2010, el equipo del sueco Svante Pääbo consiguió leer el ADN de los neandertales, y se llevó una sorpresa: las personas cuyos antepasados vivieron fuera de África llevan entre un 1 y un 2 % de ADN neandertal. Nuestros antepasados y los neandertales se cruzaron. Ese mismo año, con el ADN de un hueso de un dedo encontrado en la cueva de Denísova, en Siberia, se descubrió otra especie humana desconocida: los denisovanos. Los tibetanos han heredado de ellos una variante de un gen que les ayuda a vivir a gran altitud. Pääbo recibió el premio Nobel en 2022.
En la isla de Flores, en Indonesia, vivió hasta hace unos 50.000 años una especie humana de poco más de un metro de altura, Homo floresiensis, apodada «el hobbit». Flores está al este de la línea de Wallace, así que sus antepasados tuvieron que cruzar el mar para llegar.
Nuestra especie, Homo sapiens, apareció en África hace unos 300.000 años: los fósiles más antiguos, de Jebel Irhoud, en Marruecos, se presentaron en 2017. Hace unos 60.000 o 70.000 años, grupos de sapiens salieron de África y se extendieron por todo el planeta. Llegaron a Australia hace al menos 50.000 años y a América hace al menos 15.000.
Capítulo 14Lo que la evolución no es
La evolución es una de las ideas científicas más malinterpretadas. Veamos algunos de los errores más comunes.
«Es solo una teoría»
En la vida diaria, «teoría» significa una suposición, una corazonada. En ciencia significa todo lo contrario: una explicación comprobada una y otra vez, que reúne muchísimos hechos y que permite hacer predicciones. La gravedad también se explica con una teoría, y nadie duda de que las cosas caen. Que las especies cambian y descienden unas de otras es un hecho demostrado por montañas de pruebas; la teoría de la evolución explica cómo ocurre.
«La evolución tiene una meta»
La evolución no tiene un plan ni un objetivo, y no busca la perfección. La selección natural solo favorece lo que funciona algo mejor que lo que había, en ese momento y en ese lugar. Y siempre trabaja con lo que ya existe, retocándolo, nunca desde cero. Por eso los seres vivos están llenos de chapuzas heredadas:
- El nervio de la jirafa. El nervio que mueve la laringe sale del cerebro, baja por el cuello hasta el pecho, da la vuelta alrededor de una gran arteria junto al corazón y vuelve a subir hasta la garganta. En la jirafa, ese rodeo supone más de cuatro metros de nervio para unir dos puntos muy cercanos. La explicación está en los peces de los que descienden todos los vertebrados terrestres, que no tenían cuello: en ellos, ese camino era el más corto. Al alargarse el cuello, el nervio fue quedando enganchado, como un cable atrapado detrás de un mueble.
- El punto ciego. Nuestra retina está «montada al revés»: los cables que llevan la señal al cerebro pasan por delante de las células que captan la luz, y salen del ojo por un agujero donde no vemos nada. El cerebro rellena el hueco y no lo notamos. Los ojos del pulpo, que evolucionaron por separado, tienen los cables por detrás y no tienen punto ciego.
La evolución tampoco significa siempre «más complicado». Las tenias, unos gusanos que viven dentro del intestino de otros animales, perdieron su aparato digestivo: absorben el alimento ya digerido a través de la piel. Y unos peces de México que viven en cuevas completamente oscuras han perdido los ojos. En un ambiente sin luz, fabricar ojos era un gasto inútil.
«La evolución es una escalera»
En 1965 se publicó un dibujo que se hizo famosísimo: una fila de simios y humanos caminando, cada uno más erguido que el anterior, hasta llegar al ser humano moderno. Se ha copiado miles de veces, pero da una idea equivocada. La evolución no es una escalera que sube hacia nosotros, sino un arbusto con muchísimas ramas.
Una bacteria actual no es un antepasado nuestro que «se quedó atrás»: su linaje lleva evolucionando exactamente el mismo tiempo que el nuestro, y está magníficamente adaptada a su forma de vida. De hecho, hay muchas más bacterias que cualquier otro ser vivo.
«Los individuos evolucionan»
Una jirafa no alarga el cuello a lo largo de su vida, ni una bacteria «aprende» a resistir un antibiótico. Los individuos no evolucionan: lo que cambia, generación tras generación, es la proporción de individuos con unas u otras características dentro de una población.
«Todo es cuestión de azar»
Es cierto que las mutaciones aparecen al azar. Pero la selección no es azar: conserva lo que funciona y lo va acumulando, paso a paso.
«Los humanos ya no evolucionamos»
Sí que evolucionamos, y tenemos ejemplos recientes. Casi todos los mamíferos dejan de poder digerir la leche después de la infancia. Pero en algunas poblaciones que criaban vacas, cabras u ovejas se extendió una mutación que mantiene esa capacidad en la edad adulta. Apareció hace solo unos miles de años, y lo hizo al menos dos veces por separado: en Europa y en África oriental. Aun así, la mayoría de los adultos del mundo sigue digiriendo mal la leche.
«Evolución y religión son incompatibles»
Muchas personas creyentes aceptan la evolución, como ya hicieron Asa Gray y Charles Kingsley en tiempos de Darwin. En 1996, el papa Juan Pablo II afirmó que la teoría de la evolución era «más que una hipótesis». La ciencia explica cómo cambian los seres vivos; las preguntas sobre el sentido de la vida pertenecen a otros terrenos, y cada persona las responde a su manera.
Capítulo 15Fechas clave y resumen
- 1758
- Linneo da a nuestra especie el nombre de Homo sapiens.
- 1796
- Cuvier demuestra que los mamuts eran una especie extinguida.
- 1809
- Lamarck publica la primera teoría completa de la evolución. Nace Charles Darwin.
- 1831–1836
- Darwin da la vuelta al mundo en el Beagle.
- 1835
- Darwin visita las islas Galápagos.
- 1838
- Leyendo a Malthus, Darwin tiene la idea de la selección natural.
- 1858
- Carta de Wallace desde Ternate; lectura en la Sociedad Linneana.
- 1859
- Se publica El origen de las especies.
- 1860
- Debate de Oxford entre Huxley y Wilberforce.
- 1866
- Mendel publica sus experimentos con guisantes.
- 1871
- Darwin publica El origen del hombre.
- 1882
- Muere Darwin; es enterrado en la abadía de Westminster.
- 1900
- Se redescubren las leyes de Mendel.
- 1953
- Se descubre la estructura del ADN.
- 1974
- Hallazgo de Lucy en Etiopía.
- 1994
- Aparecen en Atapuerca los restos de Homo antecessor.
- 2004
- Hallazgo del Tiktaalik, el pez con «muñecas».
- 2010
- Se lee el ADN de los neandertales y se descubren los denisovanos.
Resumen en siete frases
- Las especies cambian a lo largo de las generaciones, y todos los seres vivos descienden de antepasados comunes.
- La selección natural lo explica con cuatro ingredientes: variación, herencia, más crías de las que pueden sobrevivir y éxito desigual.
- Darwin reunió pruebas durante veinte años; Wallace llegó a la misma idea por su cuenta, y en 1859 se publicó El origen de las especies.
- Mendel descubrió que la herencia funciona con genes que pasan intactos de padres a hijos, y hoy sabemos que están escritos en el ADN.
- Fósiles, anatomía, ADN y experimentos confirman la evolución, que puede observarse incluso hoy en bacterias y animales.
- La vida tiene más de 3.500 millones de años, más del 99 % de las especies se han extinguido y los humanos somos una rama reciente del árbol, primos de los chimpancés.
- La evolución no tiene meta ni es una escalera: es un arbusto de ramas que siguen creciendo, también la nuestra.
Para pensar: si la evolución no tiene un objetivo, ¿por qué los seres vivos parecen tan bien «diseñados»? ¿Se te ocurre alguna otra «chapuza» de tu cuerpo que tenga sentido si pensamos en cómo vivían nuestros antepasados?